Capítulo 9 Antes de partir
La noticia de que no habían conseguido un cuarto billete convirtió los preparativos en algo distinto: ya no se trataba de organizar un viaje familiar, sino de decidir qué debía llevar cada uno y qué tendría que quedarse en Alemania.
En la casa de los Rennick había maletas abiertas desde primera hora de la tarde: la de Edwin permanecía sobre la cama, con la ropa ordenada y los documentos guardados en una carpeta; la de Dora estaba casi terminada, mientras Ivor había preparado la suya bajo la vigilancia de su tío y, después de varias discusiones, había conseguido conservar la pequeña brújula y el libro que insistía en llevar.
La de Martin seguía abierta, no porque esperara viajar, pues la había comenzado a preparar antes de conocer la decisión definitiva y ahora no encontraba la forma de cerrarla.
Dora entró en su habitación y lo encontró sentado en el borde de la cama:
Dora entró en su habitación y lo encontró sentado en el borde de la cama con una camisa en la mano.
—¿No has terminado?
Martin levantó la prenda.
—¿Tú crees que debería dejar esto?
—Depende de si piensas ponértela aquí.
—Ese es exactamente el problema.
La dobló y la dejó sobre la silla en vez de guardarla, que era lo que llevaba haciendo una hora con todo.
—Todavía me cuesta hacerme a la idea.
—A mí también.
—Ya, pero tú vas.
Dora se sentó frente a él, en el baúl.
—Papá ya lo ha decidido.
—Lo sé.
—Y el tío también.
—También lo sé, y las dos veces me parece bien. Es lo que me fastidia. —Cerró un cajón con la rodilla—. Si alguien lo hubiera hecho mal, tendría con quién enfadarme.
—Solo querías ir.
—No era solo por acompañaros.
Dora levantó la mirada.
—¿Entonces?
Martin tardó un momento.
—Quería saber qué dejó Maurice. Y quería ver Inglaterra. Las dos cosas por separado ya me valían; juntas, ya ves.
Dora no respondió, porque conocía demasiado bien aquella sensación para fingir que la consolaba. Martin cerró por fin la maleta, y lo hizo con la ropa dentro.
—Bueno. Al menos vosotros vais a averiguarlo.
—Eso esperamos.
—Y me lo vas a contar todo. No la versión de papá.
—¿Cuál es la versión de papá?
—«Fue bien.»
Dora se rio.
Bajaron. Edwin revisaba por tercera vez los documentos sobre la mesa del comedor: los pasaportes, unos papeles de la empresa, una carpeta delgada con la información del viaje y la carta del abogado, que seguía siendo el papel más pequeño y el que más sitio ocupaba.
Agnes estaba junto a la ventana con una camisa sobre las rodillas.
—¿Has terminado?
—Casi.
—Eso mismo dijiste hace una hora.
—Hace una hora era mentira. Ahora es casi verdad.
Martin entró detrás de su hermana.
—¿Qué falta?
Edwin levantó uno de los documentos.
—Comprobar esto y dejar lo demás preparado para que tu madre no tenga que buscarlo.
—¿Y sigues pensando que va a aparecer otra plaza?
—No cuento con ello.
La respuesta dejó claro que aquello ya no se discutía. Ivor apareció corriendo por el pasillo con algo en la mano.
—Mi padre ha dicho que puedo llevar esto.
Era un cuaderno pequeño, de tapas duras. Edwin lo cogió, lo abrió por la mitad y se lo devolvió.
—Está bien.
—Y la brújula.
—Y la brújula.
—Entonces ya está todo.
Martin se inclinó hacia él.
—No tan rápido. Seguro que se te ha olvidado algo.
Ivor se llevó una mano al bolsillo, muy seguro.
—Tengo el pañuelo.
—Con el pañuelo no se va a ninguna parte.
—Tú te vas a la imprenta todos los días con menos.
Dora apareció por detrás.
—Contéstale a eso.
Martin levantó las manos.
—No pienso.
Ivor se marchó al pasillo con la sensación de haber ganado algo, y Agnes esperó a que se alejara antes de hablar.
—No quiero que se haga demasiadas ilusiones.
Edwin cerró la carpeta.
—Tendrá que aprender que hay cosas que no dependen de nosotros.
—Ya tiene doce años —dijo Martin—. Puede soportarlo.
Dora lo miró de reojo.
—No me parece que estés hablando solo de Ivor.
Martin encajó la observación con media sonrisa y no la negó.
