La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo sesenta y cuatro
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Capítulo sesenta y cuatro

El corazón de Nilesh se colmó de júbilo al saber que lord Emmereth había sido restituido como nithque.

La proclamación se realizó a mediodía, en los escalones del Palacio de Verano.

Desde que se anunció la muerte del emperador, densas multitudes se habían congregado allí, un torbellino de voces y pisadas.

El emperador había nombrado de nuevo al señor del Sol Naciente como Nithque, reemplazando a lord Tardein, que estaba demasiado destrozado por la muerte de su familia para continuar con el cargo.

Las puertas de la ciudad permanecerían selladas, aunque se empezaron a notar los primeros indicios de que el brote de peste rozaba su fin.

Las plegarias del emperador, los grandes sacrificios de su pueblo y la purga de la falsa suma sacerdotisa a manos de quienes habían obrado movidos por el amor al Dios: todo ello los había salvado.

El Gran Tanis, en verdad, había mostrado su misericordia.

—Él nos ayudará —aseguró Nilesh a la mujer que permanecía a su lado en la calle de los Ojos Cerrados—. Él pondrá todo en orden.

Se instituyó entonces un consejo de regencia encabezado, como era de esperar, por lord Emmereth, e integrado también por lord Tardein, lady Amdelle, Remys —la nueva presencia imperial en el Templo— y lord Lochaiel, flamante señor de la Luz de la Luna y nuevo morador de la Casa de Plata, primo y heredero del difunto y llorado lord Verneth.

—¿Lo ves? —dijo Nilesh—. Ahora todo saldrá bien.

La mujer a su lado soltó un gruñido. «Rabia esperanzada», pensó Nilesh.

La ciudad permanecería bajo toque de queda, y el Gran Templo seguiría bajo guardia estricta.

Entre la multitud se propagaron murmullos: voces agitadas, temerosas, cargadas de ira y desconcierto. Nilesh suspiró. ¿Por qué no podían entenderlo?

La gente comenzó a inquietarse. Frente al palacio, los soldados se mantenían firmes.

Poco a poco, a regañadientes, la multitud empezó a dispersarse.

Nilesh se movió con ellos, mientras su mente comenzaba a divagar hacia cuestiones inesperadas: ¿qué podía hacer con su vida a partir de ahora?

Quizá podía limpiar Las Cinco Esquinas y quedarse allí, o tal vez buscar la ayuda de lord Emmereth.

Entonces, entre la muchedumbre, apareció el hombre del abrigo verde, Cauvanh. Nilesh se sorprendió: estaba convencida de que aquel hombre había muerto en la Plaza Gris. Lo reconoció de inmediato. Sonrió.

—Hola, Nilesh.

—Hola.

Lo recordó gritando a la multitud para que atacaran a lord Emmereth en los escalones del Templo. Se apartó de él, con miedo. Con ira.

—¿Nilesh? —Parecía dolido al ver que ella sentía miedo y rabia—. Solo quiero hablar contigo.

Tenía un moratón en el rostro. Ya no llevaba el abrigo verde, pero sus zapatos eran los mismos, estaban salpicados de manchas oscuras; y a uno le faltaba un botón, el cuero estaba desgarrado.

—Lárgate —dijo ella entre dientes.

—Deberías alegrarte —dijo Cauvanh—. Lord Emmereth es nithque otra vez. No habría recuperado su poder si no hubiera estallado el motín.

—He dicho que te largues.

Él bajó la mirada, entristecido.

—Cuídate, Nilesh. Entra en tu casa. Quédate allí.

—¿Por qué?

Cauvanh negó con la cabeza, se perdió entre la multitud. Nilesh creyó oír su voz, alzándose mientras hablaba con una mujer vestida de rojo:

—… ¿y por qué debería el Templo seguir bajo guardia?

