Capítulo 14 Los Mercer
El tren había abandonado hacía rato las zonas más pobladas cuando Edwin comenzó a reconocer el paisaje.
No podía decir exactamente dónde estaban, pues había cambiado demasiado desde la última vez que había recorrido aquella parte del país; los campos se extendían a ambos lados de las vías, separados por setos, pequeños muros y grupos de árboles que el viento movía con suavidad.
De vez en cuando aparecía una granja, una iglesia o una hilera de casas alrededor de una carretera estrecha.
Ivor dormía: había pasado la última hora intentando seguir en la revista un mapa que ya no guardaba relación con lo que veía por la ventana; al final había cerrado los ojos y apoyado la cabeza contra el cristal.
Dora observaba a su padre; Edwin tenía un periódico doblado sobre las piernas, pero hacía rato que no lo leía.
—¿Reconoces algo?
—No mucho.
—Creía que conocías esta zona.
—La conocía.
Dora esperó. A veces funcionaba.
—Eso fue hace muchos años —añadió él.
—¿Cuántos?
—Bastantes para que hayan cambiado los setos. Un seto tarda treinta años en ponerse así.
El tren redujo la velocidad y Edwin se inclinó un poco hacia la ventana.
—Aquí.
Ivor abrió los ojos de golpe.
—¿Ya?
—Todavía no.
—Parecía que sí.
—Te has dormido.
—No me he dormido.
—Sí —dijo Dora.
—Estaba pensando con los ojos cerrados.
Se incorporó y se frotó la cara con las dos manos.
—¿Dónde estamos?
Edwin le dijo el nombre de la estación e Ivor lo repitió en voz baja dos veces, probando dónde caía el acento.
—Nunca había oído este sitio.
—Por eso estamos aquí.
—¿Vivía alguien conocido?
Edwin miró hacia fuera.
—Un amigo mío.
Dora levantó la cabeza.
—¿Vas a visitarlo?
—Hace mucho que no lo veo.
—¿Sabe que vamos?
—No.
—¿Y si no está?
—Estará.
—Eso no lo puedes saber.
—Puedo saberlo bastante. —Edwin dobló el periódico y se lo guardó bajo el brazo—. Estoy seguro que Alfred Mercer lleva viviendo en la misma casa desde antes de que tú nacieras. Los hombres como él no se mueven.
Ivor se asomó al pasillo y regresó.
—Entonces, ¿por qué bajamos aquí y no avisamos antes?
Edwin sonrió.
—Porque le daremos una sorpresa.
El tren se detuvo: recogieron el equipaje y bajaron al andén.
La estación era pequeña; había una oficina de madera, un edificio bajo con dos puertas y un solo andén desde el que partían las vías hacia el campo.
Una mujer esperaba junto a una bicicleta y, más allá, un hombre cargaba una caja en un automóvil; no parecía una estación acostumbrada a recibir grandes grupos.
Edwin contempló el lugar: había cambiado poco, o tal vez él había cambiado demasiado.
—¿A cuánto está la casa? —preguntó Dora.
—No mucho.
—Papá.
—Unos quince minutos andando.
Salieron de la estación. El aire tenía otra calidad distinta a la de Londres: era más limpio y frío, cargado del olor húmedo de los campos.
Una carretera estrecha pasaba frente al edificio y desaparecía entre árboles; un hombre paseaba un perro, dos niños iban en bicicleta y una mujer sacudía una alfombra delante de una casa. Ivor respiró hondo:
—Aquí está más tranquilo.
—Sí.
—¿Y por qué se oye más?
Dora se dio cuenta de que tenía razón.
Anduvieron unos minutos. La casa estaba algo apartada de la carretera; tenía una fachada de ladrillo claro, un porche pequeño y un jardín cuidado sin aquella rigidez que caracterizaba la casa de Elias. Un árbol grande daba sombra a la entrada y debajo había un banco de madera. Edwin se detuvo.
—Es aquí.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Llamó y no pasó mucho antes de que la puerta se abriera. Un hombre de unos cincuenta y tantos años apareció en el umbral; durante un instante examinó a Edwin sin reconocerlo, pero después abrió los ojos:
—No puede ser.
—Sigue siendo posible.
El hombre soltó una carcajada y lo abrazó.
—Edwin.
—Alfred.
Dora observó la escena; el abrazo duró poco, pero bastó para demostrar que no se trataba de un encuentro meramente cordial. Alfred retrocedió y reparó en ella:
—¿Y esta?
—Mi hija. Dora.
—Mucho gusto.
—Igualmente. —Alfred la miró un segundo más de lo normal—. Tienes la cara de tu padre cuando escuchaba.
Después se volvió hacia Ivor.
—¿Y este caballero?
Ivor extendió la mano antes de que nadie hablara por él.
—Ivor Rennick.
Alfred se la estrechó con una seriedad que hizo sonreír al chico.
—Alfred Mercer.
Una voz llegó desde dentro.
—¿Quién es?
Alfred volvió un poco la cabeza.
—No te lo vas a creer.
Apareció su mujer, Edith, con el pelo gris recogido y un delantal manchado de harina en un solo sitio. Al ver a Edwin se quedó completamente quieta.
—Dios mío.
—Siento presentarme sin avisar.
—No se te ocurra volver a disculparte por eso.
Lo abrazó y después cogió a Dora del brazo con una confianza de veinte años.
—Entrad. Tenéis que estar cansados.
—No queríamos molestar.
—Ya estás molestando al decirlo.
Entraron. La casa tenía un aspecto cálido y vivido: había libros sobre una mesa, fotografías familiares en la repisa y una radio apagada junto a una ventana; desde la cocina llegaba el olor de la comida.
