Capítulo 11 Sobre las nubes
Pasados los primeros minutos, el asombro inicial comenzó a ceder y los pasajeros retomaron poco a poco sus conversaciones.
Friedrichshafen había quedado atrás: desde el salón, la ciudad ocupaba apenas una parte del paisaje y el lago se extendía más allá de los campos como una superficie clara bajo el cielo de la mañana; las montañas permanecían a lo lejos, recortadas contra una luz todavía limpia.
Dora seguía junto a la ventana; había intentado localizar el barrio donde vivían, pero desde aquella altura las calles conocidas se mezclaban con otras que nunca había recorrido: el camino hacia el centro se había convertido en una línea apenas visible, la estación parecía diminuta y la casa, por supuesto, había desaparecido por completo.
Buscó durante un rato más y terminó aceptándolo.
Edwin ocupó la silla frente a ella.
—No la vas a encontrar.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de buscar.
—Quiero verla.
—Desde aquí no se puede.
—De eso ya me he dado cuenta.
Edwin bajó la voz.
—Hay cosas que no se ven mejor desde lejos. A veces se ven peor. La casa se hace pequeña, la calle se vuelve una raya y uno acaba pensando que la vida entera le cabe en la palma de la mano. No cabe.
—¿Lo dices por la casa o por otra cosa?
Edwin apoyó un brazo sobre la mesa. Parecía más tranquilo que en los últimos días, como si la tensión de los preparativos se hubiera quedado en tierra junto con las maletas que ya no había que revisar.
—Por la casa.
Ivor tenía otra clase de problema: no conseguía permanecer sentado.
Había recorrido varias veces la zona de pasajeros, observado los instrumentos que podían distinguirse desde allí y regresado a la cabina para comprobar que la brújula seguía en el bolsillo; poco después apareció con una revista que había encontrado en uno de los asientos:
—Encontré esto.
Se sentó junto a Dora y abrió la publicación: estaba llena de fotografías, anuncios y pequeños artículos. Ivor pasó varias páginas hasta detenerse ante una columna con palabras destacadas:
—¿Qué significa esta?
Dora se inclinó:
—«Station».
—¿Qué quiere decir?
—Estación.
Ivor repitió la palabra:
—Station.
—Sí.
Señaló otra:
—¿Y «ticket»?
—Billete.
—¿Y «train»?
—Tren.
Ivor cerró un poco la revista, satisfecho con el resultado:
—Ya sé tres.
Edwin había escuchado:
—No pretendas aprender inglés en una mañana.
—No quiero aprender todo.
—¿Entonces qué quieres aprender?
Ivor abrió de nuevo la revista:
—Las palabras que no conozco.
Edwin sonrió:
—Eso puede llevarte bastante tiempo.
El muchacho siguió pasando páginas: cuando encontraba una palabra que le llamaba la atención, preguntaba; Dora respondía cuando podía y, cuando dudaba, Edwin intervenía. Ivor parecía más interesado en las palabras que en las fotografías; en una de las páginas encontró un artículo sobre Londres:
—¿Qué dice aquí?
Dora leyó el encabezado.
—Habla de una estación.
—¿Cuál?
—En este párrafo no lo dice.
Ivor frunció el ceño.
—Entonces no sirve.
Dora soltó una risa corta.
—No todo tiene que servir para algo.
—¿Y para qué sirve, entonces?
—Para saber que existe una estación más. A veces saber que algo existe ya es bastante. No hace falta conocerlo entero.
Ivor volvió a la revista, no del todo convencido, y Dora se quedó pensando que acababa de decir en voz alta algo que llevaba dos semanas sin querer aplicarse a sí misma.
Un camarero pasó entre las mesas y preguntó si necesitaban algo; Edwin le indicó que no y el hombre siguió hacia otra parte del salón.
