La torre de Rookmere Capítulo 15 La verja #2
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Capítulo 15 La verja #2

—Comparado con todo.

Edwin sonrió.

El conductor siguió por la calle principal y a un lado apareció una posada de dos plantas, con fachada de ladrillo y una enseña colgada sobre la puerta. Dora leyó el nombre en voz alta.

—The Rookmere Arms.

Ivor la imitó, separando las sílabas.

—The Rookmere Arms.

—Muy bien.

—¿Qué significa?

—Es el nombre de la posada.

—Eso ya lo había entendido. —Señaló el escudo pintado en la enseña—. Esas cosas de ahí, ¿significan algo?

—Sí —dijo Dora—. Pero no sé qué.

—¿Puedo preguntarlo?

—A alguien de aquí, cuando bajemos.

—¿Y por qué tú no lo sabes?

—Porque a mí tampoco me lo cuentan todo. —Dora miró por la ventanilla—. Bienvenido a mi vida.

Pasaron frente a la taberna: dos hombres estaban sentados afuera; uno de ellos levantó la cabeza cuando el automóvil cruzó delante del establecimiento, pero el otro continuó hablando.

Más adelante apareció un establo y varias carrozas permanecían estacionadas en el patio, donde había también dos automóviles. Dora reparó en ello:

—Pensé que sería más aislado.

El conductor respondió:

—Todavía no han llegado a la parte aislada.

La frase hizo que Dora mirara al frente. Entonces apareció la torre: no toda, solo la parte superior sobresalía entre los árboles, al fondo de la calle. Dora se incorporó:

—Ahí.

Edwin permaneció callado.

—¿Es esa?

—Sí.

La torre desapareció detrás de una hilera de casas e Ivor volvió la cabeza:

—No la vi.

—Ya la verás.

Siguieron avanzando: la calle descendió ligeramente y pasaron junto a un pequeño mercado donde una mujer ordenaba verduras, un hombre cargaba cajas y un perro dormía bajo un banco; en una ventana se exhibían periódicos.

La vida del pueblo parecía completamente normal, y eso fue, precisamente, lo que más inquietó a Dora: no había nada amenazante en las personas, nada en los negocios, nada en los animales; y, sin embargo, la torre parecía modificar el lugar, pues siempre estaba presente, aunque solo fuera como una sombra sobre un tejado o una forma oscura detrás de un árbol.

—¿La gente sabe lo que hay ahí dentro? —preguntó.

El conductor se encogió de hombros.

—Saben que está la torre. Los pueblos se acostumbran a sus edificios igual que se acostumbran a un viejo: lo ven todos los días y dejan de verlo.

El conductor tomó otra calle: ahora las casas estaban más separadas y aparecieron terrenos mayores, muros antiguos y árboles que crecían sin el orden de los jardines de la parte central.

Un hombre paseaba un caballo y una niña recogía flores junto a una cerca; más allá había una pequeña iglesia cuyas campanas comenzaron a sonar: el sonido se extendió por el pueblo y luego desapareció.

Ivor dejó de hablar y Dora también guardó silencio, mientras Edwin seguía mirando hacia adelante.

—¿Falta mucho? —preguntó ella.

—Unos minutos.

—Papá.

—Dora.

—Cuando lleguemos, ¿vas a contarme de una vez qué pasó aquí?

—Ya veremos.

—«Ya veremos» es de las frases que más usas.

El camino se hizo más estrecho: a ambos lados crecían árboles altos y el sol atravesaba las ramas en franjas de luz sobre la carretera.

La torre volvió a aparecer, esta vez completa: era de piedra oscura; los muros gruesos y las pequeñas aberturas le daban una apariencia austera, casi cerrada sobre sí misma, y no tenía el aspecto de un edificio construido para recibir visitantes, pues se levantaba sobre una elevación suave detrás de algunos árboles. Ivor la contempló:

—¿Es ahí donde vamos?

—Sí.

Dora observó a su padre: su rostro había cambiado; no mucho, lo justo.

—¿La conocías?

Edwin mantuvo los ojos hacia delante:

—Conocía el nombre.

—No te pregunté eso.

El conductor miró brevemente por el espejo y Edwin no respondió. El automóvil siguió avanzando y Dora comprendió que no obtendría nada más de él en aquel momento.

La carretera terminaba en una pequeña explanada: había una verja de hierro y, más allá, comenzaba un camino de tierra cubierto de hojas; al fondo se veía nuevamente la torre, pero ahora estaba más cerca, mucho más cerca. Ivor se aproximó al cristal:

—Es enorme.

