Capítulo 12 La fotografía
El día había avanzado sin que Dora se diera cuenta.
Después de comer, el salón se había vaciado un poco: algunos pasajeros descansaban en sus cabinas y otros permanecían junto a las ventanas; la luz entraba ahora de manera oblicua y hacía más visibles las vetas de la madera, las superficies pulidas y los reflejos que dejaban los cristales.
Ivor había encontrado compañía: dos asientos más adelante viajaba un niño aproximadamente de su edad, aunque parecía algo menor; lo acompañaba su hermano mayor, un muchacho de quince o dieciséis años que llevaba una revista doblada bajo el brazo.
Los dos niños habían empezado a hablar por una razón insignificante: el más pequeño dejó caer una pieza de madera que llevaba en la mano e Ivor la recogió.
—Es tuya.
—Gracias.
—¿Qué es?
—Una pieza de un avión.
Ivor la examinó entre los dedos, dándole la vuelta dos veces.
—No parece un avión.
—Porque está rota.
—Ah.
—Si estuviera entera lo parecería.
—Entonces no es una pieza de un avión —dijo Ivor—. Es un trozo.
El niño se lo pensó y decidió que le convenía aceptarlo.
—Es un trozo.
Ivor se metió la mano en el bolsillo.
—Yo tengo una brújula.
—¿Funciona?
—Eso creo.
La sacó y la sostuvo en la palma. El otro acercó la cabeza tanto que casi la tocó con la frente.
—¿Siempre señala el norte?
—Eso dice mi padre.
El hermano mayor habló desde su asiento, sin levantar la vista de la revista.
—Solo si la sujetas bien.
Ivor alzó la cabeza.
—¿Tú sabes?
—Un poco.
—Entonces ven.
El muchacho suspiró, se levantó y se acercó como si le costara un esfuerzo enorme. Cogió la brújula, la puso sobre la palma abierta y esperó. La aguja osciló, se pasó de largo, volvió y se quedó quieta.
—Funciona.
—¿Ves? —dijo Ivor al pequeño.
—Yo no he dicho que no.
—Lo has pensado.
Ivor la recuperó con cuidado. Pronto los dos niños empezaron a hablar de asuntos que no tenían relación con el viaje: hablaron de trenes, barcos, ciudades que conocían y otras que solo habían visto en mapas, mientras el hermano mayor intervenía de vez en cuando para corregirlos cuando exageraban.
Dora los observaba desde cierta distancia; no había nada extraño en aquella escena, y precisamente por eso le gustó: Ivor llevaba poco tiempo fuera de casa y ya había encontrado a alguien con quien entretenerse.
Edwin seguía sentado cerca de una ventana, con un periódico abierto por el que llevaba varios minutos sin avanzar.
Un camarero cruzó el salón, recogió una taza vacía, ayudó a una mujer a colocar una valija sobre el asiento y saludó a un pasajero por su apellido antes de continuar.
Iba impecable y se movía con una tranquilidad que no se correspondía con el balanceo mínimo y continuo del aparato.
Dora se preguntó cuántos años llevaría trabajando allí y si a esas alturas se acordaría de que estaba en el aire.
Más adelante, uno de los tripulantes conversaba con un pasajero cerca de la zona de navegación; la distancia era demasiada para oír nada.
El personal trabajaba con naturalidad, como si encontrarse a cientos de metros del suelo fuera una actividad cotidiana.
—Se llama Peter.
Dora dejó el libro que tenía en las manos.
—¿Peter qué?
—No sé.
—¿Y su hermano?
—Tampoco.
—Entonces ya sabes muchísimo sobre él.
—Sé que le gustan los barcos y que su hermano no le hace caso. —Ivor levantó una revista—. Y me ha prestado esto.
—¿Qué tiene?
—Ciudades.
Edwin levantó la vista.
—¿Otra vez estudiando?
—No estudio.
—¿Entonces?
—Estoy aprendiendo. No es lo mismo.
—¿Y cuál es la diferencia?
Ivor se sentó y abrió la revista sobre la mesa.
—Que estudiar es cuando alguien te dice lo que tienes que saber.
Dora sonrió al escucharlo. Ivor abrió la revista, donde había fotografías de distintas ciudades europeas:
—¿Cuál es esa?
—París —dijo Edwin.
—¿Has estado?
—No.
—Yo tampoco.
Pasó la página.
—¿Y esta?
Edwin miró.
—Manchester.
Dora se inclinó sobre la imagen: una calle ancha, edificios oscuros, vehículos y personas que a esa escala no eran nadie.
—No parece tan distinto.
—Las fotografías no sirven para eso —dijo Edwin.
—¿Y para qué sirven?
