La torre de Rookmere Capítulo 2 Una visita inesperada
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Capítulo 2 Una visita inesperada

A la mañana siguiente, la casa comenzó antes que ellos.

Una puerta se cerró en la calle, después se escucharon las ruedas de un carro pasando sobre las piedras y, poco a poco, fueron apareciendo los primeros ruidos del barrio.

Agnes abrió los ojos, permaneció unos segundos mirando el techo y recordó la carta antes incluso de levantarse.

No necesitaba volver a leerla para saber lo que decía; la había tenido delante durante buena parte de la noche, aunque en realidad lo que había permanecido despierta no era el contenido de aquellas líneas, sino todo lo que podían significar.

Bajó a la cocina y encontró una taza abandonada sobre la mesa; la lavó, encendió el fuego y puso agua a calentar. Edwin apareció poco después, vestido para salir, con el mismo gesto concentrado que había llevado la noche anterior.

—¿Dormiste?

—Un poco.

Agnes dejó la tetera sobre el fuego.

—Eso no parece una respuesta. —Agnes dejó la tetera sobre el fuego y se volvió—. Encendiste la lámpara dos veces. La primera fue temprano, todavía se oía gente en la calle; la segunda ya no.

Edwin tardó en contestar.

—La leí otra vez.

—¿Y?

—Nada nuevo.

Ella lo observó mientras servía el café.

—¿Seguiste pensando en Maurice?

Edwin tomó la taza entre las manos.

—Sí.

—¿Y llegaste a alguna conclusión?

—No.

Agnes se sentó frente a él.

—Entonces seguimos exactamente donde estábamos.

—No del todo.

—¿Qué ha cambiado?

—Ahora sé que habrá que hacer algo. No sé qué. Reconozco la forma, como cuando ves el sobre de una factura antes de abrirla y ya sabes que va a doler. Eso es todo lo que sé, y no me gusta saber solo eso.

Agnes juntó las manos sobre la mesa.

—¿Y qué significa «hacer algo»? Lo pregunto en serio, Edwin. Porque hacer algo puede ser escribir una carta y puede ser subirse a un tren.

—Lo sé.

—Y una de las dos cosas cabe en esta casa y la otra no.

Agnes esperó, pero no insistió. Sabía que su marido no decía menos porque quisiera ocultarle algo, sino porque todavía no encontraba una forma de ordenar lo que pensaba.

Martin bajó poco después de las siete, con la camisa todavía sin terminar de abrochar y los zapatos en una mano.

—¿Otra vez vas a salir así? —Agnes señaló los zapatos.

—Me los pondré fuera.

—¿Por qué fuera?

—¿Por qué?

—Porque llego tarde.

—Entonces póntelos aquí.

Martin dejó los zapatos en el suelo y ocupó una silla. Dora apareció unos minutos después y empezó a buscar en el aparador, después en la silla junto a la puerta, después debajo.

—Estaba en el comedor —dijo Martin sin levantar la vista—. La dejaste anoche en la mesa, debajo del periódico, cuando papá abrió la carta.

Dora se detuvo.

—¿Y no se te ocurrió decírmelo antes de que registrara media casa?

—Se me ocurrió mientras la registrabas. Es distinto.

Ella salió y volvió con la carpeta bajo el brazo.

—Estaba donde tú dijiste.

—Ya lo sé.

—Podrías haberlo dicho con menos ceremonia.

—Podría —admitió Martin—, pero entonces no habría sido tan agradable.

Dora se sentó y se sirvió, y durante un momento pareció que iba a dejarlo estar.

—¿Estabas mirando cuando la dejé ahí?

—Estaba mirando la carta, como todos. Tú la dejaste de paso.

—Entonces no lo viste. Lo dedujiste.

Martin se quedó con el pan a medio camino.

—Es lo mismo.

—No lo es, y tú sabes que no lo es.

Edwin dejó la taza sobre la mesa.

—Os agradecería que no convirtierais el desayuno en una discusión.

—No discutimos —dijo Martin.

—Todavía.

Agnes sirvió el pan y la conversación volvió a asuntos más simples.

Martin habló del trabajo en la imprenta, de un pedido que estaba retrasado y de una máquina que llevaba varios días funcionando mal.

Dora comentó una tarea que debía entregar y Agnes preguntó si alguno de los dos volvería temprano; ninguno pudo asegurarlo.

La mañana siguió su curso. Martin fue el primero en salir y Dora lo hizo poco después; Edwin permaneció unos minutos más, revisando unos documentos antes de ponerse el sombrero. En el aparador, la carta de Maurice ya no estaba.

—¿Dónde la has guardado?

Agnes seguía ordenando.

—En el cajón del escritorio. —Cerró la tapa de la caja de costura—. No quería verla cada vez que entrara en la habitación. Ayer entré cuatro veces y las cuatro miré el aparador antes que nada.

—Pero sigues pensando en ella.

—Claro que sí. Lo que he quitado es el sobre, no el asunto.

—Se volvió hacia él—. La leí otra vez esta mañana, mientras vosotros dormíais.

¿Sabes qué me molesta? No lo que dice. Cómo lo dice.

Está escrita con muchísima educación. Y la gente escribe con esa clase de educación cuando quiere que la respuesta llegue por escrito y sin discusión.

