Capítulo 18 El hombre del zeppelin
El regreso a Rookmere fue más lento que la ida.
Edwin avanzaba con una mano apoyada en el hombro de Dora; intentaba mantener un paso regular, pero cada vez que apoyaba el pie derecho, el dolor lo obligaba a reducir la marcha.
Ivor caminaba unos metros por delante y, desde que habían dejado atrás la entrada oculta, apenas había hablado. Dora lo observó durante un rato:
—Ivor.
El muchacho se volvió:
—¿Qué?
—Ven con nosotros.
Retrocedió hasta quedar junto a ellos.
—¿Qué te pasa?
Ivor se encogió de hombros:
—Nada.
—Llevas todo el camino callado.
Ivor miró hacia atrás. Entre los árboles todavía se distinguía un trozo de muro, gris sobre gris.
—Pensaba que iba a entrar —dijo al fin—. Cuando vi la puerta pensé que iba a entrar y ya está.
Dora comprendió:
—¿Y ahora ya no quieres?
Ivor tardó en contestar:
—No sé.
Edwin había escuchado:
—No tienes por qué sentirte mal.
Ivor bajó la cabeza:
—Te caíste cuando intentabas detenerme.
—Me caí porque pisé una piedra suelta.
—Pero estabas intentando detenerme.
Edwin se detuvo y buscó su mirada:
—Escúchame. No fue por ti.
—Pero si no hubiera puesto el pie...
—La piedra estaba mal puesta y yo perdí el equilibrio. Eso es todo.
El muchacho asintió:
—De acuerdo.
—Y no quiero volver a oírte decir que una cosa así es culpa tuya. A tu edad yo hice cosas bastante peores que querer entrar en una torre. Algún día te las cuento.
Esta vez Ivor respondió con mayor seguridad:
—No lo haré.
Continuaron. La pendiente hacía el descenso más difícil que la subida, y Edwin tuvo que pararse dos veces; en la segunda terminó con la espalda contra un árbol y la frente fría.
Dora le miró la pierna.
—Necesitas que alguien te la mire.
—Necesito descansar.
—Puedes descansar mientras alguien te la mira. Son cosas compatibles.
—Tu madre hacía eso —murmuró Edwin—. Ganar discusiones con lógica. Es insoportable.
Ivor miró hacia el camino.
—¿Cuándo vuelve el conductor?
—Dijo que por la tarde —respondió Dora.
Edwin consultó el reloj.
—Todavía falta.
Esperaron. El bosque permanecía tranquilo: se escuchaban pájaros, ramas moviéndose con el viento y, desde alguna parte del pueblo, sonidos lejanos que apenas alcanzaban a llegar hasta allí.
Después apareció el ruido de un motor: el automóvil surgió entre los árboles y redujo la velocidad al verlos. El conductor bajó rápidamente:
—¿Qué ha pasado?
—Una caída —respondió Edwin.
El hombre miró su pierna:
—Suba. Ya hablaremos después.
Dora e Ivor ayudaron a Edwin a entrar. Cuando se acomodó en el asiento trasero, dejó escapar el aire lentamente:
—Creí que la visita duraría más.
El conductor cerró la puerta:
—La torre suele tener ese efecto.
Dora lo miró:
—¿Qué quiere decir?
El hombre ocupó su asiento y puso el motor en marcha:
—La gente llega pensando que encontrará una cosa y termina encontrando otra.
—¿Le ha pasado a usted?
—No he entrado muchas veces.
—Pero conoce el lugar.
—Como lo conoce cualquiera que haya vivido aquí bastante tiempo.
El automóvil comenzó a avanzar por el camino de regreso y Dora permaneció atenta a la respuesta:
—¿Y qué piensa de ella?
El conductor tardó un momento:
—Que es vieja.
Ivor sonrió:
—Eso ya lo sabemos.
El hombre soltó una carcajada:
—Entonces ya tenemos algo en común.
Durante unos minutos nadie dijo nada. El camino permitía ver con mayor claridad los alrededores: los árboles se abrían de vez en cuando y dejaban aparecer parcelas, cercos de madera, pequeñas construcciones de piedra y algunas casas dispersas.
Más adelante empezaron a aparecer las primeras viviendas de Rookmere: una hilera de casas bajas bordeaba parte del camino; algunas tenían ventanas pequeñas con cortinas blancas, mientras frente a otras se veían macetas, herramientas, leña apilada y bicicletas.
Un hombre reparaba una carreta, dos muchachos salieron corriendo de una tienda y una mujer cruzó la calle con una cesta; el pueblo parecía tranquilo, pero había actividad en casi todas sus calles. Dora contempló las fachadas.