Cerró un poco el periódico.
—Para acordarse.
Dora aceptó la respuesta, aunque no estaba segura de compartirla.
Siguieron observando la revista: en algunas páginas aparecían pequeños mapas y referencias a ciudades por las que pasaría el dirigible durante el recorrido; Ivor preguntaba constantemente dónde estaban aquellos lugares, Edwin respondía cuando conocía la respuesta y Dora escuchaba.
Poco a poco, la conversación volvió a Inglaterra: Londres, Brighton, Liverpool, Escocia. Ivor quiso saber cuánto faltaba:
—Todavía bastante.
—¿Más de un día?
—No.
—Entonces no falta tanto.
Edwin sonrió.
—Depende de cómo lo mires.
Ivor volvió a las fotografías y, al cabo de un rato, se marchó otra vez hacia donde estaba Peter. Dora esperó a que se alejara del todo antes de acercarse a su padre.
—Quiero preguntarte una cosa.
Edwin cerró el periódico y lo dejó sobre la mesa.
—Dime.
—¿Qué hizo Maurice?
La pregunta llegó sin rodeos y Edwin tardó en contestar, pero Dora siguió antes de darle tiempo a esquivarla.
—Se ha movido todo el mundo por él. Tú, mamá, el tío Elias, Margaret. Y gente que yo no conozco de nada y que iba sentada detrás de mí esta mañana. —Bajó la voz—. Una muerte no hace eso sola. ¿Qué hizo ese hombre?
Edwin miró hacia la ventana, donde el paisaje se había vuelto uniforme y remoto.
—Fue un hombre muy importante para nosotros.
—Eso ya lo dijiste hace dos semanas.
Edwin se volvió hacia ella.
—Entonces te diré algo más.
Dora esperó, sin moverse, por miedo a estropearlo.
—Maurice y nosotros tuvimos una relación muy estrecha.
—¿Nosotros?
—Tu madre y yo.
—¿Qué quiere decir estrecha?
Edwin apoyó las manos sobre el periódico doblado.
—Que le debemos cosas.
Dora frunció el ceño.
—¿Dinero?
—No.
—¿Entonces qué?
Edwin le sostuvo la mirada.
—Una deuda que no se paga con dinero. Eso es lo que puedo decirte hoy.
La respuesta dejaba más preguntas de las que había antes, que era justamente lo que ella temía.
—¿Y cuál es la deuda?
—Todavía no puedo explicártelo.
Dora bajó todavía más la voz.
—Pero hubo una promesa.
Edwin tardó un segundo entero.
—Sí.
—¿Qué promesa?
—Eso vas a tener que descubrirlo.
Dora soltó el aire despacio.
—Otra vez.
—Lo sé.
—¿El tío Elias conoce la promesa?
—Sí.
—¿Y mamá?
—También.
Dora cruzó los brazos sobre la mesa.
—Entonces la única que no sabe nada soy yo.
—Ivor tampoco sabe.
—Ivor tiene doce años.
—Precisamente.
—Eso no es un consuelo, papá.
Ella volvió a la cuestión que le importaba.
—¿Y Samuel Vey?
Edwin levantó ligeramente las cejas, y ella lo vio.
—¿Qué pasa con él?
—Lo oí esta mañana. Ahí detrás.
—Quizá te confundiste.
—Dijeron el nombre entero.
—Hay muchos Samuel.
—También dijeron Maurice. En la misma conversación y en la misma frase.
Edwin guardó silencio. Dora no apartó la mirada.
—¿Es una coincidencia?
—Puede ser.
—No te creo.
Edwin aceptó aquello sin molestarse, y eso la desconcertó más que si se hubiera enfadado.
—No tienes que creerme ahora.
—Es lo único que me dices. «Ahora no.» «Todavía no.» «Ya habrá tiempo.»
—Porque es lo único que puedo decirte.
—¿No puedes o no quieres?
Edwin volvió a coger el periódico.
—Las dos cosas, Dora. Y no sabría decirte en qué proporción.
Ella regresó a su asiento. La tarde continuó sin incidentes: Ivor volvió junto a Peter y su hermano; ahora jugaban a señalar ciudades en la revista: uno decía un nombre y el otro debía encontrarlo.
El juego ocupó bastante tiempo y permitió que Dora quedara sola con sus pensamientos.
Después decidió recorrer un poco más la aeronave; no pretendía acercarse a lugares restringidos, solo quería conocer mejor el lugar donde estaban pasando tantas horas, y también, aunque no se lo dijo, moverse hasta que se le fuera de encima la conversación con su padre.
Cruzó el salón, siguió por el corredor y se detuvo donde podía distinguirse parte del trabajo de navegación: había instrumentos que no entendía, mapas sujetos con pinzas, relojes, una regla larga apoyada en diagonal.