Edwin la miró.

—Eso mismo pensé yo.

—Entonces somos dos.

—¿Y qué hacemos siendo dos?

—Tú dirás. —Agnes cogió el paño y volvió a dejarlo—. ¿Vas a escribir al abogado?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque quiero hablar primero con Elias.

Agnes asintió.

—Entonces tendrás que esperar. Con su mujer así, Elias no está para conversaciones largas a media mañana. Y lo que tú tienes que preguntarle no se pregunta de pie en un pasillo.

—Lo sé.

—Pues eso.

Edwin salió poco después. La ciudad ya estaba en movimiento: los comercios comenzaban a levantar los cierres, un hombre barría el trozo de acera que le correspondía y lo barría hasta la raya exacta donde empezaba la acera del vecino; dos muchachos transportaban entre ambos una caja larga discutiendo cuál de los dos cargaba el peor lado, y la discusión les hacía cambiar el paso cada pocos metros.

Un tranvía pasó a lo lejos con ese sonido de metal que llegaba antes que el vehículo.

Por encima de los tejados, una bandada cambió de dirección dos veces y desapareció detrás de los árboles del paseo.

El aire venía del lago y todavía tenía algo de la noche.

Edwin caminó hacia la avenida sin apresurarse y siguió su camino hasta la empresa.

La mañana fue ocupada desde el principio.

Había una factura con una cifra equivocada, un proveedor que había enviado una cantidad distinta de la solicitada y unos documentos que debían revisarse antes del mediodía; nada era importante por separado, pero juntos bastaban para impedirle pensar con tranquilidad, que era, probablemente, lo único bueno que tenía aquella mañana.

A media mañana, uno de sus compañeros se acercó con un periódico doblado.

—Mira esto.

Edwin levantó la cabeza. El hombre señaló una fotografía que ocupaba casi media página: una aeronave enorme suspendida sobre un campo, con un grupo de personas debajo que servía para entender el tamaño.

—Cada vez las hacen más grandes.

—Eso parece.

—Aquí dice que dentro de unos años irán a todas partes. América, Egipto, lo que se te ocurra. —El hombre se apoyó en el borde de la mesa—. Y la cosa sale de aquí. De esta ciudad. Uno vive a veinte minutos y es como si no existiera.

—Existe cuando pasa por encima.

—Eso también es verdad. —Dobló el periódico—. ¿Nunca te ha apetecido subir a una?

Edwin volvió a los documentos.

—Prefiero mantener los pies en tierra.

El hombre se rio.

—Por eso eres más sensato que yo.

La conversación terminó ahí.

En la imprenta, Martin tenía una jornada semejante.

El local olía a tinta fresca y a papel, y ese olor se pegaba a la ropa de tal manera que su madre lo reconocía desde el recibidor.

Las máquinas funcionaban sin descanso y Jakob estaba tumbado de lado bajo una de ellas, intentando reparar una bandeja que se había soltado del guía.

—Esta cosa tiene tres años —dijo desde abajo.

—Entonces ya ha durado bastante.

—No quiero que dure bastante. Quiero que funcione. Son cosas distintas y en este lugar se confunden constantemente. —Salió de debajo de la máquina con las manos negras—. Si el encargado gastara en un guía nuevo la mitad de lo que gasta en reimprimir pliegos, yo estaría ahora mismo desayunando.

Martin recogió unas hojas marcadas y las apartó.

—Díselo.

—Se lo dije en marzo.

—Díselo otra vez.

—En marzo me contestó que lo estudiaría. —Jakob se limpió con un trapo—. Un hombre que estudia algo en marzo no lo estudia en agosto.

Se quedó mirándolo un momento.

—Oye. ¿Lo de ayer iba en serio?

Martin tardó un instante.

—¿Lo de la carta?

—Llegaste, dijiste que había muerto un tal Ellery y te pusiste a cambiar el rodillo sin decir nada más. Eso, en alguien que habla tanto como tú, llama la atención.

—No sé qué más decir. No lo conocí.

—¿Y tu padre?

—Mi padre sí.

—¿Era amigo suyo?

Martin lo pensó de verdad antes de responder, y eso lo sorprendió a él mismo.

—No lo sé. Dijo que fue importante. Es lo único que dijo, y lo dijo dos veces.

—¿Y no preguntaste?

—No.

Jakob volvió a agacharse hacia la máquina.

—Ahora podrías.

—Quizá.

—Te estás pareciendo a él.

Martin sonrió sin ganas.

—Eso dicen.

Cerca del mediodía salió a entregar unos documentos.

El calor había aumentado y las calles estaban llenas; pasó junto a un pequeño parque donde unos niños corrían entre los árboles alrededor de una mujer que intentaba, sin demasiada convicción, que se estuvieran quietos.

Más adelante bordeó parte del lago: el agua estaba tan quieta que se veían las montañas de la otra orilla partidas por la mitad, una arriba y otra debajo, y algunas embarcaciones se alejaban dejando en el reflejo una raya que tardaba mucho en cerrarse.

Unas aves descendieron hasta la superficie, corrigieron y volvieron a subir.

Martin se quedó allí más tiempo del que necesitaba antes de regresar a la imprenta.