La torre de Rookmere
© inepub.com
Capítulo 1 La carta
En agosto, Friedrichshafen comenzaba temprano.
A esa hora las calles todavía conservaban algo del fresco de la noche, aunque el calor no tardaría en instalarse sobre las fachadas y los patios.
Las ventanas de las casas permanecían abiertas y, desde distintos puntos de la calle, llegaban voces, pasos, el sonido de una bicicleta sobre las piedras y el golpe de alguna puerta que se abría para dar comienzo a la jornada.
Un carro pasó lentamente frente a la vivienda de los Rennick y el conductor levantó una mano para saludar a un hombre que caminaba por la acera.
La casa estaba situada en una calle tranquila, algo apartada del centro, y tenía dos plantas, una fachada de ladrillo oscuro y un jardín estrecho detrás.
Edwin la había comprado varios años antes, cuando todavía pensaba que algunas soluciones serían provisionales, pero con el tiempo casi todas habían dejado de serlo: el armario de segunda mano continuaba en el pasillo, la mesa del comedor que Agnes quería reemplazar seguía soportando cada comida familiar y, en la biblioteca, los libros ingleses se mezclaban con los alemanes sin que nadie hubiera considerado necesario separarlos.
La familia llevaba suficiente tiempo en Alemania para que Friedrichshafen fuera su casa, aunque en algunos detalles persistiera la vida que habían dejado atrás.
Edwin había nacido en Inglaterra, pero llevaba gran parte de su vida lejos de allí; Agnes había llegado después y había aprendido a reconocer las estaciones, los mercados y las calles de la ciudad casi con la misma familiaridad que las de su infancia.
Martin y Dora, en cambio, habían crecido allí y solo conocían el país por las historias de sus padres.
Aquella mañana, Edwin bajó temprano a la cocina. Agnes ya estaba allí colocando el desayuno sobre la mesa; había dejado la ventana abierta y, desde el jardín, entraba el olor húmedo de las plantas.
—Llevas dos semanas bajando antes que el sol —dijo ella sin volverse—. Uno empieza a preguntarse si es la casa la que te incomoda.
Edwin tomó una taza y se sirvió café.
—No es la casa.
—Entonces es el trabajo, o es la cama, o soy yo. —Agnes dejó el pan delante de él y esta vez sí lo miró—. Descártame a mí primero, así lo resolvemos antes.
—Es el trabajo. Viene un proveedor a las nueve y hay un pedido que tiene que salir antes del mediodía. Si no reviso yo las facturas antes de que llegue, las revisará él por mí, y eso nunca termina de la misma manera.
—¿Y ayer? Ayer no venía nadie a las nueve.
—Ayer también había cosas.
—Entonces quizá deberías dormir un poco más.
Edwin sonrió y se sentó.
—Quizá.
—No digas quizá cuando sabes que no lo harás —dijo Agnes, dejando el pan frente a él.
—Eso depende de ti.
—¿De mí?
—Si me dejas dormir, quizá.
Ella soltó una pequeña risa.
—Come antes de que se enfríe.
El ruido de unos pasos llegó desde la escalera y Martin apareció poco después, todavía terminando de abotonarse la camisa.
—¿Queda café o empezamos el día con un crimen?
—Si lo sirves tú mismo, sí —respondió Agnes.
—En esta casa el café hay que ganárselo. —Martin tomó la cafetera—. Un día voy a traer a una mujer a desayunar y me vas a hacer servirle a ella también.
—Llevas veintiocho años sobreviviendo a mi café. Otra persona podrá sobrevivirlo.
—Todavía tengo tiempo de cambiar.
Se sirvió y se sentó frente a su padre.
Martin se abrochó el último botón con una mano mientras sostenía la taza con la otra.
Dora bajó unos minutos después con una carpeta bajo el brazo y se quedó en la puerta del comedor, buscando algo en los bolsillos del vestido. Martin la observó por encima de la taza.
—¿Qué has perdido?
—Nada.
—Entonces, ¿qué buscas?
—Una cosa.
—Eso aclara muchísimo. Podrías decir el nombre de la cosa y nos ahorrarías un minuto a los dos.
—Podría.
—¿Ves? Contigo no hay manera.