Los hombres se movían con la misma precisión medida que había observado en el resto de la tripulación.
Uno levantó la vista al pasar ella y volvió a bajarla.
Más adelante había un tramo desde el que se veían algunos elementos de la estructura interior, vigas y cables que se perdían hacia arriba, y Dora avanzó un poco más.
El movimiento del aparato era tan suave que había momentos en que se le olvidaba del todo que estaba colgada del aire.
El corredor hacía un quiebro cerrado y allí la luz era escasa.
Alguien apareció por la esquina y no hubo tiempo de nada. Chocaron. El golpe no fue fuerte, pero bastó para que los dos perdieran el equilibrio: Dora cayó de rodillas y la otra persona trastabilló hacia un lado y se apoyó en el mamparo.
—Lo siento —dijo ella enseguida, desde el suelo.
Empezó a recoger lo que había quedado esparcido: dos plumas, un monedero pequeño, un jersey de lana que había caído abierto como un animal, varias cartas dobladas y dos fotografías.
Cogió primero una de las cartas y la dejó sobre el montón.
Después recogió una fotografía, la miró y se quedó completamente quieta.
La imagen mostraba a dos personas delante de un edificio.
No era la misma fotografía que había encontrado en el álbum de la bodega —lo supo enseguida, porque las de allí eran más pequeñas y tenían el borde blanco—, pero el parecido era demasiado: el mismo edificio, la misma posición, el mismo modo de estar de pie, con las manos delante, como si alguien les hubiera dicho dónde colocarse y hubieran obedecido dos veces con años de diferencia.
Dora sintió que el corazón empezaba a latirle más deprisa.
Tomó la segunda fotografía: era distinta Una mano se extendió hacia ella desde arriba.
—No te preocupes.
Dora levantó la vista. Desde donde estaba, de rodillas, y con aquella luz, solo alcanzó a ver el borde de una manga, un puño de camisa sin gemelo y una parte de la barbilla; quien tenía delante se había inclinado ya hacia el otro lado, con el jersey colgando de un brazo, y recogía las cartas a toda prisa, apretándolas contra el pecho sin ordenarlas.
Dora seguía con una de las fotografías en la mano.
—Esto...
Los dedos se abrieron y ella la entregó.
—Gracias.
Quiso preguntar algo. Alcanzó a formar la primera palabra y ya no había nadie enfrente: el monedero y las plumas desaparecieron del suelo en dos movimientos y los pasos se alejaron por el corredor, rápidos, sin arrastrar.
Dora se quedó de rodillas unos segundos más.
Podía haber ido detrás, pero no lo hizo.
Miró sus propias manos: había tenido aquella fotografía durante apenas unos segundos, pero la imagen seguía grabada en su memoria; no sabía quién era la persona con la que había chocado ni tampoco había podido distinguir su rostro, solo recordaba el jersey, las manos, un puño de camisa y aquellas fotografías.
Regresó lentamente al salón. Edwin levantó la cabeza:
—¿Dónde estabas?
—Recorriendo un poco el lugar.
—¿Y?
Dora se sentó:
—Nada.
Edwin volvió al periódico. Ella miró hacia donde estaban Ivor y Peter: el muchacho seguía hablando con sus nuevos amigos; uno señalaba una ciudad en la revista y el otro se reía.
Dora no consiguió prestar atención a la conversación; pensaba en la fotografía: era demasiado parecida a la que había encontrado en el álbum; no podía ser la misma, porque acababa de verla en manos de alguien que evidentemente no pertenecía a su familia, o eso suponía.
Sacó la libreta, la apoyó en el regazo y escribió una sola palabra:
Fotografía.
Debajo añadió:
La misma casa.
Cerró el cuaderno y lo guardó.
Edwin seguía leyendo mientras el dirigible avanzaba entre las nubes y la luz volvía a cambiar de sitio sobre las mesas.
Dora pensó en lo que le había dicho aquella tarde: una relación estrecha, una deuda que no se paga con dinero, una promesa que ella tendría que descubrir.
Después pensó en Samuel Vey, en los pasajeros de detrás, en las dos sílabas que había escrito sin saber de qué nombre eran.
Y volvió a mirar a su padre. Estaba tranquilo.
Pasaba las páginas, se detenía en una columna, seguía.
Eso fue lo que más la inquietó de todo el día: no que Edwin supiera quién era la persona del corredor —no lo sabía, no podía saberlo—, sino que era un hombre capaz de vivir así, años enteros, con algo guardado, sin que se le notara en el pulso al pasar una hoja.
Ella no sabía hacer eso.
Todavía no.