Capítulo 7 Las plazas
La noticia de que solo quedaban dos plazas cambió de inmediato el ambiente de la oficina.
Hasta ese momento, el viaje había parecido una cuestión de horarios, documentos y dinero; había dificultades, pero todas podían resolverse con alguna gestión.
Ahora se enfrentaban a un problema que no dependía de ellos.
La mujer del mostrador volvió a repasar el registro con el dedo, por si acaso.
—Puedo poneros en lista de espera —dijo—, pero no os prometo nada.
—¿Cuánto habría que esperar? —preguntó Edwin.
—Eso no puedo decirlo. Puede liberarse una plaza esta misma tarde y puede no liberarse ninguna hasta la salida. La gente anula cuando anula.
Edwin agradeció la respuesta con un gesto.
—¿Y el tren?
La empleada señaló hacia el fondo de la sala con el lápiz.
—Los horarios están en la oficina de transportes.
Martin miró a su padre.
—Vamos.
Cruzaron la sala. La oficina de los trenes estaba separada apenas por un tabique de madera que no llegaba al techo, de modo que las conversaciones de un lado se oían en el otro y todo el mundo fingía que no.
Había mapas clavados en las paredes, algunos con las esquinas curvadas, horarios impresos en pliegos largos y varias mesas ocupadas por viajeros que seguían líneas con el dedo.
Olía a tinta de imprenta y a abrigo guardado.
Un empleado levantó la cabeza.
—¿En qué puedo ayudarles?
Edwin explicó que necesitaban llegar a Inglaterra y volver en el plazo más corto posible.
—¿Cuántos viajeros?
—Cuatro.
El hombre cogió uno de los horarios y lo giró hacia ellos.
—Podría organizarse.
—¿Cuánto tardaríamos?
El empleado empezó a marcar las conexiones con un lápiz sin llegar a tocar el papel.
—Depende de la ruta. Tendrían que cambiar aquí, y después aquí. Y esta de en medio habría que ajustarla, porque tal como está no se llega.
Martin se inclinó sobre la mesa.
—¿Y cuál sería la salida más conveniente?
El hombre buscó entre las hojas.
—Esta es la primera posibilidad razonable.
—¿Cuánto tiempo de viaje?
—Bastante más que el vuelo.
—¿Cuánto es «bastante»?
El empleado lo miró por encima de las gafas.
—Lo suficiente para que usted lo pregunte dos veces.
Edwin siguió con atención el recorrido que trazaba el lápiz.
—¿Y el regreso?
El hombre cogió otro horario y repitió la operación. Esta vez tardó más, y en dos ocasiones volvió atrás para comprobar algo.
—El regreso es peor.
—¿Hay una ruta más directa?
—No para el trayecto completo.
—¿Y si aceptamos más cambios?
—Ganan ustedes unas horas. No las que necesitan.
Martin hizo las cuentas mentalmente.
—Entonces prácticamente no ganamos nada.
—Ganan una alternativa —respondió el empleado, apartando las hojas—. Que no es poco cuando lo otro depende del viento. Yo solo les enseño lo que hay.
Edwin le dio las gracias y se apartó de la mesa.
Al salir a la calle, una ráfaga de viento los recibió: las hojas secas corrían junto a la acera y algunas quedaban atrapadas bajo los carros estacionados.
Un automóvil pasó delante de ellos y el conductor tocó brevemente la bocina, mientras una bicicleta tuvo que desviarse para dejarlo pasar.
La ciudad estaba más animada que a primera hora: había personas entrando y saliendo de los comercios, un hombre descargaba cajas frente a una tienda y dos muchachos empujaban una bicicleta que parecía tener algún problema en la rueda.
Dora caminó unos pasos junto a su padre.
—Entonces podríamos ir en tren.
—Podríamos.
—Pero no llegaríamos a tiempo.
Edwin negó despacio.
—No para volver dentro del plazo que me han dado.
—Por el permiso de la empresa —dijo Martin.
—Sí. —Edwin se guardó las manos en los bolsillos—. Me concedieron los días con la condición de recuperarlos después. Si hacemos todo el trayecto por tierra, las conexiones se comen la mitad del margen antes de que hayamos llegado a ninguna parte.
—Podrías pedir más días —dijo Dora.
—Ya me dieron más de los que querían darme.
—¿Y si les explicas lo que ha pasado?
