La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

La habitación a oscuras. Nadie más respiraba siquiera.

Los rayos de luz perforaban las persianas.

Levantó la cabeza. Los rayos iluminaban una pequeña puerta.

La luz le molestaba. Brillaba muchísimo en la oscuridad.

Cerró los ojos de nuevo. Sábanas ásperas.

Almohadas gruesas y suaves. La piel le dolía.

Y hacía demasiado calor. Sacó una pierna de la cama.

Dolor. Le dolía la pierna. Se oyó a sí misma gemir.

Sonaba extraño. Lejos. Tosió. Como un ladrido de perro.

Tenía la boca seca. Intentó mover una mano para buscar una copa de agua.

La mano temblaba. No podía moverse. Dolor.

Un sonido seco y doloroso en su garganta. Demasiado oscuro.

«Ciega —pensó—. Estoy ciega». Su cuerpo estaba sudado, como si hubiera estado corriendo. Pegajosa. Había estado en la cama mucho tiempo. Ciega. Paralizada. Postrada. Vendajes en la cabeza y los brazos. Sedienta. Ciega.

La puerta se abrió. Una luz muy brillante. Una figura detrás de ella. Temblaba. Demasiado brillante. Cerró los ojos gimoteando. La luz le quemaba los ojos. La figura, como un fantasma. Aún la veía. Demasiado brillante. Ciega.

«¿Bilale? ¿Mi señora? ¿Bilale?», pensó.

—¿Nilesh? —La voz de Janush. Preocupada. Aliviada.

—¿Janush? —Su voz estaba tan seca, luchando por hacer que su boca funcionara. Dolorosa. Extraña.

—Nilesh. Tranquila. Quédate quieta.

—Agua.

Abrió los ojos nuevamente. Demasiado brillante. Demasiado oscuro. Sin visión. Solo sombra. Janush, parpadeando. Sombra negra. Luz blanca. Dolor. Malo.

—Toma. —Unas manos en su cabeza, levantándola.

Bebió agua. Dulce. Fresca. Amarga. Algo en ella.

—Janush…

Dormida.

Habitación oscura. Alguien junto a la cama. Respirando suavemente. Quieto. Luz en las persianas. Más fácil de ver. Boca seca.

Dolor.

—¿Quién está ahí? —Su voz sonaba rara, distinta.

Venía desde las esquinas de la habitación.

—¿Quién está ahí? —Susurrante. Dolía hablar.

—Nilesh. Está bien. ¿Puedes ver?

—Oscuro…

Luz. Una lámpara, parpadeando. Manos que traían la lámpara.

—¿Janush?

Rostro. Parpadeó a la luz de la lámpara. Parpadeó. El rostro brilló. Se unió. Azulejos de mosaico. Formando un rostro.

—Nilesh. ¿Te duele? ¿Puedes ver?

—Janush. —Tosió—. Yo… puedo ver.

—Alabado sea el Gran Tanis. —Levantó su cabeza, le sostuvo una copa—. Bebe esto.

Bebió. Dolor. Dulce. Fresca. Amarga. Labios secos.

Escupió.

—No. No quiero… dormir.

—Detendrá el dolor.

—¡No! —Boca seca, agrietada. La voz sonaba extraña. Venía de otro lugar. Dolía—. No. No quiero dormir.

La copa en sus labios. Dulce. Fresca. Amarga. Janush sosteniéndole la cabeza. Sedienta. Boca seca.

Sueño.

Habitación luminosa. Persianas abiertas. Luz del sol. Brisa. Canto de los pájaros. Cielo dorado y polvoriento.

—¿Janush?

La figura junto a su cama giró la cabeza. Había estado mirando por la ventana. Observando a los pájaros.

—Buenos días, Nilesh.

—Janush…

Náuseas. Se inclinó hacia adelante y vomitó. Llanto. Dolor.

—Tranquila, Nilesh.

Le puso un cuenco debajo. Vomitó de nuevo. Plata. Borroso a través de sus lágrimas. Salpicadura amarilla de bilis.

—Enferma… —Le dolían los ojos, irritados y calientes. Se frotó los ojos, escupió en el cuenco—. ¡Janush!

—Intenta mantener la calma.

Le sirvió una taza de agua. Bebió agradecida. Dulce. Limón y flores. Limpiando el sabor de su boca.

Janush dijo:

—Tuvimos que darte hatha. Para ayudarte a descansar. Estás teniendo… efectos secundarios.

—¿Para ayudarme? —La memoria regresó a ella. La lucha. Los gritos de Bil. Dolor—. ¡El bebé! ¡El bebé, Janush! ¡El bebé de Bilale!

