Capítulo sesenta y tres
La litera del emperador llegó al Templo bajo el sol implacable de la tarde.
Avanzaba como suspendida en una luz espesa, una gran caja negra que a Orhan le recordó la entrada oscura de la Gran Cámara, tan obscenamente expuesta a la vista de todos.
Estaba tallada en un hueso que, decían, pertenecía a un dragón, extraído de las arenas del desierto oriental, a apenas un día de marcha más allá de las murallas de la ciudad.
Era un material duro, reseco, de un plateado apagado, con nudos en los extremos que parecían tumores, y frío como el hielo.
Unas llamas azules lamían las cortinas de la litera, se deslizaban por aquellos huesos metálicos y helados.
Precediendo su paso, cuencos de resina de ammalene, lavanda seca, menta seca y flores de tallo de cobre preservadas como rosas azucaradas se volcaban sobre el suelo.
Un sirviente, cubierto por una malla de oro y plata que semejaba escamas de pez, esparcía esas ofrendas por delante de la litera, incluidas las brasas de incienso que humeaban sobre las piedras.
Que los pies de quienes llevan al emperador jamás toquen el suelo de la ciudad.
—¡De rodillas! ¡Todos de rodillas ante el Eterno! ¡Llega el emperador!
Los porteadores llevaban capuchas y máscaras que impedían ver sus rostros.
Sus túnicas estaban bordadas por completo con perlas blancas purísimas.
Caminaban con un paso lento, pesado, bamboleante, casi tambaleante.
Solo el Dios sabría si eran siquiera humanos: demonios invocados con los huesos de la litera, uncidos a ella por el poder divino.
Seres sin edad ni conciencia, sin una forma definida, criaturas hechas de luz y de sombra, con dientes curvos y cuernos retorcidos.
O simples sirvientes disfrazados con trajes acolchados, juramentados al silencio para sostener una ilusión barata.
De la litera descendió un hombre. Una espesa capa negra le cubría el rostro.
Tan profunda era su pena por la ciudad que no soportaba que la luz tocara su piel.
Lo llevaron por los escalones del Gran Templo en una silla dorada cubierta por un dosel de plumas de simiseren, y se advirtió que se sentaba en ella con movimientos espasmódicos, encorvado, tembloroso.
Tan grande era su dolor por la ciudad que parecía hervir de sufrimiento en su asiento.
En sus manos enfundadas en guantes negros sostenía una única vela blanca, como ofrenda al Dios.
Como pago por la salvación de su pueblo, estaba dispuesto a entregar su vida, a morir cuando se extinguiera la llama, a sufrir todas las agonías de la muerte y del renacer.
Lo que ocurrió en el interior del Gran Templo quedará para siempre entre el Dios y aquel hombre de la capa negra.
Solo ellos lo sabrán. Lo cierto es que no duró mucho.
Para Orhan fue apenas un instante. De pronto, la silla dorada apareció de nuevo y el hombre encapuchado fue conducido de regreso a su litera.
—¡De rodillas! ¡Todos de rodillas ante el Eterno! ¡Llega el emperador!
Los soldados irrumpieron en vítores mientras la litera se alejaba, balanceándose con su lento vaivén.
Lady Amdelle llegó al Templo un poco después, cuando las primeras sombras de la tarde comenzaban a tenderse sobre la plaza.
Llevaba un manto de tela de plata y un tocado de vidrio rojo; la seguían su hijo y la mitad de sus sirvientes.
Encendieron un centenar de velas de cera de abeja.
Lady Amdelle dejó como ofrenda una piedra de luna del tamaño de una fuente, un collar de perlas verdes tan largo como el cuerpo de un hombre y una figurita de un magnolio en flor tallada en un rubí blanco jaspeado.
El arbolito no era mayor que un dedo de niño, pero la perfección de la talla permitía que en cada flor se distinguieran con claridad los pétalos, los estambres y hasta los más diminutos granos de polen.
Detrás de ella llegó lord Aviced, cubierto con un manto sembrado de gemas, seguido por la mitad de su servidumbre, que vestía harapos y avanzaba con la cabeza inclinada.
Él también encendió un centenar de velas y ofreció un cuenco de oro rebosante de dientes de gallina y una esmeralda tan grande como el hueco de sus dos manos juntas.
Quedó registrado que ambos esparcieron puñados de gemas y monedas entre los soldados que custodiaban las piras.
Lady Amdelle, además, inclinó la frente ante una de las hogueras y rompió en llanto.
Para asombro de Orhan, apareció entonces Eloise Verneth, vestida por completo de blanco y amarillo, con diminutos espejos cosidos a su atuendo que devolvían la mirada fragmentada y confusa del joven.
Mandó detener su litera y lo observó largamente, con una expresión que él fue incapaz de descifrar.
Ofreció pétalos de cetalasofrase conservados en aceite de rosas, una corona de hielo con un hechizo para no derretirse y un racimo de uvas de amatista con hojas de oro y esmeralda.
Sus criados repartieron pan y carne asada, ya fría, entre los soldados.
También se acercaron un par de nobles de menor rango; uno de ellos, pariente lejano de Darath, tenía un rostro tan semejante al suyo que la curva de su boca hizo que a Orhan se le encogiera el corazón.
Acudieron, además, algunas de las familias mercantes más acaudaladas, una proporción significativa de los que aún quedaban con vida.
Una especie de calma descendió sobre la ciudad.
El ansia de violencia se apagó, sofocada como las llamas.
La cordura regresaba poco a poco: la gente despertaba y se miraba entre sí, se maldecía y apartaba la vista, avergonzada de sí misma y de su ciudad, temerosa, desconcertada, con el corazón enfermo, pero también purificado y sosegado por dentro.
Poco después del amanecer se anunció que el emperador había muerto en paz.
Sus últimas palabras: una oración por su pueblo y un agradecimiento al Dios por haberle concedido su único deseo.
En el desierto oriental, se decía, los dragones danzaban rojos, verdes y plateados en el viento.
El aire se volvió denso, sofocante. Nubes de moscas negras, grandes y pesadas, infestaban la ciudad.
La Casa de las Flores permanecía sellada y silenciosa.
Orhan se sentaba fuera del dormitorio de Bilale, escuchando cómo ella arrullaba a su hijo tras capas de puertas cerradas con llave.