Capítulo treinta y ocho
Thalia Altrersyr. Reina de Ith y las Islas Blancas.
¿Acaso no dije, una vez, que viviría, y viviría, y viviría?
Me resulta extraño pensar en mi vida anterior en el Gran Templo.
A veces me parece que fue hace una eternidad y a veces, que sucedió hace apenas un día.
Hay cosas aquí que despiertan en mí recuerdos que creía dormidos.
Las noticias que llegan de Sorlost, lo que está ocurriendo allí…
Pienso en todo ello. En la pequeña Demmy.
Demerele. Jamás imaginé que la nombrarían suma sacerdotisa siendo tan joven.
Pienso en mí misma cuando era niña, antes de ser consagrada, y en cómo viví sabiendo lo que algún día tendría que hacer.
No sé, con honestidad, qué habría sido más cruel a esa edad: enfrentar el acto o cargar durante años con la certeza de que llegaría.
Yo viví diez años sabiendo cuál era mi destino.
Por eso sentí compasión por Demerele cuando extrajo la piedra roja: supe que pasaría la siguiente década aguardando el momento, con la conciencia de que, al final, tendría que matarme.
No. En realidad, no sé si llegué a lamentarlo. Ha pasado tanto desde entonces. Pero me gusta pensar que sí, que lo hice. Es lo lógico, ¿no? Cualquiera lo haría, ¿verdad?
Como le ocurre a Marith cuando recuerda su infancia, yo también me descubro volviendo una y otra vez a mis años en el Templo.
Me veo sentada en la cama, conversando con Helase sobre chismes, poesía y esas fantasías ingenuas que compartíamos, imaginando el mundo más allá de nuestras paredes.
Me asombra cuán equivocadas estábamos. A veces bajábamos a los jardines para jugar con los más pequeños: Demmy, la pequeña Sissly con sus gruesas piernas morenas, y aquella chica alta cuyo nombre…
¿Cómo se llamaba? Tenía el cabello rubio, lo recuerdo bien, pero su nombre se me escapa.
Y, sin embargo, todo eso ocurrió hace tan poco.
Nuestros tiempos de inocencia. Ese pasado dorado. Ambos pensamos mucho en estas cosas.
—Una vez desafié a Ti a trepar al árbol más alto del huerto de nuestra casa —me cuenta Marith mientras paseamos por los jardines de Malth Tyrenae.
Su mirada se posa en un árbol frutal, como si viera aquel otro, años atrás—.
Le pedí que subiera hasta la copa para traerme una manzana, le señalé la que quería.
Éramos solo unos niños, él tendría, tal vez, cinco años…
, no lo recuerdo bien. Trepó, pero se quedó atascado entre las ramas.
Subí tras él, a intentar ayudarlo… y terminé igual que él, atrapado.
Nos pareció que estuvimos allí una eternidad.
Cuando al fin lograron bajarnos, nos castigaron.
Azotaron a nuestra nodriza Glytha por habernos dejado escapar sin supervisión.
—¿Y entonces? —pregunto.
—Aprendimos a bajar.
Inocencia, de verdad.
—Pobre Glytha —le digo.
Marith ríe.
—Pensándolo bien…, pobre de mí también.
Luego dice:
—Si alguna vez tuviéramos… hijos…
Y no dice nada más. Yo tampoco.
Quizá hablar del pasado no sea tan buena idea.
Pero aunque hubiera culpa en lo que hicimos, aun así, habría valido la pena.
Ith es un reino de una belleza serena, poderosa.
Y Tyrenae… Tyrenae posee una hermosura áspera, casi salvaje.
Sus edificios, de piedra oscura, se alzan altos y orgullosos, con torres y chapiteles que desgarran el cielo como espinas.
Los techos, de cobre envejecido, están cubiertos por un verdín apagado.
Brillan como agua verde y helada. La ciudad tiene la belleza silenciosa de los árboles desnudos en pleno invierno.
A Marith no parece conmoverle como a mí. Ya habla de seguir nuestro camino. Dice que Tyrenae le recuerda a Sorlost, no solo por su belleza, sino por esa sensación de grandeza marchita, de una ciudad vieja, cansada de sí misma. Una ciudad que se deshace lentamente. Que si no me lo parece a mí.
—No entiendo a qué te refieres —le digo a Marith —. ¿Así es Sorlost?
Sorlost, mi ciudad, la más grande que ha existido o existirá jamás. ¿Decadente? ¿Cansada de sí misma?
—Es por eso por lo que es famosa Sorlost —dice él, confundido—. ¿No es así? El corazón decadente de un imperio en ruinas. Una ciudad de tales riquezas deslumbrantes y tal miseria absoluta. Un cadáver en descomposición.
