La torre de Rookmere Capítulo 2 Una visita inesperada #2
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Capítulo 2 Una visita inesperada #2

Dora, mientras tanto, había terminado sus clases y volvía a casa con la carpeta bajo el brazo.

Entró en la papelería de la esquina, donde el dueño la conocía lo suficiente como para dejar las hojas que ella usaba en el mismo sitio de siempre, y compró tinta y papel.

Después se detuvo unos minutos en una plaza pequeña, más ancha que larga, con cuatro tilos y un banco por cada tilo.

Había madres sentadas con sus hijos, dos hombres que leían el mismo periódico desde extremos distintos del banco y una mujer que dejaba migas sobre las losas sin mirar a los pájaros, como si el asunto no fuera con ella.

Dora se sentó. Abrió la carpeta, sacó una libreta pequeña de tapas duras que usaba para las clases y escribió en la primera página en blanco, muy arriba, dos palabras: Maurice Ellery .

Las miró un rato. No sabía qué poner debajo, y la sensación de no saber qué poner debajo le resultó más incómoda que cualquier otra cosa de aquel día.

Cerró la libreta, la guardó y continuó caminando.

La vida seguía igual, o al menos así parecía.

Cuando regresó, Agnes estaba junto a la ventana, ocupada con la costura y aprovechando la luz.

—¿Papá ya llegó?

—Todavía no.

Dora dejó la carpeta.

—¿Y Martin?

—Tampoco.

Se quedó de pie unos segundos, moviendo el peso de un pie al otro.

—¿La carta sigue en el cajón?

Agnes levantó la mirada.

—Sí.

—¿La has leído?

—Una vez esta mañana.

—¿Y?

—Dice lo mismo que ayer.

Dora se sentó.

—Entonces seguimos sin saber qué quiere Maurice.

Agnes dejó la aguja.

—Maurice no quiere nada. Maurice ha muerto. —Agnes dio una puntada y la remató—. Lo que quiere alguien es otra cosa, y todavía no sabemos quién es ese alguien.

Dora se quedó callada un momento; aquella distinción no se le había ocurrido.

—¿Tú sabes algo que yo no?

Agnes no levantó la vista de la tela.

—Sé que tu padre está preocupado.

—Eso lo veo yo también.

—Entonces por hoy sabes lo mismo que yo.

—Eso no es una respuesta, mamá.

—Es la respuesta que puedo darte esta tarde. —Ahora sí la miró—. Hay cosas que tardan un poco en explicarse, y no porque nadie quiera esconderlas. A veces tardan porque quien tiene que contarlas todavía está decidiendo cómo.

—A mí no me gustan las cosas que tardan demasiado.

—Eso ya lo sé, hija. Lo llevo sabiendo desde que tenías cuatro años y querías que el pan saliera del horno antes de tiempo.

Dora iba a responder cuando escucharon golpes en la puerta: dos, y después uno más.

—Debe de ser tu padre —dijo Agnes.

—Papá no llama.

Dora fue a abrir y no era Edwin. Elias estaba al otro lado, con el sombrero en una mano y la otra todavía levantada hacia la puerta.

Tenía el rostro más cansado de lo habitual, y una sombra de barba que no le correspondía a aquella hora.

Detrás de él, en el escalón, estaban sus dos hijos: Ivor, muy derecho, con una maleta pequeña en el suelo junto al pie ; y Philip, medio escondido tras el abrigo de su padre.

—Buenas tardes —dijo Elias.

—Tío.

Dora se hizo a un lado.

—Pasad.

Ivor entró primero, seguido de Philip. Edwin llegó pocos minutos después y encontró a su hermano en el comedor.

—¿Qué ha pasado?

Elias dejó el sombrero sobre la mesa.

—Necesito hablar contigo.

—¿Ahora?

—Ahora. He estado dos horas decidiendo si venir hoy o mañana, y he decidido que mañana sería peor.

Agnes cerró la puerta del comedor. Ivor y Philip se habían quedado junto a la ventana; el pequeño susurró algo y su hermano le contestó sin apartar la vista de los adultos. Elias los miró un momento antes de dirigirse otra vez a Edwin.

—Recibí otra comunicación.

Edwin no preguntó de quién.

—Del abogado.

—Del mismo. —Elias sacó una hoja doblada del bolsillo interior y la dejó sobre la mesa, y el gesto tuvo algo de quien entrega un peso—. La mía llegó esta mañana. Supongo que salieron el mismo día.