—Sí que la hay —dijo Dora, sin dejar de buscar—. Lo que pasa es que no te interesa la cosa. Te interesa que yo te diga qué es.
Edwin había comenzado a leer una nota que le habían dejado junto a su plato, pero levantó la vista:
—Dejadla desayunar.
—No estoy molestándola —respondió Martin—, estoy intentando averiguar qué hace.
—Puedes intentarlo después.
Dora se sentó y Agnes le acercó el pan.
—Hoy hará calor, estará agradable.
—Ya hace calor —dijo Martin.
—Todavía no —replicó Edwin—. Esto de ahora no es nada. Al mediodía será peor, y sobre las cuatro no se podrá andar por el lado del sol.
Durante un rato hablaron de cosas pequeñas.
Agnes insistió en que había que revisar el canalón antes de que llegaran las lluvias, porque el año anterior el agua había entrado por la pared del fondo y había tardado dos meses en secarse; Edwin dijo que hablaría con alguien y Agnes le recordó que eso mismo había dicho en mayo.
Dora contó que una amiga suya quería salir de la ciudad unos días, hacia el sur, y que le había pedido que la acompañara.
—¿Y vas a ir? —preguntó Agnes.
—No lo he decidido.
—¿De qué depende?
—De si me sobra la semana.
—A nadie le sobra una semana —dijo Martin—. Las semanas se toman. Yo llevo dos años esperando que me sobre una.
—Tú no sabrías qué hacer con ella.
—Eso es cierto, pero me gustaría comprobarlo.
Martin contó después que en la imprenta se había retrasado una tirada de etiquetas para una casa de vinos, que el rodillo llevaba una semana marcando y que el encargado se negaba a parar la máquina, porque parar significaba explicar por qué se había parado.
—Así que probablemente tenga que quedarme más tiempo esta tarde.
—¿Otra vez? —preguntó Agnes.
—No depende de mí.
—Eso dices siempre.
—Porque suele ser verdad. El papel llega cuando llega, la tinta se acaba cuando se acaba y los plazos los decide un hombre que nunca ha tocado una máquina.
—Entonces busca otro trabajo —intervino Dora, sin levantar la vista de su taza.
Martin la miró:
—¿Y tú vas a mantenerme?
—¿Yo? no.
—Entonces no me parece una solución realista.
Edwin sonrió por encima de la taza.
—Dejad que cada uno resuelva sus problemas cuando llegue el momento.
Agnes lo miró:
—Eso es muy fácil de decir cuando tienes uno de ellos en la cabeza desde el lunes.
Edwin dejó la taza. El gesto fue lento, deliberado.
—¿Cuál?
Ella negó con la cabeza:
—Ninguno.
La conversación siguió por otro camino. Después del desayuno, la casa se vació poco a poco: Martin salió hacia la imprenta, Dora tomó su carpeta y partió a sus clases, y Edwin se quedó unos minutos más revisando unos papeles antes de ponerse el sombrero.
Agnes permaneció en la cocina, ocupada con la vajilla y la ropa que pensaba arreglar durante la tarde.
La jornada comenzó como cualquier otra. Edwin llegó a su trabajo poco antes de las ocho y durante la mañana tuvo que revisar facturas, atender a un proveedor y corregir una cifra en un pedido que debía salir ese mismo día.
Martin, en la imprenta, discutió con un compañero por una entrega atrasada y pasó buena parte de la mañana entre papel, tinta y máquinas.
Dora asistió a sus clases y regresó después a una papelería para comprar tinta y varias hojas que necesitaba para la semana siguiente.
Nada extraordinario ocurrió, y esa normalidad sería importante más tarde.
Al regresar a casa, Dora encontró a Agnes cosiendo junto a la ventana.
—¿Papá ya llegó?
—Todavía no.
Dora dejó las compras sobre una silla.
—¿Martin?
—Tampoco ha llegado, mencionó que se retrasaría hoy .
Se sentó un momento. Sobre el aparador había varias cuentas, un paquete de cartas antiguas y algunos sobres que Agnes aún no había ordenado. Dora tomó uno.
—¿Qué haces?
—Nada especial — contestó sin desconcentrarse.