—Yo… —Siento mi rostro arder, tal vez de vergüenza—. No lo sabía…
«He visto antiguas imágenes de emisarios venidos de todos los rincones del mundo, arrodillados en el Gran Templo, hechizados y temblorosos ante el poder del Gran Tanis, Quien Gobierna Todas las Cosas.
Y ahora, mírame: oficio para campesinos y mercaderes humildes, mientras los reyes extranjeros se burlan de nuestras creencias tras sus dedos gordos.
A veces todo esto parece inútil. Las velas, el oro, la plata, el bronce…
todo ese esplendor vacío. Inútil, como lo son la mayoría de las vidas.
Un gesto ritual que repetimos, no por fe, sino porque no tenemos nada mejor en lo que creer ni otra cosa que hacer».
Te lo confesé una vez, ¿lo recuerdas? Te lo dije, aunque en realidad no lo comprendía.
Creía tener algún tipo de poder, cuando aún era la suma sacerdotisa del Gran Tanis, la mujer más santa de todo Irlast. Bajo esa ilusión, maté a hombres, mujeres y niños, con tal de preservar mi ciudad tal como era.
—Es extraño, ¿verdad? —dice Marith al cabo de un momento—, que yo conozca Sorlost mejor que tú. —Parpadea, sorprendido por sus propias palabras—. Has vivido toda tu vida en un solo edificio. Encerrada. Yo me habría vuelto loco sin poder salir. Me cuesta siquiera imaginarlo.
Sí, es extraño. Que él conozca Sorlost mejor que yo. Que haya visto su decadencia, mientras yo la ignoraba por completo.
—Fui la elegida de Dios —digo, y mi voz suena torpe, rígida, casi ridícula.
—Lo siento —responde él enseguida—. No debería haber dicho eso.
—No importa. De verdad. Hace tiempo que dejé de pensar en Sorlost. —Intento reír, como si eso bastara para alejar ese pensamiento—. Si de verdad viví en una jaula, al menos las mujeres que me cuidaban nunca fueron azotadas.
—Y jamás habrías dejado cojo a tu primer caballo por meterlo en una turbera, ni habrías perdido tus mejores botas al subir la marea, ni te habrían reprendido por desgarrarte la ropa trepando a un árbol.
A mí me azotaron por eso. Se suponía que debía presentarme ante alguien en la corte, no llegar cubierto de barro por haberme caído de una rama como un niño salvaje.
—No —digo.
Ah, Gran Tanis… No deberíamos hablar del pasado. Ninguno de los dos.
Y, sin embargo, empiezo a comprender lo que Marith quiere decir sobre Tyrenae.
Me doy cuenta ahora de que ya la he visto y conocido durante más tiempo que a Sorlost. Es una sensación extraña, sí.
Pero al mirarla, algo en mí la reconoce con una nueva claridad.
Es una sensación parecida a la del Templo: esa belleza solemne, pero marchita.
Un esplendor seco, fatigado. Aquí, los grandes nobles beben mercurio al despertar y antes de irse a dormir.
Aseguran que preserva su salud. Pero tanto ellos como su ciudad están desgastados, vencidos por los siglos.
El aire pesa, espeso, inmóvil, como si llevara demasiado tiempo detenido.
Porque esto, al fin y al cabo, es todo lo que queda de Caltath: el reino de los reyes divinos que vivían y vivían, incapaces de morir, temiendo a la muerte con un terror tan absoluto que acabaron por disolverse en él.
Y aquí también hay miseria. Decadencia. Pobreza.
Empiezo a verla con claridad. En Sorlost la había intuido en las calles, en los rostros de quienes a veces llegaban al Templo.
Especialmente en los que se ofrecían para el sacrificio, allí era más evidente.
Ahora comienzo a comprender lo que antes solo vislumbraba.
Algunos de los que venían al Templo lucían cubiertos de joyas; otros, en cambio, tenían los rostros tensos y afilados de quienes han sido despojados de todo.
Sin alimento, sin techo, sin esperanza. En Sorlost vi aquello sin entenderlo.
No me sorprendían entonces los rostros vacíos, quebrados, que se acercaban a mí y se tendían bajo mi cuchillo.
Ahora lo veo en Tyrenae, y empiezo, al fin, a comprenderlo todo.
Aquí los niños ciegos y los locos mendigan por las calles, y los ricos los esquivan con indiferencia, como si no existieran.
—La minería de mercurio los está matando —dice Kiana Sabryya—. Eso es todo.
Un día, mientras cabalgo por la ciudad, paso junto a un jardín privado.
Es un lugar hermoso, rebosante de vida. En la entrada, una mujer se ha detenido.
Es una sirvienta. Arroja frutas por entre los barrotes del portón: manzanas podridas, cuyo olor dulzón y espeso flota en el aire.
Un grupo de mendigos se acerca y empieza a disputárselas.
—Aléjese, mi reina —dice Tal.
—Pero…
—Todas las grandes ciudades están llenas de hambre, mi reina —insiste él.
