Capítulo 6 El viaje
Edwin regresó a casa cuando empezaba a oscurecer.
Había salido de la empresa unos minutos más tarde de lo previsto y caminó sin prisa, aunque llevaba en el bolsillo un papel doblado que había consultado varias veces durante la tarde.
La calle conservaba todavía parte del movimiento del día: algunos comercios comenzaban a cerrar, varios escaparates seguían iluminados y las bicicletas se abrían paso entre automóviles y carros de reparto.
Una ráfaga de viento arrastró hojas secas junto a la acera; el verano aún no terminaba, pero el aire había adquirido una frescura distinta, casi imperceptible, que anunciaba el cambio de estación.
Al entrar en la casa, Edwin dejó el sombrero y se quitó el abrigo. Desde el comedor llegaban voces: Agnes hablaba con Martin y Dora, y durante un momento permaneció en el vestíbulo escuchándolos antes de entrar.
—¿Están todos? Al entrar, Edwin dejó el sombrero y se quitó la chaqueta. Desde el comedor llegaban voces: Agnes hablaba con Martin y con Dora, y durante un momento se quedó en el vestíbulo escuchando cómo sonaba su casa cuando él todavía no estaba dentro de ella.
—¿Estáis todos? —dijo al fin.
—Todos —respondió Agnes.
Martin apareció en el vano de la puerta con una servilleta en la mano.
—¿Y?
Edwin sacó el papel del bolsillo y lo dejó sobre la mesa sin desdoblarlo.
—Está de acuerdo.
—¿Elias?
—Sí.
Dora levantó la cabeza.
—¿Entonces vamos?
—Vamos.
La noticia produjo en Martin una alegría inmediata y ruidosa: dio dos palmadas, dijo algo que nadie entendió y fue a servirse agua sin tener sed. Dora, en cambio, siguió seria.
—¿Hablaste con él de Ivor?
—Sí.
—¿Y de Philip?
—Philip se queda.
Martin volvió con el vaso y se sentó.
—¿Por qué?
Edwin acercó una silla.
—Porque Elias no quiere que sus dos hijos estén lejos de su madre al mismo tiempo.
Y porque a Philip, con nueve años, habría que llevarlo de la mano desde la puerta de su casa hasta la puerta de vuelta.
Ivor puede entender una instrucción y cumplirla, o al menos discutirla antes de cumplirla, que también sirve.
—Eso es una manera generosa de describirlo.
—Es la manera en que lo describió su padre.
Martin dio un trago y dejó el vaso.
—Bien. Pero hay algo que nadie ha preguntado en voz alta, así que lo pregunto yo. ¿Qué pasa si allí ocurre cualquier cosa? No una desgracia, ni siquiera algo grave. Un tobillo. Una fiebre. Un tren perdido con un crío de doce años en una estación donde no habla el idioma.
Edwin no apartó la mirada.
—Respondo yo.
—Ya sé que respondes tú. Eso es lo que me preocupa.
—Esa fue la condición de Elias, y me la puso con esas palabras: que yo sea responsable de él durante todo el viaje, de puerta a puerta. No me pidió que lo cuidara. Me pidió que respondiera.
—Es bastante.
—Lo sé.
Martin asintió despacio y no insistió, y Dora notó que su hermano, por una vez, había preguntado algo sin intención de hacer gracia.
Edwin siguió.
—Elias no quiere que Ivor viaje como si esto fueran unas vacaciones. Quiere que esté delante cuando tengamos que ocuparnos de los asuntos de Maurice. Que lo vea.
Dora apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Por qué él? Podría ir tu hermano en primavera, con más calma, y llevarlo entonces.
—Eso mismo le dije.
—¿Y qué contestó?
—Que en primavera no sabemos quién de nosotros seguirá teniendo ganas.
Nadie añadió nada. La enfermedad de la mujer de Elias llevaba tanto tiempo en la familia que ya no se nombraba; se rodeaba, como un mueble demasiado grande en un pasillo estrecho.
Agnes se sentó frente a Edwin.
—¿Y el dinero?
—Elias pagará una parte importante.
—¿Una parte?
—Bastante más que una parte.
—Eso no debería.
—Se lo dije. Me contestó que, como no puede hacerse cargo personalmente de lo que dejó Maurice, al menos puede hacerse cargo de los billetes, y que si yo quería discutirlo, tendría que discutirlo con su mujer, que está en cama y siempre gana.
Martin recuperó la sonrisa:
—Entonces la aventura empieza bien.
Agnes le lanzó una mirada:
—Todavía no sabemos si será una aventura.
—Precisamente por eso.
—No sabes qué vamos a encontrar.
—Nadie lo sabe antes de partir.
Dora permaneció callada, mirando el borde de la taza que tenía delante. Edwin reparó en ella:
—¿Estás segura de querer ir?
Ella levantó la vista:
—Sí.
—No tienes ninguna obligación.
—Lo entiendo.
—Tampoco sabemos cuánto tiempo estaremos fuera.
—Ya me había hecho a la idea.
