Capítulo 10 El embarque
La mañana de la partida amaneció despejada.
Edwin se levantó antes de que sonara el reloj; había dejado la ropa preparada la noche anterior y apenas tuvo que revisar la maleta antes de bajar.
En la cocina encontró a Agnes calentando agua.
Sobre la mesa había un paquete pequeño envuelto en papel y atado con un cordel.
—Eso es para Ivor —dijo Agnes.
Edwin lo tomó:
—¿Qué le pusiste?
—Un bocadillo, dos manzanas y unas galletas.
—No le va a dar tiempo a tener hambre.
—Eso no lo decides tú. —Agnes apartó el cazo del fuego—. A ese niño le cosí el botón del abrigo cuando tenía seis años y se pasó toda la tarde preguntándome si íbamos a merendar. Sé lo que hago.
Edwin sonrió y guardó el paquete en la cartera.
Dora apareció poco después, con el cabello recogido y un abrigo doblado sobre el brazo; Martin bajó detrás de ella con la cámara guardada en un estuche.
—¿Está todo? —preguntó Agnes.
—Sí —respondió Dora.
Martin levantó una de las maletas por el asa y volvió a dejarla.
—Esta pesa demasiado.
—No es tuya —dijo Dora.
—Precisamente por eso. Es la única ventaja de quedarme sin billete: nadie puede acusarme de haberla llenado.
Agnes los observó un momento:
—No os olvidéis los documentos.
Edwin comprobó la carpeta.
—Aquí están.
—¿Y el permiso de Ivor?
—También.
Ivor esperaba en el recibidor con su maleta a los pies. Había dormido en casa de los Rennick para no perder tiempo por la mañana y estaba bastante más despierto que el resto.
—¿La brújula? —preguntó Edwin.
Ivor se tocó el bolsillo.
—Aquí.
—¿El libro?
—Aquí.
—Entonces puedes venir.
Agnes se acercó y le estiró el cuello del abrigo con las dos manos.
—No pierdas esto.
—No lo voy a perder.
—Y haz caso a tu tío.
—Sí.
—Y si no entiendes algo, pregunta.
Ivor la abrazó y Agnes cerró los ojos un instante antes de separarse. Luego se acercó a Dora:
Después se volvió hacia Dora.
—Cuídate.
—Sí.
—Y cuídalos.
Dora parpadeó.
—¿A ellos?
—A los dos. —Agnes miró hacia la puerta, donde Edwin repasaba la carpeta por cuarta vez—. Tu padre cuida muy bien de los demás. De ti depende que alguien cuide de él.
Dora asintió y se guardó la frase con las otras.
A Martin lo abrazó al final.
—Escribid en cuanto lleguéis.
—Eso lo tienen que hacer ellos, madre. Yo me quedo aquí contigo.
—Ya lo sé. —Le quitó una pelusa del hombro con un gesto que tenía treinta años de práctica—. Te lo digo para que se lo recuerdes tú a ellos desde aquí, que es lo único que vas a poder hacer y más vale que tengas algo que hacer.
Martin se quedó un segundo sin respuesta, que en él era mucho.
Edwin esperó junto a la puerta y, cuando los demás salieron, Agnes se acercó.
—Cuida de los dos.
—Lo haré.
Ella no añadió nada más; solo le acomodó el cuello de la chaqueta antes de dejarlo marchar.
Fuera, la mañana estaba fresca. La ciudad comenzaba a llenarse de personas que iban al trabajo; las bicicletas cruzaban las calles con la misma frecuencia de siempre y algunos automóviles avanzaban entre carros de reparto.
Un conductor tocó brevemente la bocina cuando un hombre cruzó demasiado deprisa.
Los árboles empezaban a mostrar las primeras señales del cambio de estación, pues algunas hojas amarillentas habían caído durante la noche.
Ivor caminaba junto a Edwin, mientras Martin y Dora iban detrás.
—¿Cuánto falta?
—Lo suficiente.
—Eso no significa nada.
—Significa que todavía tienes que esperar.
—¿Los mayores os inventáis respuestas así cuando no queréis contestar?
Martin intervino desde atrás.
—Ya empieza a hablar como tú.
Edwin volvió un poco la cabeza.
—No sé si eso es una buena noticia.
—Para él sí. Todavía cree que es un elogio.
Llegaron a la zona de embarque y, desde lejos, apareció el dirigible: el tamaño de la aeronave hacía que las personas que se movían a su alrededor parecieran diminutas.
El cuerpo alargado permanecía suspendido sobre el terreno mientras el personal de tierra trabajaba alrededor de él.
Había vehículos aparcados a un lado, equipaje en movimiento y grupos de pasajeros esperando su turno entre postes y cuerdas. Olía a hierba pisada y a combustible.
Ivor se detuvo en seco.
—Es más grande.
—Sí —dijo Martin.
—Más grande que en el papel.
—Todo es más grande que en el papel.
Dora contempló el aparato; había visto fotografías en los periódicos y folletos, pero ninguna preparación servía para aquello: el Graf Zeppelin ocupaba demasiado espacio en el cielo para parecer del todo real.
La góndola de pasajeros estaba preparada para recibir a los viajeros, mientras varios empleados trasladaban equipaje y otros comprobaban el material dispuesto para la partida.
Elias y Philip los esperaban junto a la valla, donde habían llegado antes.
Philip se soltó de la mano de su padre en cuanto los vio.
—¡Ya está ahí arriba!
—Todavía no está ahí arriba —dijo Ivor—. Está atado.
—Pero flota.
—Eso sí.
Elias saludó a su hermano con un apretón corto.
—Hemos venido andando desde la parada. Este no ha parado de hablar en todo el camino.