—Nunca lo había visto de esta manera —responde Marith —. La primera vez que vine, solo pensaba en lo emocionante que era estar aquí, en recorrer los mismos caminos que los reyes divinos, que Eltheri. Pero ahora empiezo a creer que nada ha cambiado realmente desde aquellos tiempos.
Lo primero que hicimos al llegar fue visitar la habitación en Malth Tyrenae donde Amrath hizo hervir vivos a los padres de Eltheia, mientras Eltheri lo contemplaba sin intervenir. Lo segundo fue ordenar que aquella puerta se cerrara con candado y barrotes… y tirar la llave.
—Tuviste suerte, ¿no crees? —oí a Osen decirle a Marith una noche—. Al casarte con una mujer sin padres.
Todos habíamos estado bebiendo. No creo que Osen supiera que yo estaba allí, ni que podía oírlo. Como digo, mandamos cerrar esa puerta y asegurarla con cerrojos. Y a la mañana siguiente, tiré la llave.
En Tyrenae se repitieron horrores sin fin: tortura, sufrimiento, hambre, abandono. Una y otra vez, como un eco que no cesa. La ciudad y la fortaleza… hacen honor a su nombre.
Pero Tyrenae sigue siendo una ciudad hermosa, incluso con su belleza antigua y ajada por el tiempo.
A pesar de lo que es, Ith es un reino lleno de esplendor, y Malth Tyrenae, pese a su historia manchada de sangre, tiene una belleza indiscutible.
Sus torres se alzan tan alto que las nubes se agrupan en torno a ellas.
Un día subimos la más alta, escalón tras escalón, sin descanso.
Subimos durante horas, jadeando, riendo, agotados ya a mitad de camino.
En la cima, una habitación se abre a un balcón.
Desde allí, el mundo queda abajo: estamos por encima de las nubes, que se extienden bajo nuestros pies como una bruma pálida y densa.
A través de esa niebla, la ciudad aparece desdibujada, como un fantasma, con sus tejados de cobre brillando en un verde apagado.
Luego las nubes se espesan y ascienden; pronto estamos completamente envueltos en ellas.
Todo a nuestro alrededor es humedad y silencio.
Frente a nosotros, fuera de alcance, hay un estanque de mercurio, un lago inmóvil que reposa en lo alto.
Su superficie reluce con una luz difusa, como si las nubes lo hicieran brillar desde dentro.
Marith tira una moneda en él. La superficie se mueve en lentas ondas, pesadas como las nubes, luego se queda quieta.
—¿Para qué es? —le pregunto a Marith —. ¿Qué hace aquí?
—Nadie lo sabe —responde—. Tal vez solo existe para ser hermoso. A veces, el cielo allá arriba arde. Es un fuego frío, que quema. Me gustaría verlo de cerca. Una vez vi la cabeza de una mujer envuelta en fuego de mago y me pregunté qué se debe sentir al arder así.
Días más tarde, volvemos a subir. El cielo está despejado, de un azul límpido y translúcido.
Desde lo alto, la ciudad se extiende a nuestros pies, rodeada de bosques oscuros y campos abiertos.
A lo lejos, el mar Amargo reluce bajo la luz del sol.
Al norte de Tyrenae se alzan las montañas, y más allá se pierden los Páramos y las tierras de Illyr.
Cuando cae la noche, la ciudad se enciende bajo nosotros: las luces titilan como estrellas.
Son tan hermosas como ellas. Me alegra haber venido. Me alegra haber visto esto.
—¿Qué es eso? —pregunto, señalando unas luces que también titilan en la ladera de las montañas.
Marith sigue mi mirada y sonríe con ese brillo extraño en los ojos.
—Lo sabes, ¿verdad? Seguro que lo sabes.
Lo miro, desconcertada.
—No, no lo sé. ¿Qué es?
—Piénsalo bien. Intenta adivinar —dice, todavía sonriendo—. Son cosas maravillosas.
Ah, creo que… ya lo sé. ¡Ah! ¡Ah! Miedo y deleite. Todo al mismo tiempo.
—¿De verdad?
—Lo veremos —dice él—. Pronto. Lo verás.
Sí. Ha llegado el momento de seguir adelante.
De descubrir nuevos reinos, de forjar nuestro propio mundo.
Un mundo que mire hacia el futuro, no hacia el pasado.
Lugares que ninguno de los dos ha visto jamás.
Quién sabe, pienso, con la mirada perdida en las montañas.
¿Quién podría decir qué nos espera allá afuera, qué podría borrar nuestros recuerdos de dolor?
Tal vez algo que nos ofrezca cosas nuevas.
Una vida distinta. Los llaman Emnelenethkyr , que en itheralik significa los Picos Vacíos .
Para nosotros, que arrastramos el peso de lo vivido, ¿no es acaso un nombre justo?