La torre de los vivos y de los muertos (Empires of Dust 2) Capítulo ocho
9%

Capítulo ocho

La isla de Third es una tierra hermosa,

su grano alzándose como doncellas danzantes,

sus rebaños prósperos, su ganado cebado,

sus praderas verdes y sus bosques frondosos,

sus ríos dulces y cristalinos.

Pero, aun así, no hay nada más bello,

más gozoso, más digno de alabanza,

que un gran ejército listo para el combate,

espadas de bronce brillando al sol,

rostros jóvenes erguidos y llenos de fervor,

estandartes rojos ondeando con orgullo al viento.

Los pantanos y las orillas del estuario quedaron atrás. Ante ellos, se extendía el mar oscuro, con la silueta aún más sombría de la isla de Seneth en el horizonte. El viento hinchaba las velas con fuerza. En pocas horas, tocarían tierra.

—La mayor sarta de gilipolleces que he oído en días —dijo Tobias .

—¿Perdón?

—Esa maldita canción. Es una chorrada. Third es una mierda, y un ejército no es más que un montón de bestias sudorosas listas para destripar a alguien.

—Cuida esa boca —dijo Brand—. Third es su reino, y nosotros su ejército, y esto es glorioso, joder.

—Sí, la hostia de glorioso…

—¡He dicho que cuides esa boca, immish!

Putos románticos. Tobias volvió a fijar la mirada en el agua. Maerlk, el hombre que había empezado todo al ponerse a cantar, observó su espada de nuevo. Parecía asombrado de estar llevando una. Tobias no dejaba de sentir unas ganas irritantes de explicarle por qué extremo se empuñaba.

Otra vez en un puñetero barco. Había pasado años evitando los barcos con éxito. «Nunca te metas en una guerra anfibia». Era uno de los viejos principios de Skie, y ahora cobraba todo el sentido del mundo. «Nunca, Tobias . Es algo que esta compañía no hará jamás, hostia».

No harían jamás muchas de las cosas que había acabado haciendo en los últimos años.

Todo le resultaba confuso, y eso le ponía de mal humor.

En otro tiempo, había odiado al rey, antes de comprender algo.

Algo. Y ahora venía la gran batalla, la definitiva, para decidir quién se quedaba con la corona, quién podría decir que era el mejor, el más querido.

No había querido que el rey ganara. En su momento, había querido…

otra cosa para él. Y ahora ni siquiera lograba recordar qué.

Solo le quedaba esa punzada de sinsentido, la sensación de que nada de esto tenía propósito.

De que debería darse la vuelta y correr.

Una casita, una mujer que la mantuviera limpia, una pinta de oro immish por la tarde y una panza blanda. Aquella había sido…, había sido una idea buenísima que no conseguía quitarse de la cabeza. Había hecho algo malo, ¿no? Algo malo. Contra el rey. No había querido que… pasara algo.

Miró hacia el agua y allí estaba el rey, de pie en la proa de su barco, con la vista fija en el horizonte.

Tan pequeño, una silueta negra con una capa roja, quizá un destello de luz donde llevaba la corona, pero era él.

Todos sabían que era él, incluso sin verle.

Los barcos se movieron con lentitud, cambiaron de formación, y la figura desapareció.

Una fina capa de nieve caía sobre la cubierta y la volvía resbaladiza.

Las manos de los hombres, frías y agrietadas, se aferraban a la empuñadura de sus espadas.

«Él es el rey. Le haremos rey. Su reino y su ejército».

¡Glorioso, hostia! ¡Claro que sí!

La isla de Third seguía siendo un lugar oscuro, húmedo, desolado y helado. Y su ejército seguía compuesto por un montón de tipos rudos, sudorosos y dispuestos a destripar a cualquiera que se cruzara en su camino. Heridas sangrientas y llagas supurantes y gloriosas.

Sí.

Seneth aparecía ya con claridad ante ellos, con sus rocas grises y colinas verdes, desdibujadas por la nieve. Había montones de casas agrupadas junto a la costa; se podía ver incluso el humo de los fuegos del hogar. No parecía muy distinta de la isla de Third .

Tobias supuso que desembarcarían pronto, montarían el campamento para pasar la noche y luego marcharían.

En lugar de eso, los barcos viraron y avanzaron hacia el norte siguiendo la línea de la costa, con el navío del rey colocándose al frente.

Navegaron durante una hora más, lentamente, con viento débil en contra.

Había cesado de nevar, gracias a los dioses. Pero aún hacía un frío de mil demonios.

Repartieron raciones de pan, carne y cerveza, que se comieron agazapados sobre la cubierta, con la vista fija en la orilla.

Podían sentir las miradas de quienes estaban en tierra.

Un par de barcos de pesca que navegaban se dieron la vuelta y huyeron despavoridos al verlos.

« Para los aldeanos, ver un ejército debe ser como ver un dragón —pensó Tobias al observarlos—.

Solo los dioses sabrán qué aspecto tendrá una flota de barcos, cuando la ves desde el oscuro y despiadado mar».

Siguieron navegando. Entonces, un grito rasgó el aire, proveniente de uno de los barcos que encabezaban la flota.

Las órdenes se transmitían a gritos, azotadas por el viento; voces que se confundían con el clamor de las gaviotas y el chapoteo de las olas contra el casco.