Nilesh se quedó en la calle, confundida. Todo parecía haber vuelto a estar en orden. En paz. Lord Emmereth era Nithque. La ciudad se recuperaba. Recordó a Bilale hablando con auténtico entusiasmo sobre algunos de los planes de lord Emmereth de limpiar y embellecer las viviendas en Flores Hermosas.

«Ojalá se recuperara lord Vorley», pensó. Lord Vorley era, de algún modo, enemigo de Bilale. Y, sin embargo, la idea de que lord Emmereth tuviera que vivir sin él inundaba de tristeza su corazón.

Regresó a Las Cinco Esquinas. Con la ayuda del hijo de una de las mujeres que vivían unas casas más abajo, había logrado abrir la puerta casi por completo.

Los cuerpos en descomposición seguían allí, tendidos en el vestíbulo junto a la fuente, desplomados sobre sus lechos.

Sin embargo, había encontrado un almacén que se mantenía limpio.

Pronto, se dijo, pediría ayuda a los soldados que patrullaban la zona; ya los había visto limpiar la casa del panadero de enfrente, donde, al parecer, todos sus habitantes habían muerto.

Un ruido la despertó en medio de la oscuridad.

Gritos y clamores. «¡Disturbios!», pensó con horror.

«¡Lord Emmereth! ¡Bilale!». Se vistió a toda prisa y salió corriendo a la calle.

La luz de las antorchas temblaba sobre los muros.

La gente se agitaba, asomaba la cabeza por las ventanas, miraba con inquietud. ¿Qué sucede? ¿Qué pasa?

Un hombre apareció corriendo hacia ella. Venía desde la dirección del palacio. Gritaba con tanta desesperación y a tal velocidad que Nilesh apenas alcanzaba a comprender sus palabras.

—¡Los immish! ¡Los immish! ¡Por los cuchillos de Dios!

—¿Qué? ¿Qué está pasando? —Una mujer en la calle le cogió del brazo—. ¡Siéntate! ¡Explícamelo!

—¡Los immish! ¡Ah, Dios! ¡Tengo que volver a mi casa! ¡Atrancad las puertas! ¡Rezad!

Apartó a la mujer de un empujón y siguió corriendo.

Nilesh se quedó mirándolo, paralizado. La gente en la calle también lo miraba, murmurando, repitiendo «los immish» en tono desconcertado:

—Los immish… ¿Qué es eso? ¿Qué pasa?

Llegaron más gritos desde la dirección del palacio, de donde venía aquel hombre. La campana del Gran Templo empezó a sonar. La campana del crepúsculo.

Resonaba fuerte en la oscuridad. Sonaba como la cosa más extraña del mundo.

Seguía, y seguía.

—Los immish… —corrían los murmullos—. ¡Los immish!

Nilesh empezó a correr en dirección a los gritos.

La campana del Templo enmudeció de pronto, y aquel silencio resultó tan sobrecogedor como lo había sido su primer tañido. Cada vez más gente corría, se agolpaba, se quedaba inmóvil mirando, atrapada en aquella marea humana. Por todas partes se oían los gritos:

—¿Qué pasa? ¿Qué es?

Y entre ellos, voces confusas respondían:

—¡Han llegado los immish!

Nilesh siguió corriendo, con las piernas temblorosas.

«¡Bilale! —pensaba una y otra vez—. ¡Bilale!

¡Bilale!». Llegó al Patio del Cuchillo Roto.

Bajo la estatua sin rostro había una vela volcada y un hombre sentado junto a ella, jadeante, rodeado de una multitud que zumbaba como un enjambre.

Hablaba, les decía algo, y la multitud rugía con ira, se arremolinaba en la plaza, repitiendo las mismas palabras airadas:

—¡Los immish!

—¿Qué está diciendo? —preguntó Nilesh a una mujer en el borde de la multitud.

—Los immish han llegado —dijo la mujer entre lágrimas—. Han regresado… No solo al palacio. Soldados… Muchísimos soldados. Nos han invadido.

