Capítulo diez #2
—Me las arreglé antes de que llegaras. Me atrevería a decir que puedo volver a arreglármelas. Aunque te agradezco tu consideración. —Los ojos de Ru, llenos de legañas, parpadearon—. No busques venganza, Lan.
—¿Venganza?
—El mar y el cielo tienen sangre en ellos. Te hicieron una gran injusticia. Pero no busques venganza.
«¿Por qué no?», pensó Lan.
Ru la miró y leyó la pregunta en su rostro. Recogió el hilo.
—Ven y siéntate, probemos de nuevo con el hilo grueso para tejer.
«Pero ¿qué me queda —pensó Lan— salvo la venganza? Por eso dejé que los demás murieran, ¿no? Para poder vengarlos». Las palabras le brotaron de golpe, como agua que se derrama:
—Vi a mi hermana morir. Vi a mi madre morir. Corrí hacia la oscuridad y me escondí. Corrí. Las dejé morir. Para vengarlas.
En su mente resonaba el estruendo de las piedras al quebrarse, el rugido del fuego que avanzaba en oleadas, los gritos. Más que gritos humanos. Garras en el cielo. Ahora, cuando lo pensaba, veía ojos ensangrentados.
—Lo traje aquí para vengarme —dijo Lan—. Por eso lo traje aquí. Para vengarme. Para destruirlo. Y por ello pasó todo eso. Porque lo traje aquí.
Todo esto, porque la señora Landra no pudo vivir sabiendo que él seguía vivo. Todo esto, porque la señora Landra estaba llena del deseo de venganza.
Se hizo el silencio.
—Sujétalo suavemente —dijo Ru, ignorando sus palabras— con la muñeca relajada.
¿Ves? Con cuidado. Haz que el hilo adquiera suavidad a medida que lo giras.
Para conseguir una tela suave. Un huso de hueso es lo mejor.
Da suerte. Queremos que sea fuerte y flexible como las extremidades de los jóvenes.
Fuerte, flexible y suave. El hueso de caballo es lo mejor de todo, si puedes conseguirlo, claro está.
Eso es, suéltalo, ¿ves? ¿Sientes la diferencia ahora?
El huso giraba y formaba un pequeño gusano de hilo grisáceo. Lan asintió.
—Hel, para el calor y el consuelo. Benth, a salvo de enfermedades. Anneth, para ahuyentar los piojos. Dilo mientras hilas. Hel. Benth. Anneth. Hel. Benth. Anneth. Calienta la tela. Suaviza la tela. Calienta al que la lleve. Suaviza la tela.
Mantener a alguien caliente y cómodo. Mantenerlo sano y libre de piojos. Peores cosas hay en el mundo, desde luego. Y lo bien que viene.
—Hel. Benth. Anneth. Hel. Benth. Anneth. Una capa para resguardarse del invierno. Una manta en una noche fría. Una cama para dormir y engendrar hijos. Un sudario para el cadáver de un anciano. Hel. Benth. Anneth. Hel. Benth. Anneth.
La señora Landra había salido de una tienda en Sorlost y había visto pasar ante ella el rostro de Marith . Fue incapaz de apartar la mirada. «Te mataré», le había gritado. Él se había vuelto hacia ella y había respondido: «Vosotros sois los que vais a morir».
Si hubiera salido por la puerta un momento antes o después. Si hubiera descartado aquel vistazo como una ilusión. Si hubiera apartado la mirada.
Lo habría dejado en paz.
« Marith debe morir», pensó.
—Tengo que irme, Ru —dijo Lan.
—Ya lo has dicho. Te quedas unas semanas para conseguirme provisiones.
—Ru interrumpió su labor y soltó el hilo—.
Si encontrases a alguien del pueblo que me echara una mano, sería una bendición.
Que se ocupe de las cabras, que trabaje el campo junto al arroyo Pelen.
Pero no busques mi piel. —Ru retomó el huso—. Y no busques venganza.
Así que quedó decidido. Un granjero de la aldea tenía una hija que se iría con Ru, se instalaría, haría el trabajo, se haría su sitio mientras Ru siguiera viviendo allí para hilar la lana y descansar en el rincón que había ocupado Lan.
Ru obsequió a Lan con aquella tela dorada que olía mal.
—Ya no tiene ningún propósito —le dijo a Lan—. Ahora ni siquiera puedo ir a la orilla a recoger más hilos.
—Podrías enseñarle a Kova, cuando llegue.
—Podría.
«He hecho cuanto estaba en mi mano —pensó Lan—.
Kova dirigirá la granja mucho mejor que yo.
Cuidará las cabras con más destreza, preparará mejor la comida.
Tal vez encuentre incluso un esposo, o quizá ya lo tenga en el pueblo; criarán hijos que Ru mimará como una abuela.
Cuando llegue su hora, la sepultarán junto a la orilla».
