La torre de Rookmere Capítulo 15 La verja
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Capítulo 15 La verja

La mañana en casa de los Mercer empezó con voces en la cocina.

Dora se despertó antes de la hora y durante unos segundos no supo dónde estaba: el techo era distinto —bajaba en pendiente hacia la ventana—, y la luz tenía un tono gris que la noche anterior no había visto.

Oyó pasos en el pasillo y, poco después, una voz de hombre desde abajo.

—Ya están despiertos.

Se levantó y se vistió deprisa. Cuando abrió la puerta, Ivor estaba al otro lado con la mano levantada, a punto de llamar.

—Hugh está abajo.

—¿Y?

—Quiere enseñarme una cosa.

—¿A esta hora?

—Dice que las cosas rotas se ven mejor con luz de mañana.

Dora empezó a peinarse mientras caminaba hacia la escalera.

—Entonces vamos.

Abajo encontraron a los demás alrededor de la mesa. Edith había preparado huevos, pan, mantequilla, mermelada y té, y lo había puesto todo a la vez, de manera que la mesa parecía más pequeña de lo que era. Alfred ocupaba la cabecera y Edwin estaba sentado a su lado, ya vestido para salir.

—¿Habéis dormido bien? —preguntó Edith.

—Sí —dijo Dora.

—Yo he dormido en una habitación que no era la mía —dijo Ivor—. Al principio todo sonaba distinto. Después sonó igual.

Hugh apareció con una caja pequeña bajo el brazo y la dejó delante de Ivor.

—Aquí.

—¿Qué es?

—La rueda de una bicicleta.

Ivor la sacó y la giró entre las manos.

—Está rota.

—Por eso la tengo.

—¿La vas a arreglar?

—Tal vez.

—¿Cómo que tal vez? Si está rota, hay que arreglarla.

—¿Y si no se puede?

—Todo se puede arreglar —dijo Ivor

Alfred soltó una risa por lo bajo. Ivor buscó a Edwin con la mirada, en demanda de apoyo técnico.

—Mi tío arregla cosas.

—Arreglo algunas —dijo Edwin—. Pero escúchame antes: arreglar no es lo primero. Lo primero es entender por qué se rompió.

—¿Y eso importa?

—Si no importara, la volverías a romper el martes.

Ivor se quedó con la rueda en las manos, mirándola de otra manera.

Los niños salieron al jardín poco después. Dora los observó desde la ventana: Hugh mostraba a Ivor una bicicleta vieja apoyada contra un cobertizo y, aunque los dos hablaban en una mezcla de inglés y algunas palabras que Ivor había aprendido durante el viaje, parecían entenderse bastante bien.

Alfred se acercó a Edwin con la tetera.

—¿Cuándo pensáis salir?

—Después del desayuno.

—¿Directos a Rookmere?

—Directos.

Alfred guardó silencio un instante. Dora, sin aparentarlo, dejó de mirar por la ventana.

—¿Estás seguro?

Edwin lo miró.

—No.

—Bien.

—¿Bien?

—Me preocuparía más que estuvieras demasiado seguro.

Edwin dejó escapar una breve risa.

—No recuerdo que fueras tan pesimista.

—No soy pesimista; conozco las torres antiguas.

Dora, que seguía cerca de la ventana, volvió la cabeza. Alfred se sentó:

—¿Has visto el sobre? —preguntó Alfred.

—Sí.

—¿Y la caja?

—También.

Alfred no preguntó qué contenían.

No preguntó qué contenían; había algo en la manera de Alfred de aceptar ciertas cosas que hacía pensar que ya había aprendido, con los años, que algunas respuestas llegaban mejor cuando uno no intentaba arrancarlas.

Terminaron de desayunar y Edith envolvió comida para el camino:

—No sabéis cuánto vais a tardar.

—Unas horas, probablemente —dijo Edwin.

