La torre de Rookmere Capítulo 17 La entrada
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Capítulo 17 La entrada

Dora se quedó un rato largo delante de los pilares caídos, moviendo la luz de la lámpara sobre las piedras.

Algunas conservaban todavía la forma regular del bloque que habían sido; otras se habían partido en diagonal y tenían las caras internas más claras que el resto, como si la rotura fuera reciente y no lo fuera.

El derrumbe ocupaba el corredor de lado a lado y solo dejaba ver, por encima de los bloques más altos, la oscuridad que continuaba detrás.

Media hora antes, abrir aquella puerta había parecido una victoria. Ahora parecía una broma pesada.

Se acercó y midió con la luz el espacio que quedaba entre dos piedras. Había una abertura al otro lado, pero era demasiado estrecha incluso para un brazo, y el peso que descansaba encima hacía imposible pensar en ensancharla.

—No podemos entrar.

Edwin iluminó el derrumbe desde otro ángulo:

—Quizá por aquí.

Probó uno de los bloques con la mano y no se movió; buscó un punto diferente y apartó una piedra pequeña con la punta del zapato: debajo aparecieron otras piezas, mezcladas con restos de polvo y fragmentos de material que podían haber pertenecido a un arco o a una parte del techo. Dora lo siguió con la mirada:

—Papá.

—Un momento.

Edwin continuó examinando la estructura y finalmente se apartó:

—No vamos a mover esto.

Dora soltó el aire:

—Entonces todo esto ha sido para nada.

Edwin se volvió hacia ella:

—No.

—¿No?

—Encontramos las llaves.

—Y una puerta que no podemos atravesar.

—También encontramos las placas.

Dora dirigió la lámpara hacia la pared: los nombres de Maurice Ellery y Samuel Vey seguían allí, inmóviles sobre el metal ennegrecido.

—Eso no me basta.

Edwin no intentó discutir.

—Quiero saber quién era Maurice —continuó Dora—. Y ahora quiero saber quién es Samuel Vey; no podemos seguir pensando que todo esto son coincidencias.

Ivor se había quedado cerca de la entrada, a medio camino entre la luz gris de fuera y la oscuridad, sin acabar de decidirse por ninguna de las dos.

—Yo también quiero saberlo.

Dora miró a su padre:

—Durante todo el viaje me has dicho que Maurice era importante, que existía una promesa y que Elias sabía de qué se trataba, pero ahora aparecen otros nombres, esta torre y quién sabe cuántas cosas más.

Edwin mantuvo la luz sobre las placas:

—Yo tampoco sabía lo de Samuel.

Y se dio la vuelta y empezó a rodear la torre, y Dora comprendió que aquel hombre podía estar enfadado con ella y seguir estando de su parte al mismo tiempo, cosa que hasta aquella tarde no le había parecido posible.

Rodearon la construcción, esta vez despacio y mirando de verdad.

—¿Cómo puedes decirlo?

—Porque es verdad.

—Pero tú conocías este lugar.

—Algo del nombre recordaba igual que algunas cosas, pero no conocía lo que acabamos de encontrar. Eso es nuevo.

Edwin bajó la lámpara:

—Maurice sabía muchas cosas que nunca nos contó.

—¿A ti tampoco?

—A mí tampoco.

Aquella respuesta desconcertó a Dora más que cualquier negativa anterior, había esperado que, cuando llegaran hasta la torre, su padre tuviera al menos una explicación para las preguntas que la habían acompañado desde Alemania; ahora comprendía que Edwin tampoco disponía de todas las respuestas.

Tal vez había estado siguiendo el mismo camino que ellos, solo que llevaba más años haciéndolo.

Ivor comenzó a recorrer el vestíbulo otra vez:

—Tiene que haber otra puerta.

Edwin levantó la cabeza:

—Eso estaba pensando.

Salieron al exterior. El aire de la tarde había comenzado a enfriarse; la luz se filtraba entre las ramas y dejaba manchas pálidas sobre las piedras de la torre.

Rodearon la construcción una vez más y esta vez buscaron con mayor atención.

Edwin examinó una abertura pequeña situada a media altura, demasiado estrecha y que además no llegaba al suelo; nunca había sido una entrada.

Dora recorrió el muro posterior, donde la piedra estaba cubierta de una capa verde y seca que se deshacía al tocarla.

Ivor se metió entre unos arbustos por su cuenta y salió por el otro lado con media docena de hojas pegadas al abrigo y sin nada.

—Nada.

—Busca un poco más —dijo Edwin.

