Capítulo ocho #2
La madera salada, empapada en brea, bien curada y húmeda resulta… sorprendente cuando explota.
Dos rocas más: el barco se sacudió con violencia cuando las olas lo alcanzaron desde ambos flancos. Olas hirvientes. Olas verdes. Olas en llamas. Las maderas del casco comenzaron a desprender un olor extraño, como de leña chamuscada. El casco empezó a humear.
¿Qué pasaba? ¿Que el rey Marith se había olvidado por completo de que Pueblo Morr tenía dos gigantescos trabuquetes de fuego maldito instalados en el puerto, ante la remota posibilidad de que a alguien se le ocurriera invadir por mar un reino insular?
¿O tal vez nunca los había visto? ¿O pensaba que eran meramente decorativos?
—¡Arqueros, tensad!
—¡Arqueros, soltad!
Vetas verdes se extendían por la superficie del agua luchando contra ella.
El mar hervía y borboteaba, atravesado por esa fuerza sobrenatural que lo consumía desde dentro, un fuego que no conocía la extinción, y de él brotaba vapor con el siseo de una respiración entrecortada.
La nave alcanzada por la piedra se hundía hasta dejar apenas visible el tope del mástil, vomitando vapor, llamas y cadáveres.
En otra embarcación, el mástil se consumía entre crepitaciones y silbidos, chispas salinas y el quejido de la madera vieja, mientras llamas verdes y azules lo devoraban.
Carcomido y tambaleante, se mecía mientras el fuego maldito horadaba sus fibras.
—¡Los remeros! ¡Apuntad a los remeros!
Una nueva lluvia de flechas de fuego maldito.
Otra andanada de rocas ardientes. Más esfuerzos desesperados por sofocar el fuego con barro.
El mástil en llamas se desplomó y destrozó el costado de la nave.
El fuego no cedía. La embarcación herida se escoró hacia las aguas.
Dedos largos y finos, con la piel arrugada, se alzaron desde las profundidades y tiraron de ella.
Los hombres saltaron al mar entre gritos, luego gritaron con mayor fuerza y trataron de nadar de vuelta al barco en llamas.
El agua se agitaba. Se retorcía. Algo se movía en las profundidades.
Gritos. Los brazos de los hombres trataban de aferrarse a cualquier cosa para salir del agua.
Un remolino, y por un momento quizá se entrevieron unos ojos.
Un géiser de sangre brotó del agua, más alto que los mástiles, escupiendo trozos de carne y huesos.
Resonó un crujido desagradable que podría haber sido el de la columna vertebral de alguien al quebrarse.
Un sonido como los dientes de un gigante al rechinar.
Un hombre con las entrañas de otro flotando a su alrededor, como si algún alma bondadosa le hubiera lanzado una cuerda.
De hecho, parecía pensar que alguien le había arrojado una cuerda, por la forma en que se aferró un momento antes de darse cuenta de lo que era.
Entonces gritó y la soltó, mientras algo lo arrastraba hacia el fondo.
Burbujas ascendiendo. Luego nada. De pronto, otro géiser de sangre y gritos desgarradores.
Aún avanzaban lentamente, mientras otra andanada de flechas de cada bando se cruzaba en el cielo, sobre el mar en llamas. Se oían voces que reían sobre las aguas. Dedos largos y finos hurgaban entre las tablas del casco. El rey seguía erguido con su corona de plata.
Más barcos. Aún quedaban más barcos. Hombres más fuertes.
—¡Arqueros, tensad!
—¡Arqueros, soltad!
—¡Los remeros! ¡Apuntad a los remeros!
Finalmente, las dos flotas se encontraron, los primeros barcos chocaron, los hombres gritaron y las voces del agua rieron.
Se embistieron, las espadas chocaron. Tobias lo vio entonces como una verdadera carga de caballería.
Dos grandes fuerzas lanzadas una contra la otra con la esperanza de que una se quebrara.
Los ojos rojos de los barcos se miraron, y de pronto cobraron vida: los barcos se convirtieron en dragones sobre el agua, que se retorcían y luchaban.
Comprendió que los hombres no los controlaban; los barcos luchaban entre sí, arrastrando a sus tripulaciones bajo el agua, disfrutando del combate.
Las maderas del barco de Tobias crujían mientras avanzaba.
Se acercó a una de las naves de Tiothlyn, que se dirigía hacia ellos a gran velocidad.
Un canal de agua separaba ambos cascos, hasta que se encontraron.
Los hombres luchaban a través de la brecha tratando de abordar, se lanzaban con las espadas en alto, los remos se chocaban y se entrelazaban.
Cada bando empujaba el barco del otro, intentando acercarlo y apartarlo a la vez.
Como una bestia con demasiadas patas que se araña a sí misma.
Tobias blandió su espada contra las figuras que se le enfrentaban.
La técnica importaba poco en aquella danza, pues todo se balanceaba sin cesar y los hombres permanecían demasiado lejos para alcanzarse.
