La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo setenta y tres
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Capítulo setenta y tres

Landra dio dos pasos tambaleantes tras Tobias . Se detuvo. Lo observó alejarse. Miró las líneas de batalla. Podía sentir a Marith . Brillando. Él alzó de nuevo la espada y la hoja relampagueó. Su voz resonó con la fuerza de un final absoluto.

—¡ Tobias ! —gritó Landra desesperada—. ¡Vuelve!

—Déjalo —dijo Raeta.

—¡Lo matarán!

—¿Por qué crees que vino?

—Vino a matar a Marith .

—Vino a morir, Landra. A morir pensando que había hecho algo útil con su vida. Tú, en cambio, viniste queriendo vivir. Así que ven conmigo. Ahí abajo. Ahora.

Empezaron a descender por la ladera. Un calor ardiente llegaba desde el campo de batalla. El aire sabía a ceniza y a espuma salada.

Las ruinas de Ethalden se alzaban ante ellas, arañando el cielo. «Aquí —pensó Landra—. La casa de mi ancestro Amrath. La casa de mi dios. Tenemos que entrar ahí. Dentro de los muros. A través del campo de batalla».

Los soldados de Marith se estaban desplegando, avanzando hacia la fortaleza.

Y de pronto Landra sintió un vuelco al reconocer entre sus filas a hombres conocidos: lord Stansel sobre su silla alta y cuadrada, lord Erith, Osen Fiolt blandiendo su espada.

Sus dientes apretados, la saliva goteando de sus bocas, sus rostros anhelando sangre.

Eran tantos. Superaban en número a los soldados illyrianos como los muertos superan a los vivos.

«Si los illyrianos hubieran sido listos —pensó Landra—, se habrían atrincherado tras los muros de la ruina».

Agazapadas, temblando, se fueron acercando. Las torres derruidas de Ethalden brillaban a la luz del sol. Se tiñeron de rojo cuando comenzó a caer una lluvia roja. Las sombras danzaban alrededor de las torres. A Landra le pareció que cantaban. Las sombras y las ruinas. Cantaban de alegría.

La sombra de las torres se proyectó sobre los illyrianos que combatían. Sombras densas. Frías.

«Si los illyrianos hubieran sido listos —pensó Landra—, se habrían colocado de forma que las ruinas no quedaran entre ellos y el sol».

—Ven —dijo Raeta entre dientes.

Su rostro era blanco como el de una moribunda.

Se sujetaba el hombro para que su cuerpo no se hiciera pedazos.

Brillaba, se desvanecía, como si mil rostros miraran a través del suyo: dientes, cuernos, garras, raíces, flores, alas.

Avanzaba encorvada, deslizándose, moviéndose con un número extraño de piernas.

Dieron un amplio rodeo por detrás de la línea de combate.

Se vieron obligadas, por ello, a caminar cerca del mar y la orilla.

El agua seguía agitándose, luchando consigo misma.

Grandes bestias marinas que antaño habían engullido naves enteras morían ahora en las olas que se estrellaban sin descanso.

En la orilla yacían cuerpos por todas partes.

Ya estaban pudriéndose. La maldita tierra de ceniza de Ethalden reclamaba lo suyo.

Los cadáveres illyrianos estaban hinchados por el agua, con el mar colándose en sus gargantas.

Bestias marinas muertas boqueaban buscando agua, asfixiadas, sus pieles de escamas agrietadas.

Los hombres de las Islas Blancas sonreían.

Morían con una sonrisa dulce en el rostro.

Un hombre bajó corriendo por la playa ante ellas. Estaba desnudo. Cubierto de sangre. Llevaba en las manos la cabeza cercenada de otro. Se detuvo, levantó la cabeza, la besó. La dejó en las cenizas. Gritó:

—¡Muerte!

Y volvió a correr, alejándose de ellas. Se lanzó contra dos hombres armados que venían de frente.