Dora observó el movimiento de los pasajeros: todo en el interior transmitía una precisión que no había experimentado en otro medio de transporte; nadie levantaba demasiado la voz, las personas se desplazaban con cuidado, procurando no estorbar a quienes tenían alrededor, e incluso las conversaciones parecían adaptarse al espacio reducido.
La madera del salón recogía la luz de las ventanas y el mobiliario, aunque sencillo, tenía una elegancia que hacía extraño pensar que estaban suspendidos en el aire.
Dora pasó los dedos por el canto de la mesa.
—Es bonito.
—Sí.
—Parece un hotel.
—Un hotel que se mueve.
—No se parece a uno, sin embargo.
—Porque no lo es. —Edwin tamborileó dos veces sobre la mesa—. Los hoteles están hechos para que uno se quede. Esto está hecho para que uno llegue. Se nota en todo: en las sillas, en las luces, hasta en la manera que tiene la gente de pedir las cosas.
Dora miró alrededor, comprobando la teoría, y le pareció que se sostenía.
Ivor se levantó otra vez.
—¿Puedo ir al otro lado?
Edwin le señaló con la barbilla el espacio permitido entre las mesas.
—Ve. Sin molestar.
—¿Y si me hablan?
—Contestas.
—¿Y si me preguntan cosas?
—Pues procura saber la respuesta.
Ivor desapareció unos instantes entre los pasajeros.
Dora volvió a la ventana. Alemania empezaba a perder su familiaridad: los campos formaban grandes manchas separadas por caminos y pequeñas agrupaciones de casas; de vez en cuando aparecía un río y las carreteras eran líneas delgadas que parecían dibujadas sobre el terreno.
Las nubes avanzaban lentamente y no había una verdadera sensación de velocidad; eso era lo que más le sorprendía: en tierra, viajar significaba ver cómo el paisaje desaparecía detrás de uno, mientras allí arriba, en cambio, daba la impresión de que el mundo se desplazaba con calma debajo del dirigible.
Un hombre tomó asiento en una mesa próxima; llevaba un libro en alemán y comenzó a conversar con una mujer sentada frente a él sobre las ciudades que visitarían:
—Londres —dijo la mujer.
Dora volvió ligeramente la cabeza; el hombre comentaba lo difícil que podía ser orientarse allí y la mujer respondió que, después de unos días, uno terminaba acostumbrándose.
Dora volvió la atención al exterior: Londres ya no era únicamente una palabra que había aparecido en conversaciones familiares o periódicos, era el lugar hacia el que se dirigían.
Edwin reparó en la expresión de su hija.
—¿Qué piensas?
—Que debe de ser muy distinto.
—Lo es.
—¿Has estado muchas veces?
Edwin tardó un poco en responder.
—Las suficientes.
Dora arqueó las cejas y repitió la palabra como quien prueba una moneda contra el mostrador.
—«Las suficientes.» —Dejó la taza—. Margaret dijo exactamente eso cuando le pregunté si conocía bien a Maurice. Es curioso: cada vez que alguien no quiere contestar, se inventa una medida que no existe. Ni mucho ni poco. Suficiente.
Edwin la miró con atención.
—¿Te molesta?
—No. Me da curiosidad. —Dora le sostuvo la mirada—. Las medidas inventadas siempre esconden algo que sí se puede medir.
Edwin tardó en contestar, y cuando lo hizo fue con media sonrisa que era también media rendición.
—¿Quieres que te explique cómo es Londres?
—No.
—Entonces dejémoslo.
—Prefiero verlo.
Poco después les sirvieron una bebida caliente e Ivor regresó a la mesa.
—¿Qué es?
—Té —dijo Dora.
—¿Como el de la tía Agnes?
—Parecido.
Ivor bebió un sorbo y puso una cara considerable.
—Está raro.
Edwin se rio.
—No tienes que terminártelo.
Ivor sujetó la taza con las dos manos.
—Sí tengo.
—¿Por qué?
