La torre de Rookmere Capítulo 4 Una noticia en el camino #2
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Capítulo 4 Una noticia en el camino #2

—Eso no contesta lo que te he preguntado.

—Es la única respuesta que tengo hoy —dijo Margaret, y el tono cerró la puerta sin ruido.

Dora había notado que le temblaban ligeramente las manos.

—No deberías hacer tantas cosas sola.

—Eso me lo han dicho ya varias veces.

—Entonces será por algo.

—No te acostumbres a darme la razón. Es una costumbre que se paga cara.

Agnes se rio.

Margaret habló de las noches en el hospital: de los ruidos del pasillo, del carro que pasaba siempre a la misma hora, de las conversaciones que se oían desde las habitaciones vecinas.

Recordó a una enfermera que se empeñaba en abrir las ventanas de madrugada y a una mujer que no dejaba que nadie la ayudara con nada.

—Es curioso lo que uno termina escuchando en un hospital.

Dora levantó la mirada.

—¿Qué cosas?

—Historias.

—¿De qué tipo?

—De todos los tipos.

—¿Alguna que recuerdes?

Margaret la miró un momento, como quien pesa algo en la mano antes de dejarlo otra vez en la mesa.

—Recuerdo a una mujer que hablaba dormida. Decía nombres. Toda la noche, nombres, uno detrás de otro, con mucho cuidado, como si los estuviera contando. —Bebió—. Nunca supe si eran personas que había perdido o personas que había olvidado. Creo que ella tampoco.

—¿Y tú qué hacías?

—Escucharla.

—¿Eso no es...?

—¿Indiscreto? —Margaret se encogió de hombros—. Indiscreto es preguntar. Escuchar es solo estar vivo cerca de alguien.

Parecía a punto de continuar, pero cambió de tema y se puso a hablar del jardín: quería recuperar los rosales antes de que llegara el otoño y tenía intención de podar la hiedra, que ya se le estaba subiendo al escalón.

Poco a poco la tarde pareció recuperar su tranquilidad, hasta que Agnes pronunció el nombre que ninguna de las dos había mencionado desde que habían llegado.

—Maurice ha fallecido.

Margaret dejó de mover la taza y Dora observó su rostro: la expresión de la mujer cambió de inmediato.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

Margaret dejó la taza sobre la mesa:

—No lo sabía.

—Nosotros tampoco lo supimos hasta que llegó la noticia.

Margaret permaneció en silencio; después preguntó:

—¿Cómo?

—No tenemos todos los detalles.

La mujer miró hacia el jardín:

—Maurice...

Pronunció el nombre lentamente, como si hubiera necesitado unos segundos para aceptar que se trataba realmente de él. Agnes acercó una mano:

—Margaret.

—Estoy bien.

Pero no parecía estarlo; respiró profundamente y volvió a tomar la taza. Dora no apartaba los ojos de ella:

—¿Lo conocías bien?

Agnes le dirigió una mirada, pero Margaret contestó.

—Sí.

—¿Mucho?

Margaret dudó.

—Lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que hay.

—¿Y por qué todo el mundo responde así cuando se habla de él? —Dora se inclinó hacia delante—. Mi padre dice que fue importante. Mi madre cambia de tema. Tú dices «lo suficiente». ¿Lo suficiente para qué?

Margaret la miró, y en esa mirada hubo algo que Dora no supo nombrar. No era enfado. Se parecía más a un reconocimiento.

—Lo suficiente para saber que no debo hablar de esto delante de tu madre sin su permiso. —Dejó la taza—. Que no es lo mismo que no tener nada que decir.

—Entonces tienes algo que decir.

—Tengo cosas que no se cuentan en la primera visita después de un hospital.

—¿Y en la segunda?

Margaret sonrió apenas, y se le notó lo que le costaba.

—Eres igual que tu madre a tu edad. Ella también hacía eso: no aceptaba un no como respuesta.

—¿Y funcionaba?

—Casi siempre. Es lo peor que puedo decirte.

Agnes intervino, con la voz baja.

—Margaret. No tienes que hablar de esto hoy.

—Quizá otro día.

—¿Cuándo? —preguntó Dora.

—Dora —dijo Agnes.

Fue todo lo que dijo, y fue suficiente.

La visita continuó unos minutos más, aunque el ambiente ya no era el mismo: Margaret volvió a hablar de su jardín, Agnes le recordó que debía pedir ayuda cuando la necesitara y Dora permaneció más callada de lo habitual.

Cuando llegó el momento de marcharse, Margaret acompañó a las dos hasta la puerta:

—Volved.

—Lo haremos —dijo Agnes.

Margaret miró a Dora:

—Tú también.

—Sí.

—Y cuida a tu madre.

Dora sonrió:

—Ella se cuida sola.

Margaret negó suavemente con la cabeza:

—No siempre.

Agnes la miró:

—Ya ves lo que has conseguido.

Margaret sonrió por última vez y cerró la puerta.

Las dos comenzaron el camino de regreso. Durante varias calles ninguna habló; Dora llevaba las manos en los bolsillos del vestido y finalmente preguntó:

—¿Por qué reaccionó así?

—Le afectó la noticia.

—No fue solo eso.

Agnes continuó caminando:

—¿Qué viste?

—Como si hubiera escuchado algo que llevaba mucho tiempo esperando.

Agnes tardó en responder:

—No todo tiene una explicación inmediata.

—Eso es lo que siempre dices.

—Porque a veces es cierto.

—¿Y las otras veces?

—Las otras veces la explicación existe, pero no es mía para dártela.

Dora se detuvo en mitad de la acera.

—¿Es eso lo que pasa con Maurice?

Agnes se detuvo también. Se volvió hacia su hija y durante unos segundos pareció estar decidiendo algo; detrás de ella, al fondo de la calle, un hombre subía una persiana con una pértiga.

—Lo que pasa con Maurice —dijo al fin— es que hay gente que lleva media vida construyendo una casa encima de una habitación cerrada. Y la muerte acaba de abrir la puerta. —Reanudó la marcha—. Vamos, que hace calor.

Siguieron andando. Dora pensaba en Margaret, en la manera en que había pronunciado aquel nombre, y pensaba en lo que su madre acababa de decir: una habitación cerrada, debajo de todo, y nadie le había contado nunca qué había dentro.

Después se acordó del dirigible del puesto de periódicos.

Todavía no sabía por qué aquella fotografía se le había quedado grabada; solo sabía que, por alguna razón que no conseguía ordenar, Inglaterra había dejado de parecerle un sitio lejano.

Cuando llegaron a casa, Dora miró una última vez hacia el cielo. No había ningún dirigible, ni lo habría aquel día. Aun así, la idea se quedó, y con ella una pregunta que todavía no sabía formular.