Capítulo 13 Inglaterra #2
—Muchas. Pero esas no se las puedo decir yo. Esas se las va diciendo el sitio.
Dora se quedó con la frase. Empezaba a sospechar que en aquel país la gente contestaba así.
Edwin se inclinó un poco hacia delante.
—¿Cuál sería la mejor forma de llegar a West Malling?
Dora volvió la cabeza. Su padre había dicho el nombre sin sacar ningún papel, sin dudar en la primera sílaba, con la naturalidad de quien nombra una parada de su propia línea. Y no lo había mencionado ni una sola vez en todo el viaje.
El conductor lo miró por el espejo.
—Kent. Tendrán que seguir hasta una estación con buen enlace y desde allí bajar.
—¿Cuántos cambios?
—Uno, si tienen suerte con la hora.
Dora repitió el nombre para sus adentros. West Malling. No le decía absolutamente nada, y eso era lo único que compartía con él.
Ivor abrió nuevamente la revista, intentando encontrar una palabra que había visto durante el viaje:
—¿Qué significa «road»?
—Carretera —respondió Dora.
Ivor negó con la cabeza.
—No.
—¿Cómo que no?
—Aquí no puede ser carretera. Está al lado de un dibujo de un campo.
Edwin intervino.
—Camino.
—¿Y cuál de las dos es?
—Depende de cómo se use.
Ivor pareció encantado.
—Entonces sirve para varias.
El conductor sonrió sin apartar la vista de la calle.
—Eso es aprender un idioma.
Dora miró a su padre.
—¿Has oído?
—Sí.
—Ya tienes competencia.
—No pienso competir con un niño de doce años.
Poco después llegaron a la estación, donde había mucho más movimiento: personas con equipaje, vendedores, empleados ferroviarios y hombres cargando maletas cruzaban de un lado a otro mientras un tren esperaba en uno de los andenes. Edwin pagó al conductor y el hombre sacó el equipaje:
—¿Van lejos?
—A West Malling.
El conductor levantó ligeramente las cejas.
—Kent.
—Sí.
—Bonito sitio.
—Eso espero.
El hombre cerró el maletero.
—Depende de lo que vayan a buscar.
Edwin no respondió. El automóvil se alejó y los tres entraron en la estación.
Compraron los billetes y esperaron hasta que les indicaron el andén; Ivor contemplaba las locomotoras, los relojes, los vendedores y los pasajeros que iban y venían, mientras un hombre anunciaba periódicos y Dora compró uno antes de subir.
Abrió la primera página: las noticias estaban llenas de asuntos políticos y económicos; algunas le parecían lejanas, mientras otras hablaban del transporte y de acontecimientos de la semana. Edwin miró por encima de su hombro:
—Nada de Maurice.
Dora dobló el periódico.
—No estaba buscando su nombre.
—Ya.
—Esta vez es verdad.
—Está bien.
—Lo estaba buscando ayer, en el otro. Hoy no.
Edwin no supo si aquello era una confesión o un reproche, y decidió no averiguarlo.
Ivor se acercó.
—¿Qué es Maurice?
Dora y Edwin se miraron por encima de su cabeza.
—Nada —dijo ella.
Ivor frunció el ceño.
—Todo el mundo dice «nada» cuando es algo.
—Vas a tener que aprender —dijo Edwin— que hay preguntas que no se contestan el mismo día en que se hacen.
Ivor se lo pensó unos segundos.
—Eso también lo dice mi padre.
—Pues por algo será.
—Sí. Porque los dos sois hermanos y os habéis puesto de acuerdo.
El tren llegó. Subieron y encontraron un compartimento vacío: Edwin colocó el equipaje mientras Dora elegía el asiento junto a la ventana e Ivor quedó frente a ella.
Durante los primeros minutos observaron cómo la estación se alejaba: los edificios fueron dejando paso a casas más pequeñas, luego a jardines y finalmente a espacios abiertos.
Dora permaneció atenta al paisaje: el campo inglés empezaba a rodearlos; no era Londres, todavía no conocía Londres y, sin embargo, aquella transición desde la ciudad hacia zonas más abiertas produjo en ella una sensación de acercamiento: cuanto más se alejaban de los edificios, más real parecía el destino que los esperaba.
Ivor abrió la revista y volvió a buscar palabras, mientras Edwin sacó la carta de Maurice, la leyó en silencio y volvió a guardarla. Dora lo observó:
—¿Todavía no vas a decirme nada?
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que estamos haciendo.
—Vamos a Kent.
—Eso ya lo sé.
—Entonces sabes bastante.
—Sé el sitio. No sé para qué.
—Es más de lo que sabía yo hace dos semanas.
Dora lo miró de otra manera.
—¿Eso es verdad?
Edwin miró por la ventana.
—Es verdad.
El tren continuó su marcha. Al cabo de un rato, el paisaje empezó a adquirir otra apariencia: había más árboles, campos amplios, pequeñas casas separadas por caminos, iglesias y granjas; la luz de la tarde caía sobre la hierba y hacía visibles las zonas húmedas del terreno. Ivor contempló el exterior:
—Inglaterra es verde.
Edwin respondió:
—A veces.
Dora se rio:
—Déjalo disfrutar.
—Lo estoy dejando.
Pasaron varias estaciones y ninguna parecía ser la que buscaban. Ivor empezó a cansarse y apoyó la cabeza contra el cristal; Dora lo observó:
—¿Tienes sueño?
—No.
Dos minutos después había cerrado los ojos. Edwin sonrió y Dora habló en voz baja:
—Es un niño.
—Lo sé.
—¿Estás preocupado?
Edwin tardó en responder:
—Sí.
Dora lo estudió:
—No lo parece.
—Eso no significa que no lo esté.
Ella volvió la atención al exterior mientras el sol descendía lentamente y la tarde se acercaba a su final.
Todavía no sabía qué encontrarían al bajar del tren, no sabía quién era Samuel Vey, no sabía qué significaba realmente la fotografía, no comprendía por qué Margaret había reaccionado de aquella manera y tampoco sabía qué contenía la caja que Edwin llevaba consigo.
Pero había una cosa que ya no admitía dudas: estaban dentro de Inglaterra.
El tren avanzaba hacia Kent y, con cada kilómetro, el nombre de Maurice Ellery parecía desprenderse de las palabras de aquella carta para adquirir un peso propio.
Dora apoyó la cabeza contra el cristal; todavía no sabía quién había sido, pero empezaba a comprender que descubrirlo podía significar mucho más de lo que había imaginado.