Capítulo treinta y cuatro
Orhan escuchó el ruido en el vestíbulo de entrada.
Gritos.
La voz de Bil, desgarrada.
El llanto del bebé, agudo, insoportable.
Echó a correr por la casa, llamando a los guardias a gritos.
La gente corría por todas partes. Voces desesperadas llenaban los pasillos.
Subió las escaleras a toda prisa, tropezando, casi cayendo.
Instintivamente, echó la mano al cuchillo que siempre llevaba consigo.
En el pasillo superior, los gritos eran aún más intensos.
Un olor espeso lo envolvió de pronto. Humo.
Carne quemada. Cuerpos ardiendo. Se detuvo, con el cuerpo temblando.
El estrépito de las espadas llenaba el aire.
En su mente estalló la imagen del emperador, con el rostro blanco de terror, los muros envueltos en llamas, y aquel muchacho que lo miraba con los ojos encendidos mientras decía: «Entonces te mataré».
Hombres caían, morían. Darath caía, sangre y humo y más sangre.
Todo esto. Todo esto lo provoqué yo. Los guardias lo rodearon al instante, formando un anillo de acero con las espadas desenvainadas.
Entre ellos y por encima de sus hombros, Orhan vio el fuego, la sangre, Bil muerta, el bebé muerto, su boquita abierta en un grito de reproche.
—¡Llevadlo fuera! ¡Sacadlo de aquí!
—Mi señor… —Una mano tiró de su hombro—. Mi señor, venga por aquí. Hay que alejarse del peligro.
—¡No! —rugió Orhan, sacudiéndose—. ¡No, esta es mi casa!
Los gritos de Bil seguían desgarrando el aire.
El llanto del bebé lo atravesaba como una aguja encendida.
«¿Qué has hecho, Orhan?».
Orhan se abrió paso a empujones. Los guardias intentaron detenerlo, pero no pudieron; no les quedó más remedio que seguirlo.
Corrió por el pasillo en dirección al dormitorio de Bil, de donde provenían los gritos, el hedor de la carne quemada, el estrépito del acero, la sangre.
La puerta estaba abierta de par en par. En el umbral yacía el cuerpo sin vida de una muchacha, abatida, rajada, muerta. Tropezó al pasar sobre ella.
La estancia era un caos apestoso, un amasijo de cuerpos retorcidos, un estrépito constante de acero y el grito sostenido de una mujer.
Hombres luchando a muerte. Los propios guardias de Bil luchaban entre sí.
¿Por qué se estaban peleando entre ellos?
Bil yacía en el suelo, arrastrándose como podía, cubierta de sangre.
Una chica muerta. La nodriza del bebé, muerta también.
Los cortinajes de plata colgados en las paredes ardían, devorados por el fuego.
«Asesinato», pensó Orhan, con la mente entumecida.
Se detuvo en el umbral, incapaz de dar un paso más.
Era imposible que aquello estuviera ocurriendo; tenía que ser una ilusión, un juego cruel.
«En cualquier momento todo se detendrá —pensó—.
Nada de esto es real. Es un sueño». Avanzó un paso dentro de la habitación y el mundo pareció tambalearse a su alrededor.
Todo giraba, todo se movía. Los hombres se enfrentaban a muerte, las espadas relucían al chocar.
Sus guardias lo empujaron hacia un lado y lo rodearon, avanzando con precisión entre los cuerpos: diez hombres armados, entrenados para protegerlo.
Alzó su cuchillo, pero la mano le temblaba.
Vio a Bil en el suelo, cubierta de sangre, arrastrándose hacia él.
Tenía heridas las manos, y también ella empuñaba un cuchillo.
Entonces, el pensamiento surgió, como un lamento: «El bebé… El bebé… Mi hijo».
Dos de los guardias habían quedado rodeados.
Los asesinos, superados en número, ya no ofrecían resistencia.
«Capturadlos con vida», quiso gritar Orhan.
«Interrogadlos». Pero no logró emitir palabra; se quedó inmóvil, mirando cómo Bil seguía arrastrándose por el suelo y cómo los dos hombres eran abatidos sin piedad.
En un instante, los cuerpos yacían sin vida y los guardias los rodeaban como si aún representaran una amenaza.
Uno de ellos alzó a Bil y la llevó hasta la cama; otro sostenía al bebé, apenas un bulto pequeño que lloraba con una carita roja y arrugada, aún sin formar, sin definir.
Orhan se dejó caer junto a Bil sobre el lecho, sin fuerzas.
Observó cómo uno de sus hombres arrancaba los cortinajes de seda de la pared con las manos desnudas y los arrojaba por la ventana.
Los demás se desplegaron por la estancia: cerraron con violencia las contraventanas, apartaron de una patada el cuerpo de la muchacha y cerraron la puerta de un golpe.
Durante un momento todo quedó en penumbra, hasta que brilló una lámpara. Su luz proyectó sombras suaves por toda la estancia.
Uno de los guardias de Orhan se arrodilló ante él.
—¿Estáis herido, mi señor?
—No. No, no estoy herido.
Su mente no funcionaba. Por supuesto que no estoy herido. Pero Bil… Bil está herida. El bebé está herido. Gritó:
—La señora Emmereth… Que venga Janush inmediatamente. ¿Por qué no ha ido nadie aún a por él?