Avanzaron alrededor de la torre. Desde ciertos ángulos, el muro parecía levantarse directamente encima de ellos; era más alto de lo que había parecido desde el camino, y la parte superior se perdía contra un cielo gris que no daba ninguna referencia.

Dora levantó la cabeza. Las ventanas de arriba eran estrechas, verticales, y estaban completamente negras.

—¿Hay alguien ahí arriba?

Edwin siguió la dirección de su mirada.

—No lo sé.

—Parece que nos estuviera mirando.

—La torre lleva unos cuantos siglos haciendo eso.

Dora soltó una risa corta.

—No estaba bromeando.

—Ya lo sé.

Ivor también levantó la cabeza y se quedó así un rato, con la boca un poco abierta.

—Desde aquí no parece una casa.

—Nunca fue una casa como las que conocemos —dijo Edwin.

—¿Y entonces qué era?

Edwin tardó en responder.

—No lo sé.

Dora lo miró.

—Tampoco eso.

—Tampoco eso.

Continuaron la búsqueda: en uno de los costados encontraron una zona donde la piedra estaba ligeramente hundida; Edwin la examinó, pero detrás solo había una cavidad estrecha e inaccesible. Dora apoyó la palma en el muro.

—Tiene que existir otra forma de entrar.

—Tal vez estaba cerrada por dentro —dijo ella.

—Puede ser.

—O quizá la torre fue construida sin otra entrada.

Ivor se había adelantado unos metros y de pronto se volvió.

—¡Aquí hay algo!

Dora y Edwin fueron hacia él.

—¿Qué has encontrado?

El chico señalaba unos arbustos altos que crecían pegados a la base del muro, tan juntos que formaban una mata compacta.

—No sé. Parece una pared, pero no es pared.

Se agachó y apartó las ramas con el antebrazo. Detrás apareció un rectángulo oscuro.

Dora se acercó.

—Es una puerta.

Edwin llegó hasta ellos: la vegetación había cubierto casi toda la madera y apenas podían distinguir una parte del marco y un pequeño herraje cubierto de óxido.

—No la habíamos visto —dijo Dora.

—No se puede ver. Está tapada desde hace años.

—¿Y cómo la has visto tú? —le preguntó a Ivor.

Ivor se encogió de hombros.

—Porque ahí los arbustos crecen más rectos. En todo lo demás crecen torcidos.

Ivor apartó otra rama

—Aquí hay más.

Empezaron a despejar los tres. Las ramas estaban entrelazadas con la propia madera, y algunas tenían espinas largas y curvas que se enganchaban en la lana.

—Cuidado —dijo Edwin—. No metáis las manos donde no podáis ver.

Después de varios minutos lograron dejar al descubierto la mayor parte de la puerta. Edwin buscó el mecanismo. Encontró un pestillo e intentó moverlo. No cedió. Volvió a intentarlo sujetándolo con las dos manos y se oyó un crujido profundo, que venía de la madera y también de detrás de ella.

—Está atascado.

—Déjame probar a mí —dijo Dora.

Apoyó el hombro contra el tablón, empujó con las piernas y la puerta cedió unos centímetros. Por la rendija salió una corriente de aire frío, distinta del frío de fuera: era un aire quieto que llevaba mucho tiempo quieto, y olía a tierra mojada.

Ivor levantó la lámpara.

Detrás de la puerta empezaba una escalera que bajaba. Los primeros peldaños eran de piedra y tenían manchas oscuras de humedad en el centro, donde los habían pisado. Las paredes estaban ennegrecidas a la altura de la mano. Cuatro o cinco escalones más abajo, la luz ya no llegaba a nada.

Dora se acercó al umbral.

—¿Un sótano?

Edwin iluminó los primeros escalones.

—Eso parece.

—¿Hasta dónde baja?

—No se ve.

—¿Y adónde va?

Los tres se quedaron un momento mirando aquello.

Ivor se inclinó para ver mejor.

—Yo puedo bajar.

—No.

—Solo hasta el siguiente escalón.

—He dicho que no.

El chico siguió mirando la oscuridad con una expresión que a Dora le resultó desagradablemente familiar.

—A mí estos sitios me gustan.

—Eso no significa que puedas entrar en todos.

—No tengo miedo.

—No se trata de tener miedo —dijo Dora.

Ivor sonrió:

Y puso el pie en el primer peldaño.

Edwin extendió la mano.

—Ivor.

El chico se detuvo.

—No sabemos qué hay abajo.