Habían entrado al caer la noche. La Puerta de los Enmascarados estaba abierta, aunque a esa hora debía permanecer cerrada y atrancada.

Una compañía tras otra, un ejército entero, miles de hombres armados hasta los dientes, con un mago a la cabeza.

La ciudad estaba cercada, sitiada, sometida.

Los immish estaban reuniendo a las grandes familias.

Los asesinaban en sus propias camas, sin piedad. Mataban a todos.

—¡No me lo creo! —gritó una voz—. ¡Es otro engaño, como la última vez!

—¡Yo los vi! —gritó otra—. ¡Eran soldados immish!

—¡Al palacio! —clamó una tercera voz—. ¡Defendamos la ciudad!

La gente empezó a moverse.

Nilesh miró la estatua sin rostro. Recordó los cuerpos amontonados en la Plaza Gris.

Siguió la corriente de la multitud por la calle de la Luna y la Luz del Sol. Atravesó el Patio de las Penas Vespertinas. Bajó por la calle de los Huesos.

En la esquina de la calle del Oro y la calle de los Niños yacía un duelista abandonado en el polvo. Como si el combate se hubiese interrumpido de pronto, antes de que pudieran matarlo.

Frente a las puertas de la Casa de Cristal, dos hombres permanecían sentados, heridos, con cuchillos ensangrentados en las manos.

—¡Los immish! —gritaban con voces roncas—. ¡Regresad a vuestras casas! ¡Es demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!

«Lord Emmereth —pensó Nilesh—. Bilale. Ay, Bilale».

Una tropa de soldados avanzaba hacia ellos por la calle de Todos los Pesares. La multitud se detuvo.

No eran soldados imperiales. No llevaban relucientes armaduras doradas.

Su armadura era negra: coseletes gruesos y pesados, cascos oscuros que cubrían por completo sus rostros, forjados en máscaras de metal inexpresivas tras las cuales asomaban unos ojos helados.

Empuñaban lanzas rematadas con ganchos curvados.

—Los immish… —susurró la multitud.

Un par de aquellas lanzas ya estaban manchadas de sangre oscura.

Un soldado, al frente de la tropa, avanzó con paso firme. Su casco llevaba una gran cresta, como la crin de un caballo. No llevaba lanza. Empuñaba una espada desenvainada.

—¡Pueblo de Sorlost! —gritó el hombre—. Regresad a vuestras casas.

El Gran Consejo de Immish ha sabido de vuestros males: asesinatos, traiciones, peste…

, la entrega de vuestro Templo al rey demonio Altrersyr…

y ahora la terrible muerte de vuestro emperador.

El legítimo nithque, lord Tardein, temiendo por vuestra seguridad, acudió al Gran Consejo de Immish en busca de ayuda.

¡E Immish ha respondido! ¡Venimos a traeros la paz!

Silencio. La multitud se agitó, inquieta. Detrás del hombre de la cresta, los ganchos de aquellas terribles lanzas se inclinaron hacia abajo, hojas curvadas extendiéndose en dirección a la gente.

El hombre del casco con cresta dijo algo en otra lengua a sus soldados. Ellos avanzaron un paso al unísono.

—Regresad a vuestras casas —continuó el hombre—. La ciudad está a salvo. El Palacio Imperial y el Templo están custodiados. El nithque, lord Tardein, se dirigirá a vosotros mañana. Ahora debéis volver a casa.

Las hojas ganchudas se inclinaron hacia la multitud como dedos metálicos extendidos con intención incierta.

El gentío murmuró, se agitó, empezó a retroceder.

«Lord Emmereth es el nithque —pensó Nilesh—. No…, no lo entiendo».

De pronto recordó conversaciones que había escuchado entre Bilale y la señora Amdelle acerca de lord Verneth, lord Rhyl, lord Tardein y lord Emmereth.

Traiciones y conspiraciones. Todo le daba vueltas una y otra vez, sin descanso.

