Capítulo 8 La casa de Elias
La casa de Elias estaba en una de las zonas más tranquilas de Friedrichshafen.
Las calles eran más anchas que las del barrio donde vivían Edwin y Agnes, y las viviendas ocupaban terrenos mayores, separadas unas de otras por jardines, muros bajos y verjas que servían más para marcar que para impedir.
Edwin había estado allí otras veces, aunque nunca durante demasiado tiempo, y siempre le había parecido una casa demasiado ordenada para pertenecer a alguien de su familia.
La fachada estaba recién pintada; las ventanas eran altas y los marcos blancos no tenían una sola mancha; el sendero de entrada iba bordeado por arbustos recortados a la misma altura, y detrás de la vivienda se extendía un jardín mucho mayor que el de Edwin, con un banco de piedra que nadie usaba y, junto al muro, una estructura de madera con varias pajareras. Se oía a los pájaros desde la verja.
Una criada abrió la puerta.
—El señor Elias os espera en el comedor.
Edwin entró primero, Dora lo siguió e Ivor entró detrás de ella; había vuelto a su casa la víspera para despedirse de su madre y llevaba desde primera hora esperándolos en el recibidor con la chaqueta puesta, aunque dentro no hacía ningún frío.
Martin cerró la marcha con las manos en los bolsillos y mirándolo todo, que era su manera de estar en las casas ajenas.
La casa tenía sus propios sonidos: porcelana moviéndose sobre una bandeja, pasos sobre la madera, una puerta que se abría arriba y tardaba mucho en cerrarse. A través de los cristales se veía una parte del jardín. Un gato blanco cruzó el corredor sin prisa y Martin lo siguió con la mirada.
—Ese no lo había visto.
—Hay tres —dijo Elias desde el comedor.
—¿Tres?
—Empezamos con uno.
La mesa estaba preparada para el almuerzo y Elias esperaba junto a una de las ventanas, de pie, como si llevara allí un rato largo.
—Llegáis justo a tiempo.
—Hemos salido temprano —respondió Edwin.
—Lo sé. Os he visto doblar la esquina.
Saludó a Dora y a Martin, y después se acercó a Ivor y le puso una mano en el hombro.
—¿Lo tienes todo?
—Sí.
—¿La maleta?
—Hecha desde ayer.
—¿La autorización?
Ivor se dio dos golpecitos en el bolsillo del pecho.
—Aquí.
—¿Y sabes lo que pone?
Ivor dudó medio segundo.
—Que puedo viajar con el tío Edwin.
—Y que quien responde por ti soy yo aunque yo no esté. —Elias le enderezó el cuello de la chaqueta—. Eso es lo que significa un papel firmado. Bien.
Se sentaron. Una criada sirvió y se retiró.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas corrientes: preguntaron por la salud de la mujer de Elias, que estaba arriba y a la que nadie propuso subir a ver; comentaron el trabajo de Edwin y el estado de las máquinas de la imprenta.
Elias quiso saber cómo iban las clases de Dora, porque Agnes se lo había encargado antes de que salieran de casa, y también preguntó por ella.
—Se ha quedado cosiendo.
—¿En un día como hoy?
—En un día como hoy es cuando más cose —dijo Dora.
Elias asintió, y aquello pareció explicárselo todo.
Philip interrumpió en mitad de la conversación para contar que aquella mañana había visto un caballo enorme.
Nadie entendió qué tenía de extraordinario, pero el niño insistió en describirlo —la altura, las patas, el ruido que hacía al pisar, el hecho de que se hubiera parado justo delante de la verja y no en otro sitio— con tanta seriedad y durante tanto rato que Martin terminó riéndose.
—Ese caballo va a crecer cada vez que lo cuentes.
—No.
—Dentro de un año medirá el doble.
—Medirá lo mismo —dijo Philip, muy digno—, lo que pasa es que tú no lo has visto.
Cuando terminaron de comer, una criada retiró los platos y otra entró con café y té. Elias esperó a que ambas salieran y a que la puerta quedara cerrada del todo.
—He hablado esta mañana con la oficina.
Edwin dejó la taza en el platillo.
—¿Y?
—Siguen siendo tres.
