La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo cincuenta y tres #3
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Capítulo cincuenta y tres #3

Los hombres cavaron sin descanso, rompiendo las grandes piedras de los muros, hasta que por fin hallaron, sepultado allí, el cuerpo de una joven.

Su brazo derecho, desde la muñeca hasta el hombro, estaba calcinado hasta dejar el hueso al descubierto, y en su garganta se marcaban las huellas de un cuchillo.

Entonces Amrath ordenó que el cuerpo fuera sepultado con todos los honores, como si se tratara de su propia hermana.

Sobre su tumba hicieron arder diez caballos.

Sin embargo, la muerte no cesó: al mes siguiente, cuando la luna volvió a oscurecerse, encontraron a uno de los sirvientes del mago muerto, sin señal alguna de lo que podría haberlo matado salvo las quemaduras que surcaban su brazo derecho de principio a fin.

Fue entonces cuando el mago comprendió que no se enfrentaba a un simple espectro, sino a un gabeleth, un demonio invocado desde las regiones crepusculares mediante la sangre derramada de aquella muchacha.

Y sintió un temor profundo, pues semejante criatura posee un poder inmenso.

Pero había jurado a Amrath destruir aquello que afligía a su pueblo…

y temía a Amrath casi tanto como temía al gabeleth.

Por tanto, se encerró en sus aposentos con sus libros y sus artes, y durante tres días no probó bocado ni cerró los ojos, entregado por completo a sus conjuros.

Al cabo de ese tiempo regresó a la estancia donde había aparecido el cuerpo de la joven, llevando consigo su báculo, su espada y un anillo de plata.

Y allí, en aquel lugar maldito, libró combate contra el demonio.

Combatieron durante tres días y tres noches, y las llamas se alzaron en los cielos sobre Ethalden, mientras la propia Serelethe lanzaba gritos de espanto.

Tan atroz fue la batalla que todos los niños nacidos en aquellos tres días, tanto en Ethalden como a treinta leguas a la redonda, vinieron al mundo muertos.

Tan terrible fue la lucha que los enfermos perecieron, mientras que los hombres sanos enloquecían y, presas del espanto, corrían gritando hacia el mar, o se prendían fuego hasta consumirse en llamas allí mismo, donde los había sorprendido la locura.

Pero al cabo de tres días, el mago venció al demonio, y la paz regresó a Ethalden, la torre de los vivos y de los muertos. Y el corazón de Amrath se sintió complacido.

Porque Amrath había temido al gabeleth.

—El gabeleth… —Landra estaba lívida, y sus manos jugueteaban nerviosas con aquel miserable retazo de tela amarilla—.

Era un demonio tan poderoso que hasta Amrath y Serelethe le temían.

Si Marith no puede morir ni por el bronce ni por el hierro, ni siquiera por la magia de un gestmet, entonces quizá…

un demonio…, algo que incluso Amrath temió, quizá eso podría acabar con él.

—El demonio… fue destruido…

«No —pensó Tobias —. Maldita sea. Dioses.

Mierda. No. Podría haber sido uno más de su maldita legión.

Triunfante y glorioso, como tantos otros.

Volver a Alborn, a casa. Una casa pequeña y una chica y unas cuantas copas de cerveza de Immish cada noche.

Haber vivido seguro, bajo el calor de un hogar, en paz… , pero muerto por dentro».

—Symeon lo venció. Pero no lo destruyó. No estaba vivo, y por eso no podía morir.

Lo confinó. Lo encerró en un anillo de plata.

En mi familia —continuó Landra— se cuenta que Amrath llevó ese anillo toda su vida, temeroso de lo que guardaba.

Nadie sabe qué fue de él después de la muerte de Amrath.

Yo siempre creí que… que murió con el anillo puesto.

¿Es posible que Amrath yazca todavía insepulto, en algún rincón de las ruinas de Ethalden… con un anillo de plata en el dedo?

—En Ethalden ya no queda nada —dijo Tobias —. Nada más que escombros y tierra yerma. He estado allí. Lo he visto. Solo hay tierra muerta.

«He visto tantas cosas —reflexionó—. Un dragón, una ballena muerta, un dios caminando entre los bosques, mi amiga y compañera. La hermosa Thalia sonriéndome. Pero, en verdad, ¿qué nos queda por hacer? Solo contemplar la destrucción de Marith . ¿Y qué me queda a mí? Desde Tyrenae, ya no estoy vivo».

Landra se estremeció con violencia cuando un ave nocturna lanzó un chillido entre los pantanos.

A lo lejos, mientras escudriñaba la oscuridad, Tobias creyó percibir el resplandor de decenas de miles de hogueras de campamento: el ejército del Ansikanderakesis Amrakane.

En algún punto perdido en la noche. Se trataba de una visión tan improbable como imaginar ballenas navegando en secreto bajo la fría y gris superficie del océano, o como creer que los dragones bailaban invisibles en las corrientes del viento oeste.

«No son hogueras —pensó—, son solo luces del pantano, luciérnagas, ilusiones provocadas por el cansancio de mis ojos».

—Si ni el bronce ni el hierro pueden matarlo, si él es Amrath resucitado, si él es la Muerte —dijo Landra.

Marchaban a través de los Páramos. Marchaban hacia el límite del mundo. Marchaban para encontrar un anillo que encerraba a un demonio, en el dedo de un dios muerto, insepulto entre las cenizas de una torre en ruinas.

Para matar a un hombre que no puede morir.

Dioses y demonios, joder.