—Porque mamá dice que no se tira la comida. —Lo dijo con la lógica aplastante de los doce años—. De las bebidas raras no dijo nada.
—Entonces has encontrado un agujero en la ley.
—Sí.
Ivor siguió bebiendo hasta que decidió dejar la taza.
El salón se había tranquilizado: algunos pasajeros conversaban, otros leían y un hombre escribía una carta, mientras una mujer descansaba con los ojos cerrados junto a la ventana.
La música comenzó unos minutos después: era una pieza suave que salía de un fonógrafo situado en una zona del salón; el volumen apenas superaba el rumor de las conversaciones y la vibración constante de los motores. Ivor dejó la revista:
—¿De dónde sale?
Edwin señaló el aparato:
—De ahí.
Ivor se acercó lo suficiente para observarlo, pero sin tocarlo:
—¿Y si se rompe?
—Puede ocurrir.
—¿Lo arreglan?
—Supongo.
—¿Quién?
—Alguien que sepa hacerlo.
—¿Y si no hay nadie que sepa?
Edwin se lo pensó con la seriedad que la pregunta merecía.
—Entonces se acabó la música y ya está. No todo lo que se rompe vuelve, Ivor.
Ivor pareció conforme con la respuesta y regresó a su sitio, mientras Dora contuvo una sonrisa.
El paisaje siguió cambiando. Pasaron sobre una extensión de campos más amplios y después apareció una población pequeña, con un campanario que desde arriba parecía un alfiler clavado.
Dora intentó distinguir algún nombre y no lo consiguió; un pasajero cercano señaló un punto y lo dijo en voz alta, y ella lo escuchó sabiendo que lo habría olvidado antes de la noche.
Lo que iba a quedarse era otra cosa: la sensación de estar por encima de sitios que hasta entonces solo habían existido para ella en mapas.
Ivor retomó la revista.
—¿Qué significa «English»?
—Inglés.
—¿Y «England»?
—Inglaterra.
Lo pensó un momento.
—Entonces yo soy inglés.
—Sí.
—¿Tú también?
—Sí.
Ivor miró a Edwin.
—¿Aunque haya nacido aquí?
Edwin respondió antes que Dora.
—Eso no depende solo del sitio donde naces.
—¿De qué depende?
—De dónde esté lo que uno no puede dejar de llevar encima.
Ivor arrugó la frente, traduciendo la frase a su propia escala.
—¿Como la brújula?
Edwin soltó una risa breve.
—Como la brújula.
Ivor aceptó la explicación y siguió leyendo.
Dora se quedó pensando: había convivido con aquella idea toda su vida sin necesidad de ponerla en palabras; su familia era inglesa, ella había crecido en Alemania y nunca había sentido que ambas cosas fueran incompatibles.
Ahora, mientras se alejaba de Friedrichshafen, aquel país empezaba a adquirir una forma concreta: Inglaterra, no como recuerdo familiar, sino como un territorio real que se extendía delante de ellos.
Ivor levantó la cabeza otra vez.
—¿Tú naciste allí?
—Sí.
—¿Y papá?
—También.
—¿Y la tía Agnes?
—No.
—¿Dónde nació?
Edwin apartó la mirada hacia la ventana.
—Lejos de allí y lejos de aquí. Que te lo cuente ella, que lo cuenta mucho mejor que yo.
Ivor volvió a la revista y, al cabo de un momento, dijo:
—Entonces yo soy medio de aquí y medio de allí.
Dora se rio.
—Algo así.
—¿Y qué pasa con la mitad de aquí cuando estoy allí?
Dora parpadeó. Era la clase de pregunta que hacen los niños sin saber que son filósofos.
—Se queda esperando, supongo.
—¿Esperando qué?
—A que vuelvas.
Ivor asintió, como si la respuesta le pareciera perfectamente razonable.
—No suena mal.
—No lo es —dijo Dora, y se dio cuenta de que había contestado también por ella.