Edwin sostuvo su mirada un instante:
—Entonces está decidido.
La conversación pasó a los preparativos: Edwin había reunido información suficiente para comenzar a organizar el trayecto.
El vuelo debía salir de Friedrichshafen, lo que simplificaba una parte del viaje, aunque todavía quedaban por resolver horarios, documentos y equipaje; algunas cosas tendrían que quedarse en casa.
Martin había preparado una lista, Dora tenía otra y Agnes conservaba una tercera sobre la mesa. Edwin las examinó:
—Vamos a llevar lo imprescindible.
—Eso dicen siempre los hombres antes de descubrir que olvidaron algo —replicó Agnes.
Martin soltó una risa:
—Esta vez tiene razón.
—Tú no opines.
—Yo pienso llevar mi cámara.
—Eso no es imprescindible.
—Para mí sí.
Edwin intervino antes de que aquello se convirtiera en una discusión:
—Entonces llévala.
Dora miró a su madre:
—Quiero llevar el vestido azul.
—¿El nuevo?
—Sí.
—¿Para qué?
—Porque quiero llevarlo.
Agnes sonrió:
—Entonces llevarás el vestido azul.
La lista fue creciendo a medida que avanzaban: ropa, documentos, dinero, medicinas, comida para el trayecto y todo lo necesario para Ivor terminaron repartidos entre varias hojas. Agnes preguntó si convenía escribirle a Elias antes de partir.
—No hace falta —dijo Edwin, y reconsideró casi de inmediato—. Sí. Una carta breve. Que quede algo por escrito, aunque sea tres líneas.
—¿Por escrito para quién?
—Para él. Y para mí.
Martin se levantó.
—Voy a terminar unas cosas arriba.
Dora lo siguió con la mirada.
—¿Qué cosas?
—Las que no he terminado.
—Eso lo dices siempre.
—Porque siempre hay algo a medias. Es mi estado natural.
Subió la escalera y desapareció. Dora esperó a oír la puerta de su habitación antes de volverse hacia su padre.
—La mujer que fuimos a ver...
—Margaret.
—Sí. Cuando mamá dijo lo de Maurice, cambió de arriba abajo.
Edwin dejó la taza sobre la mesa.
—También lo noté por cómo me lo contó tu madre.
—¿Y no dices nada?
—No sé qué decir todavía.
Dora dudó unos segundos y después lo dijo del tirón, porque de otra manera no iba a decirlo.
—El otro día bajé a la bodega. Estaba buscando. —Se adelantó a la respuesta—. Ya sé que no debía. Encontré un álbum detrás del último estante, en un hueco que no se ve desde ninguna parte. Hay fotografías de Maurice, y en dos de ellas alguien escribió lo mismo en el margen. La misma letra.
Edwin no se movió.
—¿Qué escribió?
—«Contigo por siempre.»
La cocina se quedó en silencio. Desde la habitación del fondo llegó el sonido de la máquina de coser, arrancando y parando.
—¿Tú sabías que ese álbum estaba allí? —preguntó Dora.
Edwin bajó la mirada hacia sus propias manos.
—No.
—¿Seguro?
—Segurísimo. —Levantó la cabeza—. Yo puse esos estantes. Los puse el primer año, cuando compramos la casa. Y no había ningún hueco detrás, porque lo habría tapado.
Dora apoyó la espalda en el respaldo.
—Entonces hay cosas que ni siquiera tú conoces.
—Es posible.
La respuesta le produjo una mezcla extraña de alivio y preocupación, y le costó decidir cuál de las dos pesaba más.
—Eso es mejor.
—¿Por qué?
—Porque sería peor pensar que lo sabes todo y simplemente no quieres contarlo.
Edwin sonrió apenas.
—A veces las dos cosas pueden ser verdad.
Dora fue a preguntarle qué quería decir con aquello, y no llegó a tiempo: se oyeron los pasos de Martin en la escalera.
—¿Listos? —preguntó al entrar.
—Todavía no —respondió Edwin.
—¿Qué falta?
—Los pasajes.
Martin recuperó el entusiasmo entero, como si lo hubiera dejado en el primer escalón.
—Mañana vamos a por ellos.
—Mañana.
Iban a levantarse cuando Agnes recordó algo.
—Elias dijo que quiere que Ivor lleve una copia de la documentación familiar.
—Me encargo yo.
—Y que Philip no se quedará solo.
Edwin se volvió hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
—Que Elias va a dejarlo unos días con una hermana de su mujer mientras se organiza todo.
—Bien.
Dora preguntó:
—¿Y su madre?
Agnes bajó la voz.
—Se queda en casa.
Durante unos instantes nadie tocó la conversación; aquella era la parte menos agradable del viaje: no se marchaban porque todo estuviera en orden, sino porque algo había cambiado y Maurice había dejado tras de sí una obligación que ya no podían ignorar.
A la mañana siguiente salieron temprano: Edwin quería resolver los pasajes antes de que los demás preparativos ocuparan el resto del día.
