La torre de cristal LXXXVII
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LXXXVII

Entre el cuidado de Lupita, los preparativos del entierro del mayor y la recopilación de los datos duros del motín, Quintanilla y Quevedo parecían haber envejecido diez años en los últimos dos días.

Según el Güero, el saldo era de veinte muertos, incluyendo al licenciado Armenta, más de cincuenta heridos y, hasta el momento, la confirmación de la fuga de Enrico Sampietro.

Quintanilla levantó el rostro del periódico cuando escuchó el ruido de las poleas que sostenían las piernas enyesadas de Lupita.

—No hagas esfuerzos —Quevedo se aproximó de inmediato.

El rostro de la mujer mostraba huellas de golpes y sus ojos eran un par de líneas apenas perceptibles.

Levantó un poco la mano para intentar un saludo, pero de sus labios sólo salió un quejido.

El teniente llenó un vaso con agua, le puso un popote y se lo acercó a la boca.

El médico les había informado que la convalecencia de Lupita sería larga, pero que ya estaba fuera de peligro.

—¿Y Jerónimo? —preguntó en voz baja, y el teniente soltó el aire.

—No participó en ningún asesinato, Lupita. Sin embargo, estará en la correccional, aunque no por mucho tiempo. Está bien cuidado, y la condena le servirá de escarmiento para que de ahora en adelante se vaya por la derecha.

La muchacha intentó hablar, tal vez para pedirles que hicieran lo posible para sacarlo de la prisión de inmediato, pero Quevedo la tomó de la mano.

—Confía en Valentín. Estoy seguro de que lo mantendrá a salvo, ¿verdad?

El teniente afirmó con la cabeza. Y sin darse cuenta ambos la tomaron cada uno de la mano hasta que se quedó dormida. Absortos en el rostro de Lupita, no se percataron de la presencia del extraño hasta que escucharon la voz a sus espaldas.

—Qué bonita escena —voltearon al mismo tiempo a ver al hombre que, enfundado en un traje impoluto, les tendía la mano con un gesto semejante al que se realiza en busca de votos—. Señores, soy Daniel Covarrubias, el nuevo jefe del Servicio Secreto.

Quintanilla hizo un gesto de desagrado. No olvidaba que ese nombre estaba relacionado con Armenta, y tal vez había participado en el complot para asesinar a Trotsky.

Sin embargo, cuando había querido escarbar más en el pasado de Covarrubias, se topó con un pozo sellado.

Pero no se había desilusionado, por el contrario: comprendió que le llevaría tiempo dar con el origen de ese hombre, y su rastro ahora olfateable. No lo iba a soltar.

—He escuchado mucho su nombre últimamente —dijo el teniente sin saludarlo. Quería dejar en claro que le caía como una patada en los testículos.

—Y yo el de ustedes dos —Covarrubias no se inmutó por el agravio—. Soy un gran admirador de su trabajo, doctor.

Quevedo sí estrechó esa mano fría y sintió una repugnancia instantánea.

Los dedos eran como serpientes que parecían enroscarse en su diestra.

La retiró de inmediato. Lo observó con suspicacia: su tono de voz, su forma de pararse, la manera en que contemplaba todo a su alrededor, cómo jugaba con el anillo en su dedo anular.

Quintanilla advirtió que su compañero analizaba a Covarrubias.

Sonrió. Ya no tendría que pedirle que lo hiciera.

—Interesante anillo.

—De Petróleos Mexicanos —Covarrubias acarició la joya despacio—. Ya sabe, vengo desde las bases obreras y sociales, como ustedes. Estoy aquí también porque quería felicitarlos por su investigación, y para darles el pésame por la muerte del juez Robledo, un gran hombre.

El tono irónico no pasó desapercibido para ninguno de los dos. Quevedo se cruzó de brazos y preguntó:

—Por cierto, ¿cuándo podremos interrogar de nuevo a Mercader? Desde el motín nos han empedrado el camino con documentos burocráticos para impedir que nos acerquemos.

—También está el asunto de Armenta —Quintanilla lo apuntó en una pequeña libreta—. Por lo que averigüé, creo que ustedes eran amigos.

La cara de Covarrubias era un monolito con una sonrisa grabada.

Caminó en dirección a Lupita. Levantó una flor del jarrón sobre el buró.

Se la acercó a la nariz, pero ningún olor le llegó al cerebro.

Volvió a dejarla con desagrado donde estaba y volteó hacia Quevedo y Quintanilla mientas hacía un mohín negativo.

—Las aguas quedarán tranquilas. Por el intento de fuga y sus nexos políticos, el reo Mornard, no Mercader, no se les olvide, purgará una condena severa, pero aislado de cualquier contacto externo, incluida la policía.

Quintanilla dio un pujido de disgusto mientras aferraba con ambas manos la piecera de la cama.

Miró de reojo a Quevedo. Ya se imaginaban una marranada de esas, pero no tan vil.

Le darían carpetazo a la investigación y seguirían ocultando el nombre verdadero del asesino.

Él y Quevedo habían intentado reunirse con el presidente Cárdenas para contarle el resultado de sus investigaciones, pero, cuando les recibieron la llamada en la oficina presidencial, un hombre que nunca se identificó les agradeció en nombre del mandatario el trabajo que habían realizado, les dio el pésame y les dijo que ya tenían toda la información que requerían.

Fue todo. Una conversación que no duró más de un minuto.

—Y acerca del licenciado Armenta —añadió Covarrubias—, se manejará como el lamentable caso de un servidor público ejemplar que se encontraba en el lugar y el momento equivocados.

No sé, tal vez un preso resentido con él se lo topó y decidió matarlo en venganza de algo.

Así que nada de eso saldrá a la luz pública.

Es por seguridad nacional. ¿Queda claro?

Alfonso le hizo una seña a Quintanilla para que se tranquilizara. Covarrubias se acercó más a Lupita, que permanecía dormida. Pasó dos dedos por su cuello de manera extraña, mientras comentaba:

—Creo que ese rostro lo he visto en otra parte —entornó los ojos un momento—. ¡Claro! Guadalupe Monterroso, ¿verdad? Qué grata sorpresa— volteó emocionado con Quevedo—. Si mal no recuerdo se dedicó al oficio varios años.

El nuevo jefe del Servicio Secreto enarcó las cejas con un gesto sardónico, pero no agregó más.

Quevedo tuvo que dar un par de pasos para contener a Quintanilla, que estaba a punto de lanzarse contra Covarrubias, quien parecía divertido, con la seguridad de saberse intocable.

Se llevó la mano a la frente, como si acabara de recordar algo sin importancia.

—Por cierto, se me olvidaba informarles que esta extraña sociedad entre los dos, obra del desaparecido juez Robledo, ya no será necesaria para la corporación. Con la dolorosa muerte del juez se acaba el experimento.

Antes de que pudieran reclamarle algo, Covarrubias abandonó el cuarto con una sonrisa.