—¿Qué les explico?
—Que ha muerto un hombre y ha dejado...
Se detuvo a mitad de la frase. Edwin la miró.
—¿Ha dejado qué?
Dora no tenía la respuesta, y ese era exactamente el problema.
—Eso. Que no puedo ni terminar la frase. —Negó con la cabeza, molesta consigo misma—. Tendrías que decirles que vamos a Inglaterra por unos asuntos pendientes, que son importantes y que no sabemos cuáles son. Dicho en voz alta suena todavía peor que pensado.
—No puedo contar con que cambien las condiciones por esto —dijo Edwin.
Martin frunció el ceño.
—Y estamos en plena temporada.
—Sí.
—Entonces no hay mucho que hacer.
—No sin faltar demasiado tiempo.
Caminaron unos metros más. A lo lejos empezaron a sonar las campanas de una iglesia y, mientras duraron, el ruido de la calle pareció ponerse debajo. Agnes salió de la papelería de al lado con un paquete pequeño y los alcanzó en dos pasos.
—¿Qué habéis averiguado?
—Que el tren tarda demasiado —dijo Martin.
Agnes miró a Edwin.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para que no pueda cumplir con el plazo.
Ella comprendió la gravedad sin necesidad de más explicaciones.
Dora llevaba varios minutos pensando; finalmente volvió la cabeza hacia su padre:
—Podrías quedarte tú.
Edwin se detuvo.
—¿Y vosotras?
—Podríamos ir nosotras.
Agnes comprendió enseguida adónde iba aquello.
—Dora...
—No digo que sea lo mejor. Digo que yo puedo acompañar a Ivor y que mamá podría venir conmigo.
Edwin negó con firmeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Elias decidió que Ivor viajara conmigo.
—Podemos hablar con él.
—Ya he hablado con él.
—Pero las cosas han cambiado desde entonces.
—No tanto.
Dora apretó los labios.
—Mamá no tiene trabajo.
Agnes la miró.
—Eso no significa que tenga que ir.
—No, pero significa que podría.
Agnes no respondió. Edwin dirigió la vista hacia su esposa; ninguno de los dos parecía dispuesto a discutir la propuesta delante de los demás. Martin intervino:
—También puedo quedarme yo.
Edwin se volvió hacia él:
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tú también quieres ir.
Martin soltó una breve risa, aunque no había humor en ella:
—Eso no parece un argumento.
—No pienso decidir quién se queda simplemente porque hoy haya menos plazas.
—Entonces ¿cómo lo decides?
Edwin no respondió de inmediato. Permanecieron junto a la pared de la oficina, mientras la calle seguía moviéndose delante de ellos: un automóvil pasó demasiado cerca de la acera, una mujer sostuvo el sombrero para que no se lo llevara el viento y un caballo avanzó detrás de un carro cargado.
La ciudad continuaba con su rutina, indiferente al problema que ellos tenían delante.
Dora miró a Ivor; el muchacho observaba un escaparate cercano, ajeno a la discusión.
—No entiendo por qué tiene que ser él.
Edwin contestó con calma.
—Porque es el hijo de Elias.
—Eso ya lo sé.
—Y porque Elias confía en mí.
—También lo sé.
Dora bajó la voz.
—Entonces tú decides.
—No. Elias decide sobre su hijo. Yo decido si acepto la responsabilidad de llevarlo.
Martin cruzó los brazos.
—Y la aceptaste.
—Sí.
—Antes de saber que no había plazas para todos.
—Sí.
—Entonces aceptaste algo que ahora no puedes cumplir.
Edwin guardó silencio. Fue Agnes quien habló, y lo hizo en voz baja.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
Edwin tampoco contestó a eso.
Dora observó a los tres; durante aquellos minutos había llegado a una conclusión que, precisamente por sencilla, le parecía difícil de ignorar:
—Podríamos olvidarnos de todo esto.
Todos la miraron. Dora continuó antes de perder el valor:
—La carta, Maurice, Inglaterra, los asuntos pendientes... Podemos quedarnos aquí; el abogado puede ocuparse de lo que corresponda. Ni siquiera sabemos qué estamos buscando.
Martin bajó los brazos y Agnes miró a su hija, pero no la interrumpió:
—No sabemos quién era realmente Maurice. No sabemos qué ocurrió. No sabemos qué espera de nosotros. Hemos empezado a organizar un viaje entero por una carta que ni siquiera explica nada.
