La torre de Rookmere Capítulo 4 Una noticia en el camino
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Capítulo 4 Una noticia en el camino

Agnes esperó a que Dora terminara de desayunar antes de hablarle.

La mañana había transcurrido con normalidad, aunque la muerte de Maurice seguía en la casa como una conversación interrumpida que ninguno de los dos adultos parecía dispuesto a retomar delante de los demás.

Se notaba en cosas pequeñas: en que Edwin había vuelto a salir sin terminarse el café, en que Martin no había hecho ninguna broma al marcharse y en que la puerta del escritorio, que siempre quedaba entornada, llevaba dos días cerrada del todo.

—¿Tienes algo que hacer esta mañana?

Dora dejó la taza sobre el plato.

—No demasiado. ¿Por qué?

—Quiero visitar a Margaret.

—¿La señora Bell?

—Volvió ayer del hospital. Después de tantas semanas allí, supongo que agradecerá una visita antes que un aviso de que iremos a visitarla.

—Podemos ir después del mediodía.

—Eso pensaba.

Terminaron de recoger la mesa y cada una volvió a sus ocupaciones: Agnes preparó un pequeño paquete para Margaret y Dora subió a cambiarse de vestido.

La mañana había comenzado despejada, aunque una brisa algo más fresca recorría de vez en cuando la calle.

Los árboles todavía conservaban casi todo su follaje, pero algunas hojas comenzaban a perder el verde intenso de las semanas anteriores.

Salieron poco después del mediodía. Friedrichshafen tenía el movimiento propio de una jornada de verano: las bicicletas seguían dominando buena parte de las calles, aunque los automóviles aparecían cada vez con mayor frecuencia y compartían el paso con carros de reparto y vehículos tirados por caballos, en un reparto que nadie había acordado y que todos respetaban.

Un coche pasó junto a ellas levantando una nube fina de polvo que tardó en asentarse.

Unas calles más adelante, un hombre descargaba mercancías frente a una tienda mientras su caballo golpeaba una pezuña contra el suelo con la impaciencia regular de quien lleva haciéndolo toda la mañana.

—Cada año hay más coches —dijo Dora.

—Eso dicen.

—Papá también.

—Tu padre tiene opiniones sobre casi todo.

—Y casi siempre cree tener razón.

—A veces la tiene.

—No se lo digas.

Pasaron frente a una panadería de cuya puerta salía un aire caliente y dulce que se notaba tres pasos antes y tres pasos después, y luego ante una tienda donde un hombre regaba las plantas colocadas junto a la entrada, apuntando mal a propósito para mojar también las losas.

Un perro pequeño dormía a la sombra de un banco y apenas levantó la cabeza cuando ellas pasaron.

—¿Qué le has preparado? —preguntó Dora.

Agnes levantó ligeramente el paquete.

—Galletas y algunos dulces.

—¿Las de mantequilla?

—Son las que prefiere.

—Entonces sí que la conoces.

—Hace muchos años que somos amigas.

Agnes la miró de reojo.

—Ah.

—¿Por qué lo preguntas?

—No sé. Supongo que daba por hecho que toda la gente de vuestra edad se había conocido hace tiempo.

—Qué manera de hacerme sentir antigua.

—No era la intención.

—Lo sé.

Dora asintió y se guardó la frase, que era lo que hacía últimamente con casi todo lo que decía su madre.

Siguieron caminando. Al doblar una esquina apareció un puesto de periódicos y Dora redujo el paso.

Desde que habían recibido la noticia de Maurice, había empezado a mirar las portadas con más atención que antes; no buscaba nada concreto, pero el mundo exterior parecía de pronto lleno de cosas que podían relacionarse con aquella muerte, aunque no supiera todavía de qué manera.

Había titulares políticos, noticias económicas, sucesos, anuncios comerciales y varias fotografías; una de ellas ocupaba buena parte de una página.

Dora se detuvo: era una enorme aeronave suspendida sobre un campo, con varias personas reunidas debajo. Se acercó:

—Mamá.

Agnes se volvió.

—¿Qué pasa?

—Mira esto.

Agnes se acercó y leyó el pie.

—El Graf Zeppelin.

Dora recorrió las líneas impresas: se mencionaba una próxima visita a Inglaterra y varias etapas previstas para el recorrido.

—Va a Inglaterra.

—Eso parece.

—Y sale de aquí.

—De aquí mismo.

Dora siguió leyendo. La noticia hablaba de la salida del dirigible y de su llegada prevista a territorio inglés, y no era una ruta que pudiera compararse con el tren de todos los días ni con un barco que cruzase de una ciudad a otra por costumbre. Precisamente por eso se le quedó mirando.

—Nunca he visto uno.

—Yo tampoco. Y llevo aquí más años que tú.

—Debe de ser extraño viajar ahí dentro.

Agnes la miró de lado.

—¿Ya estás pensando en subir?

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

—He dicho que debe de ser extraño.

—Y yo solo he preguntado.

Dora volvió a mirar la fotografía. La aeronave parecía demasiado grande para estar realmente suspendida en el aire, aunque el grupo de personas debajo permitía comprender su tamaño:

—Sería interesante verlo.

—Eso sí puedo aceptarlo.

El vendedor esperaba unos pasos más atrás. Dora terminó de leer la noticia y devolvió el periódico a su lugar; no compró un ejemplar. Sin embargo, la imagen del dirigible quedó en su memoria.

