La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo diecisiete #3
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Capítulo diecisiete #3

—¡Cabrón mentiroso, manipulador, vil mezquino!

¡Me usaste! Todas esas preciosas palabras sobre salvar la ciudad, sobre hacernos grandes otra vez, sobre los pobres y los hambrientos, sobre la necesidad de protegernos de la amenaza de Immish.

¡Y nos vendiste a los malditos Altrersyr!

¡Yo lo pagué! ¡Yo luché por ello! ¡Los Altrersyr!

¿Qué demonios te ofrecieron? ¿Qué cantidad podía ser suficiente para eso?

Choque. Asombro. Horror. Por un momento Orhan ni siquiera comprendió de qué hablaba.

—¡Le dije a Elis que creía en ti! ¡Que casar a Leada era parte de rehacer el Imperio! ¡Mi hermano! ¡Hice que mi hermano envenenara a su propio suegro en su propia casa!

—¿Elis? ¿Le dijiste a Elis que lo hiciera?

El rostro de Darath se tornó de color púrpura.

—¡Sí, le dije que lo hiciera! ¡Le pedí a Elis que matara al padre de su esposa! ¡Por ti! ¿Cómo demonios pensabas que lo había conseguido?

—Yo… No lo sé. Intenté no pensar en ello… Lo siento. Yo…

Darath volvió a golpearle en la cara, haciéndole gemir de dolor.

—¡Lo sientes! ¡Nos vendiste a los putos Altrersyr! ¿¡Qué coño te ofrecieron!? ¿¡Cómo pudo ser suficiente!? Sabes lo que le hicieron a la hija de Tam. Sabes lo que son. ¡Son mil veces peores que cualquier enemigo que hayamos tenido! ¡Muerte y destrucción a su paso! ¡Y tú nos entregaste a ellos!

La saliva se acumulaba en los labios de Darath. Lloraba. Nunca lo había visto tan furioso.

—¡Monstruos! ¡Nos vendiste a ellos, Orhan!

—No. Darath, no, por favor.

—¡Me vendiste a mí! ¡Me hiciste ayudarte! ¡Les di dinero!

—No…

El rostro de Darath era como el de un perro enseñando los dientes.

—Cabrón mentiroso, te odio, eres ponzoña.

—No entiendo… nada de esto.

Orhan se sentía como un hombre sin espada ni armadura, encogido, intentando protegerse con la mano extendida del golpe mortal.

—¿Qué demonios hay que entender, Orhan? Organizaste que el nuevo rey de las Islas Blancas incendiara el palacio, profanara el Templo, se llevara a la suma sacerdotisa.

¡Para que pudiera jactarse de ello con sus amigos de borrachera!

¿Por qué, en nombre del Dios? ¿Por qué? ¿Por qué?

¿Te prometió algo? ¿Tierras? ¿Títulos? ¿Oro?

¿Su amor? ¿Vas a huir a las Blancas para tener un puesto en su corte?

¿Cuánto tiempo llevas planeándolo? —Una luz horrible se encendió en los ojos de Darath—.

¿Por eso volviste a llevarme a la cama? ¿Para ganarte mi apoyo?

¿Para ayudarte a hacer rey a tu lindo amante?

—Pero ellos… eran simplemente una tropa contratada de Immish.

No sabía que tuvieran alguna conexión con las Islas Blancas.

¿Cómo iba a saberlo? ¿Por qué iba yo a hacer algo así?

¿Por qué habría hecho eso el rey Altrersyr?

Están muertos. Todos muertos. Los vi. La suma sacerdotisa Thalia está muerta, y los invasores eran de Immish, y todos están muertos.

Muertos. Muertos.

Sonaba patético, su voz era un susurro que se perdía como hojas secas arrastradas por el viento, mientras unos ojos afilados como cuchillas se clavaban en él.

En medio de todo, una voz, rota por la furia, gritaba: «Entonces te mataré».

El recuerdo lo golpeó con fuerza: un muchacho empapado en sangre hasta los ojos, cayendo hacia atrás en una explosión de cristal resplandeciente.

«Estábamos demasiado asustados para buscarlo —pensó Orhan—.

Nadie habría tenido el valor de hacerlo allí, en la oscuridad, con esos ojos observándote, acechándote desde las sombras».

Recordó cómo el muchacho alzaba la espada y a Tam temblando, gritando, perdiendo el control de sus propios intestinos. Tam rugía «Está vivo» mientras moría.

—¿Qué hemos hecho? ¿Qué has hecho? ¡Nos matará, Orhan!

Pagamos para que los hombres que atacaron el palacio murieran. Los matamos. A todos. Lo recuerdo. Creo que lo recuerdo. Los matamos.

Muertos.

Muertos. Muertos. Muertos. Muertos.

«Son todo lo que dicen que son. Y aún peores», había dicho Tam Rhyl cuando volvió de las Islas Blancas.

Había partido con la idea de que Tiothlyn Altrersyr se casaría con su hija.

Volvió con la niña retorcida de dolor, con las tripas fuera.

«Lo hizo él mismo —había gritado Tam Rhyl—.

Le envió una carta. Se lo contó. Si Gran Tanis fuese piadoso, borraría Malth Elelane de la faz de la tierra».

—¡No lo sabía! Por los cuchillos de Dios, te juro que no lo sabía.

—¡Mentiroso! ¡Maldito embustero! ¡Mentiras, Orhan!

—¡Lo juro! ¡No lo sabía! Lo juro por Gran Tanis…

—¡Mentiroso!

—No… Por favor, Darath. Por favor.

—¡Te mataré! ¡Lo juro! ¡Haré que tú y todos los tuyos muráis entre tormentos! ¡Lo juro!

Y eso fue lo más terrible que escuchó y que jamás escucharía.

Permanecieron callados; las palabras quedaron suspendidas en el aire, visibles como haces de sol, demasiado terribles para retirarlas. Ambos respiraban con dificultad, llorando, con la tristeza brotándoles del alma y el miedo en los ojos.

Orhan se arrodilló lentamente a los pies de Darath.

—Te juro por mi vida, por mi amor y por el día de mi muerte que no lo sabía.

Darath le miró desde arriba durante lo que pareció una eternidad. Inmóvil. Rígido como una piedra.

—¿De verdad?

—De verdad. Por mi vida, mi muerte y mi amor por ti. No lo sabía.

Darath emitió un suspiro tembloroso, que recorrió su cuerpo y el de Orhan.

—¿«Por tu amor por mí»? ¿Te acuestas con un sucio chapero de la calle y juras por tu amor por mí?

—Sí. Sí. Me follé a un sucio chapero en la calle y lo juro por mi amor por ti.

Se hizo un largo silencio. Entonces Darath se echó a reír como si fuera un hombre moribundo, consumido por la enfermedad.

—Y supongo que de eso también te arrepientes, ¿verdad? —Reía y lloraba mientras golpeaba el pecho de Orhan—. ¿Y supongo que tu chapero resultará ser el Último Rey Verdadero de Tarboran?

Orhan lo abrazó con tal fuerza que le dolía, casi luchando con él, sollozando «Lo siento» mientras las lágrimas caían por sus mejillas.

Fue entonces cuando un sirviente irrumpió, corriendo y visiblemente asustado por interrumpirlos, para anunciar que Bil había comenzado a dar a luz.