Dora se había quedado junto a Agnes.

—¿Es por Maurice?

—Sí.

Edwin abrió la hoja y leyó en silencio. Tardó menos de lo que Dora esperaba.

—«Hay asuntos que deben resolverse personalmente.»

—Eso mismo. Palabra por palabra. —Elias apoyó las manos en el respaldo de una silla—. La tuya dirá algo parecido con otras palabras. Las escribió la misma persona en la misma tarde.

—¿Y esperan que yo vaya?

Elias no contestó enseguida. Miró hacia la ventana, donde sus hijos seguían quietos.

—Yo no puedo viajar.

Edwin levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque tengo demasiadas cosas aquí. —Elias se volvió del todo hacia la ventana y habló mirando el jardín—.

Mi mujer sigue necesitando ayuda todos los días, y no una ayuda que se contrate por una semana.

El negocio no puede quedarse solo en esta época del año; tengo pagos, tengo dos entregas y tengo un hombre nuevo al que todavía no puedo dejar las llaves.

Y hay asuntos de familia que no puedo poner en manos de otro durante quince días por mucho que confíe en él.

—Hizo una pausa—. He pasado tres noches buscando la manera. Creí que podría arreglarlo. No puedo.

Edwin permaneció callado.

—Podría aplazarlo —continuó Elias—. Escribir, pedir tiempo, decir que iré en primavera. Pero no creo que debamos hacerlo, y creo que tú sabes por qué mejor que yo.

—¿Y qué quieres de mí?

Elias se volvió y esta vez lo dijo sin rodeos.

—Que vayas tú.

Dora miró a su padre. Martin acababa de entrar y se había detenido junto a la puerta, todavía con el olor de la imprenta encima.

—¿A Inglaterra? —preguntó.

—Sí.

Martin se acercó a la mesa.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sabemos.

—¿Y qué hay que hacer?

Elias miró a Edwin.

—Seguir las instrucciones que dejó Maurice.

Edwin volvió a mirar la carta.

—Eso no es mucho.

—Es más de lo que parece.

Dora intervino:

—¿Qué instrucciones?

Elias la observó.

—Todavía no puedo explicártelo.

—¿No puedes o no quieres?

—No puedo. —Elias sostuvo la mirada—. Y ya que has preguntado dos veces, te daré la razón entera: porque yo tampoco conozco todas las respuestas.

Aquello llamó especialmente la atención de Edwin.

—¿Tú tampoco?

—No.

Elias apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Ya me has oído. —Apoyó ambas manos sobre la mesa—.

Maurice dejó cosas preparadas. Nunca nos contó todo, ni a ti ni a mí, y ahora hay que decidir qué hacemos con lo que dejó.

Ese es exactamente el punto en el que estoy yo, que es el mismo en el que estás tú, con la diferencia de que tú puedes subirte a un tren y yo no.

Edwin bajó la mirada hacia la hoja.

—Y piensas que debo ir yo.

—Pienso que no hay nadie más.

Junto a la ventana, Philip había dejado de susurrar. Ivor seguía la conversación con una atención que no se molestaba en disimular. Dora reparó en ellos.

—¿Y los niños?

Elias giró la cabeza hacia sus hijos y tardó en apartar la vista.

—De ellos hablaremos después.

Edwin entendió que la conversación no había terminado, y entendió también que la parte que faltaba era la que a su hermano le costaba más.

—¿Qué quieres que haga ahora?

Elias tomó de nuevo el sombrero, aunque no hizo ademán de ponérselo.

—Decidir si estás dispuesto.

Edwin miró a Agnes, después a sus hijos y por último a su hermano. Fuera, en la calle, alguien pasó silbando y el sonido entró por la ventana abierta, cruzó el comedor entero y se fue por donde había venido.

—Necesito pensarlo.

—Lo entiendo —dijo Elias—. Pero no mucho.

Nadie se movió. Sobre la mesa, entre la hoja de Elias y el sombrero, quedaba un espacio vacío del tamaño exacto de una respuesta, y ninguno de los dos hermanos parecía dispuesto a ocuparlo todavía.

Dora miró el bolsillo interior de la chaqueta de su padre, donde sabía que seguía la otra carta, la de la noche anterior.

Hasta esa tarde, Inglaterra había sido un lugar del que se hablaba en pasado.

Ahora estaba sobre la mesa de su casa, doblada en tres, esperando.