La torre de Rookmere Capítulo 5 El álbum
24%

Capítulo 5 El álbum

La mañana entró en la casa por las ventanas abiertas.

Agnes había encendido el fuego cuando todavía quedaba frío en las habitaciones, y mientras preparaba el desayuno oyó pasar una bicicleta por la calle, seguida del golpe de una puerta en alguna vivienda cercana y del silbido de alguien que no acertaba con la melodía.

El cielo estaba cubierto por manchas, aunque sobre los tejados se abrían franjas de luz que prometían una jornada más cálida de lo que sugería la primera hora.

Edwin fue el primero en llegar al comedor. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión distinta de la que había arrastrado durante los últimos días; Agnes lo notó en cuanto cruzó la puerta, antes incluso de que dejara nada sobre la mesa.

—¿Qué ha pasado?

Edwin dejó la carpeta.

—Lo he resuelto.

—¿El qué?

—Lo del trabajo.

—¿Te han dado permiso?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Todavía no está cerrado del todo, pero puedo ausentarme unos días.

Agnes le puso la taza delante y se quedó de pie con la cafetera en la mano.

—Eso suena demasiado sencillo para lo que llevas tres días sin dormir.

—No lo fue.

—Entonces cuéntame la parte difícil, que es la que me interesa.

Edwin sonrió por primera vez en toda la semana.

—Me marcho cuando quiera, siempre que recupere después cada día que falte. Y que deje el pedido de septiembre cerrado antes de irme, no a medias.

Agnes dejó la cafetera.

—O sea, que volverás y trabajarás el doble durante un mes.

—Probablemente.

—Entonces no es exactamente un permiso.

—Es un acuerdo.

—Es un préstamo, Edwin. Y con intereses. —Se sentó—. Lo que me pregunto es quién va a pagarlos, porque el que va a estar cenando a las diez de la noche en noviembre no vas a ser solo tú.

—Lo sé.

—¿Y aun así?

Edwin cogió la taza con las dos manos.

—Necesito que sea suficiente.

Agnes lo miró un momento y no discutió, porque aquella frase, dicha así, no era una respuesta sino una confesión, y llevaban treinta años entendiéndose en ese idioma.

La puerta se abrió y Martin entró todavía con el pelo húmedo y el cuello de la camisa doblado hacia dentro.

—¿Qué es suficiente?

—Tu padre puede ausentarse unos días —dijo Agnes.

Martin se detuvo a mitad de la habitación.

—¿En serio?

—Sí —respondió Edwin.

La reacción fue inmediata.

—Entonces podemos ir.

—Todavía no hemos decidido nada.

—Pero ahora podemos decidirlo.

Martin tomó asiento y se inclinó sobre la mesa:

—Llevamos días hablando de esto. Si puedes conseguir los días, ¿qué más falta?

—Más de una cosa.

—Por ejemplo.

—Saber cuánto tiempo necesitaremos. Saber cómo iremos. Saber qué espera exactamente de nosotros el abogado.

Martin no perdió la sonrisa:

—Eso se puede averiguar.

Dora apareció en la puerta justo cuando terminaba aquella frase:

—¿Qué se puede averiguar?

Martin respondió antes que nadie:

—Papá tiene permiso para ausentarse.

Dora dejó la carpeta sobre una silla:

—¿Y ya decidieron viajar?

—No —dijo Edwin.

—Martin sí.

—Yo solo digo que podemos hacerlo.

Dora se sentó:

—Poder no significa tener que hacerlo.

Martin la miró:

—¿Todavía estás dudando?

Ella se sirvió café:

—No sé qué estamos buscando.

Edwin observó a su hija:

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—Entonces entiendes lo que digo.

—Sí.

Dora tomó un trozo de pan:

—Desde que fuimos a ver a Margaret no dejo de pensar en Maurice.

Agnes permaneció en silencio. Martin dejó la taza sobre la mesa:

—¿Por lo que pasó allí?

—Por cómo reaccionó.

—Margaret estaba enferma.

—No fue solo eso.

Edwin no intervino y Dora continuó:

—Cuando mamá dijo que Maurice había muerto, parecía que Margaret hubiera recibido una noticia que llevaba mucho tiempo temiendo.