—Es distinto de lo que me imaginaba.
—¿Qué se imaginaba?
—Algo más abandonado.
—Rookmere no está abandonado. Está cansado, que no es lo mismo.
Edwin miraba por la ventanilla.
—Antes tampoco lo estaba.
El conductor lo observó por el espejo.
—Usted conoció este pueblo hace mucho tiempo.
—Sí.
—Se nota.
Dora se volvió.
—¿Cómo se nota?
El hombre mantuvo los ojos en la carretera.
—Porque mira los sitios que ya no están. Los demás miramos los que quedan.
Edwin no contestó.
Dora siguió la dirección de su mirada y comprobó que era exactamente eso: su padre no miraba las casas que seguían en pie. Miraba huecos entre casas, esquinas, un solar con hierba. Saludaba a ausentes.
El automóvil pasó frente a una tienda con el letrero desconchado y poco después dejó atrás un taller y un patio donde varias gallinas se movían sueltas.
—¿Ha cambiado mucho? —preguntó Dora.
—Lo suficiente.
—¿Qué había antes?
—Más gente.
—Eso no parece tanto.
—Aquí sí. —El conductor cambió de marcha—.
Había familias que llevaban en Rookmere desde antes de que el pueblo saliera en los mapas.
Unas se fueron, otras vendieron, y los comercios fueron cerrando uno detrás de otro.
Y cuando arreglaron la carretera cambió también por dónde pasa la gente. Antes todo pasaba por el centro.
Edwin levantó la cabeza.
—La estación.
—También cambió.
—Elias y yo íbamos andando.
—Ahora la gente llega en tren y se va en tren —dijo el conductor—. Y Rookmere es lo que pasa mientras tanto.
Dora se acordó de la torre.
—¿Cuánta gente sube allí?
—Poca.
—¿Muy poca?
—Ustedes han doblado la cifra del año.
Ivor se incorporó en el asiento.
—Nosotros hemos entrado.
El conductor lo miró por el espejo, y esta vez lo miró de otra manera.
—Eso ya es más de lo que hace casi nadie. Los de aquí no entramos.
—¿Por qué?
—Por respeto. O por costumbre. Al cabo de sesenta años cuesta distinguir una cosa de la otra.
Dora aprovechó.
—¿Ha llevado usted a mucha gente?
—Hace años, sí. Turistas, curiosos, algún historiador. Una vez traje a un hombre convencido de que aquella torre había sido un faro. A ochenta kilómetros del mar.
—¿Y qué sabe la gente de aquí sobre ella?
—Lo de siempre.
—¿Qué es lo de siempre?
El conductor encogió un hombro.
—Que es antigua. Que estuvo cerrada mucho tiempo. Que nadie se pone de acuerdo en quién la construyó ni para qué servía. —Hizo una pausa—. Aquí decimos que una torre vieja acaba acumulando más historias que piedras. Y esa tiene muchas piedras.
Ivor soltó una risita.
—Eso ha sonado bien.
—Llevo años puliéndola. Se la regalo.
Dora esperó a que el camino hiciera una curva y entonces preguntó lo que de verdad le importaba.
—¿Ha oído usted alguna vez el nombre de Maurice Ellery?
El hombre negó sin dudarlo.
—No.
—¿Samuel Vey?
—Tampoco.
—¿Ni relacionados con la torre?
—Señorita, los apellidos de Rookmere me los sé todos, vivos y enterrados. Esos dos no son de aquí. —Dejó pasar un momento—. Ahora bien. Si andan buscando nombres, no me los pregunten a mí. Pregúnteselos a los viejos de verdad. A los que ya no bajan a la plaza.
Dora no insistió. Edwin, que había oído perfectamente, tampoco.
—Por cierto —dijo ella al cabo de un rato—, no sabemos cómo se llama.
—Hobbs.
El automóvil entró en la zona central de Rookmere. La hostería estaba cerca de una pequeña plaza: había un banco de madera, algunos árboles y una fuente de piedra cuya agua apenas podía escucharse desde la calle. El conductor se detuvo, bajó primero y ayudó a Edwin a salir:
—Creo que aquí va a estar mejor.
—Sí.
Dora cogió el bolso e Ivor una de las maletas pequeñas. Al entrar, la mujer del mostrador los reconoció de inmediato.
—Han vuelto pronto.
Dora ayudó a su padre a sentarse.
—Ha tenido un accidente.
—Entonces tendrá que descansar.
—Eso llevo diciéndole desde la torre.
Edwin la miró.
—No exageres.
La mujer sonrió mientras buscaba una llave en el cajón.
—Llevo veinticinco años con esta casa y todos los hombres dicen lo mismo. Todos suben la escalera por su propio pie y casi todos acaban bajándola apoyados en alguien.