Volvió lentamente por la calle de Todos los Pesares.

Bajó por la calle del Oro. El duelista seguía en la esquina, aferrado a su herida.

En el Patio del Cuchillo Roto había otra tropa de soldados con armaduras negras.

El hombre que había estado sentado bajo la estatua ya no estaba.

Regresó a Las Cinco Esquinas. Se tendió en el pequeño almacén, con una silla atrancando la puerta.

—¡Vuestra ciudad ha caído en un gran caos! —gritaba una voz en la calle—. ¡Habéis sido traicionados y víctimas de conspiraciones! ¡Pero ahora venimos a socorreros!

Los soldados immish se desplegaron por toda la ciudad.

Había guardias en las puertas del palacio.

Había guardias en el Gran Templo, donde vigilaban a las sacerdotisas y a la nueva presencia imperial, Remys.

Había guardias en la Plaza Gris, en el Patio de la Fuente y en el Patio del Cuchillo Roto.

También había guardias alrededor de la Casa del Este y de la Casa de las Flores.

Y había guardias rodeando la Casa de las Olas Quebradas, donde el nithque, lord Tardein, intentaba conversar con un general immish en lugar de llorar por la muerte de su único hijo.

Había seis mil hombres con armaduras de hierro y cascos negros que cubrían sus rostros como máscaras de sacerdotisas, armados con lanzas de hojas curvas como lunas y con espadas anchas y mortales.

Había también un mago con una túnica de plata.

Junto a él, un representante del Gran Consejo de Immish que soñaba con nuevas oportunidades de comercio.

Y un general del ejército immish que, en otro tiempo, había colgado a la nobleza de Telean de una puerta, tras la traición de una compañía de mercenarios que entregó la ciudad a sus lanzas.

Sorlost. La Eterna. La Ciudad Dorada. La más bella, la primera, la última, la inmortal.

La invicta. La inconquistable. La más grandiosa de las ciudades, ya era antigua antes de que Tarboran levantara sus tumbas, antes incluso de que nacieran los reyes divinos.

Sus murallas jamás habían sido vulneradas: ni siquiera Amrath, que estrelló contra ellas sus ejércitos una y otra vez, pudo quebrarlas y acabó por rendirse desesperado.

¡Oh, ciudad de inmundicia y de luz! ¡Oh, ciudad del alba y del sol poniente!

Tan débil ahora, tan indefensa y agotada.

Un sueño de muerto. Un montón inútil de piedras derrumbadas.

El corazón podrido de los restos podridos del imperio más rico que jamás conoció el mundo.

Vendida a los immish por March Verneth, ¡que el Gran Tanis, Señor de los Vivos y los Muertos, reduzca sus huesos a ceniza!

, y Eloise Verneth, ¡que el Gran Tanis, Señor de los Vivos y los Muertos, ahogue sus pulmones en polvo de oro!

, y por Cammor Tardein, ¡que el Gran Tanis, Señor de los Vivos y los Muertos, llene de plomo fundido sus venas!

Vendida por oro y diamantes. Vendida por miedo y por honor. Vendida por odio. Vendida por venganza.

Por cosas tan codiciadas…

Orhan Emmereth es prisionero en su propio estudio.

A través de las paredes escucha los llantos de su esposa y de su hijo.

Su hermana, encerrada en su habitación, golpea la puerta implorando a su marido que la deje salir.

Su amante yace cautivo en su lecho de enfermo; se agita en sueños y pronuncia el nombre de Orhan.

—¡Traidor! ¡Asesino! ¡Monstruo! ¡Tú hiciste esto! ¡Tú nos trajiste esta desgracia! ¡Maté por ti! ¡Porque creí en ti! ¡Veré cómo mueres y cómo todo lo tuyo muere entre gritos de dolor! ¡Lo juro!

¿Cuánto puede sacrificar un hombre para intentar hacer del mundo un lugar mejor?