La torre de Rookmere Capítulo 3 La decisión #2
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Capítulo 3 La decisión #2

—Todavía creceré.

—Eso no arregla el sombrero.

—Entonces me servirá después.

La dependienta sonrió:

—Los niños siempre encuentran una razón.

Ivor dejó el sombrero:

—No siempre.

Salieron con parte de las compras y continuaron por la calle mientras una iglesia dejaba oír sus campanas; el sonido viajó entre las fachadas, rebotó en la esquina y se apagó poco después. Ivor levantó la cabeza.

—¿Qué hora es?

Edwin consultó el reloj.

—Casi las doce.

—¿Ya?

—El tiempo pasa.

—En casa pasa más despacio.

—En casa lo miras menos.

Dora miró alrededor. La ciudad seguía su ritmo habitual: una mujer llevaba flores en una cesta apoyada en la cadera, dos hombres descargaban cajas frente a un comercio pasándoselas sin mirar, y un perro dormía debajo de un carro mientras su dueño hablaba con un vecino a dos pasos de la rueda.

Más adelante, unos niños corrían alrededor de los árboles de una plaza pequeña y una bicicleta pasó demasiado cerca de uno de ellos; el ciclista no llegó ni a volverse, y la madre del niño gritó algo que llegó tarde. Dora se detuvo unos segundos.

—¿Qué miras? —preguntó Martin.

—A esa mujer.

—¿Cuál?

—La que ha gritado. —Dora siguió andando—. Ha gritado cuando ya había pasado el peligro. Eso lo hace todo el mundo. Gritamos siempre después.

Martin la miró de reojo.

—Eso ha sido muy alegre para ser media mañana.

—Tú has preguntado.

Entraron después en una tienda donde podían conseguir papelería y algunas pequeñas cosas para el viaje. Ivor escogió una libreta, esta vez con permiso de su padre.

—No la pierdas —dijo Elias.

—No la perderé.

—Eso dijiste de la anterior.

—La anterior apareció.

—Tres días después.

—Pero apareció.

Edwin soltó una risa y Elias renunció a seguir.

Compraron también el bolso para Dora, una camisa para Martin y varias cosas que Agnes consideró necesarias sin dar más explicaciones.

Cuando salieron, el viento había aumentado y arrastraba por la acera el polvo fino de agosto.

En algunos árboles habían empezado a aparecer las primeras hojas amarillas, todavía mezcladas con las verdes y en tan poca cantidad que había que fijarse; el cambio de estación se percibía más en el aire que en el paisaje, como si el verano hubiera aflojado la mano sin soltar del todo.

Caminaron de regreso por una calle menos transitada, con jardines pequeños detrás de verjas bajas y macetas en casi todos los alféizares. Ivor iba unos pasos por delante, y Dora apretó el paso para alcanzarlo.

—¿Estás contento?

—Sí.

—Ni siquiera sabes todavía si vas a ir.

Ivor se detuvo en seco, lo que obligó a Dora a detenerse también.

—Papá dijo que sí.

—Tu padre dijo que quiere que vayas. No es exactamente lo mismo.

—Es casi lo mismo.

—«Casi» es la palabra que hace toda la diferencia —dijo Dora—. Yo llevo dos días viviendo dentro de un «casi».

Ivor reanudó la marcha y tardó un poco en hablar.

—¿Tú quieres ir?

Ella miró hacia delante.

—Sí.

—¿Por qué?

Dora tardó en responder, y cuando lo hizo fue con la voz más baja.

—No lo sé todavía.

Y era cierto: hasta el día anterior Inglaterra había sido para ella poco más que un lugar lejano, relacionado con historias que había escuchado en casa desde niña; ahora, en cambio, se había convertido en una posibilidad real.

Regresaron a la casa poco después. Agnes empezó a guardar las compras, Martin llevó sus cosas a la habitación, Ivor dejó la libreta sobre la mesa y salió al jardín, mientras Dora permaneció un momento junto a la ventana.

Edwin estaba afuera, revisando unas ramas que necesitaban ser cortadas antes de que llegara el tiempo más frío; el cielo se había abierto un poco y una corriente de aire movía las hojas sobre el suelo. Dora abrió la puerta:

Dora abrió la puerta.

—Papá.

Él levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Tú quieres ir?

Edwin se quedó quieto con la rama entre los dedos.

—No estoy seguro.

—¿Por Maurice?

—También.

—¿Y por qué más?

Tardó en responder. Cortó la rama, la dejó caer y no cogió otra.

—Porque hay cosas que uno cree que puede dejar atrás. Uno se muda, se casa, tiene hijos, compra una casa, cambia de idioma. Y durante muchos años parece que ha funcionado.

Dora bajó el escalón.

—¿Y luego regresan?

—A veces.

—¿Como esta?

Edwin miró hacia la casa, hacia la ventana de la cocina donde Agnes se movía de un lado a otro.

—Esta no ha regresado. —Volvió a coger las tijeras—. Esta nunca se fue. Siempre estuvo ahí.

Dora no siguió preguntando y volvió al interior.

Sin embargo, mientras caminaba hacia su habitación, una idea comenzó a tomar forma: durante todo el día había intentado entender por qué Maurice seguía ocupando tanto espacio en las conversaciones de los adultos; ahora comprendía que la muerte de aquel hombre no había traído solamente tristeza, sino que había abierto una puerta hacia algo que ninguno de ellos parecía conocer por completo.

Dora se detuvo junto a la ventana de su habitación. Desde allí podía ver una parte del jardín y, más allá, las casas de la calle. Todo seguía igual, pero la pregunta ya estaba dentro de ella: ¿sería realmente todo tal como decía su padre, o había algo que Edwin todavía no les había contado?