Ivor dejó el equipaje en el suelo y, por primera vez desde la torre, se le aflojaron los hombros.
—Les preparo las habitaciones.
Edwin intentó incorporarse.
—Puedo subir solo.
—No hace falta que demuestres nada —dijo Dora—. Ya hemos visto tu expediente contra las piedras.
Hobbs, que seguía en la puerta, levantó una mano.
—Yo ayudo.
Entre los dos consiguieron subirlo a él y al equipaje.
La habitación era sencilla y estaba limpia: una cama alta, una jofaina, una silla, una ventana que daba a la plaza.
Edwin se tumbó sin que nadie se lo pidiera, que fue la señal más clara de la tarde: el dolor había crecido durante el trayecto y ya no le dejaba ni el lujo de disimular.
Dora se acercó a la ventana.
—Habría que buscar a alguien que te vea eso.
—Mañana.
—Hoy.
—Dora.
—No quiero que mañana estés peor y nos pasemos una semana mirando la pared de una hostería inglesa.
Ivor, sentado al borde de la cama, levantó la mano.
—Yo puedo ayudar.
Edwin lo miró.
—Tú puedes ayudar quedándote quieto, que es tu tarea pendiente.
Ivor puso cara de resignación.
—Está bien.
Dora bajó con él poco después para buscar algo de comer.
El movimiento de la hostería había aumentado con la llegada de la tarde: se escuchaban conversaciones procedentes del comedor, platos, pasos y el ruido ocasional de la puerta.
Eligieron una mesa cerca de la ventana; Ivor, mientras esperaban, reconstruyó la escalera oculta sobre el mantel con lo que tenía a mano: la jarra del agua era la torre, el salero era él y el pimentero, por razones que solo él entendía, era su tío.
—Y aquí está la puerta —decía, moviendo el salero—. Y aquí empiezan los escalones. Y aquí abajo...
Dora levantó la vista.
Al otro lado del salón había un hombre sentado solo.
Dejó de oír a Ivor por completo. Lo reconoció de inmediato, y no por la cara: por la ropa, por la cartera apoyada contra la pata de la mesa y, sobre todo, por la forma de tenerla, pegada al cuerpo, exactamente igual que aquella tarde en el corredor del Zeppelin.
Ivor siguió la dirección de su mirada.
—Es él.
—Sí.
El hombre tenía un periódico abierto sobre la mesa y, junto al codo, una taza y la cartera pequeña. La misma. La que Dora había visto caer al suelo y abrirse y soltar las fotografías.
Levantó la mirada y sus ojos encontraron los de ella.
Esta vez no había multitud, ni bandejas, ni el balanceo de una aeronave, ni pasajeros cruzando entre los dos. Esta vez había cuatro metros de suelo de madera y un salón en el que todo el mundo estaba ocupado en su propia conversación.
El hombre la reconoció. Se le notó.
Dora se puso de pie. Ivor hizo lo mismo sin que nadie se lo dijera.
—Vamos.
Cruzaron el salón entre las mesas. El hombre dobló el periódico despacio, por la mitad y otra vez por la mitad, con la calma de quien hace un rato que ha decidido que no va a levantarse.
—Buenas tardes.
Dora se detuvo delante de él.
—Usted estaba en el Zeppelin.
El hombre le sostuvo la mirada unos segundos. Después apareció una sonrisa pequeña, de las que no comprometen.
—Estaba. Y usted también, si no recuerdo mal.
Dora miró la cartera.
—Chocamos.
—Lo recuerdo. Desde entonces tengo una fotografía doblada de más.
Ivor lo señaló con la barbilla.
—Era usted.
—Eso me dice todo el mundo. Algún día tendré que comprobarlo.
Dora no entendió la broma, o la entendió tarde, y decidió ir al asunto.
—Quiero preguntarle una cosa.
El hombre señaló las sillas con la mano abierta.
—Siéntense.
Dora no se sentó.
—¿Cómo se llama?
El hombre apoyó una mano sobre el periódico doblado. Hubo una pausa del largo exacto de una decisión.
—Jeremy Lawson.
Dora repitió el nombre mentalmente: Jeremy Lawson; no le decía nada y, sin embargo, había algo en aquel hombre que le resultaba familiar, quizá no por haberlo visto en el Zeppelin, sino por la fotografía. Dora tomó asiento e Ivor hizo lo mismo. Jeremy los observó:
—¿Queríais preguntarme algo?
Dora abrió la boca; no sabía por dónde comenzar, después recordó la fotografía que había recogido del suelo y comprendió que aquella conversación podía ser mucho más importante de lo que había imaginado.