Martin llevaba una libreta, Dora llevaba su bolso e Ivor caminaba con ellos, serio, consciente de participar en algo importante aunque todavía no comprendiera del todo qué significaba.
—¿Tienes todo? —preguntó Edwin.
—Sí.
—¿La documentación?
—Sí.
—¿La guardaste?
Ivor golpeó el bolsillo de su chaqueta:
—Aquí.
—Bien.
Martin observó al muchacho:
—¿Estás nervioso?
—No.
—Mientes.
—No miento. —Ivor lo pensó dos pasos más—. Estoy despierto desde las cinco, pero eso no es lo mismo.
Dora sonrió:
—Déjalo. Ya bastante tiene con aprenderse todo lo que le han encargado.
Caminaron hacia el centro. El cielo estaba despejado y los árboles de las avenidas conservaban buena parte de su verdor, aunque había más hojas en el suelo que una semana antes; el viento movía papeles, sombreros y vestidos mientras la ciudad recuperaba el ritmo de la mañana.
Un hombre corría detrás de un perro que se había soltado de la correa; el animal terminó detenido frente a una tienda y su dueño llegó unos segundos después, jadeando:
—Otra vez —dijo el hombre.
El perro lo miró sin el menor arrepentimiento.
—Parece que no aprende —dijo Ivor.
—Ha aprendido perfectamente —respondió Martin—. Sabe que lo van a perseguir y sabe dónde parar. Eso es más que muchos.
Pasaron frente a una cafetería de la que salía olor a tostado y ruido de cucharillas, y después doblaron hacia una calle más comercial.
Una tienda de equipajes ocupaba la esquina, y Edwin se detuvo ante el escaparate, donde había maletas colocadas en escalera de mayor a menor, con las correas todas en el mismo ángulo.
—Nos falta la de Ivor.
Dentro olía a cuero y a cola, y el dependiente, que no debía de vender tres maletas por semana, sacó cinco. Ivor eligió una considerable.
Martin la levantó por el asa.
—Demasiado grande.
—No.
—Levántala tú.
Ivor la levantó, la sostuvo, y la bajó antes de lo que le habría gustado.
—Puedo llevarla.
—Puedes llevarla vacía.
Edwin señaló otra, más baja y con refuerzos en las esquinas.
—Esta.
Ivor la examinó con desconfianza.
—Es pequeña.
—Por eso.
—No cabe mi libro.
Dora abrió la tapa y midió con la mano.
—Cabe el libro. Lo que no cabe es el libro y todo lo demás. Vas a tener que elegir entre la maleta grande que no puedes cargar y el libro que sí.
Ivor miró a Martin buscando apoyo.
—Yo me quedaría con el libro —dijo Martin.
—Entonces esta.
Compraron también una camisa, calcetines, un pequeño neceser y algunas cosas que Agnes había pedido. Cuando salieron, las campanas de una iglesia cercana comenzaron a sonar e Ivor levantó la cabeza:
—¿Qué hora es?
Edwin consultó el reloj:
—Las once.
—Tenemos tiempo, ¿verdad?
—Para los pasajes, sí.
Martin comprobó la hora en su libreta:
—¿Cuánto falta para la salida?
Edwin le dio la información y Martin guardó nuevamente la libreta:
—Será increíble.
Dora siguió caminando sin responder.
—¿Qué ocurre? —preguntó Edwin.
—Solo quiero saber en qué nos estamos metiendo.
—Yo también.
—Tú ya lo sabes a medias. Yo no sé ni la mitad de tu mitad.
Llegaron a la oficina donde se vendían los pasajes; estaba cerca de una calle más transitada y tenía un escaparate con fotografías de aeronaves, mapas y folletos de distintos itinerarios: en uno de ellos aparecía el Graf Zeppelin. Ivor se acercó al cristal:
—Es más grande de lo que pensaba.
—Mucho más —dijo Martin.
Dora observó la fotografía unos segundos; el tamaño del dirigible parecía exagerado desde el papel, pero la imagen hacía difícil imaginarlo flotando sobre una ciudad.
La oficina era más pequeña de lo que parecía desde fuera: había un mostrador, dos escritorios y varias estanterías llenas de documentos. Una mujer atendía a un hombre que preguntaba por una conexión y, cuando terminó, levantó la vista hacia ellos:
—Buenos días.
Edwin se adelantó y dejó el sombrero sobre el mostrador.
—Buenos días. Necesitaríamos cuatro pasajes.
La mujer sacó un registro y lo abrió por una página marcada con una cinta.
—¿Para el vuelo desde Friedrichshafen?
—Sí.
—¿Con destino a Inglaterra?
—Sí.
Anotó algo, consultó otra hoja y volvió a revisar los registros. Edwin esperó mientras Martin se inclinaba ligeramente sobre el mostrador; Dora permanecía junto a Ivor. La mujer levantó la vista:
—¿Dijo cuatro?
—Sí.
Volvió a mirar los documentos y esta vez tardó un poco más en responder:
—Solo quedan dos.