Durante la tarde continuaron con los últimos preparativos: Agnes cosió un botón en una camisa de Dora, Edwin pasó por la empresa para dejar unas últimas instrucciones y asegurarse de que su ausencia quedara registrada, y Martin regresó a la imprenta para revisar el trabajo pendiente; antes de salir prometió volver temprano.
Dora escribió una carta breve para una amiga y la dejó sobre la mesa sin decidir si la enviaría antes de partir, mientras Ivor pasó buena parte del tiempo en el jardín.
El verano comenzaba a perder intensidad: las hojas seguían cubriendo buena parte de los árboles, pero algunas habían adquirido un tono apagado y el suelo empezaba a llenarse de pequeñas ramas secas; el viento movía las flores que Agnes había plantado junto al muro.
Cuando cayó la tarde, Edwin regresó con un papel bajo el brazo.
—¿Qué es eso? —preguntó Dora.
—La confirmación del horario.
—¿De la salida?
—De la salida.
Lo dejó sobre la mesa y Dora se acercó a leerlo por encima de su hombro.
—¿A qué hora hay que estar?
—Con bastante antelación. Más de la que parece razonable.
—¿Por qué tanta?
—Porque una cosa así no espera. Un tren que sale tarde llega tarde; esto, si no estás, se va.
Martin, que acababa de entrar, cogió el papel.
—Entonces todavía tenemos tiempo para terminarlo todo.
—Sí.
—Y para resolver lo que quede pendiente.
Edwin lo miró.
—Lo que quede pendiente, sí.
—No lo digo por el billete.
—Ya lo sé.
—Lo digo por si hay algo que haya que dejar arreglado antes.
—Siempre queda algo. La gracia está en elegir qué se queda sin arreglar.
Agnes los observaba desde la puerta de la cocina.
—Mientras no sea otra maleta.
—La mía está cerrada —dijo Martin—. Cerrada y arriba.
Dora subió después a su habitación, abrió el cajón donde había guardado la libreta y volvió a leer los nombres escritos allí:
Maurice Ellery.
Margaret Bell.
Samuel Vey.
Del primero lo había sacado de la carta.
El segundo lo había añadido al volver de la visita, con la taza de Margaret todavía en la cabeza.
El tercero lo había copiado dos noches antes, en la bodega, de un dorso escrito con una letra pequeña e inclinada que ella no reconocía: había bajado con una vela, había sacado el álbum del hueco, había levantado dos fotografías de sus esquinas y había copiado lo poco que estaba claro.
Lo demás eran palabras sueltas y una fecha que podía ser un cuatro o un nueve.
Debajo de los tres nombres seguía la pregunta que había escrito unos días antes y que todavía no tenía nada detrás:
¿Qué relación tenían?
Dora cerró la libreta y se quedó un momento con la mano encima.
Pensó en volver a bajar. Recordaba las fotografías, la escritura del reverso, el hueco detrás del estante; había algo más en aquella historia que no conseguía ordenar.
Pero abajo se oían voces, faltaban doce horas para salir de casa y, además, había empezado a tener la sensación incómoda de que lo que estaba buscando en una bodega de Friedrichshafen la esperaba mucho más lejos.
Guardó la libreta en el bolso, no en el cajón.
En el piso inferior, Martin y Edwin seguían hablando:
—¿La caja la llevas tú?
—La llevo yo.
—¿Y el sobre?
—También, y no he abierto ninguno de los dos, que es lo siguiente que ibas a preguntar.
Martin apoyó una mano en el respaldo de una silla.
—Empiezo a pensar que el tío disfruta complicándolo todo.
—No creo que sea su intención.
—Entonces alguien lo hizo por él.
Edwin pasó el pulgar por el canto de la caja de madera, siguiendo la rozadura de una de las esquinas.
—Eso es más probable.
Martin miró el objeto sobre la mesa.
—¿Qué esperas encontrar?
—No lo sé.
—¿Y no te preocupa?
Edwin levantó la vista.
—Sí.
Martin se quedó callado un momento.
—A mí también.
La frase se quedó entre los dos con más peso del que tenía. Dora apareció en la puerta.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo Martin.
—Eso nunca significa nada.
—Estábamos hablando de la caja.
Dora se acercó y la miró sin tocarla.
—¿La habéis abierto?
—No.
—Papá tiene demasiadas cosas que no cuenta.
Edwin no protestó.
—Es posible.
Dora apoyó una mano en la mesa.
—Tú conociste a Maurice de verdad.
—Sí.
—¿Era un buen hombre?