«Y piezas de oro y plata florecerán sobre su tumba —pensó Lan—, y todos vivirán felices en un palacio de mármol, y el sol siempre brillará. Mátalos a todos, quémalos y escúpeles en las cenizas. El mundo es un lugar cruel».
—Toma esto también —dijo Ru.
Le dio un pequeño huso de hueso. Lan lo miró.
—Es de hueso de caballo —dijo Ru—. Lo hizo el padre de mi marido.
Estaba desgastado y amarillento. Viejo.
—¿Cuántos años tienes, Ru? —preguntó Lan.
Pensaba en los relatos de los seres del mar que había oído. Inmortales. Sin edad. Dioses. A Carin le habían fascinado, pero a ella nunca le interesaron mucho. Gente campesina. Cosas del mar. También cosas de hombres. Violación, secuestro y deseo. Quedarte con algo que no es tuyo.
Cosas débiles.
—Muchos —dijo Ru.
Y Lan pensó de repente: «No necesito preocuparme de que muera. ¡Qué tonta soy!». Guardó la tela amarilla y el huso de hueso en su mochila, junto a la varita de sauce.
—Hel, para el calor y el consuelo. Palle, la suavidad brillante de un mar tranquilo.
Kova llegó a la mañana siguiente; era fuerte y sencilla, y tenía unos ojos de un verde intenso.
«Parece amable», pensó Lan, evaluándola con una nueva forma de juzgar que Landra Relast no había conocido.
Tenía las manos fuertes, curtidas por el trabajo.
Su rostro era manso. Se mostraba algo temerosa de Ru. Tal vez sabía lo que era Ru.
—Hay jabón y velas en el armario junto a tu cama —le dijo Lan a Ru.
No mencionó que había cambiado el anillo de plata que había llevado por ellos. A Kova le dijo:
—Hay pan en la despensa, harina y mantequilla en los recipientes. Ordeñé las cabras esta mañana. No dan mucha leche. Hay una buena mata de menta de invierno en el sendero que va hacia el arroyo Pelen, cerca del gran fresno. A Ru le gusta en el estofado.
La condujo al huerto tras la casa, ahora vacío salvo por la col rizada negra, cuarteada como el cuero.
—Ru intenta hacer más de lo que puede —le dijo Lan a Kova—. Piensa que es más fuerte de lo que es. Cuídala y será amable contigo.
Kova la miró con sus intensos ojos verdes y el rostro apacible, sus manos fuertes curtidas de trabajar.
—Tengo una hermana que se va a casar con un pescador, señora —dijo Kova.
Tiene que haber gente bondadosa en este mundo.
Y eso fue todo. Lan partió sin prisa por el sendero hacia el pueblo.
En el pueblo corrían rumores sobre lo que acontecía en los salones de los señores: barcos y soldados convocados a Malth Elelane, murmullos de guerra.
Lan caminó despacio por la carretera costera.
Volver a recorrer el camino, sola, era lo peor.
Sin su nombre y su riqueza, no era nada.
Qué extraño resultaba. Así había sido Marith , pensó, con la mente adormecida mientras caminaba: sin nombre y sin poder.
Recordó a Thalia en los páramos, tropezando en el frío, la expresión en los ojos de Marith cuando la miró.
No era de extrañar que estuviera tan enfadado.
Pero esto era también lo que él había querido, reflexionó: no ser nada, ser quien recibe el daño en lugar de quien lo inflige.
«Yo era feliz —había dicho él—. Yo no pedí volver.
Ser rey». Por un breve tiempo, pensó, por un instante él había logrado escapar.
Caminó durante todo el día. Intentó no pensar en Ru resguardada del frío en la casa sucia y húmeda.
Por la tarde, se detuvo en una posada del camino, y se acurrucó en el rincón más alejado de la puerta, temerosa de que alguien llegara.
Restos fríos y grasientos de carne, pan, agua: colocó un poco de cada cosa con cuidado ante la piedra sagrada en la entrada y vio la gratitud en su cara vacía sin rostro y sin ojos.
Antes de intentar dormir, sacó su mochila y miró las cosas que tenía.
Un huso de hueso de caballo. Un retazo de tela amarilla.
Una ramita rota que estaba atada a su piel.
Un anillo de oro estampado con un pájaro en vuelo, el emblema de su padre.
—Eltheia —rezó mientras se acurrucaba sobre el saliente de piedra para dormir—. Eltheia, la más hermosa, protégeme, protégeme.
Se durmió con el huso de hueso en la mano, seco y suave, con el borde astillado.
Era un hueso amarillo y viejo, perforado por pequeños orificios, tallado del hombro de un caballo de granja cuyo galope escuchó en sueños.
Las criaturas que caminaban por los senderos de los liches pasaron junto a ella sin molestarla.
—No voy a buscar venganza —dijo en voz alta al despertar, viendo la escarcha blanca sobre el suelo oscuro—. Voy a reducirlo a la nada. Como él quiso ser.
Un pájaro voló graznando desde los árboles.
Las cosas que caminaban por los caminos de los liches pasaron a su lado. Se rieron.