—¿Y los pájaros? —preguntó Ivor.
Philip se puso muy serio.
—Les he dado el agua yo.
—¿Hasta la raya?
—Hasta la raya.
Ivor asintió con la gravedad de un inspector, y a Dora le pareció que aquella era la conversación más importante que iban a tener aquel día.
Edwin miró el reloj.
—Tenemos que registrarnos.
Avanzaron hacia el control. Un empleado recogió los billetes y empezó a comprobar los nombres en una lista sujeta a una tabla de madera.
—Rennick.
—Sí.
—Edwin.
—Sí.
El hombre bajó el dedo por la columna.
—Dora Rennick.
Ella le tendió la documentación y el empleado pasó al siguiente.
—Ivor Rennick.
Ivor dio un paso al frente sin que nadie se lo indicara.
—¿Edad?
—Doce.
—¿Viaja con su padre?
—Con su tío —respondió Edwin.
El empleado levantó la vista.
—¿Autorización?
Edwin sacó el documento firmado por Elias. El hombre lo leyó con atención, comprobó dos datos, lo comparó con otra hoja y se lo devolvió.
—Está bien. Puede pasar.
Ivor miró a Edwin antes de moverse.
—¿Ahora?
—Ahora.
Martin se acercó al mostrador por costumbre, y el empleado repasó la lista otra vez, esta vez más despacio, como si el gesto pudiera cambiar algo.
—¿Martin Rennick?
—Sí.
Revisó una segunda hoja y negó con la cabeza.
—No tengo pasaje para usted.
—Lo sé.
Edwin se adelantó.
—Lo intentamos hasta ayer.
—Ya lo sé. —El empleado señaló el acceso a la zona de pasajeros—. Sin billete no puedo dejarle pasar de aquí.
Martin retrocedió un paso sin discutir. Dora lo miró.
—¿Preguntamos otra vez?
—No.
—Pero a lo mejor...
—No hay cuatro plazas, Dora. Preguntar otra vez solo sirve para que nos lo digan otra vez.
Lo dijo con tranquilidad, sin reproche. Edwin se acercó a su hijo.
—Lo siento.
—No importa.
—Podríamos esperar al siguiente. Yo podría hablar con la empresa y...
Martin lo cortó con un gesto de la mano.
—Papá. Tú tienes que ir.
—No tendría que ser a costa tuya.
—No lo es. —Martin se encogió de hombros—. Tú llevas toda mi vida esperando a que alguien abriera esa puerta. Y yo llevo la misma esperando a que me dejes llevarte las maletas. No voy a estropear lo primero por lo segundo.
Edwin no supo qué contestar. Era de las cosas más serias que le había oído a su hijo, y venía envuelta en la otra, la del equipaje, como siempre.
Ivor los miraba a los dos sin saber dónde ponerse. Martin se agachó delante de él.
—Escúchame.
Ivor asintió.
—No te separes de tu tío.
—No lo haré.
—Y no pierdas la brújula.
Ivor se tocó el bolsillo.
—No la voy a perder.
—Si pierdes todo lo demás no pasa nada. La brújula, no.
—¿Por qué la brújula?
Martin se lo pensó un instante.
—Porque las cosas que señalan el norte no se sustituyen. Lo demás se vuelve a comprar.
Ivor asintió con la solemnidad de quien recibe un secreto.
Martin se levantó y miró a Dora.
—No lo dejes solo con papá.
—No pienso hacerlo.
Edwin no pudo evitar la risa.
—Gracias, hija.
Martin le tendió la mano; Edwin se la estrechó y después ambos se abrazaron. Fue un gesto breve, sin solemnidad; ninguno parecía dispuesto a convertir aquella despedida en algo mayor de lo necesario. Martin se apartó:
—Nos vemos.
—Pronto —dijo Edwin.
—Y apúntamelo todo. —Martin se apartó un paso—. O mejor: dibújamelo. Dibujas mejor de lo que cuentas.
—¿Desde cuándo dibujo yo?
—Desde siempre. Lo haces en los márgenes de las facturas y no te enteras. Llevo veinte años tirando papeles tuyos con casas dibujadas en la esquina.
Edwin lo miró. Martin sonrió.
—Disfrútalo por mí.
Luego se alejó hacia la salida y Dora permaneció observándolo hasta perderlo entre la gente. Edwin puso una mano sobre su hombro:
—Tenemos que ir.
Dora volvió la mirada hacia él:
—Sí.
Entraron. Ivor subió primero, Dora lo siguió y Edwin fue el último; Philip los despidió desde la valla agitando las dos manos hasta que su padre le bajó una.
Entraron. Ivor subió primero, Dora lo siguió y Edwin fue el último; Philip los despidió desde la valla agitando las dos manos hasta que su padre le bajó una.
Ivor miró hacia la zona de mando, pues podía distinguir parte del instrumental y a varios hombres ocupados en sus puestos:
—¿Allí conducen? —preguntó.
—Sí —respondió Edwin.
—¿Puedo mirar?
—Desde aquí.
Ivor obedeció, aunque fue un obedecer de labios: los pies ya estaban calculando la distancia.
Dora se acercó a una ventana: abajo se extendía el campo, y las personas iban quedando atrás mientras los vehículos se hacían cada vez más pequeños. Edwin dejó el equipaje en la cabina:
—Esta es la nuestra.
Ivor observó el espacio, donde había un asiento que durante la noche se convertiría en cama:
—¿Aquí dormimos?
—Sí.
—Es pequeño.
—También lo son las habitaciones de los hoteles.
—Yo no he estado nunca en un hotel.
—Entonces no tienes con qué compararlo.
Ivor aceptó la comparación, aunque no le gustó.