Agnes bajó la mirada:

—No sabemos qué pasó entre ellos.

—Pero papá sí sabe algo.

Edwin apoyó los antebrazos sobre la mesa:

—Sé que Maurice fue importante para nosotros, quizá para ella también.

—Eso ya lo mencionaste antes

—Porque es verdad.

Dora guardó silencio. Martin miró a su padre:

—Entonces averigüemos por qué.

Edwin abrió la carpeta:

—Primero tenemos que decidir cómo llegar.

Sacó varios papeles y los extendió sobre la mesa: eran horarios, nombres de estaciones y diferentes posibilidades para emprender el viaje.

Algunas rutas exigían más cambios que otras y, en determinadas combinaciones, una demora podía significar perder una conexión. Martin se inclinó sobre los papeles:

—¿Cuál es la más rápida?

—Depende del día.

—¿Y la más sencilla?

—Esta —dijo Edwin, señalando una de las opciones—, aunque no necesariamente es la más rápida.

Dora observó el recorrido:

—¿Cuánto tardaríamos?

—Todavía tengo que comprobar algunas conexiones.

—¿Y después de llegar a Inglaterra?

—Tendremos que continuar por tierra.

Martin pasó un dedo por una de las líneas:

—Hay demasiados cambios.

—Por eso prefiero revisar todo antes de decidir.

Agnes dejó otra taza sobre la mesa:

—¿Y en barco?

Edwin negó:

—Podríamos hacerlo, pero alargaría el viaje.

Martin miró la fotografía que asomaba entre los periódicos que había sobre un mueble:

—¿Y el dirigible?

Dora levantó la cabeza de golpe.

—Eso mismo pensé yo.

Edwin la miró.

—¿Por qué?

—Por la noticia que vimos el otro día en el puesto. El Graf Zeppelin va a Inglaterra. Y sale de aquí.

Martin ya había cogido el periódico; buscó la página, la encontró a la segunda y extendió el pliego sobre la mesa, encima de los horarios.

—Aquí está.

La fotografía ocupaba buena parte del papel. Dora se acercó.

—Podría ser una opción.

Agnes frunció el ceño.

—¿Una opción para qué?

—Para llegar a Inglaterra.

—¿En eso?

—Sería una experiencia —dijo Martin.

—No estamos organizando unas vacaciones.

—Ya lo sé, mamá.

—No estoy segura de que lo sepas. Llevas desde el lunes con una cara que no se corresponde con la muerte de nadie.

Martin encajó el golpe y, para su crédito, no contestó.

Edwin había cogido el periódico y leía con atención el texto y las referencias al vuelo, moviendo el papel hacia la ventana para aprovechar la luz.

—Es un trayecto especial. No es una línea regular.

—¿Lleva pasajeros? —preguntó Martin.

—Sí. En determinadas condiciones.

—Entonces se puede.

—Que se pueda no significa que haya sitio. Ni que lo haya para cuatro.

Martin apoyó las dos manos sobre la mesa.

—¿Y si lo hay?

Edwin dejó el periódico.

—Entonces habría que mirarlo.

—¿Habría que mirarlo o vas a mirarlo?

—Voy a mirarlo.

Dora volvió a la fotografía.

—Sería mucho más rápido.

—Posiblemente. También depende del vuelo, del viento y de a qué campo llegue, que no tiene por qué ser el que nos convenga.

Agnes seguía sin convencerse.

—No me gusta que habléis de volar como si fuera lo mismo que coger un tren.

—No es lo mismo —dijo Edwin—. Justamente por eso hay que informarse antes y no después.

—Yo no he dicho que no os informéis. He dicho que no me gusta el tono.

Martin se echó hacia atrás en la silla.

—A mí me parece una buena idea.

Dora se volvió hacia su padre.

—¿Tú subirías?

Edwin se lo pensó unos segundos, y el hecho de que se lo pensara fue lo que llamó la atención de todos.

—Sí.

Agnes levantó la cabeza.

—¿Tú?

—Sí.

—No me pareces el tipo de hombre que quiere viajar en un dirigible.

