La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo veintirés
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Capítulo veintirés

—Matadle.

—Bueno…, sí. Eso está bastante claro. Como objetivo vital, estoy de acuerdo contigo, Raeta.

Recordó el rostro del muchacho matando a toda una casa de personas, allá en Sorlost. Matándolo todo.

Casi habían tenido que detenerlo para que no matara también a las ratas que vivían entre las paredes de la despensa.

Lloraba mientras lo hacía. Este hombre está vivo.

Ahora este hombre está muerto. Es culpa mía.

Este niño está vivo. Ahora este niño está muerto.

Es culpa mía. Esta mujer está viva. Ahora esta mujer está muerta.

Es culpa mía. Este hombre está vivo. Ahora este hombre está muerto.

Es culpa mía. Esa horrible pena vacía y la hoja cayendo una y otra y otra vez. Eso tenía que morir. Ese rostro.

—No puedo dejarte ir a Ith, chico —le había dicho a Marith cuando lo traicionó ante Landra Relast—. Lo sabes. No puedo permitirte tener poder y mando. Sé lo que eres. Lo que harías. Piensa que esto es una especie de misericordia, más o menos. Porque lo es.

Y Marith lo había mirado desde abajo, derrotado.

Sabía que Tobias tenía razón. Ese pobre chico con vómito en el pelo y ojos tristes y desquiciados, que pegaba un salto si alguien se tiraba un pedo demasiado fuerte y miraba a su alrededor como si lo persiguieran fantasmas, sollozando por las noches, llamando a su madre en susurros.

—Pero ¿ya sabes… cómo?

«Y no —pensó Tobias —, no digas “con un cuchillo”».

Tobias pensó: «He visto al chico pelear. Aunque quizá “pelear” no sea la palabra adecuada. Jamás, jamás, jamás me enfrentaré a él con una espada, ni por todo el oro de su reino».

—Cómo matarlo —dijo Raeta— es la razón por la que estoy aquí y lo que tenemos que planear. Es evidente. Aunque diría que empezar con un cuchillo no sería mala idea.

La hija del posadero, o quienquiera que fuese, llamó a la puerta de Tobias .

—Hay una mujer abajo que dice que viene a verte —anunció.

—¿A verme a mí?

Ni siquiera estaba usando su verdadero nombre. Además, prácticamente todos los que había conocido en las Islas Blancas estaban muertos.

—Tobe, de Immish —dijo—, que se hospeda en la habitación bajo el alero, la de la chimenea que echa humo.

—Hazla subir, por favor —dijo Raeta.

Le dio a la muchacha un penique de hierro, y esta volvió a fulminarle con la mirada antes de marcharse.

—¿La conoces?

—Es alguien que quizá pueda ayudarnos.

—¿Quizá?

—Sí que echa humo —dijo Raeta—. Con lo que te están cobrando, deberían traerla sin necesidad de decirles nada. Te he hecho un favor.

—Me has hecho una cantidad infinita de favores. Todos han salido a la perfección, sangrientos pero perfectos. No cambies de tema. Así que, dime, ¿quién demonios es esa mujer que podría ayudarnos y cómo sabe quién soy?

—La conocí en el mismo sitio donde te conocí a ti. Debajo del cadáver de la reina. La invité a venir a vernos, y le di el nombre por el que te haces llamar. La reconocerás. Espera y verás.

¿Se lo estaba imaginando o Raeta parecía… incómoda? Incluso avergonzada.

Debe ser Thalia , pensó durante un breve instante, tan rápido como un destello de sol en la cara y un cuchillo en las entrañas. Thalia . Subiría las escaleras, envuelta en un vestido de oro y luz de luna.

La puerta se abrió.

—Aquí está —dijo la hija del posadero—. Tobe de Immish, que se hospeda en la habitación bajo el alero, la de la chimenea que echa humo.

Se escucharon pasos en el pasillo. Vacilantes. La mujer entró. «¿Quién coño es esta?», pensó Tobias . Era una mujer con el rostro quemado y el cabello cubierto por un pañuelo. Parecía aterrada.

Y, de algún modo, también le resultaba vagamente familiar. Debería recordar haber conocido a una mujer con la cara tan quemada. No era algo que se olvidara fácilmente. Sin embargo, no era así para él.

La mujer lo miraba fijamente. Parecía tan desconcertada como asustada. Como si también ella creyera conocerlo. Abrió mucho los ojos.

—¿Qué…?

—Creo que ya os conocéis —dijo Raeta—. Os habéis cruzado brevemente en varias ocasiones. Landra Relast: Tobias , anteriormente miembro de la absurdamente nombrada Compañía Libre de la Espada y, por un breve tiempo, jefe de escuadra de un joven que seguro conoces. Tobias , la señora Landra Relast.

¿La señora Landra Relast? ¿La mujer que le había pagado una fortuna por la cabeza de Marith en una bandeja? ¿Ella? ¿Esa arrogante? ¿Qué demonios le había…?

Ah. Sí.

Fue el silencio más incómodo que vivió desde aquel otro que se hizo cuando Tobias se arrodilló ante el rey Illyn para informarle de que, efectivamente, estaba seguro de que el querido Marith había regresado a las Islas Blancas y que, ejem, bueno, lo sabía porque, ejem, bueno, eh, él, eh, tal vez había tenido algo que ver con que el querido Marith hubiese regresado allí.

