La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

La gran festividad del Retorno del Sol llevaba ya seis días celebrándose, y no parecía que fuese a detenerse pronto.

Era sorprendente que alguien aún tuviera fuerzas, que alguien aún tuviera capacidad estomacal, que alguien aún siguiera consciente.

La gente de Pueblo Morr bailaba en las calles, besaba a desconocidos como si fueran antiguos amores perdidos.

Se levantó una enorme hoguera en la plaza principal; la madera estaba tratada con algún producto para que ardiera en color verde.

Bandas de hombres recorrían la ciudad, enmascarados con cuero, con ramas adornadas con huesos, cascabeles y cintas atadas a la cabeza para que parecieran astas de ciervo.

Llevaban cubos de brea. Antorchas, palas largas de cuero, cuchillos.

Embadurnaban de brea los marcos de puertas y ventanas, les prendían fuego y luego apagaban las llamas a golpes.

Gritaban «¡Suerte! ¡Suerte! ¡Suerte!» mientras bailaban.

En el risco sobre la ciudad, las altas torres de Malth Elelane estaban engalanadas con estandartes dorados, bordados con cascabeles dorados que repicaban noche y día.

Se habían alzado enormes coronas de ramas y cráneos de caballo sobre las puertas abiertas.

Las hogueras ardían en los patios, en los paseos de lo alto de las grandes murallas exteriores.

Allí también el humo era grasiento, las llamas verdes y demasiado brillantes.

El efecto general era impactante. Especialmente el centro del espectáculo.

Resultaba difícil no sentirse impresionado por un montón de cadáveres, con las cadenas sonando más fuerte que los malditos cascabeles cuando soplaba el viento.

Muy vistosos y festivos, colgados allí en el muro como si fueran guirnaldas; el pelo de la reina Elayne tenía casi el mismo color que los estandartes, donde no estaba cubierto de sangre y excrementos de ave, y aún brillaban fascinantes bajo el sol los vestidos enjoyados que habían llevado varias de las mujeres.

Tobias , por norma general, no aprobaba colgar gente de los edificios.

Lo habían hecho en Telea, en pleno verano, tras la caída definitiva de la ciudad, la tercera y última vez.

Todos los nobles, un par de mercenarios de alto rango, los mercaderes más ricos, un tipo que afirmaba ser mago.

Fue muy impresionante, metió el miedo de todos los dioses en los supervivientes teleanos y en cualquiera lo bastante estúpido como para no considerar a los immish un modelo de razón y buen gobierno; después un número elevado de personas se apresuró a entregar grandes pilas de cubertería enterrada y a decidir que la virtud de sus esposas e hijas era en realidad una cualidad muy sobrevalorada y perfectamente intercambiable por la ausencia de una cuerda.

Pero, por los dioses y los demonios, era un auténtico fastidio tener que entrar y salir de la ciudadela con gusanos y trozos de carne podrida cayéndote encima cada puta vez.

Costaba horrores quitarse ese hedor del pelo.

Claro que aquí no pasaba eso, teniendo en cuenta que nevaba y hacía un frío de muerte.

Pero cuando levantabas la vista hacia algunos de esos labios azulados y esas caras azules…

Casi era preferible que se pudrieran rápido a que se conservaran tan bien, como si con un buen baño caliente, una buena friega y un buen licor fueran a volver a la vida y se pusieran a andar.

La reina Elayne tenía un reguero de sangre congelada que florecía sobre el vientre; el príncipe Ti estaba en trozos tan pequeños que algunos habían tenido que atarlos en saquitos.

Pero incluso sus rostros eran dulces y perfectos, delicadamente escarchados por lágrimas congeladas.

Tobias los observó pensativo. Al joven príncipe lo había visto un par de veces de lejos, y no le había causado una buena impresión entonces.

La reina, en cambio, debía de haber sido deslumbrante, para una mujer de su edad.

El señor Gaeve, el primo de la reina, le había parecido un tipo bastante normal, para ser un noble, aunque había que admitir que lo que Tobias suponía que era su esposa tenía una cara como de yegua malparida.

Es curioso cómo eran las cosas.

Había gente merodeando alrededor de los cuerpos, mirando hacia arriba como solía hacer él.

Al principio pensó que los lloraban. Fieles y desconsolados.

Incluso llegó a pensar que eran opositores al nuevo régimen.

Pero más tarde, los picotazos de los pájaros hicieron que una de las joyas de Elayne se desprendiera, y comprendió su error.

La ciudad llevaba sepultada bajo la nieve desde el primer día del Retorno del Sol, reluciente, limpia, encantadora.

La gente salía en trineos o patinaba por los canales helados; la corte había salido, la segunda noche del festín, a celebrar un baile sobre el hielo.

A Tobias no le entusiasmaban ni el hielo ni la nieve —nacido y criado en Immish, sentía el frío más de lo que le habría gustado—, pero, por los dioses, era hermoso.

Había observado a unas muchachas patinar por el río, y aquello sí que había sido un espectáculo digno de ver.

El hielo podía romperse en cualquier momento y matarte. Afilado como cuchillas, frío como la muerte, quebradizo como los huesos de un cráneo. Las muchachas patinaban frescas, hermosas, inocentes. Lo sabían. Todas lo sabían.