—Tenemos que asegurarnos de que no queda nadie más en la casa, mi señor. Es mejor que los señores se queden aquí, protegidos.
—Pero ella va a morir. El niño va a morir.
Bilale yacía desplomada sobre la cama. Su rostro, sus manos, sus brazos eran un amasijo de sangre.
Todo su cuerpo parecía a punto de romperse, tan frágil y delgado como una cáscara de huevo.
El bebé no dejaba de llorar; su llanto era un grito agudo, incesante, que se alzaba una y otra vez sin dar tregua.
Las manos ensangrentadas de Bilale descansaban sobre su vientre, recogidas con suavidad, como si aún intentara proteger al hijo que ya no llevaba dentro.
—Ve a por Janush, corre. O juro que te mataré yo mismo.
El guardia lo miró fijamente, aún atónito.
«Así que el cobarde y traidor señor Emmereth tiene algo de agallas.
Ah, qué bueno soy matando a quienes están bajo mi mando —pensó Orhan con amargura—.
Hombres a sueldo, criadas, mujeres, ancianos y muchachos.
Solo me derrumbo cuando el peligro es real. Cuando el amenazado soy yo».
—¡Vete de una vez!
Se volvió hacia Bil y le puso las manos con cuidado en la frente. Estaba muy fría. Sus cicatrices eran ásperas, sobresalían como fallas en una roca. En ese instante se dio cuenta de que era la primera vez que la tocaba.
—Bilale… Bilale… Todo está bien. Estás viva. Estás a salvo. Todo ha pasado. Ya está, ya está…
No obtuvo respuesta alguna. Orhan la arropó con la colcha de la cama e intentó colocar una almohada bajo su cabeza.
Su hermoso cabello estaba empapado en sangre.
En la mejilla izquierda tenía un tajo brutal que volvía a abrir las viejas cicatrices.
Tenía moratones en la nariz y los ojos. Las manos cortadas hasta el hueso, los dedos destrozados.
En los brazos se abrían otros cortes, hondos, terribles.
Mantenía los ojos abiertos todo el tiempo, fijos en un punto más allá de Orhan, como si mirara directamente el oro tembloroso de la luz de la lámpara.
«Sujetó la hoja con las manos —pensó Orhan—. Se protegió de las espadas con las manos».
El bebé gritaba y gritaba y gritaba.
Por el suelo yacían más cuerpos, inertes, esparcidos como muñecos rotos.
Al menos uno de ellos aún se movía, y dejaba escapar unos sonidos débiles, húmedos, que brotaban desde lo más profundo de la garganta.
Orhan supo que debía acercarse, comprobar si aún podía salvar a alguno.
Pero no podía alejarse de Bil, no podía dejarla sola.
¿Dónde estaba Janush? ¿Y si había salido? ¿Y si estaba en los baños, o perdido en algún rincón de la casa, divirtiéndose, riendo, mientras Bil se desangraba?
Por fin, se oyó alboroto junto a la puerta.
Voces entrecortadas, un intercambio urgente con los guardias.
Janush entró flanqueado por dos espadachines, con el rostro endurecido por el estupor.
Se detuvo en seco. Miró los cadáveres en silencio.
Tras él, apareció un médico, lívido, paralizado ante tanta sangre.
—Mi señor… ¿Estáis herido?
Le temblaba la voz. Tenía migas de comida alrededor de la boca.
—La señora Emmereth… Oh, Gran Tanis.
—Ayúdala.
Janush se arrodilló junto a Bil, le examinó el rostro, las manos.
—Abrid los postigos. Está demasiado oscuro para ver nada. Y traed otra lámpara, más cerca.
—No es seguro. Podría haber más de ellos fuera —dijo uno de los guardias.
—Abrid los postigos —gritó Orhan.
—Mi señor…
El hombre obedeció y abrió las contraventanas de par en par.
La luz entró a raudales, y Orhan parpadeó, deslumbrado.
El rostro de Bil estaba pálido y húmedo, con ese tono enfermizo que había visto en Tam mientras agonizaba: blanco de gusano, blanco de dolor.
La sangre empapaba las sábanas, y los ojos de Bil apenas lograban moverse.
El bebé no dejaba de llorar. Gritaba una y otra vez, con los párpados temblorosos, vueltos hacia Orhan.
—Espera. El bebé primero —dijo él.
Los ojos de Bil parpadearon levemente. «Gracias. Gracias».
Janush tomó al niño del brazo del hombre que lo sujetaba: bronce y rojo, se revolvía y se agitaba en sus manos.
Lo colocó con cuidado sobre la cama, donde se retorcía como un pez fuera del agua o un escarabajo panza arriba.
Gritaba y gritaba y gritaba. Tenía sangre en la carita, y el pelo, suave y gracioso, se le pegaba en mechones por el rostro.
—Parece ileso —dijo al fin Janush—. Al menos, por lo que puedo ver. Pero ¿quién sabe qué heridas lleva dentro? ¿Qué daño en su mente, en su corazón?
Los ojos de Bil parpadearon, con un brillo opaco. Los muñones ensangrentados de sus manos se aferraron con fuerza a su vientre, como si aún esperara encontrar allí el calor del niño. Orhan posó las manos sobre su cabello.
—Todo está bien, Bil. Tranquila. Tu hijo está a salvo.