Ivor se detuvo al escuchar un ladrido: un perro viejo apareció al fondo del corredor y avanzó directamente hacia él. Ivor se agachó:
—¿Cómo se llama?
—Moss —respondió Edith.
El perro olfateó la mano del niño y luego se quedó a su lado. Desde otra habitación apareció un gato de pelaje oscuro:
—Y ese es Merton —dijo Alfred—. No le gustan las visitas.
El gato se metió debajo de una silla y desde allí los vigiló.
—Parece simpático —dijo Ivor.
—No se lo digas delante de él. Se le sube.
Antes de que pudieran seguir, apareció un niño en la escalera. Tendría unos once años y los miró con una curiosidad que no se molestó en disimular.
—¿Quiénes son?
—Amigos —dijo Alfred.
—¿De cuándo?
—De hace mucho.
—Eso no es una fecha.
—De antes de que existieras, que para ti es lo mismo.
El niño bajó los últimos escalones y se plantó delante de Ivor.
—¿Tú eres inglés?
—Sí.
Hugh frunció el ceño.
—No lo pareces.
—¿Y cómo tendría que parecerlo?
Hugh se lo pensó de verdad, y no encontró nada.
—No sé.
—Pues entonces lo soy.
Dora intervino.
—Él es Ivor. Yo soy Dora.
—Hugh.
Se estrecharon la mano. Hugh reparó en la pequeña brújula que asomaba del bolsillo de Ivor:
—¿Funciona?
—Sí.
—Déjame verla.
Ivor se la entregó, y en cuestión de minutos los dos estaban inclinados sobre una mesa hablando de mapas, de trenes y de sitios en los que ninguno había estado, en una mezcla de inglés y de las pocas palabras que Ivor había aprendido desde Friedrichshafen.
Edwin los dejó allí. Alfred señaló el comedor.
—Hay comida.
—No teníais que preparar nada.
—No lo hemos preparado para vosotros.
—Eso me tranquiliza.
—Es lo que sobró de ayer.
Edith apareció con otra fuente.
—Y he hecho más, que es distinto.
Se sentaron. La comida era sencilla y abundante: carne fría, patatas, verduras, pan y una tarta que Edith había preparado por la mañana. Alfred llenó los vasos:
—No esperaba verte.
—Yo tampoco esperaba parar aquí.
—¿Y qué haces en Inglaterra?
Edwin bajó la mirada un instante y después la levantó.
—Maurice ha muerto.
Alfred dejó el tenedor en el plato. No lo soltó: lo dejó, que es distinto. El cambio en su cara fue inmediato y no intentó disimularlo.
—¿Maurice?
—Hace unos días.
Se quedó inmóvil un momento antes de apoyar la mano abierta sobre el mantel, como si necesitara sujetarse a algo plano.
—No lo sabía.
—Nosotros tampoco lo supimos hasta que llegó la carta.
—Pero...
La frase no llegó a completarse. Edwin esperó. Alfred se pasó una mano por la cara, de arriba abajo.
—Creía que seguiría ahí.
—Yo también.
—No es que pensara en él a menudo, ¿me entiendes? Uno no piensa. Simplemente sabía que estaba. —Miró a Edwin—. Hay gente que no hace falta ver para saber que está. Y luego se muere y resulta que ocupaba mucho.
Edith dejó el cubierto.
—¿Estaba enfermo?
—No lo sabemos.
—¿No lo sabéis?
Alfred volvió hacia Edwin.
—¿Y has venido por él?
—Sí.
La respuesta no necesitó nada más. Alfred bajó la mirada al plato.
—Entonces supongo que era importante.
Edwin no respondió, y Dora, que llevaba media comida callada, decidió que era su turno.
—¿Qué relación teníais vosotros?
Alfred la miró.
—¿Con Maurice?
—Sí.
—Conocí a Maurice antes de conocer a tu padre.
Dora dejó el tenedor.
—¿Antes?
—Bastante antes.
—¿Y cómo es eso?
Alfred miró a Edwin. Durante un instante pareció estar midiendo cuánto le estaba permitido, y Edwin hizo un gesto mínimo con la cabeza que Dora vio perfectamente y que no supo interpretar.
—Éramos amigos —dijo Alfred.
—¿Tú y Maurice?
—Los tres, al final. Pero no al mismo tiempo ni de la misma manera.
—Eso no significa nada.
—Significa mucho —dijo Alfred—. Lo que pasa es que tendría que contártelo por orden, y el orden no me toca a mí.
Dora aguantó la mirada un poco más y después cambió de sitio el ataque.
—¿Y la torre?
Alfred dejó el vaso en la mesa sin beber.
—¿Ya sabes lo de la torre?
Dora miró a su padre. Edwin no apartó la atención del plato.
—Sé que vamos hacia allí.
—¿Eso es todo lo que sabes?
—Eso es todo lo que me han dicho.
Alfred se quedó callado un momento. Después asintió despacio.
—Entonces Maurice dejó algo de verdad.
—¿Por qué?
—Porque nadie manda a nadie a Rookmere por una tontería.
Apoyó las dos manos sobre la mesa.
—Tu padre es un hombre de palabra, Dora.
Ella lo miró.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque vas a pasar unos días preguntándole cosas que no te va a contestar, y quiero que sepas que el silencio de ese hombre nunca ha sido por comodidad.
Dora volvió la vista hacia Edwin. Él siguió comiendo, pero algo se le había movido en la cara.
—¿Has estado en Rookmere? —preguntó ella.
—Hace muchos años.
—¿Y qué recuerdas?
Alfred sonrió.
—Una torre.
Dora dejó escapar una risa corta.
—Eso ya lo sabemos.
—Pues entonces ya sabes bastante por hoy.
—Alfred —dijo Edith.
—Tiene razón tu mujer —dijo Alfred, levantando las dos manos.