Capítulo 10 El embarque #2
Volvieron al salón. Un miembro de la tripulación pasó entre los pasajeros y dio algunas instrucciones; no hablaba desde una distancia apartada, sino que las indicaciones se transmitían directamente mientras todos ocupaban sus lugares: debían permanecer sentados durante las primeras maniobras y después podrían moverse con cierta libertad por la zona de pasajeros.
La tripulación informó también sobre la ruta prevista: el dirigible seguiría hacia Francia, cruzaría el Canal y continuaría hasta Inglaterra; la duración dependía de las condiciones del vuelo.
No hubo dramatismo en la explicación, era información práctica para los viajeros.
Ivor se sentó junto a la ventana, Dora ocupó la silla contigua y Edwin permaneció de pie unos instantes.
El movimiento exterior cambió y las maniobras comenzaron: no hubo una carrera ni una sacudida repentina, pues la tierra empezó a alejarse con una lentitud que hacía difícil precisar el momento exacto en que habían abandonado el suelo.
Dora miró por la ventana: los trabajadores que permanecían abajo se hicieron pequeños, Los hombres de tierra se hicieron pequeños, los vehículos parecieron juguetes y los edificios empezaron a perder sus formas propias.
Ivor apoyó las dos manos en el cristal.
—Estamos subiendo.
—Sí.
Friedrichshafen apareció debajo: calles, tejados, árboles, y más allá el lago, cuya superficie recogía la luz de la mañana y parecía mucho mayor de lo que había parecido nunca desde la orilla.
Dora reconoció la plaza de los cuatro tilos, y la estación, y creyó reconocer la calle donde vivían. Después la ciudad empezó a irse.
Ivor abrió el paquete de Agnes y sacó el bocadillo.
—Come despacio —dijo Edwin.
—Tengo hambre.
—Entonces te costará más.
Dora sonrió.
—Mamá tenía razón.
Ivor terminó una de las galletas y volvió a mirar por la ventana.
Pasó un tiempo antes de que alguien entablara conversación con ellos. Una pareja sentada detrás comentó que el tiempo en Inglaterra podía cambiar rápidamente, mientras otro pasajero habló de Londres:
—Londres es demasiado grande para conocerla en un día.
—Pero se puede reconocer desde el aire.
Una mujer mencionó Brighton y otro hombre habló de Manchester.
Dora escuchaba; nunca había estado en ninguno de aquellos lugares e Inglaterra había sido una palabra familiar desde su infancia, pero ahora empezaba a llenarse de nombres concretos: calles, ciudades, ríos, estaciones, personas que hablaban de ellos como quien habla de su propio barrio.
La curiosidad que aquello despertó en ella no se parecía a la nostalgia, pues no podía echar de menos un lugar que nunca había conocido; era algo distinto, como acercarse a un sitio que, de alguna manera, había pertenecido a su familia antes de pertenecerle a ella.
Edwin se sentó frente a los dos chicos.
—¿En qué piensas?
—En Inglaterra.
—¿Por qué?
—Porque todos hablan de ella como si fuera muy distinta de Alemania.
—Lo es.
—¿Y también parecida?
—En algunas cosas.
—¿En cuáles?
Edwin tardó unos segundos.
—En las que uno no espera. El desayuno, por ejemplo. Nadie desayuna igual en los dos países, y en los dos se desayuna como si fuera lo único sensato que se hace en todo el día.
Dora sonrió.
—Eso no me ayuda.
—Ya lo sé. —Edwin miró también por la ventana—. Hay cosas que solo se entienden pisándolas. Los países son como las personas: puedes leer todo lo que se ha escrito sobre alguien y no conocerlo hasta que te quedas a dormir en su casa.
—¿Y tú te quedaste a dormir en la casa de Inglaterra?
—Muchas noches.
Dora abrió la boca, y él se le adelantó.
—Ya habrá tiempo.
Ella volvió al paisaje.
—Quiero verlo.
Edwin no respondió.
El dirigible continuó su curso; la luz de la mañana había comenzado a suavizarse y algunos pasajeros se levantaban para dirigirse a sus cabinas.
Ivor había dejado de comer y observaba a un hombre que escribía en una libreta, mientras Dora volvía a escuchar la conversación de los pasajeros que estaban detrás.
Al principio reconoció una sola palabra y después otra; se volvió ligeramente: tres personas hablaban en voz baja y uno de los hombres mencionó Samuel Vey .
Dora se quedó inmóvil.
Era el mismo nombre que había copiado del dorso de una fotografía dos noches antes, a la luz de una vela, en la bodega de su casa. No quiso precipitarse; podía tratarse de otra persona, el mundo está lleno de coincidencias y ella llevaba dos semanas buscándolas. Entonces la mujer dijo:
—Maurice habría preferido que fuera de otra manera.
Dora sintió el frío subirle por los brazos.
No se volvió. Se quedó exactamente como estaba, con la taza delante y la mirada en el cristal, escuchando.
Uno de los hombres respondió algo que no alcanzó a entender.
El tercero dijo otro nombre, y lo dijo hacia dentro, de modo que a Dora solo le llegaron las dos primeras sílabas y una erre.
Dora volvió la mirada hacia Edwin; él estaba observando el mapa de la ruta y no parecía haber escuchado la conversación. Ella estuvo a punto de llamarlo, pero no lo hizo.
Sacó la libreta del bolso, la apoyó en el regazo por debajo del borde de la mesa y escribió las dos sílabas y la erre tal como las había oído, sin saber si eran un nombre o el principio de uno.
Miró nuevamente por la ventana: debajo de ellos ya no había ciudades reconocibles, solo campos, caminos y pequeñas manchas de árboles.
La idea llegó sin que pudiera evitarla: quizá no estaban viajando simplemente hacia Inglaterra; tal vez estaban entrando, sin saberlo, en una historia que había comenzado mucho antes de que ella naciera.