La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

—Es adorable. Adorable. Mi cielito —dijo la señora Ameretha Ventuel, haciéndole cosquillas en la carita al bebé, que emitió un ruidito de satisfacción—. ¡Ay, Bil! ¡Sus manitas! ¡Y sus orejitas! ¡Esas orejitas diminutas! ¡Ay, cosita!

—¿Quieres tenerlo un rato? —preguntó Bilale. Hizo un gesto a la nodriza, que le tendió al bebé con cuidado.

—Huele tan bien… Ay, Bil.

Bilale le sonrió con afecto.

—Tú también deberías tener uno, Retha.

Nilesh, la criada, se divertía al verla estremecerse con una mezcla de horror y fingido pudor ante la idea.

El bebé gorgoteó, parpadeó con lentitud, dio unas pataditas y escupió un hilillo de leche amarillenta que fue a dar al vestido de la señora Ventuel, quien no pareció darse cuenta.

—¿Es tranquilito? —preguntó, alzando las cejas hacia Bilale—. Se parece tanto a su padre… Tiene la misma expresión.

Nilesh apartó la mirada con discreción mientras Bilale respondía:

—¿Verdad que sí?

El bebé gimoteó en brazos de la señora Ventuel. Hizo eso que hacía cuando se enfadaba: se arqueó hacia atrás como una oruga. La nodriza acudió enseguida, lo recogió y se lo llevó para alimentarlo.

—Es un encanto —dijo la señora Ventuel—. Ay, Bil… Y se le ve tan sano y fuerte…

—Es muy fuerte para su edad —dijo Bil con orgullo—. Janush, nuestro médico, dice que ya sostiene firme la cabeza, mucho antes de lo habitual.

Fue entonces cuando la señora Ventuel advirtió la mancha de leche amarillenta en su vestido. Nilesh se acercó con discreción y, sin decir palabra, le dio unos toquecitos con un paño de seda.

—¿Duerme bien? —preguntó la señora Ventuel. Espantó con la mano a Nilesh—. Da igual, mujer, me cambiaré el vestido.

—Janush dice que está haciendo todo muy bien —dijo Bilale.

—¿Puedo ver su habitación?

—Por supuesto.

Bilale estaba deseando enseñársela, Nilesh lo sabía.

La cuna, de nácar y plata, estaba revestida con cortinajes de encaje de seda de un verde casi imperceptible.

Las paredes y el techo estaban cubiertos de flores pintadas en tonos verdes, azules y morados; entre ellas, aves rojas con plumas engarzadas y picos de oro parecían revolotear en un jardín encantado.

La estancia daba al norte y conservaba una frescura deliciosa, como si el verano no pudiera alcanzarla.

A veces, cuando se quedaba a solas con Nilesh, Bilale se echaba a llorar. Le dolía que tan poca gente se hubiese acercado a ver al bebé, a admirar su cuna, su cuarto, todo lo que ella había preparado con tanto amor.

Los rumores se extendían por todas partes, como un incendio sin origen claro: «¡El señor Emmereth mató al señor Verneth!

¡Nos vendió al demonio! ¡Le abrió las puertas del palacio!

¡Entregó a la suma sacerdotisa a los Altrersyr por una bolsa de oro!

». Nadie sabía de dónde venían; el señor Emmereth había salvado la ciudad, eso lo sabía todo el mundo.

Y, sin embargo, «¡El señor Emmereth nos traicionó!

». Aquella frase tenía un eco, un peso extraño, casi tangible.

Los rumores más recientes decían que la suma sacerdotisa Thalia presidía el banquete de la Renovación del Año sentada en un trono de diamantes, bebiendo vino de fuego de un cráneo humano, vestida con un atuendo tan provocador que, de haber estado desnuda, habría resultado más recatada.

Nadie confesaba tomárselos en serio, pero en el fondo, todos lo hacían.

«Desde luego, está exprimiendo la vida del Templo con las dos manos —le había dicho la señora Amdelle a Bilale—. Eso hay que reconocérselo».

La señora Ventuel fue la primera en visitarla después de la señora Amdelle. Amiga cercana de Bilale, había necesitado casi un mes para armarse de valor y atreverse a ir.

—Estaba tan preocupada por ti, querida —exclamó apenas cruzó el umbral—. Todo esto debe de ser una pesadilla para ti…

Las dos damas subieron la escalera, seguidas por Nilesh. Como era de esperar, la señora Ventuel quedó encantada con la habitación del bebé. Estuvo un buen rato soltando exclamaciones de ternura ante los sonajeros de plata, las batas de dormir perfumadas y la bañerita de vidrio blanco.

—¿Y tú cómo estás, Retha? —preguntó Bilale cuando hubieron inspeccionado cada rincón del cuarto. Se sentaron juntas en un diván; Bilale envió a una criada a por vino y pasteles—. ¡Hacía tanto que no te veía! Estás muy guapa.

—Estoy bien —respondió Retha, justo cuando sirvieron el vino, dulce y fragante, que se mezclaba con el aroma del bebé que llenaba la estancia—. Todo sigue igual que siempre.

Ni Bilale ni Nilesh dirigieron la mirada a la señora Ventuel cuando esta olfateó su pastel con cautela antes de darle un mordisco.

—Delicioso —dijo mientras entornaba los ojos.

Nilesh pensó: «Ah». En la mirada de la señora Ventuel había algo servil, como si fuera una criada a punto de pedir un favor o de intentar sonsacarle algo a Bilale.