«Dioses, no tengo ni la más remota idea de qué decir ahora mismo», pensó Tobias .

«No deberías habérmela jugado con el trato, ¿no crees, mujer?

» no parecía del todo apropiado, dadas las circunstancias.

«¿Siento mucho la pérdida de toda tu familia, de tu rostro, de la casa de tu infancia y de todo lo que alguna vez conociste o amaste?».

«Bueno, vaya, no salió exactamente como habíamos planeado, ¿verdad?».

«¿Quieres que te devuelva el dinero?».

—Lo siento —dijo al fin.

La señora Landra Relast se sentó en la silla.

—Pensaba que no vendrías —dijo Raeta.

La señora Landra sostenía en la mano un extraño retazo de tela amarilla. Lo apretaba con fuerza. Miraba a Raeta con expresión vacía.

—¿Qué otra cosa podía hacer?

Hurgó la tela que le envolvía lo que hasta hacía poco debió de ser su cabello y se rascó. «No quiero imaginar —pensó Tobias — cómo tienes la cabeza bajo eso. No si quiero volver a comer cortezas de cerdo en mi vida».

—No busco venganza —dijo la señora Landra. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar.

«¿En serio? ¿De verdad? Pues vaya, porque yo desde luego sí que busco venganza. Y mucha».

—Voy a pedir cerveza y algo de estofado para todos —dijo Tobias .

Se quedaron sentados en un nuevo y denso silencio hasta que la hija del posadero apareció con sopa de alubias y la cerveza de la casa, con su característico sabor a hierbas.

La sopa estaba más aguada y tenía menos carne que cuando él llegó por primera vez a la posada.

La muchacha lanzó una mirada furiosa a la chimenea y otra a Tobias antes de marcharse.

—Está buena la sopa —dijo Raeta tras una larga pausa.

—¿Estáis planeando matarlo? —preguntó la señora Landra.

—Para eso estás aquí, ¿no? —dijo Raeta—. Si no, Tobias acaba de desperdiciar un penique en pagarte la cena.

—Puedo pagártela —dijo la señora Landra.

Cogió la bolsa que llevaba colgada al cuello. Miró a Tobias y apartó la vista de inmediato.

Él recordaba haberla odiado con saña, la otra vez que se vieron. Cuando le engañó con lo de Marith y Thalia .

—Está bromeando —dijo Tobias .

—Ah, claro. Ahora la sopa vale mucho más de un penique por cuenco, con los gastos de reconstruir Pueblo Morr y pagar la factura de bebidas del rey. —Raeta dio un largo trago a su cerveza—. Aunque la cerveza sigue estando buena.

Comieron y bebieron en silencio. Intentaron no fijarse en que la señora Landra lloraba sobre su cuenco.

—Bien —dijo Raeta—. Estábamos hablando de cómo matarlo. —Se volvió hacia la señora Landra—: Tú lo conoces. Has estado pensando en cómo matarlo. Desde hace mucho tiempo. ¿Alguna idea?

—No busco venganza —repitió la señora Landra.

—No —dijo Raeta—. Por supuesto que no.

—Hacedlo en público. Humilladlo mientras muere.

Todo Pueblo Morr debería verlo morir. —Los ojos de la señora Landra brillaron.

Por un instante, pareció la mujer que Tobias recordaba.

Fiera. Fría—. Podríamos sobornar a sus guardias.

Tenderle una emboscada en la calle. Derribarlo.

Dejarlo tirado en las alcantarillas, entre la inmundicia.

Tobias resopló.

—¿Tenderle una emboscada en la calle? ¿Yo y qué ejército? Si me encuentras un centenar de hombres bien armados y algún infiltrado… Y aun así te diría que estás loca. No hay compañía de mercenarios en el mundo, en ninguna parte, que aceptara ese encargo sabiendo lo que yo sé.

—Conozco bien Malth Elelane —dijo la señora Landra—. Sé dónde duerme, lo sé todo. He estado en sus aposentos.

—Me da igual si sabes dónde caga. Que seguro que lo sabes, encima. Pero es demasiado peligroso. No saldríamos de una pieza.

La señora Landra abrió del todo los ojos.

—Eres un mercenario. Un hombre duro, implacable, líder de un grupo de asesinos a sueldo.

Destruiste el Palacio de Verano del emperador Asekemlene de Sorlost. —Toda su fuerza pareció desaparecer al pronunciar la palabra «destruiste».

La voz se le quebró—. Tú… Él es solo un hombre.

Entras en su alcoba por la noche y lo apuñalas.

Le cortas el cuello, le arrancas el corazón.

Yo… Yo te pagaré bien, cuando esté hecho, si eso es lo que te preocupa.

—Le temblaba la voz, le temblaban las manos.

Su voz era tan débil como el polvo seco.

—¿Pagarme?

Llevaba un vestido barato y mal cosido. Botas de cuero demasiado grandes, con las punteras gastadas. Tenía mucha suciedad bajo las uñas. Parecía haber dormido en un granero.

—Ni por todo el oro de Irlast —dijo Tobias .

—Entramos en Malth Elelane por la noche y lo apuñalamos mientras duerme —insistió la señora Landra—. Lo haré yo misma. —La señora Landra rompió a llorar otra vez. Se encogió sobre sí misma, como un hilo roto—. Solo dame un cuchillo y lo haré. ¿Para qué otra cosa sigo viva?

Raeta soltó una carcajada.

—No busco venganza —dijo la señora Landra.