Capítulo treinta y dos #3
Un golpe seco en la puerta las hizo estremecer.
El miedo, que ya había llenado la habitación como un perfume espeso, se volvió insoportable.
«No es justo —pensó Nilesh—. Yo solo la atiendo.
No sé nada de lo que pasa fuera de estas paredes.
¿Por qué habría de arder? ¿Por qué morir?
¿Qué culpa tengo? ¿Y el niño? Tan pequeño…
Mi dulce, precioso, diminuto bebé…». La puerta se abrió.
La señora Amdelle cruzó el umbral. Por la prisa con la que había llegado, y la expresión en su rostro, era evidente que ya lo sabía todo.
Había salido antes de que Bilale mandara a alguien a buscarla.
—¡Bil!
Su voz temblaba de miedo. También su rostro lo mostraba con claridad.
Nilesh no la había visto nunca así. Aquella mujer altiva, distante como una estatua, perfecta como una joya, siempre ajena, inaccesible.
Resultaba imposible imaginar cómo vivía, en qué pensaba, cómo transcurría su día.
Su mundo estaba tan alejado de la vida de Nilesh, alejado incluso de la de Bilale.
Y, sin embargo, allí estaba: asustada, con el semblante envejecido, los hombros caídos, la mirada turbada. Frágil. Vulnerable.
Las dos mujeres se abrazaron.
—¿No has tenido noticias suyas? —preguntó la señora Amdelle—. Pero ¿por qué ahora? Todo parecía más tranquilo. No he oído nada nuevo. No se ha dicho nada… ¿o sí?
Bilale negó con la cabeza.
—No lo creo. No lo sé. Ese último disparate sobre la falsa suma sacerdotisa… Pero no es nada nuevo. Más rumores sin sentido.
—Holt va a reunirse con Darath y con Elis —dijo la señora Amdelle.
«Holt», pensó Nilesh. «El esposo de la señora Amdelle. Un hombre de poder. Inmensamente rico».
—Quizá, si lográramos llegar a algún acuerdo con Cam… si pudiéramos ofrecerle algo lo bastante valioso…
—Tendríais que haber casado a Symdle con Zoa antes de todo esto —intervino Bilale—. Solo así habría tenido algo que perder.
—Fue decisión de Cam. Y queda claro por qué, si sabía lo que se avecinaba… o si fue él mismo quien empezó a propagar los rumores. Aunque, para entonces, ya era tarde. Desde el momento en que March fue envenenado, todo terminó. Perdimos.
—¿Y no puede Elis convencer a Laeda para que intente acercarse a Eloise ?
—¿Cómo? Eloise ya le ha dicho a Ameretha que piensa llevarse a Laeda esta misma noche, de regreso a la Casa de Plata.
Disparates. Palabrería. Y, sin embargo, una parte de Nilesh no podía evitar pensar: «Estas son las grandes damas del Imperio Sekemleth. Las más poderosas del mundo. Mi señora. La hermana del propio señor Emmereth. ¿Cómo es posible que se muestren tan impotentes? ¿Cómo pueden sentir miedo?».
Otra parte de ella murmuraba en su interior: «Parecen aves. Como esos pajarillos pethe , inquietos, parloteando sin rumbo, tan hermosos como inútiles. Pajarillos pethe encerrados en jaulas, agitando en vano sus alas doradas».
—Tu padre aún conserva influencia entre ciertas familias de mercaderes. Algunos creen que Orhan ha hecho lo suficiente por la ciudad. No querrán verlo caer.
—Tiene miedo —dijo Bilale, con una sombra de desesperanza en la voz—. Demasiado miedo para hacer nada.
—Entonces verá morir a su hija. Y a su nieto.
—Él dice que no llegará a eso. Cree que…
Pero Nilesh no podía apartar una idea: « ¿Cómo puede tener miedo el propio padre de mi señora?
» . Y otra voz más urgente, más amarga, crecía en su mente: «¡Dejad de hablar!
¿En serio creéis que esto servirá de algo?
¿Que podréis resolverlo con discursos, con órdenes, con promesas o nombres ilustres?
Si estuviera en vuestro lugar, ya estaría corriendo hacia las puertas, con una bolsa de oro cosida en el forro de la capa.
Como hacen ya algunos sirvientes». Las veía parlotear como aves enjauladas y deseaba gritarles la única verdad que nadie decía en voz alta: «¡Huid! ¡Ahora! ¡Mientras aún podéis!».
Se oyó un revuelo en el pasillo antes de que el señor Emmereth cruzara la puerta.
Tenía el rostro macilento, los rasgos marcados por el agotamiento.
Su mirada recorrió la estancia en silencio: primero su esposa, luego su hermana, y por último el niño dormido, aún prendido al pecho.
Sin decir palabra, se dejó caer en un sofá, como si todo el peso del día —o de los últimos años— se abatiera sobre él.
Uno de sus criados se acercó al instante con dos copas, una de agua y otra de vino.
Emmereth las apartó con un ademán brusco, sin agradecer ni mirar.
Entonces se volvió hacia Bilale. Y sus ojos, por un momento, no buscaron los de ella, sino los de Nilesh, que seguía inmóvil, de pie, detrás de la silla de su señora.
—Tú también, Nilesh. Y el… y mi hijo.
Su voz era tan frágil como la de su hermana, quebrada por el peso de lo no dicho.
—Sin duda, mi esposa os lo contará todo… o lo harán los guardias que me acompañaron. Pero un hombre debe conservar algo de dignidad en su propia casa. Y un niño no debería escuchar ciertas cosas.
Esbozó algo parecido a una sonrisa en dirección a la nodriza. El bebé, inquieto por haber sido despertado, se revolvió entre sus brazos, gimoteando mientras agitaba las manos con torpeza.