Rodaron en la tierra. Se apuñalaban. Se arañaban. Manos desnudas contra hojas de metal.

Un gemido de placer al morir.

Landra volvió el rostro, intentando con todas sus fuerzas no vomitar.

Tobias arremetía contra ellos. «El Ejército de Amrath, malditos sean, condenados, hazlos añicos».

Golpeaba con sus espadas, tajando, cortando, hiriendo, apuñalando, «aniquílalos, despedázalos, esta plaga sobre el mundo, jodida ruina, jodida muerte».

Peste. Cuerpos llenos de gusanos. Asquerosa inmundicia que no merecía vivir.

¿El Ejército de Amrath quería muerte? Pues le daría muerte. Demonios que sí.

Una espada en cada mano. Nunca había luchado así.

Una locura, pero una locura deliciosa. «Acaba con todos.

Atraviésalos y machácalos hasta reducirlos a pedazos sangrientos».

Escoria, peste, alimañas enfermas. Malditos todos.

No merecían vivir. Matar y matar y matar…

Dioses, cómo había echado esto de menos.

Era un soldado. Había echado de menos luchar, matar cosas.

Los illyrianos se estrellaban contra el Ejército de Amrath.

El Ejército de Amrath se estrellaba contra ellos.

Hombres de ambos bandos gemían, alcanzando el clímax mientras mataban y morían.

¡Gloriosa embriaguez de batalla! Un torrente de éxtasis que atraesaba el cuerpo de Tobias .

Jadeaba, empapado en el sudor ardiente de la matanza.

«Oh, es maravilloso. Oh, es algo que ningún hombre podría imaginar».

Y esta vez, además, tenía el dulce sabor de estar del lado correcto, del lado de la bondad y la virtud.

Una espada en cada mano. Una lucha enloquecida.

Pero tan tan divertida. «Mata a todos esos bastardos enfermos, venenosos, repugnantes.

El Ejército de Amrath. Destrúyelo. Arrásalo. ¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!».

La gente cree que quiere vivir. Pero en el fondo, lo que de verdad quiere es matar y morir.

Landra tropezó avanzando por la retaguardia de la lucha. Cuatro soldados illyrianos pasaron corriendo con el rostro en llamas. Ahora eran negros como la medianoche. Unas nubes negras hervían en el cielo. La lluvia roja silbaba al caer sobre sus quemaduras.

Un destello de luz blanca golpeó a los soldados illyrianos.

Desaparecieron.

Así, de golpe. Dejaron de existir.

«Entrenaste con un maestro de espada —pensó Landra—. Mataste a un hombre a las afueras de Skerneheh. Tu padre daba banquetes en sus salones para mantener a sus hombres leales, para que fueran a la guerra por él. Para matar por él. Para morir. Para hacer esto».

—¡Por aquí! ¡Vamos!

Siguió a Raeta corriendo. El cuerpo de Raeta temblaba, cambiaba, arrojando ramas y extremidades.

Raeta era inmensa como un gigante. Raeta cojeaba, apenas capaz de sostenerse en pie.

Casi tropezaron con un grupo de soldados agazapados en el refugio de una hondonada para reagruparse.

Soldados de Marith , por sus insignias rojas.

Raeta se encendió en un fulgor dorado y todos ellos murieron.

Como los illyrianos. Simplemente dejaron de existir.

—¡Por aquí! ¡Por aquí!

Raeta estaba frenética. La espuma se le pegaba a los labios. Las ruinas se alzaban ante ellas. A su izquierda una explosión rugió sobre el campo de batalla. Un grito resonó después, un grito que parecía de mil voces a la vez.

Raeta gritó. Señaló. Horror. Dolor quebrado, desesperado, una pena sin fin.

El dragón cruzó sobre sus cabezas escupiendo fuego. Pus y gusanos llovían de sus alas. Rugió de dolor. Rugió de triunfo. Voló lejos, sobre el mar, inclinó la cabeza y el agua comenzó a hervir en espuma blanca.

