Capítulo sesenta y siete
—Quémalos.
El dragón inclinó la cabeza ante Marith . El humo se enroscaba en sus fauces. Sus ojos parecían cristal de mago. Flor de cerezo. La luz del sol danzando sobre aguas bravas. Criaturas marinas luminosas deslizándose entre las manos de Carin.
Jamás hay que mirar a los ojos de un dragón. Jamás. Miras a los ojos de un dragón y pierdes la razón. Duele. Te hiere. Marith lo miró fijamente. El dragón parpadeó y apartó la cabeza.
—Quémalos, destrúyelos, hazlos pedazos.
El dragón siseó. O tal vez rio. O tal vez lloró. La lujuria vibraba en torno a él. Oh, sí, los dragones sentían deseo, y amor, y ansia, y hambre.
— Sekne, Ansikanderakesis . —Sí, mi señor. Su voz verde y suave era como el aroma de los árboles en verano.
Marith lo siguió con la mirada cuando se elevó en el cielo. El sol poniente lo alcanzó, lo bañó, lo hizo arder rojo como la Estrella del Rey. Descendió como un relámpago justo cuando el sol desaparecía tras las colinas del oeste. Marith oyó el rugido del fuego en su garganta.
Una luz plateada se elevó desde el campamento illyriano para interceptarlo.
Fuego de magos, pensó él, nada que valiera la pena.
Pero la luz lo alcanzó, lo envolvió, atrapó al dragón en una red de plata, lo bañó y cubrió con haces de luz.
Su fuego se apagó ahogado; Marith vio sus alas batir desesperadas, la cabeza y la cola retorcerse en agonía. Y el dragón gritó.
Las sombras se desgarraron del cielo. Se precipitaron para defender al dragón. La luz plateada las atrapó. Como la niebla que se eleva de un río en una mañana de invierno, o como estar en lo alto de una colina cuando las nubes descienden.
Las dos huestes miraban hipnotizadas. Dioses luchando en el cielo.
Un ave de fuego de oro y plata se alzó hacia la batalla.
Se lanzó contra las sombras. Un halcón cazando gansos en pleno vuelo, matando en el aire.
Plumas doradas y jirones de sombra caían a la tierra.
Se estrellaban sobre el ejército illyriano, pero nadie se movía: permanecían de pie, mirando, muriendo con la mirada fija sin apartarse.
La noche estaba llena de prodigios. No había luna ni estrellas, solo magia de oro y plata y los apagados chorros de fuego del dragón.
Lucha. Lucha. Un desfile de maravillas. Dioses muriendo, deshechos.
Luz y muerte y dolor agonizando en lo alto.
Remolinos de oro y plata. La oscuridad informe de las sombras, sin rostro, con dientes y garras.
Aleteos frenéticos, el cuerpo del dragón retorciéndose.
Explosiones ahogadas de fuego de dragón.
La cosa más hermosa que un hombre pudiera contemplar.
Y en silencio. Lento y silencioso. Tan lejos.
Chispas de una hoguera. Peces moviéndose bajo la piel del agua. Nada real.
«Un dragón no puede morir —pensó Marith —. Un dragón es un prodigio. Una imposibilidad. Más allá de la muerte. Un dragón no puede morir».
El dragón abandonó sus obligaciones. Gritó. Se precipitó frenético a través del cielo. Las heridas abiertas recorrían todo su cuerpo. Su sangre llovía sobre el ejército illyriano. Voló tambaleante, con un ala hecha jirones. El fuego brotaba de su boca y de su vientre. Gritó. Gritó. Gritó.
Herido. Se desangraba.
Moría.
«Has matado a un dragón, Marith , —se dijo—. Matadragones, te llaman. Por supuesto que pueden morir. No son más que cosas mortales. La vida es una ilusión. Todo muere. Incluso eso, al final. Incluso la belleza. Todo».
Y entonces ya no estaba. Un lejano estruendo de fuego, allá en las colinas, muy al oeste.