Dora no respondió: la piedra estaba marcada por el paso del tiempo, algunas zonas parecían más oscuras que otras y la vegetación crecía junto a los muros; no había nadie alrededor y el lugar parecía separado del pueblo a pesar de encontrarse a pocos minutos de sus calles.

El conductor redujo la velocidad, las ruedas crujieron sobre la grava y el vehículo avanzó hasta quedar frente a la verja y se detuvo.

Por un instante ninguno de los tres se movió, hasta que Edwin abrió finalmente la puerta:

—Hemos llegado.

Bajó primero. Dora salió después y notó el cambio de temperatura de inmediato: allí el aire era más frío que en el pueblo, y no por poco. Ivor saltó al suelo y se quedó mirando hacia arriba.

El conductor abrió el compartimento trasero.

—¿Dónde le dejo las maletas?

—Aquí está bien.

Entre los dos descargaron el equipaje. Dora cogió el paquete de Edith y Edwin sacó la caja de madera que Elias le había dado.

—Puedo volver más tarde, si lo necesitan.

—¿Estará en el pueblo?

—Suelo pasar por la calle principal y volver por este camino después del mediodía.

Edwin miró la torre.

—No sabemos cuánto nos va a llevar.

—Entonces vengo por la tarde. Si no están aquí, espero un rato.

—Nos vendrá bien.

El conductor asintió y cerró el compartimento.

—Y si necesitan algo antes, pregunten por mí en Rookmere. Me conocen.

—Gracias. —Edwin se detuvo antes de apartarse—. ¿Ha traído usted a alguien hasta aquí antes?

El hombre lo miró.

—A esta verja, no.

—¿Y a otras?

—He llevado a mucha gente a muchos sitios, señor. —Se subió al automóvil—. Lo que hace cada uno al bajarse ya no es asunto del conductor.

El motor arrancó. El vehículo retrocedió unos metros, maniobró y volvió a tomar el camino entre los árboles. Dora lo siguió con la vista hasta que dejó de verlo, y después, durante un momento, hasta que dejó de oírlo, que tardó bastante más.

Ivor ya estaba en la verja, con las dos manos en los barrotes.

—¿Entramos?

Dora se acercó.

—Supongo que sí.

—¿Qué quiere decir «supongo»?

—Que nadie nos ha dicho qué hacer después de llegar.

—Entonces lo decidimos nosotros.

Dora miró hacia atrás. Su padre se había quedado unos pasos detrás, con la caja de madera en una mano.

—Parece que ya lo ha decidido alguien.

Edwin se acercó y apoyó la caja en el poste de piedra de la verja. Sacó del bolsillo la llave pequeña que Elias le había entregado dos semanas antes, en una habitación con las cortinas medio corridas y su mujer enferma en el piso de arriba.

Dora e Ivor se acercaron sin que nadie los llamara.

—No la abras aquí —dijo Dora—. Eso fue lo que dijo el tío.

—Dijo que no la abriera allí. —Edwin metió la llave en la cerradura—. Porque no era para allí.

La llave entró entera y giró a la primera, con un chasquido limpio que sonó demasiado alto en aquel sitio.

Edwin levantó la tapa.

Dentro, sobre un fondo de fieltro verde comido por la polilla en una esquina, había una sola llave. Era grande, de hierro oscuro, con el borde gastado y una capa fina de óxido cubriéndole parte de la paleta. Llevaba allí dentro el tiempo suficiente para haber dejado su forma marcada en el fieltro.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Ivor fue el primero.

—Es de la torre.

—Eso parece —dijo Edwin.

Dora miró la llave, y después la verja, y después a su padre, y le hizo la única pregunta que le importaba.

—Si ahí dentro hay respuestas, ¿nos las vas a dar todas?

Edwin cerró los dedos sobre el hierro.

—Las que pueda.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Ya lo sé.

Lo miró un instante más y comprendió que insistir allí, de pie en la grava, con Ivor delante, no iba a servirle de nada. La torre estaba enfrente. El silencio de su padre también.

Frente a ellos se levantaba Rookmere Tower: detrás de la verja no había un sendero que invitara a continuar, solo piedra, árboles y silencio.

Dora respiró profundamente: habían recorrido Alemania, cruzado el cielo de Europa y atravesado Inglaterra para llegar hasta allí; ahora estaban frente al lugar que Maurice había dejado atrás, y por fin la historia de la que todos hablaban comenzaba a tener una forma concreta.

Edwin avanzó hacia la verja, Dora e Ivor fueron detrás y los tres llegaron hasta la entrada.

Ninguno de los tres sabía todavía qué había al otro lado.