—Estaba muerto —susurró Raeta—. Estaba muerto.

El dragón regresó planeando sobre ellas.

Tan cerca que Landra sintió el calor que desprendía.

El batir de sus alas. Sangre y pus goteaban de su vientre.

Se le abrasó la piel donde le cayó aquella sangre.

Un chorro de llamas brotó hacia el cielo.

Fuego rojo sangre iluminó el cielo negro en ebullición.

—De verdad pensé que estaba muerto —susurró Raeta.

Landra pensó: «Ilusa».

—¡Por aquí! ¡Por aquí!

Corrieron a través del campo de batalla.

Tuvieron que apartarse a tiempo de un caballo sin jinete que se lanzó desbocado hacia ellas.

El corazón de Landra parecía a punto de estallar.

«No puedo más. No puedo más». Tropezó, estuvo a punto de caer, y Raeta tuvo que sujetarla de la mano para sostenerla.

El suelo tembló como en un terremoto. El dragón se precipitó hacia abajo.

Cayó como la noche misma sobre el campo de batalla.

Rompiendo el metal. Gritos. Bronce, hierro y huesos fundidos, aplastados, destrozados bajo su peso.

Se revolcó y aulló. Otro chorro de fuego salió disparado de su boca hacia el cielo.

Las murallas de la fortaleza se estremecieron.

La boca del dragón se abrió enorme y devoró filas enteras de illyrianos.

—¡Por aquí!

Tropezando, corrieron encorvadas. Raeta apartó a un espadachín cubierto de sangre con un destello de luz. Las murallas de Ethalden se alzaron ante ellas. Se detuvieron jadeando ante la ruina derrumbada de una inmensa puerta.

Los machacó, los rebanó, los troceó, los molió, los golpeó, los mató.

¡Mátalos! ¡Acaba con esos bastardos! Una espada en cada mano.

Las hojas chorreando sangre. ¡No dejes a ninguno con vida!

¡No merecen vivir! Golpes, tajos, fallos, aciertos, cortes, muertes.

Una plaga. Son una plaga que debe eliminarse.

Corre y golpea y mata y golpea y falla y vuelve a matar.

Un espadachín illyriano se alineó junto a Tobias . Cojeaba, apenas podía caminar, su brazo derecho colgaba inútil; empuñaba una espada con la izquierda. Sus ojos giraban desorbitados en un rostro que ya parecía un cadáver. Trozos de la masa encefálica de alguien le goteaban por la ropa.

—Los estamos conteniendo —jadeó el espadachín a su lado—. Lo estamos logrando. Debemos lograrlo. Podemos hacerlo.

Un jinete se lanzó contra los dos. Tobias se arrojó a un lado. Su cuerpo gritaba de dolor. El espadachín illyriano cayó bajo una hoja de acero. Su cabeza rodó y fue aplastada por los cascos de un caballo.

Troceó, rajó, escupió, mató e hirió. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Engendros de peste. No merecían vivir.

Gusanos. Inmundicia. Veneno. Mátalos.

Ah, dioses. Ah, dioses.

Qué diversión.

Landra se tambaleó al acercarse a la puerta.

La casa de su ancestro, de su dios. La fuerza de la fortaleza la desgarró.

Le gritaba. La golpeaba, burlona y hambrienta, llena de deseo y odio y necesidad.

Cayó de rodillas, avanzando a gatas, temblando, gimiendo de miedo.

Una mano, luego la otra, intentando avanzar.

Las piedras del portón la miraban desde lo alto.

Tanta crueldad. Tanto odio. Tanto dolor.

—Vamos, Landra —la llamó Raeta.

—No puedo… No puedo… Eltheia… Ayúdame, ten piedad…

—¡No pronuncies ese nombre aquí! Tú puedes, y lo harás.

