Capítulo treinta y dos #2
—Retha… —dijo Bilale, muy débilmente.
El bebé emitió un pequeño ruido, y la señora Ventuel exclamó:
—Oh, es adorable. ¡Escúchale!
—Hablaré con Orhan —dijo Bilale.
El bebé sollozó, y Bilale lo cogió en brazos y lo estrechó con fuerza.
—Mi niño precioso, mi niño precioso.
—Mira esas orejitas…, es un encanto —dijo la señora Ventuel—. Sabía que me ayudarías, querida.
Cogió otro pastel.
—Gracias.
Llamaron a la puerta. Entró Janush. Tenía un aspecto muy extraño. Como si llevara una carga pesada. Algo que lo aplastara. El rostro rígido.
Se inclinó y le susurró algo al oído a Bilale.
Bilale soltó un grito. Se llevó la mano a la boca. Todo su cuerpo se estremeció.
El bebé se agitó. La señora Ventuel preguntó con preocupación:
—¿Bil?
Bilale se puso en pie de un salto, y Nilesh la imitó al instante, avanzando hacia su señora, temiendo que pudiera desmayarse en cualquier momento. Con la voz muy baja, casi quebrada, Bilale murmuró:
—Tienes que irte, Retha. Yo… Por favor, tienes que marcharte.
Devolvió el bebé a la nodriza con movimientos rígidos, las manos temblorosas. El niño, inquieto, empezó a llorar.
—¿Qué sucede? ¿Bil? —preguntó la señora Ventuel, esta vez con un tono cargado de temor.
Había algo profundamente extraño, casi irreal, en ver a aquellas damas de la alta nobleza asustadas.
La expresión en el rostro de Bilale le recordó a Nilesh una escena lejana, de hacía muchos años, cuando ella, sentada en la habitación de su señora, escuchó al médico decirle a Bilale que la enfermedad que padecía era sarna negra.
La señora Ventuel se quedó inmóvil. Respiró con dificultad.
—Bil, ¿estás bien? ¿Qué pasa? ¿Le ha pasado algo a Orhan?
—No es nada —respondió Bilale con una voz tan ajena, tan hueca, que Nilesh sintió que iba a romper a llorar allí mismo.
Cuando la señora Ventuel se marchó, Bilale se echó a llorar. Gritó. Aulló. Tembló.
—Por favor, mi señora… —suplicaba Nilesh entre sollozos—. Por favor, se lo ruego…, cálmese.
—Ha llegado un mensajero de parte del señor Vorley —dijo por fin Bilale—. El emperador ha convocado al señor Emmereth para que comparezca ante él. Ha enviado guardias para asegurarse de que esté protegido en el camino.
Se llevó las manos a la boca, recorriendo con los dedos las espirales de tejido cicatricial que marcaban sus labios.
—¿Ya se ha marchado? —preguntó a Janush.
Este inclinó levemente la cabeza.
—Sí, mi señora. Según el mensajero, el señor Vorley deseaba acompañarlo, pero mi señor se negó. Partió con sus guardias, sin nadie más.
—Cómo no, él solo —murmuró Bilale, rozándose la cicatriz con la yema de los dedos—. ¿Dejó algún mensaje para mí?
—No, mi señora. No lo hizo.
«Ha ido hacia su muerte —pensó Nilesh—. Y con él, la muerte de todos nosotros».
Las manos de Bilale, pálidas y cubiertas de marcas, se cerraron con fuerza sobre su vientre.
Sus uñas largas, doradas, parecían pequeños gusanos arrastrándose sobre la tela del vestido.
«“Tu marido se ha ganado demasiados enemigos últimamente”.
Pero ahora se acerca lo inevitable… Ah, Gran Tanis.
Debería ir a casa de mi padre. Eso fue lo que acordamos».
—Enviad a alguien a casa de la señora Amdelle.
Desvió la mirada hacia el bebé, que pataleaba rojo de furia en brazos de la nodriza. «Nadie creerá que no es hijo suyo».
«Es tu marido —pensó Nilesh—. Da igual si creen que el niño es suyo o no».
La pena por alta traición era absoluta: si se demostraba que una de las grandes casas había traicionado al Imperio o al emperador, todos sus miembros debían ser quemados vivos.
Janush se lo había contado a Nilesh en más de una ocasión, una y otra vez, como si quisiera que no lo olvidara jamás.
No había escapatoria. No existía apelación.
No cabía la clemencia. Janush y la señora Emmereth lo habían presenciado con la familia del señor Rhyl.
—Quemaron a la muchacha que cosía las camisas de dormir del señor Rhyl —le había dicho Janush—. Y a un mendigo al que la señora Rhyl había ordenado dar de comer.
—Pero puede que no llegue a eso, mi señora —dijo Nilesh—. Tal vez no sea nada.
—¿Nada?
Las manos de Bilale volvieron a posarse sobre las cicatrices de su rostro.
—Puede que el emperador solo quiera hablar con el señor Emmereth… Consultarle algo. Al fin y al cabo, ese es su cargo: Nithque, consejero y amigo del emperador.
Bilale negó con la cabeza.
—Llevamos semanas temiéndolo. Desde la muerte de March Verneth. ¡Te he dicho que mandes a alguien a casa de la señora Amdelle! —gritó de pronto.
Su voz sonaba áspera, desbordada por la angustia. El llanto del bebé se intensificó, como si también sintiera miedo. La nodriza lo acunó y lo estrechó contra su pecho. Bilale lo observaba mientras lloraba en silencio.
—Sí… Sí. Ahora mismo.
Nilesh hizo sonar la campana. Un joven entró con tanta urgencia que parecía haber estado aguardando justo al otro lado de la puerta.
Sin duda, los criados se encontraban ya cerca, apiñados junto a las entradas, murmurando entre las sombras, paralizados por el miedo.
Quizá alguno había empezado ya a preparar su huida.
El muchacho se inclinó en una reverencia profunda; su cabello suelto cayó hacia delante como una cortina.
Nilesh le dio la orden en voz baja. El joven asintió, con los ojos muy abiertos, y miró a su alrededor con nerviosismo.
En sus pupilas brillaba el reflejo del fuego.
Veía ya las sedas arrancadas, la madera dorada hecha astillas, todo devorado por las llamas.
Bilale miraba al bebé mientras mamaba. Se frotaba las cicatrices.
—Todo saldrá bien, mi señora —murmuró Nilesh, sin convicción—. Su niño… su hermoso niño… Claro que saldrá bien.
—Ojalá no hubiera nacido nunca. Mi pequeño, mi precioso bebé…
Su mirada se perdió en la ventana. El cielo se había vuelto opaco, teñido de un amarillo sucio, pesado, que anunciaba el ocaso.
En los jardines, las flores de la tarde comenzaban a abrirse, una tras otra, y un jardinero encendía las lámparas del sendero, una a una, como si con ello pudiera contener la oscuridad.
Era una hora peligrosa. Las campanas del crepúsculo estaban a punto de sonar.
Seserenthelae aus perhalish. Ahora es cuando llegan las cosas de la muerte.