La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo sesenta y cinco
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Capítulo sesenta y cinco

Illyr, obviamente, no cayó en una sola batalla, como Ith.

Tal como Marith le había dicho a Thalia , no era eso lo que él quería.

No habría piedad. No tomarían prisioneros.

Aquellos eran los descendientes de los traidores que se habían alzado contra Amrath.

Lo habían abandonado, se habían vuelto contra él, derribaron sus torres de vigía y sus fortalezas.

Habían matado a muchos de los antepasados de Marith , proclamando que no tolerarían más reyes engendrados por demonios.

¿Querían luchar por cada palmo de tierra que él les arrancara de las manos?

Entonces pelearía contra ellos de verdad.

Haría que sufrieran de verdad. Cada aldea.

Cada campo. Lanzarían magos y dioses y hechizos contra él, todo el poder que había destruido a sus ancestros, y él les enseñaría lo que es bueno.

El dragón parecía ser más entretenido que las propias sombras.

Era su venganza hecha realidad. Había algo hipnótico en la forma en que mataba, en el peso absoluto y la fuerza descomunal de su cuerpo, en esa grandeza gloriosa y absurda de poder decir «los mató un dragón», «mi dragón los aniquiló», «lo envié y los redujo a cenizas».

El dragón lo odiaba, se retorcía bajo su control, y le hablaba con un dolor suplicante, pidiendo ser liberado.

Y sin embargo lo amaba. Sabía que, en él, por fin había hallado algo más terrible que sí mismo.

A veces, casi le daba vergüenza tener algo tan vasto y aterrador sometido a su voluntad.

Osen no dejaba de sugerirle que intentara subirse a él. Pero no le parecía una idea del todo convincente.

—Es demasiado grande.

—Sí —respondió Osen—. Kiana me dijo lo mismo esta mañana.

Tomaron el pueblo de Thelkek dos días después de cruzar el Nimenest hacia Illyr.

Más que un pueblo, era una aldea grande, con casas bajas y sombrías agrupadas en torno a una pequeña plaza donde se alzaban dos piedras sagradas y calaveras de caballo erigidas sobre postes alrededor de las paredes de madera.

No quedaba mucho que saquear; la mayoría de la gente ya había huido o perecido.

Se adentraron en el lugar, arrasaron con las pocas provisiones que encontraron y celebraron un breve festín.

Luego, apilaron a los que se habían quedado entre las piedras sagradas, formando una pirámide de carne que se derrumbaba, pataleaba y clamaba.

Algunos de los hombres ofrecieron tributos en señal de victoria: miel, cerveza, monedas, sangre.

Según los mapas y el trazado de los caminos, parecía que su abuelo había pasado por allí.

Un ithiano que afirmaba haber vivido en Illyr les aseguró que podría guiarlos hasta el lugar de un antiguo enfrentamiento, donde Nevethyn había erigido un marcador en honor a sus caídos.

—¿Sabes si Amrath llegó alguna vez hasta aquí? —preguntó Marith al hombre.

—Este es el reino de Amrath, mi rey. Amrath estuvo en todo Illyr.

—Sí, bueno, claro… pero… ¿estuvo aquí en concreto? ¿Dejó algo? ¿Hizo algo?

Una inscripción, una estatua, un insignificante puesto fronterizo en ruinas…

Tras una rápida conversación con una muchacha del lugar de la que uno de los capitanes de los sarisas se había encaprichado, descubrieron que en la mayor de las piedras sagradas había una grieta, provocada, según decían, por una coz del caballo de Amrath.

Marith se detuvo ante ella, sobrecogido.

—Es demasiado grande —comentó Osen.

—Calla. No lo arruines.

—¿Y ese ruido que oigo? ¿Podría ser alguien dándole martillazos a la piedra a toda prisa?

—¡Cállate!

Osen se descolgó una bota de vino del cinturón y vertió una libación sobre la grieta, empapando un pequeño ramo de flores que alguien había dejado allí como ofrenda.

— Elenaneikth Ansikanderakane Amrakane. Esta piedra rota es una reliquia sagrada del paso del Conquistador del Mundo, cuya gracia invoco. —Sonrió a Marith con un destello de complicidad—. Haz que traigan tu caballo y que le aseste una buena patada.

El campo se extendía ante ellos con una belleza feroz, cada vez más intensa a medida que se internaban en Illyr.

Era un paisaje más duro y áspero que los bosques de Ith o los campos de trigo de Seneth, desplegado sobre la tierra en severas franjas de verdes profundos y negros intensos.

A Marith le evocó la estatua de Serelethe en la capilla de Amrath de Malth Elelane: la belleza implacable y cruel del rostro de la madre de Amrath.

Uno comprendía entonces por qué, para la doliente Eltheia, las Islas Blancas habían sido un mundo nuevo donde hallar consuelo.

Las hierbas se extendían ralas sobre la tierra negra, los altos riscos como armaduras, valles estrechos recorridos por aguas de plata, peñascos abruptos adonde solo las aves podían llegar.

«Estas tierras —pensó Marith — son las que me han hecho quien soy.

Un lugar marcado por antiguas batallas, áspero y desolado, que empujó a mis antepasados a una fiereza extrema, hasta verse obligados a invocar demonios para sobrevivir».

