La torre de Rookmere Capítulo 16 Los nombres en la piedra
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Capítulo 16 Los nombres en la piedra

La puerta de la torre estaba frente a ellos. Edwin avanzó sin apresurarse; había esperado aquel momento desde que recibieron la carta de Maurice, aunque durante el viaje no había conseguido explicarse qué esperaba encontrar.

La puerta era mucho mayor de lo que había parecido desde la verja. La madera estaba ennegrecida y cuarteada en vetas largas, y los herrajes habían soltado sobre la piedra dos manchas verticales de óxido que el agua había ido alargando hacia abajo durante décadas, como dos lágrimas de hierro.

Sacó la llave que Elias había guardado dentro de la pequeña caja y la sostuvo entre los dedos: era antigua, de hierro oscuro; el borde estaba gastado y una fina capa de óxido cubría parte de la superficie.

—Prueba —dijo Dora.

Edwin introdujo la llave en la cerradura y giró: el mecanismo respondió con un leve chasquido, pero la puerta no se movió; volvió a intentarlo, esta vez aplicando un poco más de fuerza, pero nada. Edwin retiró la llave:

Retiró la llave y la miró.

—Abre la cerradura. Pero la puerta sigue sujeta.

Dora se acercó.

—¿Estás seguro de que es la llave?

—Ha entrado hasta el fondo y ha girado. Es la llave. —Dio un paso atrás para ver el conjunto—. Lo que pasa es que no es la única.

Ivor se había quedado unos pasos por detrás, mirando hacia arriba con la cabeza echada hacia atrás. Se acercó por un costado y pasó los dedos por la madera ennegrecida que rodeaba el marco, y luego los apartó y se los miró, negros.

—Aquí hay otra.

Edwin se volvió. El chico señalaba una pieza de metal pequeña, casi cubierta por la suciedad y por el desgaste de la propia madera.

—¿Qué es esto?

—Una cerradura.

Edwin acercó la lámpara y, al mirar con atención, aparecieron otras dos: una casi a ras de suelo, donde la hierba llegaba al umbral, y otra bastante más arriba, medio escondida en una moldura del marco.

Dora, que había estado mirando la más alta, dijo entonces, sin pensarlo, con la voz de quien recita algo que lleva tres días dándole vueltas:

—El segundo piso se abre con el código de nuestra infancia.

El silencio que vino después fue distinto de los otros silencios de aquella mañana.

Edwin bajó la lámpara despacio y se volvió hacia su hija. No levantó la voz. Fue mucho peor.

—¿Cómo sabes tú eso?

Dora no contestó.

—Dora.

—Lo leí.

—¿Dónde?

Ella habría dado cualquier cosa por que Ivor no estuviera allí. El chico se había quedado exactamente donde estaba, con los dedos todavía negros, mirando fijamente la base del muro.

—En el sobre del tío Elias.

Edwin tardó un momento entero en volver a hablar.

—El sobre estaba cerrado.

—Sí.

—Estaba cerrado con lacre.

—Sí.

—¿Cuándo?

—En casa de Alfred. La última noche.

Edwin miró la puerta, no a ella. Dora habría preferido que la mirase.

—Tu tío me entregó ese sobre en su casa, delante de su mujer enferma, y me pidió una sola cosa: que no lo abriera hasta llegar. Le di mi palabra. —Hizo una pausa—. Y la palabra la di yo, no tú. De manera que el que ha quedado mal con mi hermano soy yo.

—Papá...

—No he terminado. —Seguía sin levantar la voz—. Podías haberme preguntado. En el tren teníamos cuatro horas.

—Te pregunté catorce veces desde que llegó la carta.

—Y te dije que no podía contestarte.

—Eso no es contestar. Eso es cerrar una puerta y decirle a alguien que espere fuera. —A Dora le temblaba la voz y la odió por eso—. Llevo semanas fuera de todas las habitaciones de esta familia.

Edwin se quedó callado.

—¿Y qué decía? —preguntó al fin.

—Eso. Solo eso. Una frase, y debajo «con cariño, Elias». Nada más. —Dora respiró—. Estuve dos días pensando que había cometido una barbaridad para nada. Y anoche entendí que no era un mensaje. Una frase que no le sirve a nadie que no sepa ya la respuesta no es un mensaje. Es una contraseña.

Edwin la miró entonces, y algo se le movió en la cara que ella no supo leer.

—Sí —dijo—. Eso es exactamente lo que es.

—¿Y tú sabes la respuesta?

—Puede que la sepa. —Volvió a levantar la lámpara hacia la puerta—. Y esto no ha terminado. Lo hablaremos cuando salgamos, y cuando lo hablemos no va a gustarte. Ahora hay que abrir esto.

Ivor levantó la cabeza por primera vez.

—Tío.

—¿Qué?

El chico dudó un segundo y decidió decirlo.

—Yo lo sabía.

Edwin lo miró.

—Ya lo suponía.

—No se lo dije.

