Capítulo ocho #3
En realidad, no reflexionaba sobre nada de esto —solo se concentraba en mantenerse vivo y matar a quienes querían matarlo—, pero algo se agitaba en su mente, una nueva forma de liberación mezclada con interrogantes.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué estoy aquí, por qué quise que Marith fuera rey, por qué hago esto?
Las preguntas martilleaban al compás de los choques de acero, el crujir de las maderas, el repiqueteo del hierro contra el bronce.
Una espada le dio en el brazo, lo machacó y le arrancó la armadura del codo, mellando el filo enemigo, pero ahora el brazo, que ya venía debilitado de Sorlost, quedaba expuesto.
La pierna le punzaba y cedía con cada vaivén de la nave, que lo obligaba a resbalar y luchar por el equilibrio.
Mal asunto. Muy mal asunto. Alcanzó a herir a uno de sus rivales en el hombro y este se replegó con un gemido, pero su compañero cargó de nuevo al advertir la armadura rota y el sudor gris que perlaba su rostro.
Mal asunto. Oh, joder. Joder, joder. No quiero morir, pensó Tobias . De verdad que no quiero morir.
No tenía más opciones que el filo de una espada o el mar.
Saltó.
El agua fría le sabía a sangre en la boca.
Oh, dioses, no distinguía nada en aquel caos líquido de sal, espuma y oleaje que le abrasaba los ojos.
Los cortes le escocían, el peso de su armadura lo hundía, el frío metal despreciable le golpeaba la piel, el cuero mojado le tiraba de los hombros.
Sus brazos y sus piernas luchaban desesperadamente por mantenerse a flote, unos dedos extraños bailaban en torno a sus tobillos.
Vislumbró grandes colmillos curvados que se abrían y se cerraban, lanzando feroces dentelladas bajo la superficie, donde todo era tiniebla y el agua se colaba en su boca.
Sacó la cabeza a la superficie escupiendo, con la boca cauterizada por la sal y los ojos ardiendo, mientras forcejeaba por liberar las piernas del lastre de la armadura que lo succionaba hacia las profundidades.
Las bestias dentadas —joder, las veía rodeándolo— agitaban el agua en remolinos violentos.
Los jirones de fuego maldito hedían y crepitaban, la nieve flagelaba las olas y se desvanecía en vapor al tocar las llamas.
Se hundió otra vez en las tinieblas y emergió de nuevo, asfixiándose, dando patadas a algo que quizá intentaba atraparlo, joder, voy a morir, no quiero morir, no quiero morir, hostias.
Bajo la superficie se abría una negrura sepulcral, como la de una puta tumba; no solo moría, sino que lo enterraban en vida.
Debería haber dejado que me apuñalaran. Habría preferido morir de una puñalada rápida y cubierto de sangre.
Un barco enorme se le venía encima como un muro negro combado con ojos escarlata que lo observaban.
Palpitaba con una vitalidad que superaba la de cualquier criatura que hubiera conocido.
El agua volvió a inundarle la boca y se deslizó entre sus labios cerrados, mientras unas extremidades se extendían hacia él y le apresaban las piernas, dedos largos y gélidos que se enrollaron en torno a sus brazos.
Medio remo apareció junto a él; humeaba por un extremo.
«Está ardiendo», pensó, pero lo agarró de todos modos, desesperado, con una maravillosa sensación de triunfo.
Dio unas patadas y logró moverse. Seguía hundido hasta el cuello, apenas la cabeza fuera del agua, las olas le batían el rostro, flotaba sin rumbo alguno y, cierto, aquello que aferraba se consumía en llamas, pero al menos no se ahogaba ya.
El brazo cercenado de alguien pasó a su lado; la sangre brotaba en espirales desde el muñón.
Apareció un trozo de madera también en llamas.
Después algo que podría haber sido prácticamente cualquier cosa: rojo, negro, blanco y con aspecto de masa.
¿La cabeza de alguien? ¿Una pala rota? ¿Cabos y jarcias?