La frase cayó sobre la mesa. Edwin ya lo sabía, pero necesitaba oír cómo pensaba resolverlo su hermano.
Martin apoyó los antebrazos en el mantel.
—Creí que iban a avisarnos si aparecía otra.
—Y avisarán, si aparece. Lo que dicen es que a estas alturas no suele aparecer. La gente que anula, anula pronto.
—¿Y la lista de espera?
—Estamos en ella. Somos los cuartos.
—¿Los cuartos? —Martin se echó hacia atrás—. Eso es casi peor que no estar.
Elias no lo contradijo. Se volvió hacia su hermano.
—Las tres plazas tienen que ser para ti, para Dora y para Ivor.
Martin bajó la mirada hacia la taza.
—Entendido.
—No quiero que pienses que te estoy dejando fuera.
—No lo pienso.
—Sí lo piensas, y es normal. Pero quiero decirlo delante de todos igualmente. —Elias hizo una pausa—. Si mandara yo en los billetes, iríais los cuatro y yo pagaría el quinto para ir con vosotros.
Dora miró a su hermano y después a su tío.
—Podríamos ir en tren los que no quepamos.
—Eso ya lo miramos —dijo Edwin—. Por tierra no llego a tiempo para el plazo que me han dado. Y si Martin va por su cuenta, llega tres días después que nosotros, con lo cual habrá gastado el dinero de su tío para estar allí cuando ya no haga falta.
—Dicho así no me deja mucho margen —dijo Martin.
—No pretendía dejártelo.
Elias dejó la taza.
—Podría quedarme yo al margen de otra manera. Adelantar el viaje de Ivor a la primavera, por ejemplo, y que vayáis ahora vosotros tres.
Edwin negó.
—No.
—Todavía estamos a tiempo.
—No estamos a tiempo de nada, Elias, y lo sabes.
Tú no puedes viajar ahora y no vas a poder viajar en primavera.
No con tu mujer arriba. No con el negocio en la temporada que viene, que es peor que esta.
—Edwin bajó la voz—. Y si esperamos a que las cosas se calmen, esperaremos siempre, porque las cosas no se calman: se cambian por otras.
Elias se quedó mirando el mantel unos segundos.
—Ya.
—Además, lo de Ivor lo decidiste tú y lo decidiste bien. Que venga ahora.
Elias miró a su hijo.
—Sí.
Ivor había seguido toda la conversación sin pestañear.
—¿Entonces voy?
—Vas.
El niño sonrió, y fue una sonrisa de las que se intentan contener y no se consiguen. Philip, que había vuelto a la ventana, dejó lo que tenía entre manos y se acercó a la mesa.
—¿Y yo?
Elias le pasó un brazo por la espalda.
—Tú te quedas conmigo y con mamá.
Philip no protestó. Se quedó un momento quieto, mirando a su hermano, y cuando habló lo hizo con una tranquilidad que a Dora le pareció mucho peor que una rabieta.
—¿Cuántos días?
—No lo sabemos todavía.
—¿Más de siete?
—Puede.
Philip contó algo con los dedos, en silencio, y después dejó la mano quieta.
—¿Y quién va a dar de comer a los pájaros?
Elias tardó un instante en entender que aquella era la pregunta de verdad.
—Tú.
—Ivor les da el agua.
—Entonces también el agua.
—Lo hago mal.
—Aprenderás.
—Yo le enseño antes de irme —dijo Ivor, y lo dijo deprisa, como quien se quita un peso de encima.
Philip volvió a la ventana y no dijo nada más, pero se quedó de pie en lugar de sentarse.
Una criada regresó a por las tazas y, cuando salió, Martin preguntó:
—¿Entonces está decidido?
—Sí —dijo Edwin—. Mientras no aparezca otra plaza.
—¿Crees que aparecerá?
Edwin tardó un momento.
—No.
—Al menos eres claro.
—Contigo prefiero serlo.
Martin dio vueltas a la cucharilla sin llegar a meterla en la taza.
—Entonces me quedo.
Dora lo observó.
—¿No estás molesto?
—Claro que estoy molesto.
—Pensaba que dirías que no.