—No. —Edwin le puso una mano en el hombro, brevemente—. Y eso vamos a discutirlo también, pero contigo va a ser más corto.

Ivor asintió, aliviado y humillado a partes iguales, que era justo lo que correspondía.

Edwin volvió a la puerta.

—Una frase sobre el segundo piso no nos sirve para esto. Aquí hacen falta llaves.

—¿Y de dónde sacamos dos llaves?

Edwin no contestó enseguida. Se apartó del umbral y recorrió el muro exterior con la mirada, despacio, de abajo arriba.

Había zonas donde la piedra original había sido reparada con material distinto, y otras donde los ladrillos parecían haber sido colocados por alguien que tenía prisa o que no sabía.

—Elias y yo veníamos por aquí de pequeños.

Dora levantó la cabeza.

—¿Aquí?

—Por estos alrededores. —Edwin seguía mirando el muro—. Nos escondíamos, inventábamos juegos y guardábamos cosas donde nadie pudiera encontrarlas.

—¿Y guardasteis algo aquí?

—No estoy seguro.

Ivor se había ido apartando y estaba agachado junto a una sección baja del muro.

—Tío.

Edwin caminó hasta él.

En aquel tramo del muro había una hilera irregular de ladrillos y algunos sobresalían ligeramente, mientras entre ellos aparecían piedras de diferentes tamaños, como si hubieran sido colocadas sin seguir un patrón.

Edwin se agachó, pasó los dedos por una de las juntas y no ocurrió nada; probó con un ladrillo y estaba firme; después tocó una de las piedras pequeñas y cedió. Edwin se quedó quieto:

—Espera.

La retiró y detrás había un hueco oscuro. Dora se arrodilló a su lado:

—¿Eso era lo que buscabas?

Edwin no respondió todavía; sacó otra piedra y después un ladrillo estrecho, y el espacio aumentó.

Entonces un recuerdo apareció con mayor claridad: dos muchachos escondidos detrás de una pared, una tarde de verano, una discusión absurda sobre quién había encontrado primero aquel escondite, Elias riéndose y unas llaves que ninguno de los dos quería entregar al otro.

Edwin metió la mano. Los dedos tocaron metal.

Sacó una llave cubierta de óxido.

Ivor se inclinó tanto que casi le tapó la luz.

—¿Hay otra?

Edwin volvió a buscar y encontró la segunda. Las dejó las dos sobre la piedra, una al lado de la otra.

Dora las miró sin tocarlas.

—¿Son las que escondisteis vosotros?

—Eso creo.

—¿Cómo puedes no estar seguro?

Edwin cogió una y le dio la vuelta en la palma.

—Porque han pasado muchos años. Y porque cuando las guardamos aquí no sabíamos que fueran importantes.

Regresaron a la entrada. La llave de Elias seguía en la primera cerradura.

Edwin cogió una de las encontradas y la metió en la segunda: encajó.

Giró, y el mecanismo respondió. Probó la última: encajó también, giró, y esta vez algo se movió al otro lado de la madera, algo grande, con un sonido que llegó desde dentro de la piedra.

Ivor dio un paso adelante.

—Ahora.

Edwin apoyó ambas manos sobre la madera y empujó.

La puerta cedió con una resistencia que parecía venir de toda la estructura; los herrajes chirriaron y un sonido profundo atravesó el interior mientras la puerta se abría lentamente.

No era un ruido limpio: hierro, madera y piedra parecieron protestar al mismo tiempo después de tantos años sin movimiento. Ivor retrocedió un paso:

—Eso ha sonado horrible.

Dora sostuvo la lámpara con más fuerza y Edwin no respondió; entró primero.

La luz alcanzó apenas unos metros del vestíbulo: el suelo estaba cubierto de polvo y pequeños restos de piedra; el aire era más frío que en el exterior y tenía el olor seco de una habitación cerrada durante mucho tiempo.

Dora entró detrás de él e Ivor fue el último; la puerta quedó abierta a sus espaldas, por el momento. Edwin avanzó unos pasos.

—No os separéis.

Dora levantó la lámpara y la luz recorrió uno de los muros laterales.

Y entonces aparecieron.

Había placas fijadas sobre la piedra. Docenas.

Algunas eran pequeñas, poco más que rectángulos de metal ennegrecido con los bordes remachados; otras estaban montadas en marcos oscurecidos por el tiempo.

Casi todas tenían una capa de polvo tan fina y tan uniforme que se veía perfectamente dónde habían pasado los dedos de alguien, hacía años, para leerlas.

Las letras estaban grabadas a golpe, hundidas, y en algunas quedaban restos de un material claro que en su momento debía de haberlas rellenado.

Dora se acercó a la primera y leyó. No conocía aquel nombre. Pasó a la segunda, después a la tercera. Tampoco.

Ivor iluminó una parte más alta del muro.

—Hay muchísimas.

—No paséis de ahí —dijo Edwin.

Dora no le hizo caso, y él no insistió, y ninguno de los dos lo comentó.