Continuaron. La calle se hizo más tranquila: aparecieron casas con jardines pequeños, árboles plantados a distancias regulares junto a la acera y fachadas cada vez más separadas unas de otras.

Una bicicleta pasó a su lado con el timbre suelto, sonando solo con los baches.

Un automóvil se detuvo frente a una vivienda y el conductor saludó a una mujer que salía del portal; ella le contestó sin dejar de ponerse los guantes.

A lo lejos sonaron las campanas de una iglesia, y Dora escuchó hasta que el sonido terminó de apagarse contra las fachadas.

—¿Cuánto falta?

—Cinco minutos.

La casa de Margaret estaba al final de una calle corta, detrás de un muro bajo de piedra sin revocar.

El jardín había crecido durante las semanas en que ella había estado fuera: la hierba pasaba de la altura del bordillo, una mata de hiedra había cruzado el sendero y avanzaba ya por el escalón de la entrada, y los rosales, sin podar, se habían estirado hacia la luz de mala manera.

Era el jardín de alguien que no había estado.

Agnes llamó. La puerta se abrió después de unos segundos y Margaret apareció apoyándose ligeramente en el marco. Estaba más delgada de lo que Dora recordaba, y el vestido, que debía de ser el mismo de siempre, se lo notaba prestado.

—Agnes.

—Margaret.

Se abrazaron. Fue un abrazo largo, de los que se dan cuando el cuerpo está más flaco de lo que la memoria guardaba. Después Margaret fijó los ojos en Dora.

—Y tú debes de ser Dora.

—Sí.

—Has crecido.

—Eso dicen.

—Entonces llevo demasiado tiempo sin verte. —Se apartó del marco—. Entrad, que fuera hace calor y aquí dentro todavía no.

Pasaron. Dora recordaba la casa casi exactamente, aunque algunos muebles habían cambiado de sitio y las ventanas llevaban demasiado tiempo cerradas: olía a habitación guardada, a flores secas y, por debajo, a algo limpio y frío que Dora tardó un momento en reconocer y que venía del hospital, o de la ropa que había vuelto de él.

Había un sillón junto a la ventana, una mesa pequeña y un jarrón con flores del verano anterior.

Sobre el respaldo del sofá estaba tendido uno de los gatos, que las miró sin mostrar demasiado interés; el otro dormía debajo de una silla.

—No sabía que tenías dos.

—Uno llegó mientras yo estaba en el hospital.

—¿Y se quedó?

—No me dio la oportunidad de decidirlo.

—Entonces decidió por ti.

—Como suelen hacer.

Dora se agachó y acarició al que dormía. El gato abrió un ojo, la juzgó y volvió a cerrarlo.

—Tiene el criterio de mi hermano.

—Entonces es un gato inteligente —dijo Margaret—. No hacer caso de lo que no interesa es de las pocas sabidurías que hay.

Agnes dejó el paquete sobre la mesa.

—Te hemos traído algunas cosas.

—No teníais que molestaros.

—Lo sabíamos.

—Y las galletas son de mantequilla —añadió Dora.

Margaret la miró.

—Eso sí es una buena razón para seguir recuperándome.

Las tres se rieron, y la risa hizo por la habitación más que las dos ventanas juntas.

Se sentaron alrededor de la mesa. Margaret sirvió el té con cierta dificultad; la tapa de la tetera repiqueteó dos veces contra la porcelana antes de encontrar su sitio. Agnes estuvo a punto de levantarse, pero Margaret negó con la cabeza.

—Todavía puedo hacerlo.

—No lo dudo.

—Entonces déjame.

—Te estoy dejando —dijo Agnes, sin apartar los ojos de sus manos.

Margaret lo notó.

—Tantos años de amistad y todavía me vigilas como a una cría.

—Tantos años de amistad y todavía esperas a que me dé la vuelta para hacer lo que no debes.

—Entonces estamos en paz.

La conversación empezó por asuntos sencillos: el barrio, algunos vecinos, el calor de las últimas semanas, las plantas. Margaret preguntó por Edwin y por Martin y quiso saber cómo iban las cosas en la casa.

—Normalmente —respondió Agnes.

—Eso es bueno.

—Sí.

—¿Y el trabajo de Edwin?

—Como siempre. Sale antes que el sol y vuelve pensando en volver a salir.

—Algunos hombres no descansan. Solo cambian de preocupación.

—¿Eso es una observación general o me la estás diciendo a mí?

—Depende de si te sientes aludida.

—Me siento aludida —admitió Agnes.

Después Margaret se volvió hacia Dora.

—¿Y tú?

—Estoy estudiando.

—¿Y ya sabes qué harás después?

—Todavía no.

—Entonces estás en una buena edad.

—¿Porque todavía no lo sé?

—Porque todavía puedes elegir.

—¿Y cuando ya no se puede?

Margaret se llevó la taza a los labios antes de responder.

—Entonces se elige otra vez lo mismo y se le cambia el nombre.

Dora pensó que le gustaba aquella respuesta, aunque no supo decidir si era alegre o triste, y le pareció que esa indecisión formaba parte de la frase.

La conversación pasó después a lo ocurrido en el hospital. Margaret contó que al principio los médicos habían esperado que pudiera volver en pocos días, y que después habían decidido mantenerla bajo observación.

—La caída no parecía grave cuando ocurrió —explicó—, pero luego aparecieron otras cosas.

—¿Estás mejor ahora? —preguntó Agnes.

—Mucho mejor.

—¿Seguro?

—Estoy en mi casa.