—Entonces comeréis antes de saberlo. —Le puso el paquete a Dora en los brazos—. Guárdalo bien.

—Gracias.

—Y comedlo. No me lo traigáis de vuelta como un trofeo.

Ivor volvió del jardín con Hugh detrás y con algo en la mano.

—Esto es para ti —dijo Hugh.

—¿Qué es?

—Una ficha.

—¿Para qué?

—Para que no se te olvide el juego.

Ivor la giró entre los dedos. Era una ficha sencilla, de madera clara, con un borde redondeado por el uso y una marca de tinta medio borrada en una cara.

—¿Es tuya?

—Era del juego. Ahora es tuya. Los juegos no se pierden si la ficha viaja.

Ivor se la guardó en el bolsillo, junto a la brújula, y comprobó con la mano que las dos cosas cupieran sin hacerse daño.

—Entonces tienes que venir a Alemania.

—Tal vez.

—«Tal vez» es lo que dicen los mayores cuando quieren decir que no.

Hugh miró a Edwin.

—¿Quién le ha enseñado eso?

—Mi prima —dijo Ivor.

Edwin negó con la cabeza sin perder la sonrisa.

—No la discutas. En esa casa gana ella.

Dora observó a los dos niños: habían pasado poco más de un día juntos y ya hablaban con la facilidad de quienes se conocen desde hacía mucho más tiempo. Cuando llegó el momento de salir, Hugh acompañó a Ivor hasta la puerta:

—Escribe.

—Sí.

—En inglés.

Ivor lo pensó unos segundos.

—Lo intentaré.

—Eso quiere decir que vas a escribir en alemán.

—Voy a escribir en las dos. Así practicas tú.

—Trato hecho.

Edith abrazó a Dora y después a Ivor, y a Ivor lo abrazó dos veces porque la primera no le pareció suficiente. Alfred estrechó la mano de Edwin y, antes de soltarla, bajó la voz.

—Acuérdate de lo que hablamos anoche.

—Me acordaré.

Alfred no le soltó la mano.

—Era un hombre de palabra, Edwin.

Hubo un silencio muy corto en el recibidor. Edwin le sostuvo la mirada.

—Alfred...

—Lo era.

—Aquí no.

Alfred miró un instante hacia donde estaba Dora, comprendió y aflojó la mano.

—Está bien. Aquí no.

La respuesta quedó entre ambos y Edwin no preguntó nada más.

Subieron al automóvil. Dora ocupó el asiento de atrás con Ivor y Edwin se sentó delante.

El conductor cerró la puerta y arrancó. La casa de los Mercer empezó a quedarse atrás; Hugh se quedó junto a la entrada y levantó una mano, e Ivor hizo lo mismo hasta que el camino tomó una curva y la casa desapareció.

Durante unos minutos no habló nadie. El paisaje se abría a los dos lados de la carretera: campos, grupos de árboles, construcciones bajas de piedra.

Algunas cercas estaban cubiertas de zarza y en ciertos tramos la carretera parecía demasiado estrecha para que se cruzaran dos automóviles, cosa que a nadie le preocupaba.

—¿Cuánto falta? —preguntó Dora.

—No demasiado.

—Eso dijiste ayer.

—Entonces hoy será más verdad.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo hasta la próxima curva.

El conductor sonrió mirando la carretera.

—¿Primera vez por esta zona?

—Para ellos —respondió Edwin.

—¿Y para usted?

Edwin tardó un instante.

—No.

El conductor no insistió; llevaba demasiados años al volante para no reconocer un asunto cerrado.

Ivor se inclinó hacia la ventanilla.

—¿Hay lobos?

Dora lo miró.

—¿Por qué iba a haber lobos?

—No sé. En los cuentos siempre hay lobos en los caminos.

—Estamos en Inglaterra, no en un cuento.

El conductor soltó una carcajada.

—Lobos no hay.

—¿Zorros?

—Eso sí.