Un camarero volvió a pasar y avisó de que en breve empezarían a preparar el servicio de comida. Ivor miró a Edwin.
—¿Comemos aquí?
—Aquí.
—¿Y después?
—Seguimos.
—¿Y después?
—Dormimos.
—¿Y después llegamos?
Edwin levantó una ceja.
—Con suerte.
—¿Y sin suerte?
—Sin suerte seguimos comiendo aquí y tú sigues preguntando, que es lo que mejor se te da.
Ivor pareció darse por satisfecho con el diagnóstico y volvió a la revista.
Dora observó a su padre.
—Parece que no te preocupa nada.
—Estoy tranquilo.
—¿Cómo puedes estarlo?
Edwin contempló el paisaje antes de responder:
—Porque ahora ya estamos en camino.
Dora bajó la mirada.
—Yo sigo dándole vueltas a todo.
—Eso no es nuevo.
—No.
—Pues sigue dándoselas. Alguien tiene que hacerlo, y a mí ya no me da la cabeza para tanto.
Sirvieron la comida poco después. Ivor comparó cada plato con lo que preparaba su madre y terminó dictando un veredicto sobre la sopa: estaba buena, pero no tanto como la de casa. Dora se echó a reír y Edwin negó con la cabeza.
—Tu madre estaría encantada de saber que sigue ganando.
—La sopa de mamá no compite —dijo Ivor con la boca llena—. Las demás sí pierden.
—Apunta esa frase. Se la repetirás cuando seas mayor y necesites que te crea.
Ivor continuó comiendo como si la cuestión hubiera quedado resuelta.
La conversación fue cambiando de un tema a otro: hablaron de Inglaterra, de Londres, de algunas ciudades y de la posibilidad de ver el mar.
Dora escuchaba; a esas alturas ya no sentía la misma distancia de los días anteriores, pues la curiosidad había ido ocupando un espacio propio, separado de la preocupación por Maurice.
No tenía miedo y tampoco se arrepentía de haber viajado.
Quería conocer aquel país, y quererlo conocer ya no dependía de la carta.
Mientras los demás continuaban hablando, Dora contempló su reflejo en el cristal: detrás de ella, el salón seguía lleno de pasajeros; más allá, el paisaje avanzaba silenciosamente.
Pensó en Maurice, en la fotografía, en Margaret y en la reacción que había provocado su nombre; durante unos instantes consideró contarle a Edwin lo que había encontrado en el álbum, pero no lo hizo, todavía no.
Ivor había vuelto a la revista y ahora intentaba leer algunas palabras por sí mismo:
—House —dijo.
Dora miró la página:
—Casa.
—Road.
—Camino.
—Water.
—Agua.
Ivor sonrió:
—Esta me la sé.
—¿Cuál?
—Dog.
Dora lo miró:
—Perro.
—Esa ya la sabía.
Edwin negó con la cabeza:
—Vas demasiado rápido.
Ivor cerró la revista:
—Todavía me faltan muchas.
Después apoyó los brazos en la mesa y se quedó mirando el exterior.
El sol había bajado un poco y la luz que entraba por las ventanas empezaba a tener un tono más cálido; las sombras de los marcos se habían alargado sobre la madera y avanzaban despacio hacia el otro lado del salón.
La música terminó, y durante un momento solo quedaron el rumor de los motores y las conversaciones del fondo.
Dora apoyó la frente contra el cristal. Ya no era capaz de decir dónde terminaba un paisaje y empezaba otro. Alemania estaba detrás, Inglaterra seguía delante, y Maurice, que aún ocupaba una parte de sus pensamientos, había dejado de ser el único motivo por el que quería seguir.
Sacó la libreta del bolso, la apoyó en el regazo y volvió a mirar las dos sílabas que había escrito por la mañana. No decían nada. Aun así, las dejó donde estaban, debajo de los tres nombres, y cerró el cuaderno antes de que su padre levantara la vista del mapa.