Capítulo cincuenta y siete
Incluso desde la colina, a casi un kilómetro de distancia, Tobias pudo sentir la intensidad en los ojos del muchacho mientras aquella criatura divina se precipitaba al suelo.
Su voz resonó sobre el campo de batalla, convocando a sus hombres a luchar a su lado, y su grito se multiplicó en las gargantas ardientes de mil guerreros:
«¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!».
La batalla arreció con más furia. El dragón trazó una curva en el cielo y regresó, lanzando fuego desde sus fauces.
Más sombras surgieron en su estela, atravesando las grietas que la bestia abría en el firmamento.
Los illyrianos morían por millares, y llegaban incluso a volverse unos contra otros.
El mundo entero era una masa ardiente de luz blanca.
¿Por qué marchamos? ¿Por qué caemos?
¿Y qué sentido tiene lo que hacemos?
La vida engaña, la verdad no advierte.
¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!
El grito era tan fuerte que sofocaba la respiración de Tobias , quien se llevó las manos a los ojos y lanzó un alarido.
Todo se convirtió en una luz blanca y arcoíris dorados.
Trompetas que tocaban a la victoria. Las corrientes de la matanza fueron apaciguándose.
El dragón avanzó con pesadez y descendió, postrándose a los pies de Marith .
Entonces las voces de los hombres clamaron jubilosas hacia los cielos, y el sol irrumpió entre las nubes de lluvia.
Nunca te enfrentes a un demonio invulnerable, obsesionado con la muerte y embriagado por el alcohol y las drogas, especialmente si tiene un dragón como mascota. Esa es la antigua y secreta sabiduría de los mercenarios.