—La verdad, Bil —dijo la señora Ventuel—, la razón principal por la que he venido es que…

En ese momento la nodriza entró con el bebé en brazos, dormido plácidamente, delicado como un copo de nieve. Resoplaba suavemente entre sueños.

—Es lo más adorable que he visto jamás —dijo la señora Ventuel—. Eres muy afortunada, Bil.

Entonces, el rostro de Bilale se iluminó de alegría, y todas sus cicatrices parecieron desvanecerse.

—Aris empieza a impacientarse —dijo la señora Ventuel—.

El veto que impide a los viajeros de Chathe entrar en la ciudad…

A mi hermano no le hace ninguna gracia. Pensé que debía decírtelo.

Tú podrías hablar con Orhan, ¿no, Bil? —Le hizo carantoñas al bebé—.

Ah, es un encanto, Bil. Los guardias de las puertas están siendo más estrictos que nunca, y todo es por orden de Orhan.

Tal vez podrías hacerle entrar en razón.

—Ha habido nuevos brotes de fiebre del hondo en Chathe —dijo Bilale, mirando también al bebé—. Orhan hace bien en ser precavido.

El rostro de la señora Ventuel se afiló de repente.

—La decisión del Nithque de cerrar las puertas de la ciudad a cualquiera que venga de Chathe le está costando una fortuna a Aris.

Y no es el único perjudicado. Se lo ha mencionado a Cam Tardein, que tampoco oculta su descontento.

Lo mismo ocurre con Holt Amdelle. Orhan había prometido que levantaría la restricción, pero, lejos de hacerlo, no ha hecho más que endurecerla.

—En Chathe y Allene mueren aldeas enteras por la fiebre del hondo —dijo Bilale—. También le está costando dinero a mi propio padre. Pero Orhan tiene razón.

Un poco de fiebre, un dolor sordo en la cabeza, como si uno hubiera pasado demasiado tiempo bajo el sol.

Así se la había descrito el señor Emmereth a Bilale cuando ella, también, protestó por la prohibición impuesta a los viajeros procedentes de Chathe, y le explicó que a su padre aquella medida le estaba ocasionando pérdidas insoportables.

Al principio, la fiebre cedía, y el cuerpo daba la impresión de recuperarse.

Pero luego regresaba, más intensa, más cruel.

Con ella llegaban los vómitos: primero secos, luego teñidos de sangre.

El cuerpo comenzaba a licuarse por dentro.

Los órganos vitales salían por la boca, mezclados con la bilis.

Una fiebre delirante, gritos de alucinación, un dolor atroz.

Y, al final, la bendición de la muerte. La enfermedad se propagaba como una nube de polvo, veloz e imparable.

Y entonces, de pronto, sin causa aparente, se detenía.

En una oleada leve, quizá sobrevivía uno de cada cuatro.

O de cada cinco. A veces, apenas uno de cada diez.

—Unas pocas personas se mueren en Chathe, y de pronto no se puede encontrar hatha en ningún sitio, el aceite de rosa cuesta el doble, y mi hermano empieza a perder dinero —dijo la señora Ventuel con una suavidad estudiada—.

Yo diría que tu marido ya tiene bastantes problemas como para encima enfadar también a la gente con esto.

Mi hermano está pensando en presentar una petición formal ante el emperador.

Cam Tardein está considerando hacer lo mismo.

Hay mucho descontento, Bil, más del que imaginas.

¿De verdad quieres que empiecen a volcar también su rabia sobre Orhan?

A la señora Emmereth y a Nilesh les escupieron cuando regresaban del Gran Templo, tras dar gracias por el nacimiento del niño.

Viajaban en la espléndida litera de seda verde, que se deslizaba como una bóveda de hojas frescas bajo el sol.

Entonces llegaron los gritos: «¡Asesina!

¡Traidora!», seguidos por una lluvia de arena y piedrecillas.

Y después, una flema espesa, amarilla y brillante, cayó con un chasquido repugnante sobre la seda.

A Nilesh se le revolvió el estómago; la señora Emmereth apenas logró reprimir las arcadas.

—No se puede demostrar —repetía Janush con obstinación, como si al decirlo bastara para que fuera cierto—. El señor Emmereth no hizo nada. No hay forma de demostrarlo.

A Nilesh, esa frase le sonaba cada vez más extraña. Bilale apenas salía ya de casa. La litera verde, aquella preciosidad de seda que parecía un dosel de hojas bajo la lluvia matinal, había sido destrozada a hachazos y luego reducida a cenizas.

—La gente empieza a notar el precio de todo esto —dijo la señora Ventuel, aún con la sonrisa perfectamente dibujada en el rostro mientras se llevaba otro trozo de pastel a la boca—.

Podrían comenzar a protestar, a culpar al Nithque, a preguntarse por qué actúa así, qué es exactamente lo que espera conseguir.

Las dos mujeres se sostuvieron la mirada en un silencio denso. Las cicatrices de Bilale, encendidas sobre la palidez de su piel, resaltaban como llagas abiertas. Nilesh sintió un temblor de miedo recorrerle el cuerpo.

—Tu marido se ha ganado demasiados enemigos últimamente —dijo entonces la señora Ventuel, con tono suave pero firme—. Me entristeció enterarme de lo que te ocurrió en la calle. No querrás darles más razones para enfadarse, ¿verdad? Solo tienes que hablar con Orhan…