La torre de Rookmere Capítulo 14 Los Mercer #2
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Capítulo 14 Los Mercer #2

La conversación cambió de rumbo: hablaron de personas que ya no estaban, de amigos de juventud, de trabajos y de la ciudad; Edwin recordó una historia de cuando él y Alfred eran adolescentes, y Alfred recordó otra, terminando por exagerar algunos detalles hasta que Edwin tuvo que corregirlo.

Dora escuchaba. Allí aparecía otra versión de su padre: no el hombre que guardaba documentos y decidía cosas desde que Maurice había muerto, sino alguien que había sido joven, que había tenido amigos, que se había mojado en un río de este país, y a quien Maurice pertenecía como pertenece todo lo que ocurrió antes.

Después de comer, los niños salieron al jardín. Hugh le enseñó a Ivor una caseta pequeña donde guardaba herramientas y piezas de bicicleta clasificadas en latas. Moss los siguió y se echó en el umbral; Merton desapareció entre los arbustos con la dignidad intacta.

Los adultos se quedaron un rato más en el comedor. Edwin y Alfred siguieron hablando en voz baja y Dora comprendió que aquello era deliberado, de modo que salió al jardín, más por orgullo que por discreción, y se quedó viendo cómo Hugh le explicaba a Ivor algo relacionado con una rueda.

Volvió a la casa poco después. La tarde avanzaba y el cielo se había cubierto; el viento movía las ramas y hacía vibrar los cristales en los marcos.

Edith se acercó a Edwin.

—Podéis quedaros esta noche.

—No queremos dar problemas.

—No los dais.

Alfred asintió:

—Será mejor que descanséis.

Edwin miró a Dora y ella no puso objeciones:

—Aceptamos.

Hugh celebró la noticia:

—Entonces Ivor se queda conmigo.

—Eso habrá que preguntárselo a él primero —dijo Edith.

Ivor apareció desde el jardín con Moss detrás.

—Sí.

—Ni siquiera sabes lo que te he preguntado.

—Sí lo sé. Estaba en la puerta.

Todos rieron. La cena fue más tarde; después, los niños fueron llevados a sus habitaciones: Dora recibió una habitación pequeña en el piso superior, Edwin ocuparía otra al final del pasillo e Ivor dormiría en una habitación junto a Hugh.

Antes de acostarse, Edwin revisó sus cosas: la caja, la llave pequeña, el dinero, el sobre. Comprobó que todo siguiera en su sitio y volvió a dejarlo todo en la cartera, sobre la silla. Dora lo miraba desde la puerta.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—¿Vas a dormir?

—Eso espero.

Ella se quedó un momento en el umbral.

—Alfred cree que estás haciendo lo correcto.

Edwin sonrió sin ganas.

—Alfred siempre creyó demasiado en mí. Es su único defecto y lleva cuarenta años sin corregirlo.

Dora cerró la puerta. Pasó un rato y la casa quedó en silencio: un reloj marcó la hora y después se escucharon pasos en la planta baja. Dora seguía despierta, boca arriba, con los ojos abiertos en el techo inclinado.

Pensaba en la comida. En Maurice. En la torre. En la manera en que a Alfred le había cambiado la cara, que era la misma manera en que le había cambiado a Margaret, a dos países de distancia y con una semana de diferencia.

Y pensaba en el sobre.

Se levantó sin encender la luz. El suelo de aquella casa crujía en sitios distintos a los de la suya, lo cual resultó ser un problema.

Recorrió el pasillo pegada a la pared. La puerta de Edwin estaba entreabierta y él dormía con la respiración pesada de quien lleva tres días acumulando cosas. La cartera seguía sobre la silla.

Dora la cogió con las dos manos para que no se abriera sola y volvió a su habitación. Cerró. Encendió la lámpara pequeña y se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama.

Sacó el sobre.

No tenía nada llamativo: una letra firme, ninguna indicación, y el lacre entero de un solo lado.

Lo sostuvo un momento largo y fue entonces cuando entendió el problema entero, con una claridad desagradable: aquello no se podía deshacer.

Podía leerlo o no leerlo. Lo que no podía era leerlo y que nadie lo supiera.

Se quedó así un rato, con el pulgar encima del lacre.

Después lo levantó.

Dentro había una sola hoja doblada en tres. La desdobló y leyó. Contenía una frase:

El segundo piso se abre con el código de nuestra infancia.

Y debajo, una segunda línea:

Con cariño, Elias.

Dora volvió a leerla; nada más: ni una explicación, ni una dirección, ni una pista evidente sobre cuál era aquel código.

Dobló la hoja, pero entonces oyó una voz detrás de ella:

—¿Qué haces?

Dora se sobresaltó: Ivor estaba en la puerta, descalzo y con el cabello revuelto. Ella escondió el papel instintivamente:

—Nada.

Ivor la miró:

—Eso dice siempre mi padre.

Dora casi sonrió:

—Deberías estar durmiendo.

—Tú también.

El muchacho entró y vio el sobre sobre la mesa:

—¿Es de tu padre?

—No.

Ivor esperó, y Dora terminó por sacar nuevamente la hoja:

—Es de tu padre.

Ivor se acercó y se agachó a su lado. Leyó la primera línea moviendo los labios.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—¿Segundo piso de qué?

—Tampoco lo sé.

—¿Y qué código?

—Ivor.

—Vale.

Miró la firma.

—Elias.

—Sí.

El muchacho pensó durante unos segundos:

—Si es de mi padre, el tuyo lo sabe.

—Probablemente.

—Entonces pregúntaselo.

Dora dobló la hoja.

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero descubrirlo yo antes.

Ivor la miró un momento.

—¿Y para qué?

Dora no tenía la respuesta preparada, y por eso la que salió fue la verdadera.

—Porque si lo descubro yo, tendrán que contármelo todo lo demás. Y si se lo pregunto, me dirán «ya veremos».

Ivor asintió. Aquello le pareció razonable.

—¿Y si no lo descubres?

—Entonces te preguntaré a ti.

—Yo puedo pensar.

—Eso espero.

Se levantó y fue hacia la puerta. Antes de salir se volvió.

—¿Se lo vas a decir a mi tío?

Dora miró el sobre, con el lacre partido por la mitad.

—Todavía no.

—Vale. —Ivor se quedó con la mano en el picaporte—. Entonces yo tampoco.

—Ivor. No te estoy pidiendo que mientas.

—Ya lo sé. —Se encogió de hombros—. Me estás pidiendo que no diga nada.

Y se fue, dejando a Dora con la incómoda sensación de haber sido definida por alguien de doce años.

Dora permaneció sola. Guardó la hoja dentro del sobre y devolvió la cartera de Edwin exactamente al lugar donde la había encontrado; luego apagó la lámpara.

La habitación quedó oscura y desde la ventana llegaba el sonido del viento entre los árboles.

Dora volvió a acostarse: pensó en aquellas tres palabras que parecían esconder algo mucho mayor —segundo piso, código, infancia—, y comprendió que el viaje no los estaba llevando simplemente hacia un lugar donde encontrarían respuestas, pues alguien había dejado una puerta preparada y solo faltaba descubrir cómo abrirla.