Edwin permaneció inmóvil.
—Y quizá sería mejor dejarlo así.
Una hoja seca cruzó la calle y quedó junto a sus zapatos; Edwin la apartó con el pie y después miró a Dora:
—No.
Ella esperaba una explicación:
—¿Por qué?
Edwin tardó unos instantes antes de responder:
—Porque Maurice merece esto y más.
Dora frunció el ceño:
—¿Esto?
—Que vayamos.
—No sabemos si merece que hagamos nada.
Edwin bajó la voz:
—Después de tantos años, alguien escribió su nombre en una carta y esa carta llegó hasta nuestra casa. Alguien que estaba a punto de morir dejó asuntos sin resolver y quiso que fuéramos nosotros quienes los afrontáramos; no voy a fingir que no significa nada.
Dora le sostuvo la mirada.
—Pero tú tampoco nos lo has contado todo.
Edwin desvió los ojos hacia la calle.
—No.
La respuesta fue tan directa que ella no supo qué añadir.
—¿Entonces?
Él volvió a mirarla.
—Entonces iremos y averiguaremos lo que falta.
—Eso es lo que dices siempre. «Averiguaremos.» Como si averiguar fuera un sitio al que se pueda ir.
—A veces lo es.
Agnes intervino con suavidad.
—No puedes obligarla.
—No la estoy obligando.
Dora bajó la mirada.
—Yo no he dicho que no vaya.
—Lo sé.
—He dicho que quizá era mejor dejarlo.
—Y yo te he dicho que no.
Martin dejó escapar media sonrisa.
—Eso ha sonado bastante definitivo.
—Lo es.
—Nunca te había oído hablar así de nadie. —Martin ya no sonreía—. Ni siquiera de nosotros.
Edwin no contestó. Fue Agnes quien lo hizo, mirando a su hijo.
—Hay gente a la que uno no elige. Está ahí, ocupando un sitio, y uno se pasa media vida haciendo como si el sitio estuviera libre.
—¿Y Maurice es de esa gente? —preguntó Dora.
Agnes tardó en responder.
—Eso se lo preguntas a tu padre cuando llegue el momento.
—¿Y quién decide cuándo llega el momento?
—El que calla —dijo Agnes—. Siempre lo decide el que calla.
Ivor se acercó entonces desde el escaparate con cara de expectativa.
—¿Nos vamos?
—Todavía no —dijo Dora.
—Ah.
Volvió a la relojería, donde aparentemente quedaba algo pendiente. Agnes sonrió.
—Tiene la cabeza en otro sitio.
—A su edad es lo normal —dijo Edwin.
—¿Y a la tuya no?
—Yo tengo otras preocupaciones.
Dora observó a su padre; ya no volvió a mencionar la posibilidad de abandonar el viaje.
Regresaron a la oficina. La mujer del mostrador continuaba atendiendo clientes y, cuando Edwin se acercó, levantó la vista:
—¿Han decidido?
—Queremos mantener las dos plazas mientras haya posibilidad de conseguir más.
—De acuerdo.
—Y necesitamos saberlo si aparece alguna cancelación.
—Os aviso.
Dora se apartó hacia el escaparate y volvió a mirar el panel con el itinerario, donde una línea roja cruzaba media Europa con la naturalidad de una raya de lápiz.
Martin hablaba con otro empleado en el mostrador del fondo y Agnes esperaba junto a Ivor, que había vuelto a entrar y seguía con el mapa de la pared.
Todo parecía haber llegado a un punto muerto.
Entonces un chico entró desde la trastienda y dejó una nota sobre el mostrador. La mujer la leyó, consultó el registro, comparó, y levantó una mano.
—Disculpen.
Edwin se volvió.
—¿Sí?
—Acaba de llegarme una comunicación. —Miró otra vez el papel antes de continuar—. Una persona se ha retractado de su reserva.
Martin se acercó en dos zancadas.
—¿De este vuelo?
—De este vuelo.
La empleada hizo una anotación nueva y trazó una raya sobre otra.
—Una de las reservas acaba de quedar anulada.
Edwin miró a los demás y, durante un instante, nadie dijo nada. La mujer volvió a comprobar la lista de arriba abajo.
—Ahora hay una tercera plaza disponible.