La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo once
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Capítulo once

Un cuerpo yacía boca arriba sobre la arena de la playa, bajo la lluvia. Estaba en la orilla, donde el vaivén de las olas mecía su cabeza de un lado a otro. Su piel era muy blanca.

Thalia lo contempló durante un largo rato.

Movía la cabeza sin cesar, como si aquel gesto repetitivo encerrara algún mensaje oculto.

«Un cadáver —pensó—. Una cosa muerta, abultada y deshecha por el agua.

Hinchada y llena de sal». En el pecho se le abría una herida irregular, señal de que la muerte le había llegado antes que el ahogamiento. El mar había reclamado su sangre.

—¡Aquí hay otro! —gritó una voz desde otro extremo de la playa.

Dos soldados se acercaron a ella, tomaron el cuerpo por los brazos y lo arrastraron hacia las piras que ardían en la orilla, donde la arena se mantenía seca.

Madera flotante, cañas y carne muerta. La sal crepitaba y se consumía en llamas de un amarillo brillante; alimentaban el fuego con brea para mantener las llamas altas, a pesar de los cuerpos mojados por la lluvia.

Thalia los observó arrastrar el cuerpo, cuyos pies dejaban surcos en la arena.

Osen Fiolt bajó por la playa hacia ella. Se detuvo y asintió con la cabeza en su dirección.

—El grupo de asalto ha vuelto —dijo.

—¿Y?

—Tienen algo de pan. Pescado seco. Cerveza. Al menos no moriremos de hambre.

—No moriremos —dijo Thalia —. No moriremos. No moriremos. Yo no moriré.

El rostro de Osen vaciló mientras miraba hacia la playa, donde los hombres trabajaban en las piras y alimentaban las llamas con madera empapada en brea. Los esqueletos de los barcos se consumían solos.

—Con este viento no podremos zarpar, y Tiothlyn tampoco podrá, que es lo único que juega a nuestro favor. Pero acabará viniendo. Y entonces moriremos todos.

—Vencimos… —no sabía muy bien cómo decirlo— a su padre, a su hermano…

«¿Qué sé yo? —pensó de nuevo—, ¿qué sé yo de padres y hermanos, estas palabras de otro mundo, que jamás he pronunciado, ni siquiera en mi lengua materna? Palabras vacías, y aun así decirlas duele, decir lo que ha hecho».

—Vencimos al rey Illyn. Podemos vencer a Tiothlyn.

—Lo que ocurriera en Malth Salene… —Osen negó con la cabeza—.

No estuve allí, por supuesto. Así que quizá podrías pedirle que haga otra vez lo mismo.

La verdad es que me sorprende que Ti no haya llegado ya.

El rey Illyn habría puesto a sus hombres en marcha durante toda la noche a nuestras espaldas, y habría seguido a los barcos por la costa.

Pueblo Morr está a menos de un día de camino.

Hizo un gesto hacia el humo de las piras.

—No es que no pueda saber dónde estamos.

—Entonces lo destruiremos —dijo Thalia .

«Vi lo que hizo Marith en Malth Salene —pensó—. Vi morir a todo el que se le opuso. Sé lo que él es. Lo que hay en él. No moriré aquí. No lo haré».

—¿Destruir a Tiothlyn? Degollará a los hombres como si fuesen perros, Thalia . A los que no hayan huido ya. Pero no, seguramente espera eso mismo. ¿Por qué matarnos él mismo si nuestros propios hombres pueden hacerlo por él?

Los hombres yacían en refugios improvisados, ateridos por el viento, mientras respiraban el humo de la carne que se quemaba.

Pero lucharían. Lo sabía, al mirar sus rostros, ella, que había presenciado la caída de Malth Salene.

Lucharían por él. O los haría luchar, si era necesario.

Pero tal vez morirían de todos modos. Más huesos rotos en la orilla, sepultados en la arena como los restos de los barcos.

Dirigió la mirada hacia los refugios que salpicaban la hierba más allá de los juncos, como llagas de peste sobre el paisaje.

«Nadie —pensó entonces—, nadie cree que va a morir.

No creo que su padre pensara que iba a morir.

Su padre, su hermano… debieron de creer que vencerían».

Recordó los ojos de los sacrificios para su altar, que la miraban fijamente mientras ella se alzaba ante ellos con el cuchillo en las manos, la suma sacerdotisa del Gran Tanis.

Y, sin embargo, en sus ojos había cierta seguridad de que no iban a morir, de que su cuchillo no los mataría realmente, incluso mientras los mataba.

«Pero yo no moriré aquí —pensó—. No voy a morirme».

—¿Por qué sigues aquí, entonces, señor Fiolt? —preguntó Thalia —. ¿Por qué no has huido ya? ¿O por qué no lo has matado?

Recuperó algo de la antigua pose de dignidad del Templo, e invocó su estatus como la mano y el cuchillo del Dios. «Si esto ha terminado, si estoy rota y voy a morir aquí, al menos me queda eso».

—Porque… —Se frotó los ojos—. Podría hacerte la misma pregunta, suma sacerdotisa Thalia .

«Tienes razón», pensó Thalia . Se miraron. Tal vez compadeciéndose el uno del otro. Por estar atrapados en esta situación. Por no poder marcharse. Por haberse dejado seducir por lo que se les ofrecía. ¡Realeza! ¡Victoria! ¡Gloria! Esa era la promesa reflejada en el rostro de Marith .

Osen apartó la mirada de ella. Miró de nuevo los cuerpos que ardían entre chispas de sal y brea. Respiró hondo, y Thalia pudo ver cómo sus fosas nasales se dilataban al inhalar el humo. Tenía la mano sobre la empuñadura de su espada y la acariciaba.

