Capítulo cincuenta y ocho
Regresa envuelto en triunfo. Sus ojos centellean con una alegría desbordante.
Se arrodilla a mis pies, aún cubierto con su armadura sucia, y me ofrece su espada manchada.
— Thalia Altrersyr, reina de Illyr. Eltheia regresada. Levantaré para ti un templo sobre los cimientos de Ethalden, con muros de oro puro, te lo juro.
Lo beso, y su boca sabe a sangre. Me estrecha contra sí; sus manos están empapadas.
—Lo siento —murmura—. No debí enfadarme contigo. No debí dudar de ti. Perdóname, te lo ruego.
No consigo pronunciar palabra. Qué espanto, verlo así, arrodillado ante mí.
Pero está a salvo, ileso. Yo también estoy a salvo, indemne. Otra batalla ha concluido, y la hemos ganado.
Tiene formados ante nosotros a los pocos illyrianos que aún quedan con vida.
Les ordena postrarse, con el rostro sobre la tierra, a nuestros pies.
Tras esto, trasladamos el campamento al otro lado del río, a una llanura amplia y fértil.
Marith dice que quizá algún día funde aquí una ciudad para conmemorar esta jornada.
Los huesos y los cuerpos de los illyrianos se amontonan hasta formar una torre, un hito que celebra nuestra victoria.
Enterramos a los caídos de nuestro ejército. Marith los llama héroes: los vencedores de Illyr, los muertos sagrados.
Un grupo de illyrianos se acerca para rendirle homenaje. No son soldados; entre ellos vienen ancianos y niños, trayendo ganado, frutas, trigo, vino y gemas. Se arrojan a sus pies, suplicando clemencia, implorándole perdón.
—Perdónalos —le ruego—. Por favor.
—Les debería dar un escarmiento —dice con tristeza—. Yo los perdonaría, pero no puedo.
—¿No crees que se rendiría más gente si viera que puedes ser compasivo?
—No quiero que se rindan, amada mía —responde—. Tenemos que destruirlos a todos, si queremos tomar Illyr.
Esa noche permanezco despierta, observándolo mientras duerme. Es tan hermoso. Hermoso como las estrellas, como el cielo, como la luna.
—Carin… —susurra—. Thalia … Carin… Padre… Ti… Por favor. Ayúdame.
La luz de la luna baña su cuerpo pálido, y parece hecho de plata pura, de cristal mágico. Resplandece en la oscuridad como el filo de un cuchillo. Las sombras reptan por fuera de las paredes de mi carreta. Sobre mi cabeza oigo el batir de las alas del dragón.
Hemos llegado tan lejos. Hemos hecho tanto, él y yo.
Esto es la guerra. ¿Qué esperaba yo que hiciera?
Soy tan culpable como él.