Capítulo diecinueve #2
Subieron a la habitación de Tobias . Él pidió que les subieran una jarra de cerveza caliente y dos cuencos de estofado. Que el posadero pensara lo que quisiera de Raeta. Ya se había cagado encima delante de ella. Seguramente no tendría problema en sentarse en su cama.
—¿Te gusta? Tuve una habitación en una posada justo al otro lado del pueblo, cerca del mar, durante un tiempo.
Me dejaron quedarme la primera noche y las siguientes gratis, después de que llegara cojeando, empapado y con algas enredadas en el pelo.
Hasta que ser un héroe de la bahía de Morr dejó de ser algo de lo que presumir.
Fue una suerte que me echaran, en realidad, porque la tormenta destrozó el lugar dos días después y todos los que estaban allí murieron.
—¿Ves? Tienes suerte. —Raeta rio.
Una chica entró con una bandeja. Le echó una mirada rápida a Raeta, sonrió bajando la vista y se marchó.
Probablemente pensaba que era demasiado elegante para él.
«A no ser que pague muy bien». Abajo, un estallido de entusiasmo por la capacidad inigualable del rey para destripar a la gente.
Su capa era roja como los ojos de las viudas, al parecer. Y sus súbditos cantaban como cuervos.
—Entonces, ¿qué quieres, Raeta? Me has estado siguiendo. Has estado rondando por Malth Elelane, observándome mientras miro cosas muertas.
—Ahora también hueles a culpa, Tobias . Sangre, oro y culpa.
—Todo el que huele a sangre y oro huele a culpa, Raeta. Deja de fingir que eres una especie de bruja.
—Sientes que los mataste. A la reina. Al príncipe Tiothlyn. Al rey, quizá. Al viejo rey. Al muerto.
No era ni siquiera una pregunta. Tobias cerró los ojos. Tiothlyn había gritado tan fuerte que la gente lo escuchó a través de las paredes de Malth Elelane. Se parecían un poco, Ti y Marith .
Él había visto al rey Marith unos días antes, desde la distancia; se había escondido entre la multitud con pánico de ser visto.
Cabalgaba por la calle Sceal hasta el puerto para ver los daños de la tormenta, montado en un enorme caballo blanco del tamaño de un maldito toro, con esa horrible capa nauseabunda que todos los demás parecían pensar que era terriblemente dramática y algo estilosa, si te gustaba ese tipo de cosas.
La gente había vitoreado hasta quedarse sin voz, pero había algo subyacente, una sensación de miedo por debajo.
Las sombras se arrastraban alrededor del joven y sobre sus ojos.
«Yo luché por él —había pensado Tobias , atónito—.
Marché en su ejército. Recuerdo haber estado saltando, gritando “¡Viva el rey!”».
«Quiero decir…, ¿qué puñeteras jodidas hostias pasó allí en Third ?».
—Sí, siento que los maté yo, sí —dijo él.
—No voy a preguntarte por qué. Tengo la extraña sensación de que, de algún modo, ya lo sé.
Corren nuevas historias, ya sabes: la hazaña del nuevo rey que mató a un dragón, saqueó un palacio y se llevó a la mujer más hermosa que jamás haya vivido, para que le abriese las piernas cinco veces cada noche.
Algunos immish por ahí al fondo, aplaudiéndole.
—Tanto que me dolían las puñeteras manos. ¿Mencionan la vez que me vomitó en las botas?
—No en la versión que yo oí. Tampoco es que sea digno de mención. Ha vomitado en las botas de la mitad de los taberneros de Pueblo Morr.
Bebió un sorbo de cerveza. Amarga, con un regusto a hierbas que el calor intensificaba: Tobias la vio fruncir la boca, y luego esbozar una leve sonrisa al notar que le gustaba el sabor.
«Medicinal» podría ser una buena palabra para describirlo.
«Limpia el paladar». Allí también parecían tener gusto por el amargor.
El vapor suavizaba sus facciones. «No te deseo lo más mínimo —pensó él—, pero creo que confío en ti más que en nadie que haya conocido, aparte de Skie».
Mala suerte para ti, pues, Raeta.
—¿Y tu madre? —preguntó Tobias , intentando hablar de algo más agradable que el vómito real mientras comían.
—Murió. Por eso la estaba visitando.
«Buena esa, Tobias ».
—Lo siento.
—No lo sientes.
—Oye, uno puede ser un cabrón mercenario y aun así lamentar que se le muera la madre a alguien, ¿no?
Raeta soltó una carcajada seca.
—Sí.
—¿Y tu hermano? —«Por favor, que no esté muerto también», pensó en cuanto formuló la pregunta.
—Está bien. Zarpó de vuelta a Immish justo antes de que todo esto estallara. Consiguió un barco nuevo, baratísimo.
—¿Sí? Tuvo suerte.
—Eso pensó. De hecho, llamó al barco La suerte de otro .
Se llevó a la boca una cucharada de estofado, aunque no parecía tan satisfecha como con la cerveza. Sobre gustos no hay nada escrito. Llevaba cerdo salado, alubias y trozos de pan duro, y era de lo poco bueno que había encontrado desde que salió rumbo a Sorlost. Raeta alzó la vista hacia él.
—¿Tienes, qué, cuarenta años, Tobias ?
—Algo así.
—¿Y llevas toda tu vida adulta siendo mercenario? ¿Veinte años o más? ¿Veinticinco?
—Algo así.
—¿Y cuántos años crees que te quedan antes de que no puedas seguir y algún jovenzuelo te abra las tripas en mitad del polvo?
«Qué cabrona».
—No muchos. No con el estado en que me han dejado últimamente las cosas. Cinco años. Quizá menos. Quizá más.
«Dos, como mucho —pensó, con sus achaques y por cómo se estaba yendo todo a la mierda—. Luego estaré hecho picadillo, como la ballena de los muelles de Skerneheh».
—No parece que tengas muchas más opciones en la vida, salvo matar.
«Qué cabrona. Qué cabrona».
—Pues se me da muy bien tejer, para que lo sepas. Podría hacerte un terciopelo precioso.
—Ah, ¿sí?
Bajó la vista a sus dedos callosos, agrietados por el frío, llenos de cicatrices, con el pulgar izquierdo machacado y plano, deformados de manera que se adaptaban naturalmente al puño de una espada, dolorosos a todas horas.
—Sí.
—¿Quieres hacer algo más con tu vida, aparte de morirte, Tobias ?
—¿Hay algo más en la vida que morirse, Raeta?
Raeta bebió un sorbo de cerveza, tomó otra cucharada de estofado y le sonrió. Trozos de carne de cerdo. Humo. Dragones muertos, soldados muertos, bebés muertos, ballenas muertas. El príncipe Ti metido en muchas bolsitas empapadas.
—¿Quieres ayudarme a matar al rey, Tobias ?