La pregunta volvió a producirle una pausa, pero esta vez no la esquivó.
—Fue un hombre importante para mí.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—Entonces, ¿qué era?
Edwin se lo pensó de verdad, y se notó.
—Alguien a quien le debo mucho.
—¿Cuánto es mucho?
—Más de lo que se puede devolver.
Dora aceptó la respuesta, aunque no parecía satisfecha:
—Algún día voy a conseguir que me lo cuentes todo.
—Tal vez.
—No me sirve.
—Es lo único que puedo darte ahora.
Dora salió del comedor y poco después entró Martin:
—Algún día voy a conseguir que me lo cuentes entero.
—Tal vez.
—Eso no me sirve.
—Es lo único que puedo darte esta noche.
Dora salió del comedor. Martin esperó a oírla en la escalera.
—¿Vas a contarle algo más cuando estéis allí?
—Dependerá de lo que encontremos.
—Esa respuesta se la has dado a ella hace un minuto.
—Porque contigo tampoco tengo otra.
Martin miró hacia la ventana, donde ya no se veía el jardín sino el reflejo de la habitación.
—Espero que encontréis algo.
—Yo también.
La noche llegó despacio. Agnes preparó una cena sencilla e Ivor habló durante buena parte de ella sobre todo lo que quería ver en Inglaterra: preguntó por los trenes, por Londres y por el mar.
—¿De verdad veremos el mar? —preguntó.
—Es muy posible —respondió Dora.
—¿Y Londres?
Martin intervino:
—Eso dependerá del tiempo que tengáis.
—Quiero verlo todo.
Agnes sonrió:
—Primero tendrás que dormir.
Ivor siguió haciendo planes hasta que el cansancio pudo más que ellos. Se quedó dormido en el sillón, con la cabeza torcida y el cuaderno en el regazo, y Agnes lo llevó a la habitación. Dora ayudó a recoger. Martin salió al jardín y se quedó allí un rato, en la oscuridad, pensando.
Edwin se quedó solo en el comedor. Sacó la caja y la dejó sobre la mesa, bajo la lámpara.
La madera estaba oscurecida por los años y tenía el brillo de lo que se ha tocado mucho.
La llave descansaba al lado, sin llavero, sin etiqueta.
Después cogió el sobre: no llevaba nombre, solo una dirección escrita con una tinta que había perdido el negro y se había quedado en un marrón cansado.
Sostuvo ambos objetos durante un instante antes de guardarlos otra vez: no los abriría allí, pues había dado su palabra.
Dora apareció en el marco de la puerta.
—¿Todavía despierto?
—Todavía.
Se acercó.
—¿Es la caja?
—Es la caja.
—¿Tú crees que el tío sabía que iba a pasar esto?
—No.
—Entonces, ¿por qué nos la ha dado ahora?
—Porque él sabe algo más que nosotros, aunque sea poco. Y porque lo poco que sabe no le sirve a él estando aquí.
Dora volvió a mirar la caja.
—Eso no me tranquiliza.
—Es lo segundo que me dicen hoy.
Ella acercó una silla y se sentó.
—Maurice era importante para el tío Elias.
—Sí.
—Y para ti.
Edwin no respondió. Dora esperó el tiempo suficiente para que quedara claro que había esperado.
—Y ahora también para mí —dijo—. Aunque no lo haya conocido. Eso es lo raro.
—No es tan raro.
—Entonces, cuando lleguemos, ¿vas a buscar lo que dejó?
—Sí.
—¿Aunque no sepamos qué estamos buscando?
Edwin miró la caja.
—Precisamente por eso.
Dora se levantó. Antes de salir se volvió desde la puerta.
—Quiero llegar hasta el final.
Edwin levantó los ojos hacia ella, y durante un segundo pareció que iba a decir algo más largo.
—Lo sé.
Uno a uno fueron apagándose los ruidos de la casa; desde el piso superior llegaba el silencio propio de quienes ya dormían, mientras afuera el viento movía las ramas y algunas hojas caían sobre el sendero.
Edwin permaneció unos minutos más en el comedor: sobre la mesa había documentos, una lista de equipaje y los objetos que Maurice había dejado.
Al día siguiente irían a la oficina de los pasajes para completar las últimas gestiones antes de la partida.
El problema del cuarto billete estaba resuelto, aunque no de la manera que habían esperado: Martin se quedaría, Edwin, Dora e Ivor viajarían, y ninguno de ellos podía saber todavía cuánto iba a cambiar ese viaje una vez que abandonaran Friedrichshafen.