—Eso siempre significa que haces algo.
Agnes siguió cosiendo:
—Ahora estoy ordenando, si eso te deja conforme.
—Entonces haces algo.
Agnes sonrió.
—Supongo.
Dora dejó el sobre donde estaba.
Poco después, mientras Agnes estaba en la cocina, llamaron a la puerta.
No eran golpes fuertes: tocaron dos veces y luego una tercera.
Dora fue a abrir. En el umbral había un muchacho que trabajaba haciendo repartos por las casas del barrio, con varias cartas sujetas bajo un brazo y la camisa pegada a la espalda.
—¿La familia Rennick?
—Sí.
El muchacho se pasó la mano por la frente y buscó entre los sobres.
—Es que hoy llevo dos calles cambiadas. Una carta para el señor Edwin Rennick.
Dora la tomó. El sobre era sencillo, pero el papel era bueno, de los caros, y el nombre del remitente no le dijo nada.
—¿Hay que firmar?
—No hace falta. Solo las de valor.
—Gracias.
El muchacho se llevó dos dedos a la gorra y siguió calle abajo. Dora cerró la puerta. Al volver al comedor, Agnes apareció desde la cocina con las manos todavía húmedas.
—¿Qué era?
—Una carta para papá.
—Déjala ahí.
Dora examinó el sobre a contraluz, sin conseguir ver nada. La letra era menuda y exacta, y no se parecía a ninguna de las de esa casa.
—¿Puedo abrirla cuando llegue?
—Si es para él, deberías preguntárselo a él.
—Preguntar no es lo mismo que poder. —Dora levantó el sobre—. Tú lo conoces. ¿Dirá que sí?
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?
Agnes se secó las manos en el delantal.
—Dora. Déjala ahí.
—Tienes razón, soy curiosa lo siento, le preguntaré cuando llegué.
Edwin regresó poco después de las seis, dejó la cartera en el recibidor ,entró en la cocina y vio a Agnes y la besó con cariño.
—¿Cómo estuvo el día?
—Muy largo —respondió Agnes—. El tuyo también, supongo.
—Más de lo que pensaba.
Martin llegó poco después, contó una anécdota de la imprenta mientras se servía agua y luego fue a cambiarse. Durante la cena hablaron del calor, del precio de algunos alimentos y de una reparación que debía hacerse antes de que llegaran las lluvias.
Cuando terminaron de comer, Dora recordó la carta:
—Papá.
Edwin levantó la vista.
—Te llegó esto —dijo, entregándole el sobre.
Edwin lo tomó y leyó el nombre del remitente. Su expresión cambió: no fue un gesto grande, pero Agnes lo notó y Dora también.
—¿Quién es?
Edwin no respondió inmediatamente. Abrió el sobre con cuidado, sacó la hoja y leyó la primera línea; después la segunda. Martin había vuelto al comedor con una fruta y observaba desde la puerta.
—¿Pasó algo?
Edwin continuó leyendo y, al terminar, volvió a doblar la hoja. Finalmente miró a Agnes.
—Es de Maurice.
Nadie dijo nada. Dora no conocía el nombre muy bien, pues lo había escuchado contadas veces durante su vida, siempre en conversaciones que terminaban demasiado rápido.
—¿Maurice…Maurice Ellery? —preguntó Agnes inquieta.
—Sí, el.
—¿Qué dice?
Edwin dejó la carta sobre la mesa.
—Maurice ha muerto.
La frase fue sencilla y, precisamente por eso, resultó más difícil de escuchar. Agnes dejó lentamente el paño que llevaba en las manos:
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace varios días.
—¿Cómo?
Edwin negó:
—Aquí no lo explica, no se menciona dónde ni cómo.
Martin se acercó a la mesa.
—¿Estás bien?
Edwin tardó en contestar.
—Sí. —Una pausa—. No lo sé.
—¿Y estás seguro de que es él? Ellery no es un apellido raro.
—Estoy seguro.
—Podría ser un pariente. Un hermano.
—No es un pariente.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Edwin no contestó a eso. Le tendió la hoja.
—Léela.
Le pasó la hoja. Martin la tomó y sus ojos recorrieron las líneas dos veces, la segunda más despacio.