Los hombres estiraban el cuello para escuchar.

—¡Arriad las velas! ¡A los remos!

Los hombres se dirigieron al mástil, se escuchó un gran crujido de lonas y cuerdas que restallaban como serpientes azotadas por el viento.

El cielo abierto donde antes ondeaba la vela, el mástil desnudo, como un tronco muerto en pleno invierno, con la madera astillada y la verga atravesada, extendida como unos brazos.

Como aquella puñetera estaca donde habían empalado al puñetero caballo muerto.

Los remos golpearon el agua, y el sonido del barco se transformó en el crujido y chasquido de huesos humanos.

—¡Golpead los tambores! ¡A las armas!

De manera que ahora se movían mucho más despacio, reptando junto a la costa, donde una abrupta lengua de tierra se alzaba, coronada con rocas negras y afiladas.

Un destello blanco por un instante en lo alto del acantilado.

Acto seguido los barcos giraron y la costa desapareció de golpe.

Ante ellos, se abrió una gran bahía de aguas tranquilas, salpicada por las torres y tejados de una ciudad que se erguía tras un imponente muro portuario, mientras una multitud de barcos negros los aguardaba en silencio.

—Iremos directos a Pueblo Morr. Desembarcaremos en el puerto —dijo el rey de las Islas Blancas.

—Nos estarán esperando. Habrán cerrado el puerto. Tendrán barcos preparados para interceptarnos. Debemos desembarcar en tierras salvajes, llegar a Malth Elelane por tierra. En algún lugar que no puedan prever —dijo el señor Bemann.

—Soy su rey. Soy el señor de Malth Elelane. No entraré a escondidas en mi propio hogar. Pueblo Morr me abrirá sus puertas y su puerto con alegría —dijo el rey de las Islas Blancas.

—Mi rey… Malth Elelane es tuyo, es cierto. Pero… —dijo el señor Fiolt.

—Lo que intenta decir, mi rey —intervino el señor Stansel con cautela—, es que navegar directamente hacia la bahía de Morr sería… imprudente.

—Lo que quiero decir, Marith —dijo el señor Fiolt—, es que sería un suicidio.

—Malth Elelane es mío. Pueblo Morr es mío. Me abrirá sus puertas y su puerto. Lo hará —respondió el rey de las Islas Blancas.

Espadas preparadas. El sonido de las olas golpeando el casco. Tambores. Gaviotas.

«Mierda», pensó Tobias , viendo cómo la línea de barcos se acercaba.

Los barcos de Tiothlyn avanzaban hacia ellos, navíos negros con ojos rojos pintados que los miraban fijamente.

De sus cubiertas también se alzaba el redoble de los tambores, ese mismo latido sordo que marcaba el ritmo a los remeros y que golpeaba con fuerza sobre el agua, llamándolos a su cometido.

Era el único sonido que parecía existir en el mundo.

La franja oscura entre ambas líneas se estrechaba cada vez más.

Entonces comenzaron a sonar trompetas, tanto en los barcos como en la costa: un intento de intimidar al enemigo.

Pero no había escapatoria. La ciudad, los acantilados, el mar: todo los cercaba.

En el mar, algo comenzaba a agitarse y a surgir desde las profundidades, como si los tambores hubieran despertado a criaturas ocultas, llamadas por su retumbar.

—¡Arqueros, tensad!

—¡Arqueros, soltad!

Una andanada de flechas surcó el aire desde los barcos de vanguardia, tan armoniosa y precisa que recordaba al movimiento de una lanzadera en el telar.

Pero fue un disparo prematuro: las flechas cayeron antes de tiempo, y flotaron sobre el agua, mecidas por las olas.

Los hombres de Tiothlyn se rieron con desdén.

Lo hemos hecho así a propósito, ¿verdad?

, para provocarlos. La figura del rey se erguía en la proa del primer navío, con la luz del sol reflejada en su corona de plata.

Él es la muerte. Él es la ruina. Él es Amrath renacido.

Será victorioso. Del mástil cuelga el cadáver del caballo de la suerte, la ofrenda del cielo, como señal y presagio.

Los barcos enemigos son menos. Más débiles.

Gloria sangrienta. Victoria sangrienta. ¡Matar, matar y matar hasta que el agua se tiña de sangre!

¡Matarlos a todos! Pero las flechas flotan sobre el agua como palos, meciéndose sobre las olas.

Unos dedos largos y verdes alcanzaron una y la arrastraron bajo la superficie: la partieron.

Putas varas flácidas. Lo hemos hecho a propósito. No darle a nadie. ¿Verdad?

Una flecha enemiga cayó sobre la cubierta del barco de Tobias . Silbando. Ardiendo. Llamas verdes se extendieron por las tablas, abriéndose paso como cuchillas, trazando surcos al avanzar.

Dioses y demonios, otra vez no. Otra puta vez no.

—¡Tierra! ¡Echadle tierra encima! ¡Ya! —Los hombres se abalanzaron hacia un barril lleno de barro y lo volcaron sobre las llamas.

El fuego se extinguió con un chisporroteo ahogado, una bocanada de humo fétido, y luego nada.

Otra flecha cruzó silbando, envuelta en llamas. Luego una piedra, que también ardía.