Capítulo 3 La decisión
Elias no se marchó. Después de pedir lo que había venido a pedir, permaneció junto a la mesa con una mano apoyada sobre el respaldo de una silla, y aquella mano quieta bastó para que nadie en la habitación se levantara.
Edwin seguía sentado frente a él. Agnes había dejado la costura a un lado, sobre el brazo del sillón, con la aguja clavada en la tela para no perder el punto.
Dora permanecía cerca de la ventana, donde la luz de la tarde entraba ya inclinada y dejaba sobre el suelo la sombra alargada del marco.
Martin, que hasta entonces había escuchado sin intervenir, miraba alternativamente a su padre y a su tío desde la pared.
Ivor y Philip se habían apartado hacia el otro extremo del comedor.
El pequeño hojeaba un libro que había encontrado en la estantería baja, uno de los ingleses, y lo sostenía del revés sin darse cuenta; de vez en cuando levantaba los ojos para comprobar en qué punto iban los adultos.
Ivor no disimulaba: se había sentado en el borde de una silla, con los pies sin llegar del todo al suelo, y seguía la conversación como quien sigue un partido.
Elias volvió a mirar a su hermano.
—Quiero que entiendas una cosa, Edwin. No te estoy pidiendo que te hagas cargo de mis hijos porque quiera desentenderme de ellos.
Edwin levantó la vista.
—No he pensado eso.
—Lo sé, pero prefiero decirlo.
Agnes se acomodó en la silla:
—Entonces, ¿por qué Ivor?
Elias miró hacia donde estaba su hijo, y el chico se puso derecho al notarlo.
—Porque es el mayor y porque, si finalmente tiene que ir alguien en representación de la familia, prefiero que sea él.
Dora intervino desde la ventana:
—¿Y Philip?
Elias la miró:
—Philip se queda conmigo.
El niño, que había dejado de pasar las páginas, levantó la cabeza al escuchar su nombre:
—¿Por qué?
Elias se volvió hacia él:
—Porque eres más pequeño, porque el viaje es largo y porque no quiero que los dos estéis lejos de casa al mismo tiempo. Tu madre no lo soportaría, y yo tampoco.
Philip cerró el libro:
—Pero Ivor también es pequeño.
—Tiene doce años.
—Yo tengo nueve.
—Precisamente.
Philip pareció considerar aquella respuesta y no quedó convencido:
—Solo hay tres años.
Martin soltó una risa desde la pared.
—Cuando tienes nueve, tres años son una vida entera. Cuando tengas treinta te parecerán una tarde.
—No para Ivor.
—Pregúntaselo a él.
Ivor se acercó un paso, con la cautela del que sabe que le conviene no parecer demasiado contento.
—Yo creo que son bastantes.
Philip cruzó los brazos y no dijo nada más, que era su manera de seguir discutiendo.
—No.
La discusión de los dos niños alivió por un momento la tensión que había quedado instalada en la habitación; Agnes se levantó para preparar té y Dora fue tras ella. Desde la cocina, todavía podía oírse la conversación:
—No quiero que Ivor crea que esto es un paseo —dijo Elias.
Edwin apoyó los antebrazos sobre la mesa:
—No lo creerá.
—Lo creerá el primer día y dejará de creerlo el tercero. Lo que me preocupa es el segundo. —Hubo una pausa—. Tiene una curiosidad que no se detiene sola, Edwin. Cuando algo le interesa, no hay manera de convencerlo de que espere; se le pone una idea delante y va detrás de ella sin mirar dónde pisa.
Edwin tardó en contestar.
—En eso se parece bastante a alguien de esta familia.
—A varios —respondió Elias, y por primera vez en toda la tarde se le oyó una risa breve.
Dora regresó con la bandeja y la dejó sobre la mesa, apartando la hoja del abogado para hacer sitio.
—Entonces está decidido.
Elias levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Que Ivor va.
—Todavía no hemos decidido cuánto durará el viaje ni cuándo saldríamos.
—No he preguntado eso. —Dora sirvió la primera taza y se la pasó—. He dicho que ya has decidido que vaya. Lo demás son fechas.
Elias la observó unos segundos por encima del borde de la taza.
—Tú también quieres ir.
No era una pregunta. Dora sostuvo la mirada.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque llevo dos días oyendo a todo el mundo hablar de un hombre que nadie me explica, y porque si alguien va a averiguar qué dejó Maurice, no quiero enterarme por una carta que llegue tres semanas después contando la mitad. —Se sentó—. Quiero estar delante.
Elias se quedó callado y Edwin miró a su hija:
—No sabemos qué significa todavía todo esto.
—Precisamente por eso.
Martin intervino desde la pared.
—Yo también quiero ir.
Edwin lo miró.
—Lo sé.
—Entonces no veo el problema.
—El problema es que no sabemos cuánto tiempo estaremos fuera.
—Puedo arreglarlo en la imprenta.
—Eso mismo pensabas ayer, cuando te quedaste dos horas de más por un rodillo.
Martin se apartó de la pared y se acercó a la mesa.
—Ayer era un rodillo. Esto es otra cosa. —Se detuvo—. Y de todos modos, si tengo que elegir entre el pedido de septiembre y saber por qué mi padre se ha pasado tres noches sin dormir, el pedido de septiembre pierde.
Elias negó suavemente con la cabeza.
—No quiero que nadie decida esto por entusiasmo.
—No es solo entusiasmo. Quiero conocer Inglaterra.
Dora lo miró.
—Eso sí es entusiasmo.
—También —admitió Martin—. Las dos cosas caben en la misma cabeza.
Edwin dejó escapar una pequeña risa.