—El bebé está bien, Nilesh. Vivo. Balbuceando. Sonriendo a la cara de nuestra señora.

—¿Y Bilale?

Frunció el ceño. Su rostro triste.

—Viva.

—¿Y?

—Deberías descansar, Nilesh.

Náuseas de nuevo. Agua y bilis en el cuenco plateado. Tan violento que le dolían los hombros. Ojos con picazón. Efectos posteriores del hatha. Había visto a los comedores de hatha, vomitando y llorando en las calles. Sus rostros llenos de llagas.

—Janush. Por favor. ¿Cómo está Bilale? ¿Por favor?

Se estremeció.

—Sus manos… Sus manos están… Ha perdido ambas manos, Nilesh.

Oh, Bilale, Bilale. Preguntó despacio:

—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo, Janush?

Janush suspiró.

—Te hirieron en la cabeza, Nilesh. Pensé que estabas muerta.

Luego pensé que ibas a morir. Luego pensé que podrías quedarte…

como estabas. Durmiendo, despertando y gritando.

Todo el día y toda la noche. Con dolor. Ciega.

Nuestra señora no podía soportarlo. Tus gritos. Te di hatha, para mantenerte dormida.

Ojos con picazón. Pesadez. Cansancio. Hatha. Janush me dio hatha. Gritando todo el día y toda la noche de dolor.

—¿Cuánto tiempo, Janush?

Él dijo despacio:

—Un mes, Nilesh. Has estado durmiendo y drogada casi un mes.

Ella lloró. ¡Un mes! Y otras cosas regresaron a ella.

—El señor Emmereth. El emperador. Fuimos al Templo. —Sentía la cabeza tan pesada, confundida—. No nos han quemado, entonces. ¿Estamos…, estamos a salvo?

Casi se rio.

—La niña Dyani murió en el ataque, y dos de los guardias.

Los asesinos también. El señor Emmereth envió sus cuerpos de vuelta a la Casa de Plata con sacos de talentos de oro y guirnaldas de cobre alrededor de sus cuellos.

El señor Emmereth se sienta en su estudio, escribiendo largas listas de planes.

Luego las quema. Ha pedido prestado dinero al señor Vorley, para pagar la tarifa de los guardias.

El señor Vorley vino ayer a exigirle que le devuelva parte del dinero.

El cetalaso ha florecido temprano. Celebramos el Festival de los Ojos Dormidos.

La hija del señor Tardein, Zoa, se casó con el señor Magreth con un vestido cosido con mil diamantes amarillos.

La fallecida suma sacerdotisa fue coronada reina de Ith con un vestido cosido con piel humana.

El señor de los Espejos Vacíos celebró una fiesta anoche; se dice que sirvió vino con hatha mientras sus lámparas quemaban aceite de rosa.

—Intentó sonreír—. Pero sí, Nilesh. Parece que estamos a salvo.

—Eso es bueno, entonces.

Había tanto que no entendía. ¿Por qué debería entenderlo?

—Es bueno. —Janush se levantó bruscamente, atragantándose con sus palabras—. Ahora que estás despierta, voy a pedir que te suban algo de comida. Puede que la vomites al principio, pero debes comer. La enfermedad disminuirá conforme el hatha te deje.

Nilesh pensó: «Pero la picazón, la sensación en mi cabeza… Eso no se irá, ¿verdad? Todo el mundo sabe eso sobre los comedores de hatha». Se llevó la mano a los ojos.

—Trata de no rascarte, Nilesh —dijo Janush—. Voy a ver si puedo encontrar algo para aliviar la piel y evitar que las rascaduras se inflamen.

Ella dormitaba. Vacía. Un dolor punzante, una sensación nublada en su cabeza.

Ansia de hatha y agotamiento. La repulsiva sensación pegajosa en sus extremidades, que habían permanecido tanto tiempo en la cama.

Nerviosa, con ganas de correr de un lado a otro.

Hizo pis y defecó en un cuenco en la esquina.

El esfuerzo de levantarse la hizo vomitar de nuevo.

Le dolía la cabeza. Le dolían los brazos. Caminar le resultaba extraño.

Le trajeron algo de comida: pan, queso cremoso y fruta roja suave.

Comió y se sintió un poco mejor. Luego vomitó de nuevo.

Ansia de hatha. Su cuerpo nervioso, como una mosca zumbando de un lado a otro en una habitación.

Dos sirvientes llegaron para ayudarla a lavarse.

Cambiarle la ropa. Se sintió mejor. Comió de nuevo.

Lo mantuvo en su estómago. Durmió un poco después.

No recordó sus sueños. Se despertó en la noche, se sentó escuchando el silencio.