—Pues lo averiguamos.

—Más tarde.

Ivor hizo el gesto de avanzar otro paso —no llegó a darlo, luego insistiría mucho en eso— y Edwin se adelantó para sujetarlo por el brazo.

Y en ese momento el pie de Edwin encontró una piedra suelta junto al umbral.

Todo fue muy rápido y muy poco espectacular. El pie se le fue hacia dentro, el cuerpo siguió al pie, intentó agarrarse al marco y la madera crujió y no sujetó nada. La lámpara golpeó contra la pared de la escalera con un ruido de cristal y metal y cayó rodando dos peldaños.

Se apagó.

Durante un instante se quedaron completamente a oscuras, los tres, en un sitio donde ninguno sabía exactamente dónde estaba el suelo.

—¡Papá!

Dora se arrodilló junto a él:

—¿Te has hecho daño?

Edwin respiró con fuerza:

—La pierna.

Ivor retrocedió hasta la entrada exterior; la expresión de entusiasmo había desaparecido de su rostro.

—Yo no quería...

—No ha sido culpa tuya —dijo Edwin.

—Pero...

—Ivor. No ha sido culpa tuya.

Dora recuperó la lámpara y volvió a encenderla; la luz reveló el pequeño rellano situado al comienzo de la escalera y el cuerpo de Edwin apoyado contra la pared.

—Déjame ver.

—No es nada.

—Todavía no sabes si es nada.

Edwin intentó incorporarse. Apoyó una mano en el suelo, se ayudó con el muro y consiguió ponerse de pie. Pero al cargar el peso sobre la pierna, la cara se le contrajo en algo que no consiguió disimular a tiempo.

Dora lo sujetó del brazo.

—Espera.

—Puedo andar.

—Prueba.

Edwin dio un paso y el dolor lo paró en seco.

—No así —dijo Dora.

Ivor los miraba desde la puerta sin moverse.

—¿Nos vamos?

Edwin miró hacia la escalera. Durante un momento pareció tentado de ignorar el dolor y continuar; después volvió la atención hacia su pierna.

—Sí.

Dora empujó la puerta del sótano hasta dejarla casi en su sitio, sin cerrarla del todo. La corriente de aire frío siguió saliendo por la rendija, y ella lo notó en el dorso de la mano.

—Volvemos al pueblo.

Edwin no protestó. Antes de alejarse, sin embargo, levantó la lámpara rota y alumbró una última vez la entrada. La escalera bajaba hacia un sitio que no habían visto y que estaba, con toda probabilidad, debajo de la parte de la torre a la que no habían podido llegar.

Dora la miró también.

—Volveremos.

—Tenemos que volver.

El sendero de tierra pareció mucho más largo que por la mañana.

Edwin avanzaba despacio, cargando el peso de manera desigual y apoyando de vez en cuando la mano en un tronco.

Dora acortó el paso para ir a su altura sin hacérselo notar, y cada tanto volvía la cabeza hacia atrás.

La torre desaparecía entre los árboles y reaparecía desde otro ángulo, y cada vez parecía distinta; o quizá eran ellos, que habían empezado a mirarla de otra manera.

Ivor llevaba la vista fija en el suelo.

—Yo no quería que te cayeras.

Edwin respiró hondo antes de contestar, y tardó lo suyo.

—Ya lo sé.

—Si no hubiera puesto el pie...

—Habría ocurrido de todas formas; la piedra estaba suelta.

Ivor pareció aceptar la explicación y Dora sostuvo la lámpara apagada contra el cuerpo:

—La próxima vez no bajarás solo.

Ivor la miró:

—¿Habrá una próxima vez?

Dora volvió la vista hacia la torre:

—Sí.

Edwin no respondió, pero tampoco contradijo a su hija. Cuando llegaron a la verja, Dora se volvió por última vez. La torre sobresalía entre los árboles, inmóvil y oscura contra el cielo del final de la tarde

Ahora ya sabían que no tenía una sola entrada: había otra puerta, había una escalera y había algo bajo tierra que Maurice y, probablemente, Samuel Vey podían haber conocido.

Pero ninguno de los tres sabía todavía qué encontrarían allí.

Edwin apoyó una mano sobre el hierro de la verja antes de seguir, más para descansar la pierna que por otra cosa.

—Volvamos al pueblo.

Empezaron a alejarse, y detrás de ellos la torre se quedó otra vez en silencio, con una puerta principal abierta de par en par por primera vez en muchos años y otra, pequeña y tapada por los arbustos, entornada.