—No dice mucho.
—No.
—Dice lo justo para obligarte a contestar. Eso lo he visto en la imprenta, en las cartas de los que reclaman.
Dora permaneció de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla.
—¿Era un amigo?
Edwin levantó la mirada hacia ella y, durante unos segundos, pareció estar buscando una respuesta que pudiera dar sin abrir otra conversación.
—Sí.
¿Ha venido alguna vez a visitarnos?
Edwin levantó la mirada hacia ella y, durante unos segundos, pareció estar buscando una respuesta que pudiera dar sin abrir otra conversación.
—Nunca ha estado aquí, pero fue importante.
—Hablas de él como si fuera algo más.
Agnes intervino de golpe:
—Dora.
—Solo digo lo que veo.
Edwin no se molestó.
—Maurice fue importante para nosotros. Antes de que estuvierais vosotros. Cuando llegamos aquí no conocíamos a nadie en esta ciudad, ni una cara, ni una calle, y hay cosas de entonces que todavía existen porque él estaba.
—¿Para quiénes?
—Para todos.
Martin dejó la carta sobre la mesa:
Edwin volvió a tomarla y la mantuvo un momento sin desdoblarla.
—Que hay asuntos que deben resolverse. Habla de una cuestión pendiente y de documentos que deberían entregarse, y dice que preferirían tratarlo conmigo directamente y no por correo.
—¿Preferirían quiénes? —preguntó Dora—. ¿Y quién escribió esto?
—Un abogado —respondió Edwin, pasando el dedo por el membrete—. Firma un abogado, en nombre de otros que no nombra. Dice que hay cosas que no deberían quedar atrás sin ser aclaradas.
—Eso suena a amenaza —dijo Martin.
—Suena a alguien que cumple una voluntad —lo corrigió Agnes.
Edwin levantó los ojos:
—Todavía no lo sé, pero tengo que averiguarlo.
La casa quedó en silencio. Afuera pasó un carro y las ruedas produjeron un ruido breve sobre la calle; después se escuchó una bicicleta, una puerta que se cerraba en una vivienda cercana y el murmullo de alguien llamando a otra persona desde una ventana.
Un gato maullaba sin detenerse cerca de un jardín.
La vida continuaba en el exterior pero dentro del comedor, en cambio, algo había cambiado.
Dora volvió a mirar la carta sobre el mantel.
—¿Lo conocimos alguna vez?
Edwin negó lentamente.
—Tú no.
—¿Martin?
—Tampoco.
—¿Y mamá?
Agnes miró a Edwin antes de responder, y esa mirada duró lo suficiente para que los dos hijos la vieran.
—Hace muchos años.
—¿Cuántos?
—Dora —dijo Edwin.
—Es una pregunta sencilla.
—No todas las preguntas sencillas tienen una respuesta sencilla.
—Entonces dadme una complicada.
Agnes empezó a recoger los platos. Tomó dos, aunque solo necesitaba uno.
Dora quiso preguntar algo más, pero Edwin dobló la carta y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Mañana hablaremos.
Martin apoyó una mano sobre la mesa.
—Antes de mañana: ¿hay algo que debamos saber ahora? Lo pregunto en serio. Si esto trae algo detrás, prefiero saberlo esta noche y no el día que llamen a la puerta.
Edwin lo miró:
—No todavía.
Martin aceptó la respuesta; Dora no, pero esta vez decidió no insistir.
Agnes terminó de recoger la mesa y comenzó a llevar los platos a la cocina.
Edwin permaneció sentado unos minutos más, con una mano apoyada sobre el bolsillo donde había guardado la carta.
Maurice Ellery había muerto. La noticia había cruzado varios países antes de llegar hasta ellos y, aunque todavía nadie podía saber qué significaba, había conseguido alterar la tranquilidad de aquella casa.
Más tarde, cuando todos se retiraron, Edwin volvió a sacar la carta.
La leyó una vez más bajo la luz de la lámpara y después la dobló con cuidado.
No podía saber todavía qué iba a exigirle aquella muerte; solo sabía que, después de muchos años, el nombre de Maurice Ellery había vuelto a entrar en su casa y esta vez no parecía dispuesto a marcharse.