Capítulo 13 Inglaterra
La mañana estaba avanzada cuando el paisaje empezó a cambiar.
Dora llevaba un buen rato junto a la ventana.
El cielo se había cubierto con una capa fina de nubes y la luz que entraba en la góndola había perdido el tono dorado de las primeras horas; ahora era una luz plana, sin sombras, que igualaba todas las caras del salón.
Abajo, los campos se extendían en formas irregulares, cortados por carreteras, agrupaciones pequeñas de casas y manchas de árboles que desde allí parecían musgo.
Ivor había dejado la revista sobre la mesa; ya no preguntaba por las palabras, sino que se limitaba a contemplar lo que aparecía al otro lado del cristal, recuperando poco a poco la atención que había perdido después de tantas horas de viaje.
Edwin permanecía sentado frente a ellos, con una taza entre las manos y la misma calma que había mostrado desde el comienzo del vuelo.
—¿Ya estamos cerca?
—Sí.
—¿De Inglaterra?
—De Inglaterra.
Ivor se incorporó.
—¿Y cómo lo sabes?
Edwin señaló con la barbilla.
—Por la costa.
—Yo no veo ninguna costa.
—Mira debajo de las nubes, no delante
Ivor se acercó y Dora hizo lo mismo. A lo lejos comenzaba a distinguirse una línea diferente bajo las nubes: el mar.
Todavía no era más que una franja gris azulada, pero bastó para despertar el interés de varios pasajeros, que fueron acercándose a las ventanas: algunos hablaban en inglés, mientras otros continuaban conversando en alemán; una mujer señaló la costa y dijo un nombre que Dora no alcanzó a entender, y un hombre explicaba a su acompañante qué parte del litoral estaban viendo.
Mientras tanto, Ivor Preguntó:
—¿Eso es el mar?
—Eso es el mar.
—Es enorme.
—Y solo estás viendo un trozo —Terminó Edwin.
Luego Dora escuchaba sin comprender todo lo que decían el resto de los pasajeros, pero, aun así, empezaba a reconocer algunas palabras: England , coast , London .
La palabra Inglaterra, pronunciada en otro idioma, le produjo una sensación extraña: la había oído toda la vida; lo diferente era encontrarse allí, suspendida sobre aquel territorio que hasta entonces solo había conocido a través de relatos familiares.
El dirigible siguió avanzando: el mar quedó atrás y comenzaron a aparecer más edificaciones; primero algunas casas aisladas, después caminos más transitados y grupos de viviendas cada vez mayores. Ivor buscaba algo que no podía identificar:
—¿Dónde está Londres?
—Todavía no puedes verlo.
—¿Pero está ahí?
—Más adelante.
—¿Y cómo sabes que está más adelante?
—Porque es hacia donde vamos.
Ivor lo miró con desconfianza.
—Eso no es saber. Eso es ir.
Edwin se rio.
—A veces es lo mismo.
—Tú y Dora decís siempre eso. Que las cosas son lo mismo. Y nunca son lo mismo.
—Anota también esa —dijo Dora.
La respuesta no pareció convencerlo del todo, pero Ivor volvió a sentarse.
Dora continuó junto a la ventana. Había imaginado Inglaterra muchas veces a partir de las historias de Agnes, las palabras de Edwin, fotografías antiguas y unas pocas postales conservadas en casa, pero nada se parecía a aquello: desde arriba no existía una Inglaterra determinada; había caminos, casas, campos, chimeneas y personas demasiado pequeñas para distinguir sus rostros, y la imagen que había construido durante años se deshacía delante de sus ojos para convertirse en un lugar real.
—Les rogamos que permanezcan sentados durante las maniobras de descenso.
Las conversaciones bajaron de volumen. Ivor guardó la revista sin que nadie se lo dijera. Edwin miró hacia fuera.
—Ya queda poco.
Dora apoyó las manos sobre la mesa y notó que el corazón le iba más deprisa. No era miedo. Era la expectativa de llegar a un sitio que hasta aquella mañana había existido solo en fotografías y en recuerdos que no eran suyos.
La ciudad comenzó a crecer debajo de ellos: aparecieron edificios industriales, carreteras más anchas, pequeñas estaciones y largas hileras de viviendas; incluso desde aquella altura podían distinguirse los movimientos de los vehículos.
Después apareció el campo de aterrizaje: había personas reunidas, vehículos y varias estructuras auxiliares, y a medida que se aproximaban, el lugar parecía mucho mayor.
El Graf Zeppelin inició el descenso y el salón se quedó en silencio. Ivor tenía las dos manos apoyadas en el cristal. Dora se inclinó hacia él.
—¿Lo ves?
—Todo.
La respuesta le arrancó una sonrisa.
La tierra se acercó despacio. El descenso fue suave, sin la sacudida que algunos pasajeros habían estado temiendo en voz baja, y el movimiento se fue reduciendo hasta que las personas que esperaban abajo dejaron de ser figuras y pasaron a ser personas.
La maniobra ocupó varios minutos: hombres corriendo por el campo con las cuerdas, voces que llegaban amortiguadas, vehículos aproximándose por un lateral.
Finalmente el aparato quedó amarrado, y hubo un momento —breve, curioso— en que nadie se movió, como si todos estuvieran esperando permiso para volver a ser gente de tierra.
Edwin se levantó.
—Ahora.
Ivor cogió su maleta con las dos manos y Dora recogió el bolso.