—No puedo… Por favor…

—Sí puedes —Raeta casi se rio—. Su muerte o la nuestra. ¿Qué vas a hacer si no? ¿Sentarte ahí esperando hasta el día de su coronación?

Landra se arrastró hacia adelante sobre el vientre.

Su rostro se pegaba a la tierra calcinada.

Avanzaba como un gusano, con las ruinas sobre ella, implacables, aplastándola.

Quédate aquí. Quédate aquí y muere. Aun con los ojos cerrados veía el fulgor de las piedras.

Avanzaba con una lentitud exasperante, pegada al suelo como si un peso invisible la aplastara.

Sigue. Sigue. Vamos. Alzó una mano y trató de impulsarse apenas con las yemas de los dedos.

Las ruinas temblaron de nuevo y una llovizna de polvo la cubrió.

Las piedras de la puerta se balancearon.

Sigue. Sigue. Vamos. Se arrastró, el cuerpo clamando bajo la opresión, la piel desgarrándose contra el suelo áspero.

Sigue. Sigue. Vamos. Vamos. Las ruinas volvieron a estremecerse.

Un rugido. Gritos. «No puedo —pensó—. No puedo».

El aire aullaba a su alrededor. La casa de Amrath.

Su ancestro. No puedo entrar. No puedo. Él está ahí.

Amrath. Está ahí dentro. Sus huesos. Su cuerpo. No puedo. No puedo.

Los troceaba y rajaba y golpeaba y fallaba y los mataba. Su cuerpo entero empapado de sangre.

—No es culpa de ellos que estén luchando por él —había dicho Landra una noche, observando las fogatas del Ejército de Amrath encendidas en la distancia.

Ese mismo día había tropezado con una fosa llena de cuerpos illyrianos aún vivos, retorciéndose, despedazados—.

Él les ordena hacerlo. Es su rey. Él los gobierna.

Ellos lo siguen. No son ellos contra quienes deberíamos luchar. Es contra él.

—Podrían decir que no —había respondido Tobias —. Podrían soltar sus armas. Marcharse.

—¿Estás seguro?

Golpeó, machacó y troceó con una espada en cada mano, y ellos caían, muriendo. Podían marcharse. Podían largarse de ese puñetero infierno si querían. Todos sabían lo que era Marith .

Troceó, mató, aplastó, golpeó, erró, hirió y mató.

Ojos cerrados con fuerza, sombras danzando ante ella. Rodando, retorciéndose. La tierra arrancándole la piel. Una cosa débil y patética, como un gusano.

—Vamos —suplicaba Raeta—. Vamos. Por favor, Landra.

Una voz lejana, como en un sueño. No puedo. No puedo. No puedo seguir.

Se arrastró hacia adelante. Sus manos tiraban de ella, avanzaba apenas con los dedos sobre la piedra quemada, la tierra hecha ceniza.

—Vamos. Vamos.

De pronto el peso se desvaneció. Abrió los ojos.

Había cruzado la puerta. Estaba dentro de las ruinas de Ethalden.

El dragón se deslizaba por el campo de muerte.

Arrancaba la tierra con sus garras, y la sangre que brotaba de ellas devoraba las piedras que tocaba.

Vomitaba fuego. Aniquilaba todo a su paso.

El mar hervía. Las olas se estrellaban en la orilla y dejaban tras de sí huesos rotos.

Las luces plateadas del cielo se desvanecían como estrellas en el alba.

Se apagaban despacio, como la llama de una vela cuando la última persona viva abandona la habitación de un moribundo.

Fuego, bronce, hierro. Tobias mataba y mataba y mataba y mataba.

Muerte. Asesinato. Carnicería. Matanza. Placer.

Dolor. Muerte. Amor. Todo cayendo, muriendo.

Solo cenizas. Solo oscuridad. Polvo. Huesos. Sangre. Cuerpos. Ruina.

Diversión.

Demonios, sí.

Lo estás disfrutando, ¿verdad?