Tobias alzó la vista. Otro barco se hundía; proa y mástil ardían; tenía un gran boquete en el costado que semejaba una boca destrozada.
Los ojos rojos seguían mirando, desesperados.
Los hombres se aferraban al mástil en llamas, a la proa ardiente.
Se sumergía haciendo un ruido como el de un anciano al beber.
El mar hervía. Seguía ardiendo. La luz parpadeaba bajo el agua.
Burbujas de aire, después nada. Los supervivientes flotaban aferrados a fragmentos de madera.
Otra embarcación se aproximó; los náufragos gritaron y agitaron las manos, pero silbaron flechas y uno de los hombres se hundió y desapareció.
El barco pasó por encima de los que flotaban; iba directo hacia una tercera nave y avanzaba con rapidez; los hombres del tercer barco gritaron y Tobias comprendió que iba a embestirlos.
El impacto levantó olas que le azotaron el rostro.
Giró, cegado y ahogándose, aferrado a su pala ardiente.
Cuando pudo ver de nuevo, la nave embestida se hundía entre llamas.
Las corrientes lo arrastraban, atrapado en los torbellinos de las naves en movimiento y los barcos que se hundían.
La fuerza del agua lo asombraba. La nieve arreciaba, un viento se alzaba y flagelaba las olas.
Espuma blanca. Risas en el agua, brazos largos, cabello largo, dientes largos.
Una nave se sumergió con los hombres a bordo que gritaban, y los caballos blancos galoparon sobre ellos y los golpearon hacia las profundidades donde otras criaturas los aguardaban.
Dos embarcaciones más colisionaron entre sí y destrozaron tablones y remos.
Los hombres luchaban sobre cubiertas resbaladizas de sangre, nieve y fuego maldito.
El cielo se ensombrecía con el amarillo y gris de una moradura.
«Si Tiothlyn gana —pensó Tobias —, puede que no se muestre muy magnánimo».
«Si Tiothlyn gana —pensó Tobias —, estoy jodido».
«Si Marith gana —pensó Tobias —, también estoy jodido».
Considerando que vendí al chico a Landra Relast y demás…
¿Por qué diablos lucho por él? Yo quería matarlo. Y seguramente él quiere matarme a mí. Yo desde luego lo haría en su lugar.
La idea lo golpeó como un jarro de agua fría, pero dado su estado actual, sería una broma de mal gusto.
Ese maldito bastardo venenoso de Marith . Ese enfermo, vil, degenerado hijo de puta. Algo se removió en su mente, como si se quitara un peso, como si una nube se apartara y el aire pasara de frío a cálido.
Quería matarlo. Quería que estuviera muerto.
¿Qué estoy haciendo aquí luchando por él?
Comenzó a patear en el agua e intentó dirigirse a algún sitio concreto.
Preferiblemente hacia algo que se pareciera a tierra firme, preferiblemente que no fuera la ciudad y que no hubiera batalla bloqueando el camino.
Lo que dejaba como única opción unas rocas negras y afiladas en el cabo que rodea la bahía, muy puntiagudas y muy feas, y otra vez no podía dejar de pensar en dientes.
Como si una puta cosa enorme hubiese aterrizado allí y abierto la boca. Rocas de dragón.
Sin embargo, si algo tienen las rocas, es que están en tierra firme.
La gente casi nunca se ahoga en las rocas.
Si logra subirse a ellas. Si él lograba subirse a las rocas.
Pataleaba y daba manotazos con la pieza de madera ardiente, hundiéndose más en el agua, que aún resplandecía en llamas.
Su armadura era tan, tan pesada. Le dolía el estómago por el agua salada que había tragado.
También comenzaba a tener frío. Congelada estaba el agua.
Donde no estaba hirviendo. El viento helado en su cabello mojado.
Sus dientes comenzaron a castañear, un dolor frío y entumecido le atravesaba las piernas.
Le apretaba el pecho. Le dolía el brazo. Le dolía la pierna.