—Ya veremos quién tiene que seguir trabajando cuando volvamos.
La conversación cambió de tono y, durante un rato, se ocupó de asuntos mucho más concretos: había que revisar documentos, calcular cuánto dinero necesitarían, comprobar la ropa disponible y decidir cuánto equipaje podía llevar cada uno.
Agnes preguntó si necesitarían algún tipo de autorización para Ivor y Elias explicó que se encargaría de aquello antes de que salieran.
—No quiero problemas en el viaje —dijo.
—No los habrá —respondió Edwin.
—Eso espero.
—Los habrá de todas formas.
Dora sonrió:
—Eso ha sonado más realista.
Elias tomó una taza:
—No sabemos cuánto durará todo esto.
—¿El viaje? —preguntó Martin.
—La parte que dejó Maurice pendiente.
Aquello volvió a llevarlos al silencio. En la calle pasó una bicicleta y, más lejos, alguien cerró un postigo. Edwin miró la carta que seguía sobre la mesa.
—Todavía no entiendo qué pretende exactamente.
Elias negó.
—Yo tampoco.
—Entonces estamos preparando un viaje sin saber para qué.
—Sabemos una cosa.
—Dila.
—Que Maurice quería que algunas cosas quedaran resueltas, y que tenía la cabeza suficientemente clara para dejarlo escrito antes de morirse. Un hombre no hace eso por capricho.
Edwin pasó un dedo por el borde de la taza.
—Y supones que tendremos que encontrarlas nosotros.
—No lo supongo. —Elias señaló la hoja con la barbilla—. Es lo que dejó escrito.
Dora se acercó a la mesa.
—¿Y dónde?
Elias levantó la cabeza.
—No hay una dirección.
—¿Ninguna?
—Ninguna en la carta.
—Entonces, ¿cómo vamos a encontrar lo que quiere? —Dora apoyó las dos manos en el borde de la mesa—. No es lo mismo cruzar media Europa hacia un sitio que cruzarla hacia una idea.
—Maurice dejó indicaciones.
—¿Cuáles?
Elias dudó, y la duda duró lo suficiente para que todos la vieran.
—Todavía no las tengo todas.
Dora lo miró fijamente.
—Entonces tampoco sabes dónde empieza esto.
—No.
Edwin intervino antes de que su hija siguiera.
—Lo primero será averiguar qué información tiene el abogado. Le escribiré y pediré que concrete: qué asuntos, ante quién y con qué plazo. Si contesta con las mismas palabras que ha usado hasta ahora, sabremos algo distinto.
—¿El qué? —preguntó Martin.
—Que no le han dejado decir más.
—Y después decidimos cómo iremos.
—Exactamente.
Ivor se había ido acercando a la mesa sin que nadie se lo pidiera, un paso cada vez que los adultos bajaban la voz.
—¿De verdad vamos a Inglaterra?
Todos lo miraron. Edwin respondió.
—Es posible.
—¿En barco?
—No lo sabemos.
—¿En tren?
—Puede ser. Depende de la ruta y de cuántos días nos den.
Ivor asintió como si aquello fuera perfectamente satisfactorio.
—Entonces puedo llevar mi cuaderno.
Dora sonrió.
—Eso sí parece importante.
—Voy a escribir todo lo que vea. Desde que salgamos. Incluso la estación.
Elias lo miró con una expresión entre divertida y resignada.
—Y no vas a perderlo.
—No.
—Ni a alejarte.
—No.
—Ni a desaparecer detrás de una puerta solo porque te parezca interesante.
Ivor se lo pensó un instante más de lo debido.
—Eso depende de la puerta.
Martin soltó una carcajada y Edwin negó con la cabeza.
—Ya empieza.
Ivor volvió a su sitio junto a Philip con la satisfacción de quien ha dicho algo que se va a repetir durante años.
La tarde avanzó mientras seguían hablando de los preparativos: Agnes anotó algunas cosas que había que comprar y Dora se ofreció a acompañarla al centro; Martin recordó que necesitaba resolver unos asuntos en la imprenta y Edwin quedó en hablar nuevamente con Elias antes de tomar una decisión definitiva.
Cuando empezaron a levantarse de la mesa, el ambiente era distinto al de unas horas antes: ya no discutían si debían hacer algo, discutían cómo hacerlo.
A la mañana siguiente salieron juntos hacia el centro de Friedrichshafen.
El cielo estaba cubierto por nubes dispersas, aunque el aire seguía siendo agradable y el viento movía con suavidad las ramas de los árboles.
A medida que caminaban por las calles, la ciudad se llenaba de bicicletas, pequeños carros de reparto y automóviles que compartían las mismas vías sin que ninguno pareciera dueño absoluto de ellas.
Dora llevaba la lista de Agnes, Ivor caminaba a su lado y Martin iba detrás con Edwin.
—Necesitamos un bolso —dijo Dora.
—¿Para quién? —preguntó Edwin.
—Para mí.
—¿Y el que tienes?
—Es demasiado pequeño. Y la correa está cosida dos veces.
—¿Cuántas cosas piensas llevar?
—Las necesarias.
Martin intervino desde atrás.
—Eso, traducido, significa que llevará demasiadas.
Dora se volvió sin dejar de andar.
—No te han preguntado.
—Me gusta participar.
—Ya lo he notado. Llevas participando desde que tengo memoria.
Entraron primero en una tienda de ropa. Agnes necesitaba hilo, agujas y algunas prendas, mientras Edwin revisaba abrigos; Ivor encontró un pequeño sombrero que se probó delante de un espejo. Dora lo observó:
—Te queda grande.