La salida fue más lenta que la entrada: los viajeros descendían uno a uno por la escalera y, al tocar tierra, se detenían durante un instante antes de continuar.
Cuando Dora llegó abajo experimentó una sensación inesperadamente sencilla: había imaginado que Inglaterra se sentiría diferente, pero el aire era simplemente aire, el suelo estaba firme y las personas caminaban; un hombre gritaba una instrucción a otro y un automóvil pasaba por una zona cercana.
El mundo seguía funcionando exactamente igual que antes de que ellos llegaran, y eso, por algún motivo, le pareció casi una descortesía.
Ivor descendió detrás de ella y se volvió de inmediato para buscar a los dos niños con los que había hablado durante el vuelo; tardó unos segundos en encontrarlos: el hermano mayor estaba junto a una de las entradas, acompañado por un adulto, y cuando vio a Ivor, levantó la mano.
Ivor respondió y avanzó unos pasos, lo suficiente para despedirse sin abandonar la zona destinada a los pasajeros:
—¡Goodbye! —gritó Peter.
Ivor tardó un instante en encontrar la palabra.
—¡Goodbye!
Peter señaló la revista que Ivor llevaba bajo el brazo.
—Remember this.
Ivor levantó el pulgar.
—Ja.
Peter se rio. El hermano mayor se acercó un paso.
—Take care.
Ivor entendió la intención, aunque no todas las palabras.
—You too.
Volvió junto a Edwin muy serio, como quien acaba de cerrar un asunto importante.
—¿Qué ha dicho?
—Que tengas cuidado.
—Eso ya lo sé.
Dora se rio.
—Entonces estás aprendiendo.
—No. Es que todo el mundo me dice lo mismo en todos los idiomas.
Se alejaron de la zona de desembarque: el Graf Zeppelin permanecía detrás de ellos y desde tierra parecía todavía más grande que desde la ventana. Dora se volvió una última vez, sin saber si volvería a verlo, e Ivor hizo lo mismo. Edwin recogió una de las maletas:
—Vamos.
Avanzaron hacia el exterior del campo. Había gente esperando a los pasajeros: algunos se abrazaban, otros discutían con conductores por el precio antes de subir, un empleado empujaba un carro con equipaje mal sujeto.
El sitio no tenía el aspecto de una gran terminal; era un campo organizado alrededor de una instalación aeronáutica, con vallas provisionales y hierba pisada, y aquel día la llegada de una máquina como aquella había juntado a más gente de la que solía.
Edwin preguntó por el transporte y un hombre le indicó una zona donde esperaban varios automóviles de alquiler. Edwin se acercó al primero:
—Necesitamos llegar a una estación.
El conductor bajó y cogió una de las maletas sin preguntar si podía.
—¿Cuál?
—La que nos permita seguir hacia Londres.
El hombre los miró a los tres, calculando el equipaje y los kilómetros.
—Puedo llevarlos a una con buenas conexiones. Y desde esa se va a todas partes, que no todas sirven.
—Eso es lo que necesitamos.
Subieron: Dora se acomodó junto a la ventana e Ivor quedó entre ella y Edwin; luego el automóvil se puso en marcha.
Durante los primeros minutos ninguno habló mientras Dora observaba las calles con una atención renovada.
Era Inglaterra: no una fotografía, no una palabra aprendida en casa; Inglaterra.
Las casas le resultaban extrañamente familiares y desconocidas al mismo tiempo: algunas tenían ladrillos oscuros, otras fachadas más claras; había pequeños jardines delanteros, chimeneas y cercas bajas, mientras los vehículos compartían el espacio con bicicletas y carros de reparto.
La ciudad se movía con un ritmo diferente al de Friedrichshafen; no completamente distinto, pero sí lo suficiente para que Dora sintiera que todo estaba ligeramente desplazado.
Ivor contemplaba cada detalle:
—¿Habla inglés todo el mundo?
—Casi todo el mundo.
—Entonces voy a tener que aprender más.
—Lo harás —dijo Dora.
Pasaron junto a una calle llena de tiendas: un hombre cargaba una caja, una mujer salía de una panadería y dos perros caminaban detrás de sus dueños, mientras Un autobús avanzó en sentido contrario, alto, rojo, más ancho de lo que Ivor esperaba.
Ivor lo señaló con el dedo pegado al cristal.
—Ese.
—El autobús.
—¿La gente va ahí arriba?
—Arriba y abajo.
—¿Y no se cae?
—Por lo visto no.
Ivor lo siguió con la vista hasta que dobló la esquina.
—En Alemania también hay.
—También.
—Pero no así.
—No así.
Lo pensó un momento.
—Entonces no somos tan distintos. Solo el piso de arriba.
Dora sonrió.
—Puede que sea eso.
El conductor había estado escuchando sin meterse, y al cabo de un rato habló mirando por el retrovisor.
—¿Primera vez en Inglaterra?
—Para ellos —respondió Edwin.
—¿Y para usted no?
—Para mí no.
El hombre asintió despacio y no preguntó más, que fue lo que a Dora le llamó la atención.
—¿Es muy diferente? —preguntó ella.
—Depende de dónde venga usted.
—De Alemania.
El conductor se lo pensó de verdad, cambiando de marcha.
—Entonces va a encontrar bastantes cosas familiares. Las casas, el tiempo, la manera de hacer cola.
—¿Y otras no?