La luz se detuvo sobre una placa a la altura de su pecho. Dora inclinó la lámpara y se quedó inmóvil.

MAURICE ELLERY

No dijo nada. Se le cortó la respiración durante un instante y notó el frío de la torre de una manera distinta, como si acabara de entrar por otro sitio.

Movió la luz unos centímetros hacia la derecha.

SAMUEL VEY

Esta vez fue Edwin quien se detuvo.

Dora lo miró.

—Era él.

—Sí.

La respuesta llegó sin evasivas, y quizá por eso le dio más miedo.

Dora se acordó del salón del dirigible: el nombre pronunciado en voz baja dos filas por detrás, la referencia a Maurice, la posibilidad —que ella misma se había ofrecido como consuelo— de que todo fuera una casualidad.

Ya no podía sostenerla. Samuel Vey estaba allí, grabado en metal, a cuatro dedos de Maurice Ellery.

—¿Quién era? —preguntó Dora.

Edwin contempló la placa:

—No lo sé.

Dora lo miró sorprendida:

—¿No sabes quién es?

—Sé que existía. Oí ese nombre en esta parte del país cuando tenía la edad de Ivor, y lo oí poco y en voz baja. —Edwin pasó la luz por la hilera siguiente—. Saber que un nombre existe no es saber de quién es.

—Pero Maurice lo conocía.

—Eso parece.

—¿Y qué son todos estos nombres?

Edwin recorrió el muro entero con la lámpara. La luz fue sacando de la oscuridad placa tras placa, hilera tras hilera, más allá de donde alcanzaba a contarlas.

—No lo sé todavía.

—Papá, esto es una lista.

—Eso parece.

Ivor había dejado de mirar las placas y observaba el camino que se abría delante de ellos:

—Tío.

Edwin se volvió y el muchacho señaló hacia el interior: a unos metros, el paso desaparecía bajo un derrumbe; dos grandes pilares de piedra habían cedido y caído sobre el corredor: algunos bloques estaban amontonados en el suelo, mientras otros permanecían inclinados y apoyados unos sobre otros de una manera que no inspiraba confianza.

Edwin se acercó hasta donde pudo e iluminó la parte superior: no había un espacio suficiente para pasar. Ni para Ivor.

Dora recorrió el montón con la luz.

—¿Podemos moverlos?

—No.

—¿Seguro?

—Sin herramientas, no. Y con herramientas tampoco lo haría. —Edwin señaló uno de los bloques inclinados—. ¿Ves ese? Está aguantando a los otros tres. Quien tocara ese estaría debajo de los otros tres.

—¿Y cuándo cayó?

—Hace mucho. Mira el polvo: está igual encima de las piedras que en el suelo. Esto no se ha movido en años.

Ivor contempló el obstáculo con las manos en los bolsillos.

—Entonces habrá que entrar por otro sitio.

Edwin no contestó. Se quedó mirando el derrumbe un rato largo.

La torre los había dejado entrar, sí. Unos metros. Lo justo para enseñarles una pared llena de nombres y una montaña de piedra donde empezaba todo lo demás.

Dora volvió la atención a las placas.

—Maurice estuvo aquí.

Edwin no respondió.

—Y Samuel Vey también.

—Sí.

—Entonces no era una coincidencia.

Edwin sostuvo la lámpara delante de los dos nombres, y durante unos segundos ninguno de los tres dijo nada. La luz temblaba un poco, porque la mano le temblaba a él.

—No.

Dora sintió que aquella respuesta cambiaba algo: hasta esa mañana Samuel Vey había sido una voz escuchada accidentalmente en el aire; ahora tenía un nombre grabado en piedra y estaba ligado a Maurice de una manera que ninguno de ellos comprendía todavía. Ivor se acercó a Dora:

—¿Quién era Maurice para vosotros?

Ella miró a su padre y Edwin permaneció callado.

—Eso lo sabréis —dijo por fin—. Pero no aquí.

Ivor aceptó la respuesta y Dora levantó nuevamente la lámpara hacia el corredor:

—Hay que encontrar otra entrada.

Edwin asintió. Retrocedieron. La luz volvió a pasar por las paredes, por las placas, por el rectángulo gris de la puerta.

Desde dentro, la torre parecía mucho mayor de lo que era desde fuera: no se veía el techo, no se veía el final, solo piedra, polvo y una oscuridad que empezaba a tres metros de la lámpara y no terminaba en ninguna parte.

Antes de salir, Dora volvió a mirar los dos nombres.

Habían viajado desde Alemania, habían cruzado media Europa por el aire y habían atravesado Inglaterra en tren buscando una explicación. Y acababa de entender que lo primero que la torre les daba no era una explicación.

Era una prueba.

Sus nombres estaban en aquel muro con muchos otros que nadie de su familia había pronunciado nunca; eso significaba que todavía quedaba una parte de la historia que ninguno de ellos conocía y, detrás del derrumbe, la torre guardaba el resto.