Sin embargo, cuando el puente se inclinó, de pronto se halló lo bastante cerca como para herir a un hombre en el brazo.
La sangre goteó sobre el agua. Entonces resonó un estruendo al colisionar ambas naves.
Trabó combate por un momento con el hombre al que acababa de herir —muy cerca ahora—, y recibió un golpe en el hombro que dejó un fuerte dolor a través de la armadura.
Luego las embarcaciones volvieron a separarse, y veía a su oponente al otro lado del agua gris, ambos intentando alcanzarse aún con las espadas sin conseguirlo.
De nuevo, como una criatura con demasiadas extremidades, como un parásito encaramado a su espalda.
Maerlk gritó cuando las naves se balancearon, perdió el equilibrio y se precipitó al mar.
Su cabeza emergió entre las aguas turbulentas.
Sangre en el mar. Dedos largos que rodearon sus piernas.
Gritaba como si alguien fuera a arrojarle una cuerda.
Las embarcaciones volvieron a juntarse. Desapareció entre ambas naves, la madera se ciñó sobre él como puertas que se cierran mientras intentaba trepar por el casco, sepultado vivo en la oscuridad mientras se ahogaba.
—¡Dentro remos! ¡Al abordaje!
Los hombres se precipitaron hacia los costados.
La madera crujió cuando un remo se quedó aplastado entre las naves; los demás fueron izados de nuevo al barco.
Tobias saltó al otro casco junto con los demás y retomó la lucha con el hombre contra el que había combatido antes de que Maerlk muriera.
Brand también cruzó, embistió con fuerza a un soldado enemigo —sangre en el rostro, sonriente—.
Nunca te metas en una guerra anfibia. Nunca. Jamás. Simplemente no lo hagas.
El adversario de Tobias estuvo a punto de alcanzarle la garganta.
Tobias retrocedió, tropezó con un remo y de pronto se vio acorralado contra la borda, atrapado entre el filo de una espada y el mar.
Aquello no tenía nada de divertido. Era una puñetera pesadilla de combate.
Probablemente la peor batalla que Tobias recordaba, quizá, sin contar el dragón, o el Palacio Imperial de Sorlost, o la primera batalla de Malth Salene, o…
O prácticamente cualquier cosa relacionada con el rey Marith .
El mar se consumía en llamas. Los barcos ardían.
Las naves se hundían. Los trabuquetes arrojaban piedras sin distinción de bandos, con tal de que golpearan algo y lo mataran.
Los hombres se revolvían en el agua, lastrados por sus armaduras, y se veían esos brazos alrededor de sus cuellos para arrastrarlos al fondo.
Dientes que crujían. Sangre caliente.
Prácticamente cualquier cosa relacionada con el rey Marith …
La nave se sacudió y se movió por voluntad propia, girando; el barco del que procedían quedó incrustado en ella, atrapado por remos, cuerdas y cadáveres. Por un instante vislumbró al rey Marith en su propia embarcación; luchaba resplandeciente, su espada destellaba plateada.
Prácticamente cualquier cosa relacionada con el rey Marith .
La nieve se acumulaba en la cubierta y la volvía resbaladiza: chisporroteaba y humeaba donde aún ardían los charcos de fuego maldito.
«No veo nada. Entre la nieve y el humo no veo una mierda.
No deberían habernos atacado —pensó Tobias —.
Deberían haber mantenido la distancia, y habernos disparado fuego verde hasta que flotáramos en el mar, bien cocidos, con la piel de los rostros derretida».
Continuó luchando sin tregua, con los dientes apretados.
Solo pensaba en sobrevivir. Solo en sobrevivir.
Se resbaló en la madera húmeda de la cubierta y estuvo a punto de caer, pero recobró el equilibrio y mató a alguien.
Las naves parecían luchadores peleando. Una riña de taberna en el mar, con aquellas grandes formas oscuras que se aferraban, se movían, se empujaban, cedían y volvían a chocarse.
Gritos y vítores se alzaban desde ambos bandos.
Resultaba imposible determinar quién llevaba ventaja, salvo por la fuerte sospecha de Tobias de que su barco estaba perdiendo.
Brand parecía luchar con la mano equivocada, pues su mano derecha era un amasijo de sangre.
Maerlk llevaba tiempo muerto. Muchos otros soldados luchaban junto a ellos, pero el enemigo los superaba en número.
Un tal Janis se precipitó por la borda; uno de sus enemigos también cayó; otros dos atacaron juntos a Tobias al considerarlo una amenaza. Sin duda ellos parecían ser más.
Estaba siendo duro. Cada vez más jodido.
El cansancio lo embargaba, el viaje cobraba su precio.
Cortaba y paraba estocadas, pero los hombres que enfrentaba lo superaban en destreza.
Quizá en otras circunstancias —descansado, en tierra firme, con la confianza que da el terreno conocido— habría sido distinto.
Pero no tras todo lo padecido. No en estas condiciones.