La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Orhan no lograba conciliar el sueño. Su mente no cesaba de darle vueltas a March, a Darath.

Pensaba en él, en el joven que vivía en una habitación miserable, cuyo ventanal daba a un callejón que emanaba el insoportable olor a orina.

Recordaba sus manos, firmes sobre las suyas, sus bocas entrelazadas mientras se follaban, los jadeos que se fundían en la penumbra, y el grito de triunfo al caer sobre aquel cuerpo, perfecto y, a la vez, decadente, empapado en sudor y vino de fuego.

Su piel, deliciosa, resplandecía con una intensidad desconcertante.

Sentía un deseo agudo y amargo, algo completamente diferente a todo lo que había sentido por Darath o por cualquier otro.

«Creo que sí lo disfruté», pensó entonces.

Y, sin embargo, no sentía culpa. Tal vez porque todo resultaba demasiado lejano, como si no pudiera haber sucedido en realidad. Había estado en casa, había dormido toda la noche, soñándolo. Ese hombre era tan solo el recuerdo onírico.

Yacía allí, con los ojos cerrados mientras evocaba su cabello negro, su piel oscura, y a March retorciéndose de fiebre, hasta que, entre sudores y convulsiones, se confundía con el joven, que se contorsionaba en un éxtasis fingido bajo el peso de Orhan.

Él mismo sentía la fiebre apoderándose de su cuerpo, privado de sueño.

Y como el descanso no llegaba, se levantó y se vistió.

Bil estaba despierta, sentada en el jardín, mientras escuchaba a la joven Nilesh leer en voz alta. Al verla, sintió una punzada de culpa que lo atravesó al notar su vientre, al imaginar al hijo que llevaba dentro. Sin embargo, ella lo ignoró. Bil sabía que él había cometido algo terrible.

Se quedó inmóvil en el vestíbulo de su propia casa, completamente perdido.

Debía ir al palacio. Tenía que hacer algo mientras esperaba que Darath descubriera lo que había sucedido y viniera a buscarlo.

«Por favor, ven a buscarme», murmuraba una parte de él. Entonces, una oleada de terror lo invadió: Darath podría ignorarlo. No vendría. No le importaría. Se acostaría con ese hombre, lo haría durante más tiempo, con más intensidad, mejor, y le pagaría más.

Les contaría a todos la verdad sobre aquella noche, sobre sus planes, sobre March y Tam…

«¡Muy bien, Orhan! Acabas de hacer la única cosa que, según todos los tratados, jamás debes hacer cuando tramas alcanzar el poder. Pero tal vez te perdone. Solo tienes que decirle que sigue siendo el mejor amante, ¿no es así?».

Bil entró en el vestíbulo, con aire cansado, las ojeras marcadas. Se pasó las manos suavemente por el vientre.

—Deberíamos contratar un catador de comida —dijo.

—¿Un catador? ¿Qué? ¿De dónde demonios vamos a sacar un catador?

Bil señaló hacia la puerta.

—Hay suficientes personas hambrientas en Sorlost.

—¡Eso es repugnante!

Ella se sonrojó hasta las orejas.

—Pero ¿quieres morir?

«Deberíamos conseguir un catador —pensó—. Probablemente March también se esté arrepintiendo de no haberlo hecho».

Debía volver al palacio, fingir que no había pasado nada, sumirse en el trabajo.

Reanudar aquellas tareas serias, monótonas y silenciosas que tan bien le habían funcionado el día anterior.

Ordenó que toda la escolta de guardias lo acompañara y dejó solo a cuatro en la casa y dos más encargados de la vigilancia.

Avanzaron en formación por las mismas calles que él había recorrido la noche anterior.

La gente se apartaba a su paso; algunos aún le lanzaban, de vez en cuando, miradas de respeto y admiración: el señor Emmereth, el que había salvado a la ciudad de la desesperación.

Pero la mayoría ya le dirigía susurros y miradas temerosas.

El asesino del señor Verneth. Una banda de hombres armados.

«¡Se está muriendo de un golpe de calor!», quería gritar Orhan a la multitud. «¡Un golpe de calor!». Si lo decía suficientes veces, quizá acabaría por hacerse verdad.

Cuando llegó a sus aposentos en el palacio, Gallus, su secretario, colocaba unas cartas sobre el escritorio.

Este lo miró por un instante, con la misma inquietud que el resto de la gente en la calle.

«Quizá debería organizar una gran fiesta —pensó Orhan—.

Ver cómo todos buscan excusas para no comer ni beber.

Deberíamos haberlo hecho antes de la boda; Darath se habría ahorrado una fortuna en el banquete».

—Buenos días, Gallus. —Escuchó su propia voz, quebrada, con un timbre nuevo que resultaba áspero e irritante.

—Buenos días, mi señor Nithque —respondió Gallus con formalidad.

Orhan contempló hastiado el montón de papeles.