—Prefiero decir la verdad, que además es más cómoda. Si digo que no me importa, tengo que sostenerlo durante dos semanas y se me nota el jueves.
Edwin se inclinó hacia él.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
—Sí lo tengo. Y si en algún momento aparece un cuarto sitio, lo coges tú, aunque tengas que salir tres días después y aunque no sirva de nada.
Martin lo miró y algo se le ablandó en la cara.
—Eso sí me sirve. —Volvió a dejar la cucharilla en el plato—. Además, alguien tendrá que volver a la imprenta y explicar por qué el rodillo sigue marcando.
—Eso es lo que más te preocupa —dijo Edwin.
—Un poco.
La tensión se aflojó y hasta Dora sonrió. Elias volvió entonces a los preparativos: quiso saber cuánto equipaje llevarían y Edwin explicó que intentarían reducirlo al mínimo. Dora tenía una lista. Ivor insistió en llevar su brújula.
—¿Para qué necesitas una brújula? —preguntó Martin.
—Por si nos perdemos.
—Vas en un dirigible. Si os perdéis, no lo vas a arreglar tú desde la ventanilla.
—No es para el dirigible. Es para después.
Martin miró a su padre.
—Al menos está preparado.
—Que la lleve —dijo Edwin—. No ocupa nada y le ocupa la cabeza, que es mejor.
Philip preguntó si podría acompañarlos hasta el lugar de la salida.
—Sí —dijo Edwin—. Podrás despedirte allí.
El niño pareció darse por satisfecho, y esta vez sí se sentó.
Después del almuerzo, Elias pidió a Edwin que lo acompañara a otra habitación. Dora se quedó en el comedor con Martin e Ivor; los tres observaron cómo los criados recogían los últimos utensilios. Una gata gris se sentó junto a la ventana e Ivor se acercó, pero el animal lo ignoró.
—Parece que no le gustas —dijo Martin.
—No le he hecho nada.
—Eso no importa.
Dora hizo un gesto hacia el animal:
—Déjala tranquila.
Ivor volvió a su silla.
En la habitación contigua, Elias abrió un pequeño armario:
—Quiero darte algunas cosas.
Sacó un paquete envuelto en papel y lo dejó sobre la mesa. Dentro había dinero, más del que Edwin esperaba.
—Para los gastos.
—No hace falta tanto.
—Sí hace falta. Y no hemos venido a discutirlo.
—Elias...
—No voy a poder ir. —Elias se apoyó en el borde de la mesa—. Llevo una semana buscando la manera de hacer algo por Maurice que no sea mandar a mi hermano en mi lugar. Esto es lo único que se me ocurre. Déjame hacerlo.
Edwin cogió el paquete y no dijo nada más, porque entendió que discutirlo habría sido quitarle lo poco que le quedaba.
Elias volvió al armario y sacó un sobre cerrado.
—Esto también.
Edwin lo tomó y le dio la vuelta. Estaba lacrado de un solo lado.
—¿Qué es?
—Una carta.
—¿Para quién?
—Lo sabrás cuando llegues.
—¿Y cuándo tengo que abrirla?
—Todavía no.
Después abrió el otro compartimento y dejó sobre la mesa una caja de madera pequeña, oscura, con las esquinas rozadas y una cerradura del tamaño de una moneda.
—Y esto.
Edwin la levantó. Pesaba algo, y lo que llevaba dentro se movió un poco y se detuvo.
—¿Está cerrada?
—Sí.
Elias le entregó una llave.
—No la abras aquí.
—¿Por qué?
—Porque no es para aquí.
Edwin le dio la vuelta a la caja y miró el fondo, donde había una marca de tinta que el tiempo había reducido a una sombra.
—¿Qué hay dentro?
—Algo que dejó Maurice.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía tranquilizarte.
Edwin guardó la llave junto al dinero.
—¿Cuándo, entonces?
—Cuando estés allí.
—¿Y qué tengo que hacer con ello?
Elias negó con la cabeza.
—Lo sabrás.
Edwin lo miró un momento largo.
—Cada vez me dices menos.
—Cada vez sé menos que tú —dijo Elias—. Tú vas a estar delante. Yo voy a estar aquí, esperando una carta. De los dos, el que va a saber algo eres tú.