—No quiero viajar en un dirigible.

Martin soltó una risa.

—Entonces no entiendo la respuesta.

—Digo que, si el vuelo es adecuado y las condiciones son razonables, no tendría inconveniente. —Edwin recogió el periódico y lo dobló por la mitad—. Hace una semana no me lo habría planteado ni un minuto. Esa es toda la diferencia, y no la ha puesto el dirigible.

Nadie contestó a eso. Dora miró otra vez la fotografía.

—Yo sí lo haría.

—Y yo —dijo Martin.

Edwin empezó a recoger los papeles.

—Todavía no hay nada decidido.

—Pero ya hay una posibilidad.

—Sí. Ya hay una posibilidad.

La conversación terminó poco después, aunque el asunto se quedó en la cabeza de Dora durante toda la mañana.

Ayudó a Agnes con la colada y con dos costuras que no requerían atención, subió a su habitación y ordenó parte de sus libros; intentó leer un rato y no consiguió pasar de la misma página tres veces.

El rostro de Margaret volvía una y otra vez, y con él la fotografía del Zeppelin y las respuestas incompletas de su padre, que ya no le parecían prudencia sino otra cosa.

A mediodía salió a comprar algo que Agnes necesitaba y regresó antes de lo previsto.

La casa estaba tranquila. Edwin había vuelto al trabajo, Martin seguía fuera y Agnes se había instalado en la habitación del fondo con la máquina de coser, que se oía en rachas.

Dora se quedó unos minutos en el pasillo, al lado de la puerta de la bodega, sabiendo perfectamente que no debía bajar y sabiendo también que iba a hacerlo.

Si esperaba a que los adultos decidieran contarle la verdad, podía estar esperando años.

La puerta estaba entornada. Encendió la luz —una bombilla desnuda al final de un cable que se movía si uno cerraba la puerta con demasiada fuerza— y bajó los siete escalones de ladrillo.

Abajo hacía varios grados menos y el aire tenía ese olor espeso que ella habría reconocido con los ojos cerrados: madera, polvo, cal húmeda y, al fondo, algo agrio que venía de las manzanas del invierno pasado.

Había estanterías clavadas directamente en la pared, llenas de cajas mal cerradas; herramientas colgadas por orden de tamaño en una tabla, con la silueta de cada una pintada detrás, de cuando Edwin era joven y creía en esas cosas; una bicicleta sin cadena; un espejo apoyado del revés; y varios muebles pequeños que habían ido a parar allí después de ser sustituidos arriba, formando una especie de comedor fantasma en el que nadie se había sentado nunca.

Dora empezó a revisar los estantes sin saber qué buscaba. Una carta, una fotografía, un documento, cualquier cosa capaz de responder alguna de las preguntas que llevaba cuatro días sin poder quitarse de encima.

Encontró los álbumes familiares en el tercer estante y los llevó a una mesa baja.

Abrió el primero: Edwin joven, delgado, con un sombrero que le quedaba mal; Agnes con un vestido que Dora no le había visto nunca; Martin de pequeño, siempre borroso porque no se estaba quieto; ella misma, a los cuatro años, seria como una funcionaria.

Nada extraño. Tomó el segundo, más lleno: familiares, amigos, viajes, navidades, gente que apenas recordaba y que, sin embargo, había estado en su casa.

El tercero contenía imágenes de Inglaterra; Dora se detuvo ante la fotografía de un jardín, con un banco y un muro bajo al fondo, y no reconoció el sitio, aunque tuvo la sensación incómoda de que debería. Pasó la página, luego otra. Nada.

Empezó a pensar que había perdido la tarde. Cerró el álbum y lo devolvió a su sitio, y al ir a colocar los demás, el montón se inclinó. Intentó sostenerlo, apretándolo contra la estantería con el antebrazo, y no pudo: tres álbumes cayeron al suelo con un ruido que arriba tuvo que oírse.

—Ay, no.

Se agachó a recogerlos. Uno había quedado abierto por la mitad, doblando una página; otro se había deslizado detrás de una caja de botes vacíos.