—¿Algo de interés?

Hubo una pausa.

—Otra carta del Gran Consejo de Immish; exigen compensación por los comerciantes atacados durante la…, la invasión immish. Otra petición de los prestamistas, que reclaman reparaciones por la destrucción de sus propiedades durante, emm…, lo mismo.

Se hizo otra pausa.

—También hay chismes de la corte de Chathe: el príncipe Heldan parece reacio a considerar una esposa ithish. De la corte de Allene llegan noticias de que la reina Amnaia está embarazada de nuevo, padre desconocido. Sus hijos mayores están molestos, como era de esperar.

Una nueva pausa.

—Y esto.

Le entregó un pergamino a Orhan.

Eran chismes provenientes de Malth Tyrenae, la corte ithish. Los ithish, igualmente reacios a considerar al príncipe Heldan como esposo de una princesa ithish, han provocado gran molestia en la delegación chatheana, cuyos miembros fruncen el ceño con desdén.

Se están marchando a toda prisa, amenazando con terribles represalias por el insulto a su príncipe.

Sí. Pero todo esto ha pasado prácticamente desapercibido, pues el rey y toda la corte están muy ocupados con las noticias procedentes de las Islas Blancas; de hecho, apenas se habla de otra cosa.

Ha habido un gran caos allí, se dice que el viejo rey ha muerto.

Ambos hijos reclaman el trono en su lugar.

Todos creen que habrá guerra entre ellos.

Y eso a pesar de que, como ya te conté hace unos meses, se decía abiertamente que el hijo mayor, el hijo de la princesa Marissa, había muerto.

Orhan lo contempló atónito.

—Una guerra civil… Gran Tanis, qué estupidez la de esta gente. Pero quizá logren mantener ocupados a los ithish. Incluso podría distraer a los immish. Dos muchachos. Los immish podrían sentirse obligados a apoyar al hijo menor contra los ithish. O quizá…

«Pero no entiendo por qué estás tan nervioso —pensó Orhan viendo el rostro de Gallus—. Tienes miedo, Gallus. ¿Por qué, en el nombre del Gran Tanis, ibas a tener miedo de esto?».

—No, mi señor Nithque. —Gallus señaló un pasaje a mitad de la página—. Yo… Leed desde… esta parte de aquí. «El príncipe mayor, Marith , el hijo de la princesa Marissa, tiene consigo a una mujer…».

El príncipe mayor, Marith , hijo de la princesa Marissa, tiene consigo a una mujer sobre la que se cuentan historias muy extrañas.

Se dice que ella es la suma sacerdotisa del Gran Tanis, el Señor de los Vivos y los Muertos, Aquel Que Gobierna Todas las Cosas, el Dios Único de vuestro Imperio de Sorlost. Afirman que el propio príncipe ha presumido de ello.

Vos sabréis, por supuesto, que él asegura haber estado en Sorlost, e incluso haber liderado un ataque contra el Palacio Imperial.

Sobre este asunto también circulan historias muy extrañas, aunque yo mismo ya no las creo.

Según lo que entendí de vos, fueron los immish quienes atacaron el palacio, aunque ellos lo niegan.

Pero, claro, era de suponer. Volviendo a mi relato: se dice que la mujer es joven, casi salida de la infancia, y muy hermosa, con la piel oscura, el cabello negro y los ojos azules.

¿No se describe así a la suma sacerdotisa?

Aquí todos están confundidos al respecto, porque también corre una versión que asegura que tanto la suma sacerdotisa de Sorlost como el propio emperador están muertos.

De esto hay muchas dudas; que el emperador esté muerto sé que es falso, pues vos mismo me lo dijisteis.

Sin embargo, quienquiera que sea ella, se dice que el príncipe está completamente enamorado de ella, y ha ordenado que la llamen «reina», con planes de casarse con ella…

Aunque recordaréis que el año pasado se decía que estaba igual de enamorado de un joven noble, quien ahora está muerto…

Muerto.

Muerto.

—¿Lo veis, mi señor? —dijo Gallus.

Orhan dejó el papel sobre la mesa. Le temblaban las manos.

El hedor asfixiante de carne quemada y sangre que se extendía lo envolvió de golpe.

«Voy a vomitar», pensó. El mundo giraba, el suelo se desmoronaba en una oscuridad inestable y vacilante.

«No es verdad. Son cuentos. Delirios. Sueños.

Mentiras». Un peso terrible se le aferró a los hombros, sintió que llevaba mil años encima, enfermo desde las entrañas hasta la coronilla. «Voy a vomitar —pensó—. Voy a vomitar».

—¿Mi señor? —Gallus lo miraba, aterrorizado.

—¿Quién…, quién más sabe de esto? ¿Quién lo ha visto?

—Nadie más que vos y yo, mi señor Nithque —dijo Gallus. Y añadió—: Por ahora.