—Eso no es lo mismo que no poder explicarlo.
—No. —Elias se apartó de la mesa—. Pero es lo que hay, y si empiezo a explicarte lo que me imagino, cuando llegues allí estarás buscando lo que yo me he imaginado en lugar de lo que haya.
Edwin guardó silencio unos segundos.
—Está bien.
Elias se acercó.
—Quiero pedirte una cosa.
—Dime.
—Cuida de Ivor.
—Lo haré.
—No me refiero solo al viaje.
Edwin entendió lo que había detrás de aquellas palabras: la casa en silencio, la habitación de arriba, el invierno que venía.
—Lo cuidaré.
—Es mi hijo.
—Lo sé.
—Y va a ser el único de mi familia que esté allí cuando eso se abra, sea lo que sea. —Elias apoyó una mano en el hombro de su hermano—. No quiero que le pase por encima.
—No estará solo.
—Eso espero.
Volvieron al comedor. Dora estaba de pie junto a la ventana, Martin hablaba con Ivor y Philip había vuelto a sentarse con las piernas colgando de la silla.
—Tenemos que irnos.
Philip se levantó y se acercó a su hermano:
—Te escribiré —dijo Ivor.
—¿Cuándo?
—Cuando llegue.
—¿Y me traerás algo?
—Sí.
—¿Qué?
—Lo que quieras.
Philip lo pensó:
—Entonces todavía no sé.
—Pues piénsalo y me lo dices mañana, que tenemos que ver lo del agua de los pájaros.
Elias se acercó a su hijo mayor.
—Recuerda lo que hemos hablado.
—Sí.
—Haz caso a tu tío.
—Sí.
—Y no te alejes de Dora.
Ivor la miró.
—Ella tampoco se alejará de mí.
Dora levantó una ceja.
—Eso depende de lo que hagas.
Philip abrazó a Ivor y después, sin venir a cuento, abrazó también a Martin.
—Tú no vienes.
—No esta vez.
—Es por el billete.
—Es por el billete.
—Entonces consigue otro.
Martin se rio.
—Lo intentaré. Si lo consigo, te lo digo a ti primero.
Elias los acompañó hasta la entrada. El jardín estaba tranquilo: las aves se movían dentro de las pajareras con ese ruido menudo y continuo que se olvida a los dos minutos, y uno de los gatos había ocupado una zona de baldosas donde daba el sol y no pensaba moverse de allí en toda la tarde. Edwin se volvió hacia su hermano.
—Salimos pronto.
—Lo sé.
—Te escribiré.
—Hazlo. Aunque no haya nada que contar. Sobre todo si no hay nada que contar.
Elias le estrechó la mano y la retuvo un momento más de la cuenta.
—Buena suerte.
Dora se despidió de su tío y de Philip, e Ivor hizo lo mismo. Martin fue el último.
—Yo me bajo aquí —dijo—. Tengo que pasar por la imprenta antes de que cierren y desde aquí voy andando.
—¿Seguro?
—Seguro. Además, si me subo ahí en medio voy a pasarme el camino haciendo cuentas de plazas. —Miró a su padre—. Cuida de ellos.
—Lo haré.
Edwin, Dora e Ivor ocuparon sus asientos en el automóvil que los esperaba junto a la verja. No había sido una renuncia ni un cambio de opinión: sencillamente, la cuarta plaza no apareció, y las cosas quedaron repartidas por una razón tan pequeña como el registro de una oficina.
Cuando el coche empezó a alejarse, Dora miró hacia atrás. Martin seguía en la acera, con las manos en los bolsillos, y levantó una mano. Ella hizo lo mismo. Después la casa de Elias, con sus arbustos recortados y sus pajareras, fue quedando atrás, y al final de la calle solo se veía el muro.
Dentro del vehículo, Ivor abrió la libreta y escribió algo muy corto, tapándola con el brazo. Edwin miraba por la ventanilla sin ver nada en concreto, con una mano sobre el bolsillo donde llevaba la caja. Dora seguía el movimiento de las calles.
Ninguno habló durante un buen rato. Habían dejado atrás la casa de Elias, pero el viaje todavía no había empezado.