La luz que se derramaba sobre la hierba era tan bonita que le dolía.

Las nubes proyectaban sus sombras sobre las cumbres, el río lejano destellaba y las laderas verdes caían en hondonadas oscuras, mientras la piedra gris brillaba al sol.

Por la noche el cielo era inmenso como el pensamiento, una eternidad de estrellas.

Por esto, Serelethe se había entregado a los demonios.

Por esto, había nacido Amrath. «Mi reino —pensó—.

Mío». Marith Altrersyr, Rey Ruina, Rey de la Muerte, Rey de las Sombras, pariente de dragones, matador de dragones, señor de dragones.

Amrath renacido. «Si Illyr hubiese sido una tierra pródiga en trigo, madera y ganado, una tierra opulenta de grandes ciudades y decenas de miles de hombres bien alimentados, yo no sería lo que soy».

Las cosas resultaban… más fáciles entre Thalia y él.

La belleza de aquellas tierras la avivaba; volvía a sentir placer al cabalgar a su lado, encabezando las columnas de soldados, y se deleitaba al contemplar el mundo que se extendía ante ellos.

Disfrutaba de los días largos, de la luz azulada y profunda que se extendía al caer la tarde.

Se detuvieron unos días para descansar y, en esa tregua, se aventuraron juntos, solos, a explorar aquellos parajes.

Él le juró que no volvería a tocar el hatha.

Ella sonrió, sabiendo que mentía, pero agradecida.

Y lo abrazó con una intensidad nueva, feroz.

—Te amo —le dijo mientras hacían el amor—. Te amo, Marith .

Su voz sonó extraña, ahogada, salvaje. Nunca antes le había dicho que lo amaba mientras lo hacían.

—Lo siento —dijo él.

—Más te vale.

Vergüenza. Una vergüenza que le corroía por dentro, como una dolencia incurable. «Todo lo que tocas lo destruyes, Marith ».

Pero no a ella. No a ella. Por favor .

—Lo siento… Perdóname… Por favor.

Thalia se volvió y se incorporó, con el cabello resplandeciendo alrededor de su rostro.

—Debí haberte contado lo de mi encuentro con Landra Relast. Pobre mujer…

Sentí lástima por ella, Marith , nada más.

Parecía tan decaída, tan hecha polvo… Destruiste a toda su familia, Marith .

Creí que le debía algo: una pequeña dádiva, lo poco que pudiera ofrecerle, al menos evitar que muriera de frío en la nieve, darle de comer…

Cosas que ella jamás me dio a mí. Pero debí habértelo contado.

«¿Y el gestmet, Thalia ? ¿El dios que intentó matarme? ¿La amiga de Landra? ¿De eso también debiste hablarme?».

—Lamento lo de Tyrenae. No debí hacerlo —dijo él.

«No me arrepiento —pensó—. Al igual que los cuerpos de mi madre y de Ti, eso no podía quedar sin sepultura, observándome, reprochándome mis actos. Fue allí donde se me rompió el corazón».

Thalia lo estrechó entre sus brazos, y él pudo sentir su respiración, el ritmo acelerado de su corazón, que latía desbocado bajo su piel.

—Lo sé, Marith —dijo ella.

Aquella noche, Alleen les organizó una fiesta en su tienda, y los coronó con flores de bronce, más delicadas y frágiles que las de verdad.

Osen, Alleen, Kiana y todos los demás brindaron por ellos, sonriéndoles.

Había una cantante, una muchacha de las Islas Blancas con una voz clara y dulce.

Bebieron hasta perder la cuenta, rieron juntos; Thalia lo besó con los ojos nublados de deseo.

—¡Volved a vuestra tienda, tortolitos! —gritó Alleen entre carcajadas.

Sus amigos los llevaron de vuelta como a una novia y un novio, en una procesión tambaleante de cantos y antorchas.

—Te perdono —le dijo ella a la mañana siguiente—. Ahora vete y déjame dormir. O detén la marcha del ejército. Me duele la cabeza demasiado para seguir discutiendo.

—¡Qué poco aguante tienes! ¿Quieres que te traiga un cubo con joyas engarzadas para que puedas vomitar?

—Y yo diciendo que tu sangre divina no tenía importancia… —gimió.

«A veces creo que entiendo —pensó él— por qué mi padre hizo lo que hizo. Por qué mató a mi madre, a mi verdadera madre, si es que realmente la mató. Por qué se casó con Elayne tan pronto después de su muerte».

—Conozco un remedio excelente para la resaca… —dijo en voz baja.

«Le daré a Alleen la mitad de mi reino —pensó—. Por haberme devuelto esta felicidad».

Avanzaron entre colinas oscuras que se alzaban a su alrededor, abruptas y dentadas, cubiertas de aulagas amarillas.

Cabras y caballos salvajes trepaban con cautela por los riscos escarpados.

Entre los abrigos de roca brotaban fresales exuberantes, y los endrinos se arqueaban bajo el peso de sus frutos negros.

Una cascada desgarraba la ladera y caía en un valle blanqueado por huesos humanos.

La tierra estaba desierta: los illyrianos se habían marchado, huyendo a tierras lejanas.

—Allí arriba —señaló Yanis Stansel hacia la cima de una alta colina que se recortaba negra contra el cielo.