—¿Son peligrosos?

—Para las gallinas. Para usted, solo si se dedica a las gallinas.

Ivor pareció darse por satisfecho, como si le hubieran entregado un mapa de los peligros reales del país.

Pasaron junto a una granja: dos caballos quietos cerca de un cercado, varias gallinas moviéndose alrededor de una construcción baja, una mujer que apareció en la puerta y desapareció enseguida sin mirarlos.

Más adelante había un estanque pequeño medio cubierto de plantas acuáticas y Dora distinguió dos patos que no se movieron al pasar el coche.

El viento entraba por una de las ventanillas cargado de olor a vegetación húmeda.

Edwin seguía atento al camino. Dora se inclinó un poco hacia delante.

—¿Has venido por aquí antes?

Él tardó en responder.

—Hace mucho.

—¿Con Maurice?

La pregunta se quedó sin contestar. El conductor levantó una mano para señalar una bifurcación.

—¿Rookmere?

—Sí —dijo Edwin.

El automóvil tomó el camino de la derecha.

Dora volvió a mirar la nuca de su padre.

No le había gustado aquella respuesta incompleta: no había dicho que sí hubiera venido con Maurice, pero tampoco había dicho que no.

Había un tercer tipo de respuesta, pensó, que era la que él más usaba: la que deja la pregunta entera para poder volver a ella cuando le convenga.

Ivor seguía pendiente del paisaje.

—¿Cómo se dice iglesia?

—Church.

—Church.

—Eso.

—Árbol.

—Tree.

—Campo.

—Field.

—Caballo.

—Horse.

Ivor sonrió.

—Ya tengo cuatro más.

—Te faltan unas cuantas.

—Tengo tiempo.

Edwin habló desde delante, sin volverse.

—No te acostumbres a llevar la cuenta de todo.

—Me ayuda.

—¿A qué?

—A saber cuánto sé.

—¿Y lo que no sabes lo llevas en otra lista?

Ivor se lo pensó con toda seriedad.

—Esa lista es más larga.

—Pues cuídala.

Dora sonrió.

La carretera empezó a estrecharse: las casas aparecían más separadas y, en algunos tramos, los setos eran tan altos que solo podían verse las copas de los árboles, mientras el automóvil avanzaba con lentitud.

En una curva apareció una pequeña taberna: dos caballos estaban amarrados frente a la puerta y un hombre salió con un cubo en la mano; dentro, detrás de las ventanas, podían distinguirse algunas mesas.

Más adelante había un taller y el golpe regular de un martillo contra el metal llegó hasta la carretera. Ivor se volvió:

—¿Qué hacen ahí?

—Trabajan.

—Ya lo sé.

—Entonces no preguntes.

—Pregunto para confirmar. Vosotros confirmáis cosas todo el rato y nadie os dice nada.

Dora se rio.

El conductor señaló hacia delante con la barbilla.

—Estamos llegando a Rookmere.

El nombre produjo un cambio casi imperceptible en la atención de Dora: hasta ese momento había sido solo el destino escrito en una carta y mencionado varias veces durante el viaje; ahora estaba allí: Rookmere.

El automóvil pasó entre las primeras casas; el pueblo era más grande de lo que Dora había imaginado: no era una ciudad, pero tampoco una aldea reducida a unas pocas viviendas; había una calle principal, varias calles secundarias y una sucesión de casas que parecían haber crecido alrededor de una parte más antigua del lugar.

En una esquina había una tienda de comestibles; más adelante, una panadería; luego una pequeña ferretería, un taller de reparación de carruajes y un establo.

Un grupo de personas conversaba delante de una taberna, dos hombres cargaban sacos en un almacén, una mujer salía de una tienda con una cesta y un niño corría detrás de un perro.

Ivor giraba la cabeza de un lado a otro para no perderse nada.

—Aquí hay mucha gente.

—Comparado con el camino —dijo Dora.