Dora apartó la caja, se inclinó para alcanzarlo y entonces vio que, detrás del último estante, la pared no llegaba hasta el fondo: había un hueco de dos palmos, largo y estrecho, que desde cualquier posición normal quedaba completamente oculto por las cajas.

Algo oscuro sobresalía un poco. Metió la mano, tocó una cubierta de tela y tiró despacio.

Era un álbum distinto: más viejo, más pequeño, con las esquinas gastadas hasta el cartón y una mancha de humedad en la contraportada. Lo llevó a la mesa, debajo de la bombilla. No tenía nombre en la cubierta. No tenía fecha. No tenía nada.

Dora lo abrió. La primera página estaba casi vacía: una fecha escrita a mano en la esquina superior y, debajo, una fotografía de un grupo de personas delante de una casa, todas de pie, mirando a la cámara con la solemnidad de la época.

Pasó la página: dos hombres. Otra: una mujer sola, de perfil.

Después más fotografías, algunas de lugares que Dora no conocía y otras de personas de edades distintas, sin ningún orden que ella pudiera reconocer.

Siguió pasando hasta que encontró un rostro que sí conocía.

Maurice Ellery.

Se quedó quieta. La fotografía era antigua y él aparecía mucho más joven de lo que Dora lo había visto en las poquísimas imágenes que circulaban por la casa.

Acercó el álbum a la bombilla, y entonces, en el margen blanco, apareció una anotación manuscrita que no era una fecha ni un nombre, sino una frase corta, escrita con una letra inclinada y firme:

Contigo por siempre.

Dora la leyó dos veces. Después levantó los ojos y volvió a mirar la fotografía: Maurice, el hombre cuya muerte había puesto tantas cosas en movimiento; el hombre del que su padre hablaba siempre eligiendo las palabras de una en una; el hombre que provocaba recuerdos que nadie quería explicar.

Pasó la página. Había otra fotografía de Maurice, en otro lugar y en otro año, y en uno de los márgenes, la misma letra y la misma frase.

Dora sintió que el estómago se le cerraba. No sabía de quién era aquella escritura ni a quién iban dirigidas aquellas palabras, pero ya no podía seguir pensando que aquello fuera una colección familiar olvidada detrás de unas cajas. Nadie olvida un álbum en un hueco que no se ve.

Levantó la cubierta de una de las fotografías sueltas para mirar el reverso: había algo escrito, varias líneas de letra pequeña, y estaba empezando a acercarlo a la luz cuando oyó pasos arriba.

Cerró el álbum de golpe.

Durante un instante no supo qué hacer. Los pasos cruzaron el pasillo, se detuvieron, siguieron. Dora metió el álbum en el hueco, empujó la caja de botes hasta su sitio y se quedó inmóvil, escuchando, con la mano todavía apoyada en el estante. Los pasos se alejaron hacia la cocina.

Respiró. Recogió del suelo los tres álbumes caídos, alisó con el pulgar la página que se había doblado y los colocó en el estante exactamente en el mismo orden en que estaban, porque alguien que esconde un álbum detrás de una pared es alguien que también se fija en el orden de los otros.

Antes de subir, volvió a mirar el sitio donde lo había dejado. No se lo llevó. Todavía no.

Apagó la luz y subió.

Agnes estaba allí, en el comedor, de pie junto a la mesa, con un paño en la mano.

—¿Dónde estabas?

—Abajo.

—¿Buscando algo?

Dora dudó:

—Ordenando.

Agnes la observó un momento:

—¿Encontraste algo?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido, pero Agnes no insistió.

Dora se sentó; por la ventana entraba una corriente de aire y las hojas del jardín se movían suavemente.

En la mesa permanecían los papeles del viaje y Dora los miró: el Graf Zeppelin había aparecido como una posibilidad, pero ahora había otra cosa que ocupaba su pensamiento: Maurice, la fotografía y la frase escrita al margen: Contigo por siempre .

No sabía quién había escrito aquellas palabras ni a quién estaban dirigidas, pero sí sabía una cosa: había más historia detrás de Maurice Ellery de la que su familia le había contado y, por primera vez, Dora quiso descubrirla por sí misma.