—En cualquier caso, aquí estamos. El grupo de asalto ha regresado —dijo Osen de nuevo—.

Ahora al menos tenemos comida. Eso es todo lo que vine a decirte.

Haré que te traigan algo. Y a nuestro Rey también.

Pondré guardias esta noche. Con suerte, no nos masacrarán mientras dormimos.

—Se frotó la cara de nuevo—. Pan, cerveza y pescado seco.

Algunos puede que incluso se queden aquí a morir con nosotros, si los alimentamos.

—Gracias, señor Fiolt.

«No voy a morir —pensó—. Le perdoné la vida a Marith hace muy poco».

La promesa en el rostro de Marith …

Thalia regresó al refugio que habían levantado para su rey: lona de vela, maderos de barco y ramas.

La arena cedía suave bajo sus pies; después vino el crujido de los guijarros al subir por las dunas y descender entre los juncos hasta la hierba rala y yerma de la llanura.

Los rostros de los hombres la seguían mientras caminaba.

Tal estaba sentado frente al faldón raído que hacía de entrada a la tienda, envuelto en su capa, con la espada sobre las rodillas. Inclinó la cabeza cuando Thalia entró.

—¿ Marith ?

Estaba sentado mirando la pared, donde la lona rasgada dejaba filtrar un rayo de luz tenue.

—¿ Thalia ?

—Los hombres han traído algo de comida del pueblo. Osen Fiolt está preparándonos algo de comer.

No hubo respuesta. Ella se sentó junto a él.

—Lo siento —dijo él.

—Sí.

—Pensé… Pensé… Deberían haberme recibido. Ellos estaban allí. Mi hermano. Mi madre…, mi madrastra. Deberían haber… Deberían… Lo siento. Ah, dioses. —Soltó una risa amarga—. Te dije que tenía miedo de que vinieras. Pero realmente pensé… Es mi madre. ¿Cómo no me iba a recibir?

Thalia recordó el rostro de Marith en el desierto, sus ojos suaves y tristes, luminosos como estrellas; lo recordó también en la mañana dorada, radiante, vivo, desbordante de alegría, amor y orgullo.

Y pensó en Ausa, la sacerdotisa del Templo, su amiga, a quien ella misma había castigado, mutilado y arruinado, y que, sin embargo, había preguntado por ella con afecto cuando todo hubo terminado.

«Quizá —pensó—. Quizá lo habrían recibido de nuevo, a pesar de todo, si él hubiera podido verlos. Quizá aún lo harían».

—¿Sabías que Hilanis el Joven desolló a su hermano vivo?

—dijo Marith —. Su esposa llevó un vestido hecho con esa piel el día en que fue coronado.

Mi tatarabuelo. Desolló a su hermano mayor vivo.

Una vez encontré una antigua túnica de cuero, guardada en un armario, y durante años pensé que era la piel de Tareneth.

Había una marca en ella que incluso pensé que era una mancha de sangre.

Hasta que Ti señaló que tendría que haber medido ocho palmos de ancho y seis de alto.

O quizá no.

Sintió un dolor que se le clavaba como cuchillos. La inmundicia de estas personas. La inmundicia de este mundo.

Marith cerró los ojos.

—Que Ti se quede con esto. Yo bajaré a la playa y moriré allí. Tú deberías volver a Sorlost. Con tu dios. Sé libre.

Volvió a sentir aquel dolor punzante.

Las paredes del Templo se cerraban a su alrededor mientras la luz se desvanecía poco a poco. «Hui de eso —pensó—. No voy a volver».

—Deberías arrepentirte —dijo ella.

La puerta de la tienda se abrió de golpe. Osen apareció allí, con Tal detrás de él, asustado y exaltado al mismo tiempo.

— Marith , mi rey. Barcos. Hay barcos en la bahía.

Los ojos de Marith se abrieron lentamente.

—¿Barcos…? ¿Cuántos?

—Diez navíos de guerra. Grandes. Pero no son de Ti. No proceden de las Islas Blancas.

—¿No son de Ti…? ¿Entonces de quién son?

—Yo… no estoy seguro. Es difícil saberlo, con esta oscuridad. Y navegan a vela contra el viento. Sin remos. Contra el viento.

Marith se levantó, se frotó la cara.

—¿Contra el viento? —Frunció el ceño—. Reúne a los hombres.

Se pasó los dedos por el cabello, no esperó a ponerse la armadura, sino que se ajustó la espada al cinturón y se abrochó la capa empapada en sangre al cuello.

Thalia lo siguió hacia fuera; Osen y Tal lo siguieron por detrás.

El campamento a su alrededor se había convertido en un hormiguero: los hombres corrían para armarse, abandonando las comidas, esparciendo los dados y las bebidas bajo sus pies.

Las voces gritaban y pedían orden y disciplina.

El caos trataba de convertirse en algo parecido al ejército de un rey ante su presencia.

En la playa los juncos susurraban y temblaban.

Un grupo de hombres observaba el mar. Divisaron luces sobre el agua; los barcos se acercaban silenciosos como sombras en la oscuridad.

Lo hacían sin remos, de hecho, y navegaban con velas hinchadas en dirección contraria al viento.

Se escuchó un grito que provenía del primer barco, seguido del chapoteo de un ancla al caer.

Una lancha se aproximó con los remos centelleando con los reflejos de luz.

Alcanzó la rompiente en la orilla: los hombres saltaron y la empujaron sobre la arena para sacarla de las olas.

Un hombre descendió con cuidado, flanqueado por sirvientes.

Cruzó la arena hacia Marith , y Marith avanzó hacia él.

El hombre sonrió, su rostro pálido a la luz de las antorchas.

—Rey Marith .

Marith intentó sonreír de vuelta.

—Tío Selerie. Bienvenido.