—Deja de mirarlas.

Tobias se dio la vuelta. Era una mujer. Le resultaba familiar. Parpadeó.

—¿Raeta?

Bueno, ella era de las Blancas. Y todo el mundo y hasta sus perros parecían haberse reunido en Pueblo Morr para el Retorno del Sol: para beber, follar y tratar de echar un vistazo al nuevo rey.

—Has subido aquí cinco veces a mirarlos. No es que lo haya estado contando. Están muertos, Tobias . Y no te interesan para nada —dijo ella, acercándose.

Se la veía mejor que en el barco donde se habían visto por última vez, cuando él navegaba alegremente hacia Pueblo Morr para decirle al viejo Illyn que su hijo seguía vivo, sobre todo porque había podido lavarse el pelo y cambiarse de ropa en el último mes.

Llevaba puesta la capa gruesa y cálida que le había sacado a aquel mercader al que ninguno de los dos había oído nombrar jamás.

—Ya te dije que tu futuro era una cosa desagradable, Tobias . Y te dije también que tenías una suerte de mil demonios.

—Ah, tengo suerte. Solo me rompieron dos costillas, me torcieron el brazo izquierdo y me arrancaron medio pellejo de las piernas.

—Mejor que ahogarte. —Señaló la puerta de entrada—. Mejor que eso.

—Él me haría algo peor que eso.

—¿«Él»?

—No te hagas la ingenua y remilgada conmigo, mujer. —«¿Qué estoy haciendo, hablándote así? No puedo simplemente…». Sin poder evitarlo, le salió de pronto, como un estornudo—: ¿Qué te parece si te invito a comer?

—¿Quieres invitarme a comer?

—Sí, tengo suerte, desde luego. ¿Te acuerdas de esa bolsa de táleros de oro que olías en mí? ¿No los hueles todavía?

—No huelo nada más allá del humo —respondió, con una sonrisa helada—. Tengo entendido que a nuestro nuevo rey le gusta bastante el olor a quemado.

—Es verdad. Aunque huele mejor que la mierda de ballena y el agua salada, eso seguro. En fin, ¿comemos?

Se paró a pensar un instante. Sus ojos incluso brillaron un poco.

—¿En mi posada o en la tuya?

Bajaron hacia el pueblo lentamente. Los tipos enmascarados, con cuernos y cubos de brea, ya andaban por ahí, se tropezaban por las calles y amenazaban con prender fuego a las mujeres que no les dieran un beso. Una mirada fulminante de Raeta los hizo alejarse dando tumbos hacia la otra acera.

—¡Besitos o llamas, chicas! ¡Besitos o llamas! ¡Mi enorme palo para espantar a los demonios!

—A todo el mundo en este jodido lugar parece gustarle el olor a humo.

—Así que será un buen rey, entonces.

La posada de Tobias estaba cerca de la Puerta Thealeth, lejos del mar.

Una parte pobre del barrio rico del pueblo, lejos del puerto, con vistas a los campos de trigo y los bosques del valle de Thealan, a una buena caminata de Malth Elelane.

Casi podías fingir que no lo veías, si mirabas en la dirección adecuada.

No era una posada lujosa, pero tampoco especialmente mala.

Se necesitaba un sitio decente, con comida y una cama decentes cuando se tenían heridas de arma blanca, quemaduras, huesos aplastados por rocas y un pulmón lleno de maldita agua salada ardiendo de los que recuperarse.

Solo los dioses sabían lo que había tragado cuando estuvo a punto de ahogarse. Desde luego, él fingía no saberlo.

Había algo, por encima de todo lo demás, que, para su horror, se le antojaba parecido a un corazón roto. «Toda mi vida, y todo lo que he pasado, y aquí estoy, el mundo se ha ido a la mierda y el chaval es un puñetero rey, nada menos».

Fuera de la posada, más hombres enmascarados danzaban de un lado a otro; parecía que habían logrado prender fuego a una ventana y trataban de apagar las llamas a trompicones.

Se caían constantemente, tenían que ayudarse a levantarse entre ellos, mientras los cubos de brea ardiente salpicaban en todas direcciones.

Una mujer se plantó a gritarles. Un hombre, que quizá fuese el dueño de la casa, estaba sentado medio desnudo al otro lado de la calle, riéndose, mientras los copos de nieve se posaban sobre su pecho seboso.

Girando en círculos, los copos grandes descendían y las chispas se elevaban.

Caras tiznadas de hollín. Olor a sudor. Las sombras de cuernos y garras tambaleándose de un lado a otro. Alguien gritando «¡Besitos o llamas!».

Dentro de la posada, una mujer gateaba por el suelo del salón común con las faldas por encima de la cabeza, enseñando el culo. Dos hombres luchaban hasta que uno se desplomó con un golpe seco. Voces estallaban cantando una canción sobre el rey y su gran espada. Un sitio muy decente, sí señor.

«Apenas ha pasado el mediodía —pensó Tobias —. Ni siquiera he comido aún».

—Muy bonito —dijo Raeta. Sonó sincero.