Había estado acostumbrada desde que tenía memoria a escuchar a Bilale respirando mientras dormía.

Janush no vino la mañana siguiente. Tal vez ya no se sentía culpable, ahora que ella estaba despierta.

Comió y lo retuvo, bebió agua, sus labios y piel se sentían menos secos.

Otro lavado. Más ropa limpia. Picazón demencial alrededor de sus ojos.

Ya rasguñados y sangrantes. Janush se había dejado la loción que había prometido enviar.

Era extraño, no tener a Bilale a quien atender. Solo acostarse.

Se levantaba con pánico, pensando que debía haber algo que hacer.

Janush había dicho algo sobre eso… Sobre sirvientes y amos…

Pero no podía recordar. Algunas cosas eran borrosas.

Era difícil pensar, de todos modos, con el dolor de picazón en sus ojos.

Y le dolía el cuerpo, donde tenía las heridas.

Sus piernas temblaban del esfuerzo de caminar hasta el orinal.

Estaba acostada en la cama mirando al techo. La puerta se abrió. Janush entró.

—Nilesh. Nilesh. Levántate, Nilesh.

Se sentó. Demasiado rápido: su cabeza dio vueltas y sintió sus ojos arder. Le entraron ganas de vomitar. Se esforzó para retenerlas. Janush estaba en la puerta. Desapareció. Fue a acostarse de nuevo, pero de repente la puerta se abrió otra vez y el señor Emmereth estaba allí.

Se sentó junto a su cama en la silla en la que Janush había estado. La miraba, pero no hablaba. Su rostro estaba cansado. Tenía más canas en el cabello. Pesadez alrededor de sus ojos, delgadez en sus mejillas. La sorprendió. Parecía un sirviente cansado, no el señor Emmereth.

Aún guardaba silencio. Se movió y se agitó en su silla; parecía estar a punto de hablar, pero no dijo nada.

—¿Mi señor? —dijo al fin. Un sirviente de una casa nunca debe hablar con su señor si no le preguntan. Nunca. Debería ser azotada por ello.

Él se movió en la silla.

—Nilesh. Yo… —Miró hacia la ventana, se pasó las manos por el cabello—.

Lo siento. Te estoy muy agradecido. Tú, la señora Emmereth y el niño…

, nuestro niño. Ordené encender velas en el Templo, rezar oraciones por ti.

Todo lo que un sanador o un mago pudiera hacer por ti.

Pero la herida de tu cabeza… Tal vez no…

Tal vez no te recuperes completamente, Nilesh. Janush y yo… ambos tememos eso.

El señor Emmereth era el amo de su mundo. Si él decía algo, era cierto.

Había estudiado medicina y los misterios del cuerpo. Él lo sabría.

—Y la señora Emmereth… Tu señora. Ella…, como quizá puedas entender, no desea verte de nuevo.

No.

Bilale había quemado la litera. La verde. Después de que les escupieran. Nilesh vio el verde ante sus ojos, fresco y hermoso, como estar en el jardín después de la lluvia.

Quemado.

—Me recuerda a lo que sucedió —le había dicho Bilale al señor Emmereth—. No puedo ni ver ese trasto. No lo quiero en la casa.

El señor Emmereth dijo:

—Y entonces no sé qué hacer contigo, Nilesh.

El proceder apropiado para una sirvienta no deseada sería echarte a la calle.

Pero eso…, como te hirieron estando al servicio de la señora Emmereth…

, no me parece… Puedo encontrarte una habitación en algún lugar, darte algo de dinero.

Una pensión. Es lo que he hecho con otros que han resultado heridos por mi causa.

—¿Una habitación? ¿Algo de dinero? —dijo Nilesh—. Gracias, mi señor.

—Casi parece como si estuvieras agradecida, Nilesh. Maldíceme, si quieres.

Le dolían los ojos. Se frotó los ojos. El señor Emmereth hizo una mueca al verla hacerlo. Fue aterrador verlo tan triste y débil. Como Janush cuando había estado bebiendo. Como si no fuera el gran y fuerte centro del mundo.

Ella bajó la mano de golpe.

Un golpe en la puerta. El guardia de la puerta. Le sonaba. Debería saber su nombre. No podía recordar su nombre.

—¿Mi señor? Perdonadme, pero dijisteis que se os informara inmediatamente. El señor Vorley está aquí.

—¿Darath?

El señor Emmereth se levantó. Su rostro había cambiado. Cada vez parecía menos él mismo. Ansioso y asustado, las dos cosas juntas, con un brillo en los ojos. Salió sin hablar. La puerta seguía abierta. Ella oyó el estruendo de los pasos de los hombres. Sus guardias.